Los vendedores ambulantes y los puestecitos del mercadillo empiezan a recogerse a media tarde del sábado. En las callejuelas huele a cordero asado y en las terrazas se mezclan autóctonos del barrio, obreros jubilados e inmigrantes de tercera generación, con grupos de jóvenes de aspecto hípster con ropa cara y cervezas IPA. Saint-Ouen es la primera frontera entre ese París haussmanniano, ya inaccesible para determinados presupuestos familiares, y su famosa banlieue, tristemente conocida hasta no hace tanto por las revueltas juveniles, los episodios de terrorismo yihadista y sus grandes bloques de hormigón. Pero es, también, el resultado de la inversión en los pasados Juegos Olímpicos, el símbolo de la gentrificación de la periferia parisina y el hogar del club más antiguo y carismático de la ciudad: el Red Star.
El Red Star, en el viejo suburbio obrero de Saint-Ouen, es el club más antiguo de la capital francesa y un reducto contracultural en el fútbol globalizado
Los vendedores ambulantes y los puestecitos del mercadillo empiezan a recogerse a media tarde del sábado. En las callejuelas huele a cordero asado y en las terrazas se mezclan autóctonos del barrio, obreros jubilados e inmigrantes de tercera generación, con grupos de jóvenes de aspecto hípster con ropa cara y cervezas IPA. Saint-Ouen es la primera frontera entre ese París haussmanniano, ya inaccesible para determinados presupuestos familiares, y su famosa banlieue, tristemente conocida hasta no hace tanto por las revueltas juveniles, los episodios de terrorismo yihadista y sus grandes bloques de hormigón. Pero es, también, el resultado de la inversión en los pasados Juegos Olímpicos, el símbolo de la gentrificación de la periferia parisina y el hogar del club más antiguo y carismático de la ciudad: el Red Star.
Diez kilómetros al noreste del estadio del PSG, el Parque de los Príncipes, encajonado entre un gran edificio de protección oficial a cuyas ventanas se asoman sus vecinos los días de partido y un complejo de modernas oficinas acristaladas, se alza un templo para miles de aficionados y, también, una metáfora de la transformación de este viejo suburbio obrero.
El Stade Bauer es el hogar del club de fútbol más antiguo de la ciudad, fundado en 1897 por Jules Rimet, padre de la Copa del Mundo. Una institución contracultural en el fútbol moderno, inclusiva, antifascista y contraria a la deriva del negocio global de este deporte. “Esto es otra cosa. Es verdad que últimamente las gradas se han llenado de muchos bo-bos [término francés que sintetiza las palabras bohemio-burgués], pero sigue manteniendo una identidad propia, alejada de los otros clubes”, explica Jean-François, socio de un club convertido en una bandera de la izquierda.
El Red Star, más allá de la evocación comunista que sugiere su escudo y los cánticos de su grada, debe su nombre al logotipo de una naviera. Sus mejores años deportivos terminaron con la II Guerra Mundial, con cuatro Copas de Francia en el periodo de entreguerras y una última a principios de los cuarenta.
Fue entonces cuando Rino della Negra, rapidísimo delantero del equipo, pasó a formar parte del grupo de la Resistencia Manouchian. Detenido por los nazis, fue procesado sumariamente a comienzos de 1944 y fusilado en la fortaleza de Mont-Valérien el 21 de febrero junto a 23 compañeros de lucha, cuatro de ellos italianos. Hoy está enterrado en el cementerio de Ivry-sur-Seine, pero la grada donde se colocan los ultras cada semana lleva su nombre.
El club, emparentado con otros equipos de barrio con inclinaciones de izquierda como el Rayo Vallecano, en España, o el St. Pauli, en Alemania, se jugaba hace dos semanas el ascenso a la primera división del fútbol francés contra el Montpellier. También la posibilidad de ver en la misma competición a tres equipos de París, mucho más jóvenes que el club de Saint-Ouen: el todopoderoso PSG, el Paris FC, nuevo juguete de la rica familia Arnault (propietarios del grupo de lujo LVMH) y el antisistema Red Star.
El Bauer no tenía ni un asiento libre (el club está ampliando las gradas para tener más capacidad desde que lo compró un polémico fondo de inversión que se dedicó a especular con el suelo del estadio). “Flic, arbitre ou militaire, qu’est-ce qu’on ne ferait pas pour un salaire”, se escucha en la grada ultra [“Poli, árbitro o militar, no todo vale para conseguir un salario”]. El bar despacha bocadillos de Merguez halal y cerveza IPA. Los niños juegan en las bocas del estadio. No hay insultos, ni racismo, ni homofobia, ni violencia. “Por no haber, a veces no hay ni gritos de ánimo”, lamenta un aficionado con un tono sardónico. “Hay que gritar más, caramba”, insiste.
El clima de concordia es total, y en el minuto 80 se respira ya alivio. Pero el equipo se despista y el Montpellier empata a tres minutos del final, obligando al Red Star a jugar días después una eliminatoria que tampoco superará. 51 años después (temporada 1974-1975), el club de Saint-Ouen no volverá a la cima del fútbol francés. Otro año en la segunda categoría. Otro sin mezclarse con la élite, los derechos de televisión y los enormes ingresos por publicidad. Quizá sea una bendición.
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