Cuando Miquel Sánchez Murcia llegó al Ventosa i Calvell, en 1982, no había electricidad, ni radio, ni teléfono y apenas recibía visitas. “Eso era precisamente lo que andaba buscando: esa sensación de libertad”, recuerda. Cuarenta y cuatro años después, sigue siendo el guarda de este refugio situado a 2.200 metros de altura, en el Parque Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. Desde allí ha sido testigo privilegiado de la transformación de la montaña y, sobre todo, de quienes la recorren.
La alta montaña ya no es solo cosa de expertos y es elegida para desconectarse y compartir
Cuando Miquel Sánchez Murcia llegó al Ventosa i Calvell, en 1982, no había electricidad, ni radio, ni teléfono y apenas recibía visitas. “Eso era precisamente lo que andaba buscando: esa sensación de libertad”, recuerda. Cuarenta y cuatro años después, sigue siendo el guarda de este refugio situado a 2.200 metros de altura, en el Parque Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. Desde allí ha sido testigo privilegiado de la transformación de la montaña y, sobre todo, de quienes la recorren.
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