«Olivia»: El oro líquido también cura el ego

Refugiarse en los orígenes cuando el mundo exterior se desmorona a nuestro alrededor es un impulso tan antiguo como la propia civilización. Nos reconforta pensar que las raíces permanecen intactas, esperando pacientemente en el rincón olvidado de la infancia, listas para ofrecernos un segundo asalto vital. Por eso, al adentrarse en el catálogo de la Disney+, se agradece topar con una propuesta tan fresca, luminosa y desprovista de complejos como «Olivia», disponible desde el pasado 1 de julio. La producción huye de las pretensiones grandilocuentes de los grandes thrillers actuales para facturar una dramedia familiar que entra sola, apoyada en capítulos cortos, dinámicos y sumamente entretenidos. El acierto principal de su engranaje es que nos coloca frente a un espejo donde resulta muy sencillo reconocerse, retratando nuestras grandezas y mezquindades con una autenticidad pasmosa que desarma y atrapa al espectador desde el primer minuto.

La historia nos presenta la caída en desgracia de Mario Rey, el meteorólogo más célebre de la televisión nacional, un tipo con el ego un tanto inflado que vive obsesionado con el aplauso ajeno. Tras cometer un error clamoroso en directo que desata una tormenta mediática y económica, el hombre no tiene más remedio que poner tierra de por medio y huir de la quema. Lo hace acompañado por su hija adolescente, la rebelde Olivia, buscando cobijo en el pueblo natal de Úbeda, concretamente en la finca agraria de su padre Tomás. El problema es que abuelo e hijo arrastran treinta años de absoluto silencio y reproches guardados en el cajón del orgullo. Pablo Chiapella asume el papel de este comunicador en crisis con una madurez interpretativa estupenda, alejándose de registros gamberros anteriores para dotar a su rol de una humanidad muy tierna que camina desde la arrogancia urbanita hasta la humildad de quien redescubre el valor de la tierra.

Frente a él, Nancho Novo realiza un trabajo formidable encarnando a ese abuelo testarudo y cascarrabias que esconde sus heridas bajo una coraza de soberbia autosuficiencia. La joven Maria Schwinning, en la piel de la hija que da título a la obra, funciona como el puente indispensable que obliga a ambas generaciones a mirarse a los ojos de una vez por todas. Esta convivencia forzosa se mueve en un terreno muy inteligente, jugando con un humor espontáneo, de barra de bar de barrio, con chistes rápidos e ingeniosos que según el puritanismo de las banderas y las redes sociales podrían parecer cancelables, pero que, bien contextualizados en la vida real, logran arrancar una sonrisa cómplice sin hacer daño a nadie. La narración demuestra valentía al retratar la belleza poética del mar de olivos de Jaén, pero también la extrema dureza del jornalero del campo, sacando a la luz contradicciones muy nuestras como ese animalismo teclado urbanita que choca de frente con la realidad de la España rural para demostrar su ignorancia.

 

Por otro lado, la trama encuentra un gran contrapunto en el contraste entre el ritmo pausado del campo y las prisas de la ciudad. Mientras en el asfalto todo caduca de un plumazo, las duras faenas de la recolección y el vareo exigen una paciencia absoluta que no entiende de urgencias urbanas. Este aprendizaje obliga a rebajar las revoluciones diarias, sirviendo de terapia directa para comprender que reparar esos lazos familiares rotos requiere el mismo tiempo y dedicación que cuidar un olivo milenario, por ejemplo.

Lo mejor es que la dirección de Juanma Pachón expone estas incoherencias con una naturalidad absoluta, sin juzgar ni dar lecciones morales a nadie. Simplemente hace una fotografía en la que caben todos. Además, cada personaje secundario posee una esencia diferencial que enriquece el ecosistema de la comedia; desde la Guardia Civil canaria que interpreta Kira Miró, hasta los papeles de Fernando Tejero, Lalachus o María Barranco. Como ocurre en la vida misma, muchas de estas historias se muestran a las claras y otras tantas se intuyen, jugando con ese espacio intermedio entre lo que decidimos enseñar a los vecinos y lo que preferimos ocultar deliberadamente por pudor, miedo o cobardía. Esta ficción es un producto profundamente local y muy nuestro, pero su mensaje es universal: podría situarse perfectamente en un viñedo de la Toscana italiana o en un cafetal de Colombia y mantendría la misma fuerza emocional. Un recordatorio entrañable de que el tiempo, la paciencia y el perdón siguen siendo los mejores ingredientes para sanar los vínculos familiares.

La búsqueda de lo auténtico en la pantalla

Lejos de buscar producciones grandilocuentes de alcance global, la estrategia de Disney+, o al menos lo que demuestra con producciones como «Olivia» y «La Suerte», es la de bucear en lo más autóctono y auténtico de los lugares donde se asienta, reconocer lo que nos identifica y nos define para crear historias a partir de ahí que nos recuerden la importancia de la diferencia frente a la uniformidad. Esta apuesta por los entornos locales y los oficios tradicionales demuestra que la identidad de un territorio puede viajar por todo el mundo si se cuenta con honestidad, convirtiendo las raíces culturales en un valor diferencial frente a los relatos clónicos.

