La guerra contra Irán reaviva la oposición a las bases británicas en Chipre: “Son una herencia colonial”

El dron de fabricación iraní que el pasado marzo impactó en la base británica de Akrotiri, en el sur de Chipre, apenas causó desperfectos a una pista de aterrizaje y un hangar, pero los daños que puede ocasionar a estas infraestructuras clave en la proyección estratégica y militar del Reino Unido son mucho mayores. Porque el ataque ha reavivado el debate sobre la presencia británica en este país —el miembro más suroriental de la Unión Europea—, que es considerada una cuestión todavía sin cerrar del proceso de descolonización.

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El dron de fabricación iraní que el pasado marzo impactó en la base británica de Akrotiri, en el sur de Chipre, apenas causó desperfectos a una pista de aterrizaje y un hangar, pero los daños que puede ocasionar a estas infraestructuras clave en la proyección estratégica y militar del Reino Unido son mucho mayores. Porque el ataque ha reavivado el debate sobre la presencia británica en este país —el miembro más suroriental de la Unión Europea—, que es considerada una cuestión todavía sin cerrar del proceso de descolonización.

Durante los días siguientes al ataque del dron –lanzado desde suelo libanés–, cazas británicos y griegos derribaron otros proyectiles que se dirigían a la isla, y varios países europeos, como Francia, Grecia y España, desplegaron buques militares en el Mediterráneo oriental en apoyo de Chipre. Tras una semana de sirenas, la situación se calmó. Especialmente después de que, según publicó la prensa libanesa y chipriota, el jefe del espionaje de Chipre, Tasos Tzionis, “contactase” al grupo armado libanés Hezbolá para pedirle garantías de que no habría nuevos ataques contra la isla, que no participa en la ofensiva lanzada por EE UU e Israel contra Irán.

Ningún partido grecochipriota defiende abiertamente las bases británicas, si bien las formaciones del centro y el centroderecha mantienen una postura más moderada que las de la izquierda y los nacionalistas, que exigen su desmantelamiento inmediato. Así que el resultado de las elecciones del domingo –en el que se prevé un avance de la extrema derecha nacionalista y de nuevos partidos– puede añadir presión al Gabinete de Nikos Christodoulides, al que le quedan dos años de mandato (Chipre se rige por un sistema presidencialista).

El propio Christodoulides –un independiente que se ha apoyado en diferentes partidos en el Parlamento chipriota– ha criticado duramente al Reino Unido, y a las cambiantes declaraciones de su primer ministro, Keir Starmer, al inicio de la guerra, por considerar que, al no dejar claro cuál era el papel que iban a jugar las dos bases británicas en Chipre (Dhekelia y Akrotiri), convertía a la isla en objetivo. “Cuando esta crisis [en Oriente Próximo] termine, debemos tener una conversación abierta y franca con el Gobierno británico”, dijo Christodoulides el pasado marzo, en un discurso en Bruselas, durante el que subrayó que las bases son una “herencia colonial”.

El Gobierno chipriota no tiene control, y muchas veces ni siquiera recibe información, sobre qué tipo de armamento o equipamiento militar es transportado por el Reino Unido a estas bases. “Hace lo que le da la gana en ellas”, explica una fuente diplomática. No en vano, durante la Guerra Fría, Londres llegó a desplegar una escuadrilla de bombarderos Vulcan equipados con armas nucleares, que luego retiró; y, más recientemente, Akrotiri ha sido utilizada en labores de apoyo a Israel y de transferencia de armas estadounidenses. “No podemos contarle al mundo entero lo que hacéis aquí. Por eso es tan importante agradecéroslo y reconocerlo”, dijo Starmer en un mensaje a las tropas de Akrotiri en diciembre de 2024.

Situado a poco más de 150 kilómetros de las costas de Siria y Líbano, y a 350 de Gaza, Chipre es comparado, desde el punto de vista estratégico, a un inmenso portaviones en el Mediterráneo, una base avanzada de los intereses europeos en el corazón de Oriente Próximo. Además de la base aérea de Akrotiri, la de Dhekelia alberga enormes antenas y radares. “El Reino Unido opera una importante infraestructura de espionaje, con avanzados sistema de captación de señales”, explica Christos Iakovou, director del Centro de Investigación de Chipre. De hecho, esta infraestructura ha sido clave para el desarrollo de operaciones bélicas anglo-estadounidenses en Irak o Afganistán.

De ahí que, al arreciar el debate sobre las bases, el secretario de Estado de Defensa del Reino Unido, Al Carns, dijese que “no están abiertas a negociaciones”. “Tenemos que ser muy claros en esto: el estatus legal de las bases soberanas es sólido como una roca”, afirmó durante una entrevista con The Telegraph.

Las bases de Akrotiri y Dhekelia no son unas bases militares al uso, reguladas por un convenio bilateral, como pueden ser las de Rota y Morón en España, utilizadas por Estados Unidos. Se trata de Territorios Británicos de Ultramar cuya soberanía se reservó Londres cuando concedió la independencia a su antigua colonia. En total cubren un 3% del territorio de la isla, y además de las instalaciones militares, incluyen pueblos donde viven 11.000 ciudadanos chipriotas, que se puede mover libremente si bien el desarrollo de ciertas infraestructuras o la construcción están limitados por lo que acuerden Londres y Nicosia.

Descolonización incompleta

“El argumento básico [contra las bases] es que Chipre nunca alcanzó la independencia completa porque los británicos se reservaron parte del territorio de la isla. Además del simbolismo que tienen las bases, se arguye que el control por parte de un poder extranjero mina la soberanía de Chipre”, expone Iakovou, que añade otro factor más: “La presencia británica complica la solución del problema de Chipre”. El “problema”, en Chipre, es la partición de la isla en una mitad norte, de mayoría turcochipriota y ocupada por Turquía, y un sur de mayoría grecochipriota y reconocido internacionalmente. La intervención de Turquía en la isla, en 1974, se hizo precisamente enarbolando uno de los tratados que dieron la independencia a la isla y que reconoce a Turquía, Grecia y Reino Unido el estatus de “garantes” de su soberanía, una vía para inmiscuirse en sus asuntos internos.

Los legisladores chipriotas están siguiendo de cerca las negociaciones entre España y Gibraltar y, sobre todo, la cuestión de las islas Chagos. Tras una resolución del Tribunal Internacional de Justicia en 2019 en la que consideró ilegal que el Reino Unido desgajase este archipiélago de Mauricio cuando le reconoció su independencia en 1968, Londres llegó el año pasado a un acuerdo con el Gobierno de Mauricio por el cual le devuelve las islas a cambio de mantener durante 99 años el control de la isla chagosiana de Diego García, donde está situada una base militar anglo-estadounidense. El argumento es aplicable a Chipre, ya que, en su caso, Londres le presentó un hecho consumado: solo podría acceder a la independencia si aceptaba excluir la parte de territorio de las bases, que siguió siendo británico.

Chipre, explica Iakovou, intentará primero avanzar estas cuestiones en negociaciones bilaterales con Reino Unido –cuyo gobierno ha sido muy cuestionado por los conservadores y la extrema derecha a raíz de la devolución de Chagos–, pero, en caso de que no haya acuerdo, podría optar a instancias judiciales internacionales. Por el momento, el Gobierno chipriota, aprovechando que este mes ejerce la presidencia rotatoria del Consejo de la UE, ha logrado incluir el tema en la agenda europea. Las conclusiones de la cumbre de líderes europeos del pasado 19 de marzo recogen que “el Consejo reconoce la intención de Chipre de iniciar negociaciones con el Reino Unido y está listo para aportar la ayuda necesaria”.

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