En España, nuestro sistema de pensiones es de reparto y no capitalización. Todo modelo de reparto es una identidad contable: lo que cobran los jubilados de hoy lo pagan los cotizantes de hoy. Cuando la esperanza de vida sube y la natalidad cae, esa identidad se rompe. La respuesta en la OCDE es simple: convertir la edad de jubilación en una variable endógena, atada a la longevidad.
En 2025 hay 33 personas de 65 o más años por cada 100 en edad de trabajar en la OCDE; en 2050 serán 52, y en España la ratio crecerá más de 25 puntos. La esperanza de vida a los 65 sumará casi cuatro años de aquí a 2065. Ante ese horizonte, 19 de los 38 países de la OCDE ya han legislado subidas: la edad ordinaria media pasará de 64,7 a 66,4 años para quien empieza a cotizar hoy.
El referente sigue siendo Suecia. Su sistema de cuentas nocionales convierte cada cotización en un saldo virtual que, al jubilarse, se divide entre la esperanza de vida de la cohorte. El mecanismo es transparente —el célebre «sobre naranja» informa cada año de la pensión esperada— y actuarialmente neutro: retrasar el retiro engorda la prestación. La edad mínima se desplaza sola conforme vivimos más. No hay dramas parlamentarios recurrentes porque es la aritmética, y no el político de turno, quien fija el calendario.
Hay además un argumento de simetría que rara vez se menciona. Si prolongamos la vida laboral por el final, conviene recordar que también se ha retrasado por el principio: en 1975 el español medio empezaba a trabajar hacia los 18 años; hacia 2000, a los 20 o 21; hoy, cerca de los 24 o 25. Estudiamos más y entramos más tarde. Pedir que salgamos más tarde no es solo demografía: es coherencia.
España cerrará en 2027 su transición hacia los 67. Mientras la edad se fije por decreto y no por esperanza de vida, corregida por los factores que consideremos, seguiremos reformando las pensiones cada década y siempre llegaremos tarde… Suecia es un buen espejo dónde mirarnos, pero no el único, lo que no podemos es seguir mirando hacia otro sitio.
Álvaro Hidalgo Vega. Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la UCLM y presidente de la Fundación Weber
Si prolongamos la vida laboral por el final, conviene recordar que también se ha retrasado por el principio
En España, nuestro sistema de pensiones es de reparto y no capitalización. Todo modelo de reparto es una identidad contable: lo que cobran los jubilados de hoy lo pagan los cotizantes de hoy. Cuando la esperanza de vida sube y la natalidad cae, esa identidad se rompe. La respuesta en la OCDE es simple: convertir la edad de jubilación en una variable endógena, atada a la longevidad.
En 2025 hay 33 personas de 65 o más años por cada 100 en edad de trabajar en la OCDE; en 2050 serán 52, y en España la ratio crecerá más de 25 puntos. La esperanza de vida a los 65 sumará casi cuatro años de aquí a 2065. Ante ese horizonte, 19 de los 38 países de la OCDE ya han legislado subidas: la edad ordinaria media pasará de 64,7 a 66,4 años para quien empieza a cotizar hoy.
El referente sigue siendo Suecia. Su sistema de cuentas nocionales convierte cada cotización en un saldo virtual que, al jubilarse, se divide entre la esperanza de vida de la cohorte. El mecanismo es transparente —el célebre «sobre naranja» informa cada año de la pensión esperada— y actuarialmente neutro: retrasar el retiro engorda la prestación. La edad mínima se desplaza sola conforme vivimos más. No hay dramas parlamentarios recurrentes porque es la aritmética, y no el político de turno, quien fija el calendario.
Hay además un argumento de simetría que rara vez se menciona. Si prolongamos la vida laboral por el final, conviene recordar que también se ha retrasado por el principio: en 1975 el español medio empezaba a trabajar hacia los 18 años; hacia 2000, a los 20 o 21; hoy, cerca de los 24 o 25. Estudiamos más y entramos más tarde. Pedir que salgamos más tarde no es solo demografía: es coherencia.
España cerrará en 2027 su transición hacia los 67. Mientras la edad se fije por decreto y no por esperanza de vida, corregida por los factores que consideremos, seguiremos reformando las pensiones cada década y siempre llegaremos tarde… Suecia es un buen espejo dónde mirarnos, pero no el único, lo que no podemos es seguir mirando hacia otro sitio.
Álvaro Hidalgo Vega. Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la UCLM y presidente de la Fundación Weber
Noticias de Economía Nacional e Internacional en La Razón
