A las seis de la tarde de ayer, el Frontón de Sineu abría sus puertas de nuevo. No hacía ni 24 horas que las había cerrado, y habrá que ir acostumbrándose a este ritmo. Lejos quedan, al menos en la conciencia de quienes han empujado su regreso, aquellos tiempos en los que hablar de pelota vasca en Mallorca sonaba a pasado. El recinto volvió a escuchar la pelota en 2023 después de cuatro décadas, y hoy alrededor de sus paredes ya hay jugadores, clubes y competición propia. Ayer, la segunda edición del Torneo Quelet i Boiret volvió a exhibir ese renacimiento. A las seis de la tarde de ayer, el Frontón de Sineu abría sus puertas de nuevo. No hacía ni 24 horas que las había cerrado, y habrá que ir acostumbrándose a este ritmo. Lejos quedan, al menos en la conciencia de quienes han empujado su regreso, aquellos tiempos en los que hablar de pelota vasca en Mallorca sonaba a pasado. El recinto volvió a escuchar la pelota en 2023 después de cuatro décadas, y hoy alrededor de sus paredes ya hay jugadores, clubes y competición propia. Ayer, la segunda edición del Torneo Quelet i Boiret volvió a exhibir ese renacimiento.
A las seis de la tarde de ayer, el Frontón de Sineu abría sus puertas de nuevo. No hacía ni 24 horas que las había cerrado, y habrá que ir acostumbrándose a este ritmo. Lejos quedan, al menos en la conciencia de quienes han empujado su regreso, aquellos tiempos en los que hablar de pelota vasca en Mallorca sonaba a pasado. El recinto volvió a escuchar la pelota en 2023 después de cuatro décadas, y hoy alrededor de sus paredes ya hay jugadores, clubes y competición propia. Ayer, la segunda edición del Torneo Quelet i Boiret volvió a exhibir ese renacimiento.
Cuando aún faltaba hora y media para el partido, a las gradas aún les faltaba para el lleno, pero ya rebosaban de una alegría que, en el deporte, solo se respira en las finales. En cierto modo lo era: una pareja terminaría levantando el trofeo. Sin embargo, aquella felicidad tenía más que ver con la ilusión por el momento compartido. Un disfrute casi inocente, como el de quien contempla a los niños jugar. Y, de hecho, estaba pasando: los más jóvenes se habían apoderado de algunas pelotas que después golpearían los expertos.
Pronto, el lugar empezó a amenazar con llenarse, como había ocurrido el día anterior durante el Aupa Idò, y como volvió a suceder. Los pelotaris mallorquines charlaban con los vascos, familiares y amigos. Una hora antes del primer pelotazo, la escena sabía a cualquier cosa menos a enfrentamiento: los dos de rojo y los dos de azul compartían mesa mientras se colocaban las protecciones de las manos, recortaban, ajustaban y conversaban. «No, no, esto es sagrado», aseguraba Mikel Aranguren sobre la tradición de prepararse antes del partido junto a los rivales.
Iker Urmeneta e Imanol Odriozola comenzaron con más acierto. Los rojos abrieron una distancia de hasta cuatro tantos que obligó a Mikel Aranguren y a Mikel Goñi a remar a contracorriente desde bien temprano. Este último, además, arrastraba dolor de cadera. Empezó como zaguero, se reprendió cuando el golpe no salía como quería y, con el paso de los puntos, adelantó su posición mientras Aranguren ganaba peso atrás.
La reacción azul fue llegando poco a poco. Goñi alternó golpes profundos con dejadas que obligaron a Urmeneta a correr hasta los límites de la cancha, casi pegado al público. Con 17-18, después de uno de los intercambios de la tarde, se volvió hacia Aranguren: «Va, Mikelo, que estamos jugando como los ángeles».
El marcador llegó al 21-20 para Urmeneta y Odriozola. Un tanto más debía poner fin al partido, pero Goñi propuso jugar hasta 25 para alargar el espectáculo. Nadie puso objeciones. Odriozola explicó después que la decisión fue consensuada; Urmeneta recordó que en fiestas no es extraño alcanzar los 25 o incluso los 30 tantos si el cuerpo lo permite.
La prolongación cambió el ganador. Goñi y Aranguren se hicieron fuertes en el tramo decisivo y terminaron imponiéndose por 25-22. «Hemos jugado el mejor partido del año», celebraban los azules al acabar. El resultado importaba, aunque durante muchos minutos pareció secundario frente a la calidad de los intercambios y al entusiasmo que devolvía cada golpe desde la grada.
Para los pelotaris mallorquines, la tarde fue también una lección. Biel Salas hablaba de «un privilegio» por poder disfrutar de jugadores a los que estaba acostumbrado a ver por televisión. Dani López definía como «mágico» contemplar «puntos increíbles» y «jugadas impensables». El último tanto no vació el frontón. Hubo abrazos y conversaciones entre jugadores, aficionados y familiares. Aiala Urruzola, pareja de Goñi, tomó la pandereta e Imanol Odriozola cambió por un rato la pelota por la trikitixa, el acordeón tradicional vasco. Tocaban juntos por primera vez. Música, comida y bebida completaron la noche en un lugar hecho para jugar, quedarse y volver.
En una de las charlas posteriores, Goñi sonrió: «Se está haciendo grupo». Hace no tanto, la pelota vasca en Mallorca se conjugaba en pasado. Ayer, en Sineu, volvió a sonar a futuro.
Diario de Mallorca – Deportes
