Cuando la dignidad de un país desarmó la infamia de ETA

Olvidar es una anomalía biológica, pero en la España contemporánea se ha convertido en un preocupante vicio social. Sostienen los datos que la mitad de nuestros jóvenes ignora quién fue el concejal de Ermua cuyo sacrificio terminó por fracturar el muro de la impunidad terrorista. No es un descuido menor; es un apagón histórico. Para combatir esa desmemoria anestésica llega este viernes 10 de julio a Netflix la película documental «Miguel Ángel Blanco: las 48 horas que lo cambiaron todo». Bajo la dirección compartida de Jon Sistiaga y Juanjo López, la producción esquiva con inteligencia los vicios del consumo rápido y el espectáculo del dolor para firmar un ejercicio de honestidad intelectual que estremece por su crudeza aséptica.

La propuesta funciona con la tensión interna de un drama policial a contrarreloj, pero conviene no equivocarse de ventanilla: esto no es un producto recreado para el entretenimiento frívolo. Aquí no hay actores impostando miradas dramáticas ni reconstrucciones de estudio con luces montadas para la ocasión. Lo que hay es historia pura, despojada de artificios. El engranaje se sostiene sobre un monumental trabajo de rastreo que sintetiza más de 180 horas de archivo y el testimonio directo de una treintena de implicados que decidieron, por fin, hablar desde las tripas y no desde el manual de la corrección institucional.

Esa es la verdadera columna vertebral del proyecto: la capacidad de bajar las defensas a personajes que habitualmente se parapetan tras su cargo. Es reconfortante observar a figuras como José María Aznar, Jaime Mayor Oreja, el juez Manuel García Castellón o el alcalde Carlos Totorika desnudando la trastienda de unas decisiones dificilísimas, cruzando datos sobre los intentos laterales y discretos de mediación exterior —como el de la abogada María José Gurrutxaga con el ideólogo etarra Txelis en una prisión parisina— que el Gobierno central monitorizó de reojo sin ceder jamás al chantaje orgánico. Incluso el rey Felipe VI aporta un testimonio valioso, recordando su bautizo de fuego institucional cuando, con la misma edad que la víctima, acudió a un funeral que desbordaba indignación democrática.

 

Sin embargo, el valor diferencial del metraje no reside en los despachos oficiales, sino en la acera. En la reconstrucción de una España analógica, casi prehistórica ante nuestros ojos hiperconectados, donde la radio y el telediario eran los únicos altares de la angustia colectiva. Sistiaga, que entonces devoraba kilómetros sobre el terreno como un reportero veinteañero, actúa como un cirujano de la memoria. Consigue que nos duela el testimonio del ertzaina Imanol Rodríguez al recordar el instante en que sus compañeros se despojaron de los pasamontañas ante una multitud enfurecida frente a la sede de Herri Batasuna, o el desgarro ético de unos periodistas obligados a ejercer de heraldos de la tragedia ante el padre del joven retenido.

Frente a los héroes cotidianos, el relato radiografía con bisturí la mezquindad ambiental personificada en Ibón Muñoa, el chivato de la tienda de recambios de Éibar que facilitó los horarios de la víctima a los verdugos del comando Donosti. Su figura trasciende lo anecdótico para explicar la metástasis moral que infectaba a una sociedad donde el vecino del piso de arriba podía ser el contable de tu sentencia de muerte. El acierto de los directores es absoluto al negarle el micrófono de la autojustificación barata; los asesinos carecen de espacio para el discurso.

Lo más luminoso es el empeño de la cinta por rescatar al hombre de carne y hueso. Antes del mito, antes del símbolo político que las banderas intentaron convertir en patrimonio de uso exclusivo, estaba “Migue”. El chico que tocaba la batería en un grupo de rock, que escuchaba a Héroes del Silencio, que rellenaba facturas en una gestoría y que tenía novia. Esa normalidad aplastante es la que convirtió el crimen en un insulto universal: mataron a un don nadie que, en realidad, éramos todos nosotros. El cierre de la pieza, estructurado en torno a una carta íntima dirigida al joven asesinado, clausura el metraje con una sobriedad emocional que huye de la lágrima fácil para instalarse en el estómago del espectador. Un trabajo impecable, necesario para entender el precio exacto de nuestra libertad actual.

