Los gendarmes duermen en los hoteles cerca de la ciudad. Dejan las botas a las puertas de su habitación. Se duchan rápido tras un día de ajetreo con el Tour y se colocan la camiseta. Todos juntos ven el partido y les une la pasión, a la máxima expresión, en el día de la Fiesta Nacional. Los gendarmes duermen en los hoteles cerca de la ciudad. Dejan las botas a las puertas de su habitación. Se duchan rápido tras un día de ajetreo con el Tour y se colocan la camiseta. Todos juntos ven el partido y les une la pasión, a la máxima expresión, en el día de la Fiesta Nacional.
Los gendarmes duermen en los hoteles cerca de la ciudad. Dejan las botas a las puertas de su habitación. Se duchan rápido tras un día de ajetreo con el Tour y se colocan la camiseta. Todos juntos ven el partido y les une la pasión, a la máxima expresión, en el día de la Fiesta Nacional.
En la plaza principal de Clermont-Ferrand, a los pies del famoso Puy de Dôme, se levanta una enorme figura ecuestre de Vercingétorix, el último jefe auvernés que reunió a las tropas galas para luchar contra los romanos, lo que quedó reflejado en una famosa colección de cómics. Una inscripción en la estatua recuerda que “cogió las armas para la libertad de todos”.
No viene mal recordarlo en un día especial para la capital de Auvernia, tierra de volcanes: 14 de julio, noche de partido, de semifinales, todos contra España, aunque se ven muchas camisetas rojas y la famosa blanca con el nombre de Lamine Yamal a la espalda. Pero, sin duda, son minoría ante una tormenta humana, todos franceses, sin distinción de raza o color de piel, todos con amor a su equipo y su país.

En Francia -y Clermont-Ferrand no es la excepción- no hay tanto bar como España y la televisión no suele ser un elemento asociado a estos establecimientos. Y no digamos los restaurantes: no es fino comer enganchado al televisor. Por eso, algunos locales han sacado las teles de debajo de las piedras, o de sus casas, cables que cuelgan de los árboles o las paredes, reservas de mesas confirmadas desde hace días, un calor que te asa, y terrazas con el letrado de completo y la terrible frase cuando tratas de encontrar un mínimo espacio para sentarte: “désolé”. No hay nada que hacer. Había que llamar desde días antes si se quería estar con un televisor al alcance, aunque fuera a una distancia considerable.

Comienza el partido. Son las nueve de la noche, aunque debería definirse mejor como las nueve de la tarde, porque lo de oscurecer parece que sea un hecho muy tardío. El pitido inicial, la cuenta atrás que se escucha desde Norteamérica, sigue para calmar los nervios. Han cantado ‘La Marsellesa’ con una devoción extraordinaria. Los gritos han ensordecido la ciudad, Clermont-Ferrand puesta en pie. “¡Allez les bleus!”.
Pero a los 22 minutos cuando Oyarzabal marca de penalti, el revuelo, la alegría, la algarabía empiezan a tornarse en un silencio sepulcral. Sólo se escuchan los pocos gritos de los aficionados españoles repartidos por los bares de otra de las plazas principales de Clermont-Ferrand.
Y hasta ha sido una suerte que el ayuntamiento haya suspendido los tradicionales fuegos artificiales del 14 de Julio, que se lanzan cerca de la medianoche, por la ola de calor tórrido que atormenta la región y el peligro de incendio consiguiente.
Diario de Mallorca – Deportes
