Sánchez, resistir es gastar

Enrique Fuentes Quintana (1924-2007), el padre de los mitificados Pactos de la Moncloa —ahora impensables—, cuando era vicepresidente del Gobierno de Adolfo Suárez (1932-2014), explicaba con frecuencia —y con un tono crítico— que «gobernar es gastar», no sin recomendar que hubiera equilibrio entre los ingresos y los gastos, porque lo contrario conduce a la ruina.

Ahí está la famosa sentencia de Charles Dickens (1812-1870): «Ingreso anual, veinte libras; gasto anual, diecinueve; resultado, felicidad. Ingreso anual, veinte libras; gasto anual, veintiuna; resultado, miseria». Hace mucho que Carmen Calvo, en sus tiempos de ministra de Rodríguez Zapatero, demostró su estulticia económica, por llamarla de otra manera, cuando dijo aquello de que «el dinero público no es de nadie». Si es recordada por algo, será por eso.

Pedro Sánchez es doctor en Economía. Aunque su doctorado no fuera de los más brillantes, debe conocer los fundamentos de la disciplina. Es probable incluso que estudiara los Pactos de la Moncloa y que se topara con la frase de Fuentes Quintana sobre el gobierno y el gasto.

También debería conocer la recomendación dickensiana, otro clásico de la economía. El inquilino de la Moncloa, resistente por encima de todo y acomodaticio al momento y a sus intereses, tiene sus propias versiones de casi todo. El gasto no es una excepción. «Gobernar es gastar», sí, pero para él «gastar es resistir».

El miércoles pasado el presidente acudió al Congreso de los Diputados, a petición propia, antes de que se lo exigieran, para hablar de los asuntos de la corrupción. Llegó tras haber anunciado el día anterior que el Gobierno destinaría otros 2.218 millones de euros a dependencia, como explicó la ministra portavoz Elma Sáiz, casi al mismo tiempo que él presumía de la decisión. «¿Cómo no vamos a continuar?», se autopreguntó en el Parlamento para responderse a renglón seguido.

No ofreció los detalles, pero sí la fórmula para seguir: gastar, gastar y gastar, organizar algo así como una orgía de gasto público –que sí es de alguien– el resto de la legislatura, dure lo que dure.

El objetivo presidencial, a costa de todos, claro, es doble: el primero, resistir, por supuesto; el segundo, que la diarrea anunciada de dispendios le permita recuperar votos y mantenga viva la ilusión de que, por otro quiebro de esos del destino y la conjunción de muchos factores, pueda seguir en la Moncloa. Es muy improbable, pero no es imposible, y nada está escrito. Lo decía Karl Popper (1902-1994): «el futuro depende de nosotros mismos».

Hay un tercer objetivo, menos urgente, pero objetivo al fin y al cabo, en la estrategia de gasto sanchista. Simple y sencillo. Si todos sus planes a la desesperada no tienen éxito y es removido de la presidencia del Gobierno tras las próximas elecciones, Sánchez quiere dejarle a su sucesor, en teoría Alberto Núñez Feijóo, con más o menos apoyos de Abascal, una herencia económica imposible, un marrón de gastos inasumible, que obligará al nuevo Gobierno a adoptar algunas medidas de austeridad.

Generarán malestar, es inevitable, salvo que se hable a los ciudadanos con claridad y sin paños calientes, como hizo en su día Fuentes Quintana. Incluso así, el rechazo popular será notable y Sánchez, que agitará la calle, espera que eso haga saltar las costuras de ese futuro Gobierno y le dé la opción de un regreso triunfal, si otros episodios de presunta corrupción no lo impiden. Yolanda Díaz ya se lo dijo a la oposición en el Congreso en 2021: «Ustedes nunca gobernarán y, si lo hicieran, iban a tener huelgas y movilizaciones masivas».

Sánchez ya ha anunciado algo así como una barra libre de gasto, con la excusa de atender a necesidades sociales, claro. Patxi López, algo pasado de vueltas, ya explicó en el Congreso que el Gobierno debe continuar para beneficiar a dependientes, inmigrantes y parados.

El que Felipe González advirtiera, casi al mismo tiempo, que puede haber tensiones de gasto en algunas áreas solo sirvió para que los más sanchistas lo descalificaran. Solo les faltó, en alguna televisión pública mañanera, llamarle fascista, pero lo sugirieron.

El presidente, no obstante, quiere que su ministro de Hacienda pergeñe unos Presupuestos para 2027 hiperexpansivos, es decir, con el mayor gasto, social y no social, de la historia, sin olvidar las dádivas que exigirán indepes y nacionalistas, que esa es otra historia.

Si salen adelante, fantástico; si fracasan, le queda el recurso del decreto-ley, para gastar casi lo que quiera. Y, en cualquier caso, anunciará gastos —incluso los imposibles— por si tiene que dejar el poder y acusar a su sucesor de hacer recortes incluso de lo anunciado. Pedro Sánchez ahora reconvierte en «resistir es gastar», el consejo y advertencia de Fuentes Quintana.

