Durante años, trabajar muchas horas se ha asociado en China con el esfuerzo necesario para progresar y sacar adelante a una familia. Sin embargo, esa mentalidad está comenzando a cambiar entre las generaciones más jóvenes, que cada vez muestran mayor rechazo a las jornadas interminables y reclaman una mayor separación entre su vida laboral y personal.
Jiaying ha explicado este cambio de mentalidad durante su intervención en Niky Podcast, donde ha puesto como ejemplo el conocido modelo «9-9-6»: comenzar a trabajar a las nueve de la mañana, terminar a las nueve de la noche y hacerlo durante seis días a la semana. Se trata de una cultura laboral especialmente vinculada a determinados sectores y empresas del país.
Según su relato, los jóvenes están empezando a cuestionar ese modelo. «No, no, no, yo no quiero trabajar por la noche», explica Jiaying al describir la posición de una nueva generación que reclama unas condiciones diferentes. Su objetivo, asegura, pasa por trabajar «40 horas a la semana» y recibir a cambio «lo que me corresponde».
El cambio no se entendería, según su explicación, sin tener en cuenta la evolución económica y social de China. Jiaying considera que la generación de sus padres creció en una época en la que el país todavía se percibía como relativamente pobre y con un PIB mucho más bajo. Para muchas familias, trabajar durante largas jornadas era una necesidad para garantizar su futuro.
La propia experiencia familiar de Jiaying sirve para ilustrar esa diferencia entre generaciones. «En la generación de mis padres, mis padres tenían una empresa y tenían que trabajar 15, 16 horas al día y sin ningún día de descanso«, recuerda durante la conversación. Una situación que contrasta con las expectativas de los jóvenes actuales.
El cambio económico detrás de la nueva mentalidad
La transformación no estaría relacionada únicamente con una cuestión de preferencias laborales. Para Jiaying, el contexto económico de las familias también ha cambiado y eso permite que muchos jóvenes afronten su incorporación al mercado laboral con una presión diferente a la que soportaron sus padres.
«Ahora los padres preparan los pisos a sus hijos», explica. Según su relato, es habitual que las familias ayuden a sus hijos a disponer de una vivienda y que continúen teniendo capacidad económica para apoyarlos. Esta situación reduce la necesidad de que los jóvenes tengan que asumir desde el primer momento toda la carga económica de su hogar.
La consecuencia es una menor presión por aceptar cualquier condición laboral. «Sus hijos ya no tienen tanta presión por mantener su vida», resume Jiaying. De esta manera, una generación que cuenta con un mayor respaldo familiar puede permitirse plantear sus prioridades de otra forma y cuestionar jornadas que anteriormente podían considerarse necesarias.
El rechazo a las largas jornadas no es, en cualquier caso, un fenómeno completamente nuevo. En China han surgido durante los últimos años movimientos y expresiones vinculados al cansancio ante la presión laboral, como el conocido «tang ping», que puede traducirse como «tumbarse» o «quedarse tumbado».
El debate sobre el 9-9-6 también ha aumentado por las críticas a las jornadas excesivas. El modelo, que suma 72 horas semanales si se cumplen literalmente sus tres componentes, fue objeto de una sentencia judicial en China en 2021 que consideró ilegal imponer este tipo de horario. Aun así, diferentes fuentes han señalado que las largas jornadas han continuado presentes en determinados sectores.
De trabajar para sobrevivir a trabajar para vivir
La diferencia que describe Jiaying entre sus padres y los jóvenes actuales refleja un cambio más profundo en la relación con el empleo. Si para generaciones anteriores el trabajo podía estar directamente relacionado con la necesidad de mejorar las condiciones económicas de toda la familia, para parte de los jóvenes actuales el salario ya no es el único elemento que determina si un empleo merece la pena.
La reivindicación de las 40 horas semanales representa precisamente ese cambio. «Yo quiero trabajar 40 horas a la semana y cobro lo que me corresponde», explica Jiaying al resumir la nueva posición de muchos jóvenes. La prioridad deja de ser únicamente trabajar más horas para ganar más o conservar el empleo y pasa a incluir también el tiempo libre.
Este cambio se produce además en un momento en el que el modelo 9-9-6 se encuentra cada vez más cuestionado. Aunque continúa asociado a algunos ámbitos laborales de China, especialmente a sectores muy competitivos, ya no puede considerarse un reflejo de todas las relaciones laborales del país.
La generación que está entrando ahora en el mercado laboral parece, por tanto, dispuesta a establecer nuevos límites. No se trata necesariamente de rechazar el trabajo o el esfuerzo, sino de exigir que ambos tengan un límite. Para Jiaying, la diferencia fundamental está en que estos jóvenes han crecido en un contexto familiar distinto y ya no sienten la misma necesidad de sacrificar todo su tiempo para garantizar su futuro.
El resultado es una transformación progresiva de las expectativas laborales. Después de décadas en las que trabajar más podía interpretarse como una vía imprescindible para prosperar, una parte de los jóvenes chinos empieza a plantear otra pregunta: cuánto están dispuestos a sacrificar por su empleo. Y la respuesta, cada vez más, parece alejarse de las jornadas interminables.
