El Mundial es el único certamen en que le marcas un gol a Suiza y te conviertes en un héroe nacional. En medio de tanta prosopopeya, España gana sin exagerar, vulgarizando a Francia en semifinales, obligándole a tragarse el orgullo. El éxito de la Selección no consiste en deslumbrar, sino en aplicar sus valores clásicos de comunidad y método para demostrar las limitaciones de la familia Mbappé, el goleador que traicionó al Madrid para consagrarse a su selección. Y después dirá Rajoy que no es francés. El Mundial es el único certamen en que le marcas un gol a Suiza y te conviertes en un héroe nacional. En medio de tanta prosopopeya, España gana sin exagerar, vulgarizando a Francia en semifinales, obligándole a tragarse el orgullo. El éxito de la Selección no consiste en deslumbrar, sino en aplicar sus valores clásicos de comunidad y método para demostrar las limitaciones de la familia Mbappé, el goleador que traicionó al Madrid para consagrarse a su selección. Y después dirá Rajoy que no es francés.
El Mundial es el único certamen en que le marcas un gol a Suiza y te conviertes en un héroe nacional. En medio de tanta prosopopeya, España gana sin exagerar, vulgarizando a Francia en semifinales, obligándole a tragarse el orgullo. El éxito de la Selección no consiste en deslumbrar, sino en aplicar sus valores clásicos de comunidad y método para demostrar las limitaciones de la familia Mbappé, el goleador que traicionó al Madrid para consagrarse a su selección. Y después dirá Rajoy que no es francés.
El problema de una contemplación budista del Mundial es que te pierdes los arrebatos de los niños besando el escudo de la camiseta, en vez de aprender gamberradas con los Minions. A cambio, la visión zen suaviza la frustración del pobre juego desplegado en la primera semifinal.
La frialdad analítica sintoniza con una España que no invita a la mitificación, porque no ha arrasado, se ha limitado a abrirse paso hasta la final inevitable. De nuevo, gana sin excederse, le invito a que encuentre un titular más gélido en honor de De la Fuente, que impone el distanciamiento frente a los derroches emocionales. También ayuda la tercera lesión clave del rival en tres eliminatorias consecutivas, un parte de bajas jalonado por Nuno Mendes, Courtois y Saliba.
‘La Odisea’ se estrena el viernes solo en cines, porque los héroes de la Selección son de carne y hueso. Ante el bloqueo hiperatlético del fútbol actual, no se necesitan mitos, basta con hábiles cerrajeros. En el concierto de imprecisiones que no solo define a la semifinal, sino al Mundial en su conjunto, la desenvoltura para apañar una chapuza es más rentable que el espectáculo. Sobre todo si se trata de alcanzar la final.
Un extraño penalti de Tigne abrió y decidió el marcador, el resultado numérico eclipsa a cualquier recurso utilizado para sellarlo. El segundo gol de España lo obtuvo Mbappé. No es un error, Pedro Porro se transmutó en el goleador de Francia para internarse y disparar en un gol que puede merecerle una acusación de plagio. Si De la Fuente pregonara que lo tenía todo calculado, invitaría a creerle. Y eso que solo tiene a un Lamine a la altura de las estrellas francesas. Por fortuna, Deschamps retrasó a Olise al quinto anfiteatro, en tanto que Dembélé teletrabajó y envió su contribución por WhatsApp. Los franceses acabaron tan desquiciados que sufrieron la tentación de imitar a Uruguay a patadas.
En etapas consecutivas y en un contrasentido ideológico, España ha hundido a pilares madridistas como Cristiano, Courtois y la estrella francesa. De hecho, «Mbappé defiende» era el eslogan más logrado y falso desde el «Greta Garbo ríe». Sin caer en la excitación, cabe recordar que Francia no solo era favorita a la semifinal de ayer con un margen de 60/40, sino la destinataria predeterminada de la Copa del Mundo el próximo domingo.
En el fracaso del fútbol como disciplina científica, España administró con sobriedad su condición de intrusa, mientras tejía la telaraña que desvirtuó a Francia en el segundo magnicidio de Dallas. La filosofía que ha conducido a la final es propicia para el último asalto dominical. Si hay que ganar, pues se gana. Salvo opinión en contra de Rajoy, claro. Cabe imaginarle sorprendido todavía, al ver que los jugadores franceses entonaban ‘La Marsellesa’.
Diario de Mallorca – Deportes