 El presidente, en su política de resistencia en el Gobierno, aplicará una política de barra libre de gasto con la esperanza de seguir en el poder o dejar una herencia imposible  

Enrique Fuentes Quintana (1924-2007), el padre de los mitificados Pactos de la Moncloa —ahora impensables—, cuando era vicepresidente del Gobierno de Adolfo Suárez (1932-2014), explicaba con frecuencia —y con un tono crítico— que «gobernar es gastar», no sin recomendar que hubiera equilibrio entre los ingresos y los gastos, porque lo contrario conduce a la ruina.

Ahí está la famosa sentencia de Charles Dickens (1812-1870): «Ingreso anual, veinte libras; gasto anual, diecinueve; resultado, felicidad. Ingreso anual, veinte libras; gasto anual, veintiuna; resultado, miseria». Hace mucho que Carmen Calvo, en sus tiempos de ministra de Rodríguez Zapatero, demostró su estulticia económica, por llamarla de otra manera, cuando dijo aquello de que «el dinero público no es de nadie». Si es recordada por algo, será por eso.

Pedro Sánchez es doctor en Economía. Aunque su doctorado no fuera de los más brillantes, debe conocer los fundamentos de la disciplina. Es probable incluso que estudiara los Pactos de la Moncloa y que se topara con la frase de Fuentes Quintana sobre el gobierno y el gasto.

También debería conocer la recomendación dickensiana, otro clásico de la economía. El inquilino de la Moncloa, resistente por encima de todo y acomodaticio al momento y a sus intereses, tiene sus propias versiones de casi todo. El gasto no es una excepción. «Gobernar es gastar», sí, pero para él «gastar es resistir».

El miércoles pasado el presidente acudió al Congreso de los Diputados, a petición propia, antes de que se lo exigieran, para hablar de los asuntos de la corrupción. Llegó tras haber anunciado el día anterior que el Gobierno destinaría otros 2.218 millones de euros a dependencia, como explicó la ministra portavoz Elma Sáiz, casi al mismo tiempo que él presumía de la decisión. «¿Cómo no vamos a continuar?», se autopreguntó en el Parlamento para responderse a renglón seguido.

No ofreció los detalles, pero sí la fórmula para seguir: gastar, gastar y gastar, organizar algo así como una orgía de gasto público –que sí es de alguien– el resto de la legislatura, dure lo que dure.

El objetivo presidencial, a costa de todos, claro, es doble: el primero, resistir, por supuesto; el segundo, que la diarrea anunciada de dispendios le permita recuperar votos y mantenga viva la ilusión de que, por otro quiebro de esos del destino y la conjunción de muchos factores, pueda seguir en la Moncloa. Es muy improbable, pero no es imposible, y nada está escrito. Lo decía Karl Popper (1902-1994): «el futuro depende de nosotros mismos».

Hay un tercer objetivo, menos urgente, pero objetivo al fin y al cabo, en la estrategia de gasto sanchista. Simple y sencillo. Si todos sus planes a la desesperada no tienen éxito y es removido de la presidencia del Gobierno tras las próximas elecciones, Sánchez quiere dejarle a su sucesor, en teoría Alberto Núñez Feijóo, con más o menos apoyos de Abascal, una herencia económica imposible, un marrón de gastos inasumible, que obligará al nuevo Gobierno a adoptar algunas medidas de austeridad.

Generarán malestar, es inevitable, salvo que se hable a los ciudadanos con claridad y sin paños calientes, como hizo en su día Fuentes Quintana. Incluso así, el rechazo popular será notable y Sánchez, que agitará la calle, espera que eso haga saltar las costuras de ese futuro Gobierno y le dé la opción de un regreso triunfal, si otros episodios de presunta corrupción no lo impiden. Yolanda Díaz ya se lo dijo a la oposición en el Congreso en 2021: «Ustedes nunca gobernarán y, si lo hicieran, iban a tener huelgas y movilizaciones masivas».

Sánchez ya ha anunciado algo así como una barra libre de gasto, con la excusa de atender a necesidades sociales, claro. Patxi López, algo pasado de vueltas, ya explicó en el Congreso que el Gobierno debe continuar para beneficiar a dependientes, inmigrantes y parados.

El que Felipe González advirtiera, casi al mismo tiempo, que puede haber tensiones de gasto en algunas áreas solo sirvió para que los más sanchistas lo descalificaran. Solo les faltó, en alguna televisión pública mañanera, llamarle fascista, pero lo sugirieron.

El presidente, no obstante, quiere que su ministro de Hacienda pergeñe unos Presupuestos para 2027 hiperexpansivos, es decir, con el mayor gasto, social y no social, de la historia, sin olvidar las dádivas que exigirán indepes y nacionalistas, que esa es otra historia.

Si salen adelante, fantástico; si fracasan, le queda el recurso del decreto-ley, para gastar casi lo que quiera. Y, en cualquier caso, anunciará gastos —incluso los imposibles— por si tiene que dejar el poder y acusar a su sucesor de hacer recortes incluso de lo anunciado. Pedro Sánchez ahora reconvierte en «resistir es gastar», el consejo y advertencia de Fuentes Quintana.

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