 Netflix estrena una rigurosa disección sobre el secuestro de Miguel Ángel Blanco que huye del morbo y apela a la conciencia colectiva   

Olvidar es una anomalía biológica, pero en la España contemporánea se ha convertido en un preocupante vicio social. Sostienen los datos que la mitad de nuestros jóvenes ignora quién fue el concejal de Ermua cuyo sacrificio terminó por fracturar el muro de la impunidad terrorista. No es un descuido menor; es un apagón histórico. Para combatir esa desmemoria anestésica llega este viernes 10 de julio a Netflix la película documental «Miguel Ángel Blanco: las 48 horas que lo cambiaron todo». Bajo la dirección compartida de Jon Sistiaga y Juanjo López, la producción esquiva con inteligencia los vicios del consumo rápido y el espectáculo del dolor para firmar un ejercicio de honestidad intelectual que estremece por su crudeza aséptica.

La propuesta funciona con la tensión interna de un drama policial a contrarreloj, pero conviene no equivocarse de ventanilla: esto no es un producto recreado para el entretenimiento frívolo. Aquí no hay actores impostando miradas dramáticas ni reconstrucciones de estudio con luces montadas para la ocasión. Lo que hay es historia pura, despojada de artificios. El engranaje se sostiene sobre un monumental trabajo de rastreo que sintetiza más de 180 horas de archivo y el testimonio directo de una treintena de implicados que decidieron, por fin, hablar desde las tripas y no desde el manual de la corrección institucional.

Esa es la verdadera columna vertebral del proyecto: la capacidad de bajar las defensas a personajes que habitualmente se parapetan tras su cargo. Es reconfortante observar a figuras como José María Aznar, Jaime Mayor Oreja, el juez Manuel García Castellón o el alcalde Carlos Totorika desnudando la trastienda de unas decisiones dificilísimas, cruzando datos sobre los intentos laterales y discretos de mediación exterior —como el de la abogada María José Gurrutxaga con el ideólogo etarra Txelis en una prisión parisina— que el Gobierno central monitorizó de reojo sin ceder jamás al chantaje orgánico. Incluso el rey Felipe VI aporta un testimonio valioso, recordando su bautizo de fuego institucional cuando, con la misma edad que la víctima, acudió a un funeral que desbordaba indignación democrática.

Sin embargo, el valor diferencial del metraje no reside en los despachos oficiales, sino en la acera. En la reconstrucción de una España analógica, casi prehistórica ante nuestros ojos hiperconectados, donde la radio y el telediario eran los únicos altares de la angustia colectiva. Sistiaga, que entonces devoraba kilómetros sobre el terreno como un reportero veinteañero, actúa como un cirujano de la memoria. Consigue que nos duela el testimonio del ertzaina Imanol Rodríguez al recordar el instante en que sus compañeros se despojaron de los pasamontañas ante una multitud enfurecida frente a la sede de Herri Batasuna, o el desgarro ético de unos periodistas obligados a ejercer de heraldos de la tragedia ante el padre del joven retenido.

Frente a los héroes cotidianos, el relato radiografía con bisturí la mezquindad ambiental personificada en Ibón Muñoa, el chivato de la tienda de recambios de Éibar que facilitó los horarios de la víctima a los verdugos del comando Donosti. Su figura trasciende lo anecdótico para explicar la metástasis moral que infectaba a una sociedad donde el vecino del piso de arriba podía ser el contable de tu sentencia de muerte. El acierto de los directores es absoluto al negarle el micrófono de la autojustificación barata; los asesinos carecen de espacio para el discurso.

Lo más luminoso es el empeño de la cinta por rescatar al hombre de carne y hueso. Antes del mito, antes del símbolo político que las banderas intentaron convertir en patrimonio de uso exclusivo, estaba “Migue”. El chico que tocaba la batería en un grupo de rock, que escuchaba a Héroes del Silencio, que rellenaba facturas en una gestoría y que tenía novia. Esa normalidad aplastante es la que convirtió el crimen en un insulto universal: mataron a un don nadie que, en realidad, éramos todos nosotros. El cierre de la pieza, estructurado en torno a una carta íntima dirigida al joven asesinado, clausura el metraje con una sobriedad emocional que huye de la lágrima fácil para instalarse en el estómago del espectador. Un trabajo impecable, necesario para entender el precio exacto de nuestra libertad actual.

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