 Disney+ estrenó una dramedia rural que utiliza los paisajes agrarios de Jaén para construir un retrato familiar lleno de humor cotidiano, reconciliación y frescura  

Refugiarse en los orígenes cuando el mundo exterior se desmorona a nuestro alrededor es un impulso tan antiguo como la propia civilización. Nos reconforta pensar que las raíces permanecen intactas, esperando pacientemente en el rincón olvidado de la infancia, listas para ofrecernos un segundo asalto vital. Por eso, al adentrarse en el catálogo de la Disney+, se agradece topar con una propuesta tan fresca, luminosa y desprovista de complejos como «Olivia», disponible desde el pasado 1 de julio. La producción huye de las pretensiones grandilocuentes de los grandes thrillers actuales para facturar una dramedia familiar que entra sola, apoyada en capítulos cortos, dinámicos y sumamente entretenidos. El acierto principal de su engranaje es que nos coloca frente a un espejo donde resulta muy sencillo reconocerse, retratando nuestras grandezas y mezquindades con una autenticidad pasmosa que desarma y atrapa al espectador desde el primer minuto.

La historia nos presenta la caída en desgracia de Mario Rey, el meteorólogo más célebre de la televisión nacional, un tipo con el ego un tanto inflado que vive obsesionado con el aplauso ajeno. Tras cometer un error clamoroso en directo que desata una tormenta mediática y económica, el hombre no tiene más remedio que poner tierra de por medio y huir de la quema. Lo hace acompañado por su hija adolescente, la rebelde Olivia, buscando cobijo en el pueblo natal de Úbeda, concretamente en la finca agraria de su padre Tomás. El problema es que abuelo e hijo arrastran treinta años de absoluto silencio y reproches guardados en el cajón del orgullo. Pablo Chiapella asume el papel de este comunicador en crisis con una madurez interpretativa estupenda, alejándose de registros gamberros anteriores para dotar a su rol de una humanidad muy tierna que camina desde la arrogancia urbanita hasta la humildad de quien redescubre el valor de la tierra.

Frente a él, Nancho Novo realiza un trabajo formidable encarnando a ese abuelo testarudo y cascarrabias que esconde sus heridas bajo una coraza de soberbia autosuficiencia. La joven Maria Schwinning, en la piel de la hija que da título a la obra, funciona como el puente indispensable que obliga a ambas generaciones a mirarse a los ojos de una vez por todas. Esta convivencia forzosa se mueve en un terreno muy inteligente, jugando con un humor espontáneo, de barra de bar de barrio, con chistes rápidos e ingeniosos que según el puritanismo de las banderas y las redes sociales podrían parecer cancelables, pero que, bien contextualizados en la vida real, logran arrancar una sonrisa cómplice sin hacer daño a nadie. La narración demuestra valentía al retratar la belleza poética del mar de olivos de Jaén, pero también la extrema dureza del jornalero del campo, sacando a la luz contradicciones muy nuestras como ese animalismo teclado urbanita que choca de frente con la realidad de la España rural para demostrar su ignorancia.

Por otro lado, la trama encuentra un gran contrapunto en el contraste entre el ritmo pausado del campo y las prisas de la ciudad. Mientras en el asfalto todo caduca de un plumazo, las duras faenas de la recolección y el vareo exigen una paciencia absoluta que no entiende de urgencias urbanas. Este aprendizaje obliga a rebajar las revoluciones diarias, sirviendo de terapia directa para comprender que reparar esos lazos familiares rotos requiere el mismo tiempo y dedicación que cuidar un olivo milenario, por ejemplo.

Lo mejor es que la dirección de Juanma Pachón expone estas incoherencias con una naturalidad absoluta, sin juzgar ni dar lecciones morales a nadie. Simplemente hace una fotografía en la que caben todos. Además, cada personaje secundario posee una esencia diferencial que enriquece el ecosistema de la comedia; desde la Guardia Civil canaria que interpreta Kira Miró, hasta los papeles de Fernando Tejero, Lalachus o María Barranco. Como ocurre en la vida misma, muchas de estas historias se muestran a las claras y otras tantas se intuyen, jugando con ese espacio intermedio entre lo que decidimos enseñar a los vecinos y lo que preferimos ocultar deliberadamente por pudor, miedo o cobardía. Esta ficción es un producto profundamente local y muy nuestro, pero su mensaje es universal: podría situarse perfectamente en un viñedo de la Toscana italiana o en un cafetal de Colombia y mantendría la misma fuerza emocional. Un recordatorio entrañable de que el tiempo, la paciencia y el perdón siguen siendo los mejores ingredientes para sanar los vínculos familiares.

Lejos de buscar producciones grandilocuentes de alcance global, la estrategia de Disney+, o al menos lo que demuestra con producciones como «Olivia» y «La Suerte», es la de bucear en lo más autóctono y auténtico de los lugares donde se asienta, reconocer lo que nos identifica y nos define para crear historias a partir de ahí que nos recuerden la importancia de la diferencia frente a la uniformidad. Esta apuesta por los entornos locales y los oficios tradicionales demuestra que la identidad de un territorio puede viajar por todo el mundo si se cuenta con honestidad, convirtiendo las raíces culturales en un valor diferencial frente a los relatos clónicos.

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