Jiaying ha explicado este cambio social durante su intervención en Niky Podcast
Durante años, trabajar muchas horas se ha asociado en China con el esfuerzo necesario para progresar y sacar adelante a una familia. Sin embargo, esa mentalidad está comenzando a cambiar entre las generaciones más jóvenes, que cada vez muestran mayor rechazo a las jornadas interminables y reclaman una mayor separación entre su vida laboral y personal.
Jiaying ha explicado este cambio de mentalidad durante su intervención en Niky Podcast, donde ha puesto como ejemplo el conocido modelo «9-9-6»: comenzar a trabajar a las nueve de la mañana, terminar a las nueve de la noche y hacerlo durante seis días a la semana. Se trata de una cultura laboral especialmente vinculada a determinados sectores y empresas del país.
Según su relato, los jóvenes están empezando a cuestionar ese modelo. «No, no, no, yo no quiero trabajar por la noche», explica Jiaying al describir la posición de una nueva generación que reclama unas condiciones diferentes. Su objetivo, asegura, pasa por trabajar «40 horas a la semana» y recibir a cambio «lo que me corresponde».
El cambio no se entendería, según su explicación, sin tener en cuenta la evolución económica y social de China. Jiaying considera que la generación de sus padres creció en una época en la que el país todavía se percibía como relativamente pobre y con un PIB mucho más bajo. Para muchas familias, trabajar durante largas jornadas era una necesidad para garantizar su futuro.
La propia experiencia familiar de Jiaying sirve para ilustrar esa diferencia entre generaciones. «En la generación de mis padres, mis padres tenían una empresa y tenían que trabajar 15, 16 horas al día y sin ningún día de descanso«, recuerda durante la conversación. Una situación que contrasta con las expectativas de los jóvenes actuales.
El cambio económico detrás de la nueva mentalidad
La transformación no estaría relacionada únicamente con una cuestión de preferencias laborales. Para Jiaying, el contexto económico de las familias también ha cambiado y eso permite que muchos jóvenes afronten su incorporación al mercado laboral con una presión diferente a la que soportaron sus padres.
«Ahora los padres preparan los pisos a sus hijos», explica. Según su relato, es habitual que las familias ayuden a sus hijos a disponer de una vivienda y que continúen teniendo capacidad económica para apoyarlos. Esta situación reduce la necesidad de que los jóvenes tengan que asumir desde el primer momento toda la carga económica de su hogar.
La consecuencia es una menor presión por aceptar cualquier condición laboral. «Sus hijos ya no tienen tanta presión por mantener su vida», resume Jiaying. De esta manera, una generación que cuenta con un mayor respaldo familiar puede permitirse plantear sus prioridades de otra forma y cuestionar jornadas que anteriormente podían considerarse necesarias.
El rechazo a las largas jornadas no es, en cualquier caso, un fenómeno completamente nuevo. En China han surgido durante los últimos años movimientos y expresiones vinculados al cansancio ante la presión laboral, como el conocido «tang ping», que puede traducirse como «tumbarse» o «quedarse tumbado».
El debate sobre el 9-9-6 también ha aumentado por las críticas a las jornadas excesivas. El modelo, que suma 72 horas semanales si se cumplen literalmente sus tres componentes, fue objeto de una sentencia judicial en China en 2021 que consideró ilegal imponer este tipo de horario. Aun así, diferentes fuentes han señalado que las largas jornadas han continuado presentes en determinados sectores.
De trabajar para sobrevivir a trabajar para vivir
La diferencia que describe Jiaying entre sus padres y los jóvenes actuales refleja un cambio más profundo en la relación con el empleo. Si para generaciones anteriores el trabajo podía estar directamente relacionado con la necesidad de mejorar las condiciones económicas de toda la familia, para parte de los jóvenes actuales el salario ya no es el único elemento que determina si un empleo merece la pena.
La reivindicación de las 40 horas semanales representa precisamente ese cambio. «Yo quiero trabajar 40 horas a la semana y cobro lo que me corresponde», explica Jiaying al resumir la nueva posición de muchos jóvenes. La prioridad deja de ser únicamente trabajar más horas para ganar más o conservar el empleo y pasa a incluir también el tiempo libre.
Este cambio se produce además en un momento en el que el modelo 9-9-6 se encuentra cada vez más cuestionado. Aunque continúa asociado a algunos ámbitos laborales de China, especialmente a sectores muy competitivos, ya no puede considerarse un reflejo de todas las relaciones laborales del país.
La generación que está entrando ahora en el mercado laboral parece, por tanto, dispuesta a establecer nuevos límites. No se trata necesariamente de rechazar el trabajo o el esfuerzo, sino de exigir que ambos tengan un límite. Para Jiaying, la diferencia fundamental está en que estos jóvenes han crecido en un contexto familiar distinto y ya no sienten la misma necesidad de sacrificar todo su tiempo para garantizar su futuro.
El resultado es una transformación progresiva de las expectativas laborales. Después de décadas en las que trabajar más podía interpretarse como una vía imprescindible para prosperar, una parte de los jóvenes chinos empieza a plantear otra pregunta: cuánto están dispuestos a sacrificar por su empleo. Y la respuesta, cada vez más, parece alejarse de las jornadas interminables.
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