Ató Argentina el corazón a sus botas y demostró a Inglaterra que vivir con miedo no es vivir. En seis minutos, entre el 86 y el 92, la Albiceleste se ganó el derecho a defender su título mundial frente a España en la final del domingo en Nueva York. Un capítulo final en el que Leo Messi, asistente en el zapatazo de Enzo y el testarazo de Lautaro, cerrará su increíble relato cruzándose con el crío al que ungió en una bañera de plástico, Lamine Yamal. Ató Argentina el corazón a sus botas y demostró a Inglaterra que vivir con miedo no es vivir. En seis minutos, entre el 86 y el 92, la Albiceleste se ganó el derecho a defender su título mundial frente a España en la final del domingo en Nueva York. Un capítulo final en el que Leo Messi, asistente en el zapatazo de Enzo y el testarazo de Lautaro, cerrará su increíble relato cruzándose con el crío al que ungió en una bañera de plástico, Lamine Yamal.
Ató Argentina el corazón a sus botas y demostró a Inglaterra que vivir con miedo no es vivir. En seis minutos, entre el 86 y el 92, la Albiceleste se ganó el derecho a defender su título mundial frente a España en la final del domingo en Nueva York. Un capítulo final en el que Leo Messi, asistente en el zapatazo de Enzo y el testarazo de Lautaro, cerrará su increíble relato cruzándose con el crío al que ungió en una bañera de plástico, Lamine Yamal.
El Inglaterra-Argentina nació y murió en una gran mentira. «Es sólo un partido de fútbol», que había dicho el seleccionador Lionel Scaloni. Ambos bandos llevaban el estómago lleno de odio por historias insoportables para los hinchas, e inasumibles para unos futbolistas que soportan un pasado que no es suyo. Los chavales lanzados a la muerte en las Malvinas bajo la mira de los fusiles ingleses, la venganza del Dios Maradona tanto en el cielo como en la tierra, o la historia de culpa y redención de Beckham, presente en el palco del circo romano de Atlanta, y que vio que nada había cambiado. Los palos superaron por mucho al fútbol en un primer acto en el que los sobreexcitados jugadores de la Albiceleste, con las embestidas taurinas de Gio Simeone como metáfora, ya angustiaron a la selección de los Three Lions, echada para atrás sin remedio por Thomas Tuchel por si la tormenta se lo llevaba también por delante.
«¡El que no salte es inglés!», gritaban los hinchas de Argentina sin que hubiera manera de advertir que sonaba nota alguna del God Save the King. Nadie hizo lo que Maradona en Italia 90, cuando llamó «hijos de puta» a los tifosi que silvaban el himno argentino. Cuando los aficionados ingleses trataron de vengarse, los futbolistas de Albiceleste se pusieron a cantar como locos, y con el pulmón en la tráquea, su himno nacional. Messi se desgañitaba alzando el mentón. Hubo un tiempo en que a Leo le reprochaban que no cantara. ¿Recuerdan?
Esa sobreexcitación, trasladada después al instinto de supervivencia, tuvo continuidad en el mismo amanecer, con Paredes propinándole un empujón a Bellingham con el que le avisaba de que, si se achantaba, ya no se levantaría. Bellingham, como Kane, fueron sombras. Esa Argentina que ya había hecho de la supervivencia extrema su razón de ser en Qatar, ha seguido caminando en Estados Unidos por los límites de la locura agarrada a los golpes de genio de Leo Messi. Con su zurda celestial cedió a Nico un gol que le sacó Pickford, y en el 85 propició el momentáneo empate al hacer de prologuista del gol de Enzo que todo lo cambiaba.
Era ya aquella una Argentina volcada frente a Pickford, un don nadie en el día a día, un portero totémico en los Mundiales que no pudo salvar esta vez tampoco a los suyos. Tuchel, muerto de miedo, ya se había propuesto amontonar el área con un sinfín de defensas –hasta seis– porque tocaba sostener el gol de Gordon, ese demonio con porte de vendedor de helados. Una vez alcanzada la ventaja a poco de comenzar el segundo acto después de que el nuevo futbolista del Barça asaltara la espalda de Nahuel Molina, el seleccionador alemán de Inglaterra obligó a su equipo a que mirara el abismo. Y el abismo, claro, le devolvió la mirada.
Messi, que encontró a Enzo y Lautaro como aliados, dio la palada a Tuchel y a una Inglaterra que lleva 60 años paralizada en su martirio. España, con el fútbol por bandera, tendrá que pelear algo contra una Argentina que escapa a la razón.
Diario de Mallorca – Deportes
