Jesse Burgess: «España tiene algunas de las ciudades gastronómicas más interesantes de Europa»

Viajar por el mundo, entrar en algunos de los mejores restaurantes y probar los platos de chefs que persiguen las codiciadas estrellas Michelin suena a uno de esos trabajos que cualquiera querría tener. Para Jesse Burgess (Cambridgeshire, Reino Unido, 1991), conocido también por ser uno de los rostros detrás de TOPJAW, es prácticamente su día a día. Tras el éxito de la primera temporada de Al filo: en busca de estrellas Michelin, la serie de Apple TV producida por Gordon Ramsay regresa ahora con una segunda entrega. LA RAZÓN ha charlado con Burgess con motivo de su estreno.

Mucha gente le conoce por TOPJAW. ¿Cómo fue pasar de producir contenido para YouTube a participar en una producción televisiva de esta escala?

Al principio fue bastante abrumador y estaba muy nervioso. Llevaba mucho tiempo acostumbrado a mirar directamente a cámara y mi contenido ya lo había visto muchísima gente, pero esto era algo completamente distinto: de repente tenía a todo un equipo de producción de Apple TV a mi alrededor. Por suerte, los nervios se me pasaron bastante rápido porque conecté muy bien con todo el equipo. James Cownie, que ha dirigido las dos temporadas, Alex Knowles y Ollie Clute como directores de fotografía, los productores… Nos llevamos todos genial. En muy poco tiempo conseguimos que un equipo enorme se sintiera como un pequeño grupo de amigos, y eso hizo que todo fuera mucho más fácil y divertido.

La serie transmite muy bien al espectador la enorme presión que existe en esta carrera por conseguir las estrellas Michelin. Después de convivir tan de cerca con estos chefs, ¿cómo se vive realmente esa presión? ¿Alguna vez ha pensado si todo ese sacrificio merece la pena?

La vida de un chef es muy dura. Muchas veces estás trabajando mientras el resto de la gente está disfrutando de su tiempo libre, las jornadas son larguísimas y cada día hay muchísimas cosas que controlar. Pero también reciben mucho a cambio. Está la energía de una cocina, esa sensación de salir a escena cada noche, sobre todo cuando trabajas a este nivel. Ellos saben que lo que están haciendo y lo que sirven tiene una calidad increíble. Una de las cosas que más me gustan de las estrellas Michelin es que les dan algo por lo que luchar más allá de tener el restaurante lleno y a los clientes contentos. Es un reconocimiento que valida todo ese trabajo y les da una meta. Sí, hay muchísima presión y tienen que hacer muchos sacrificios en su vida personal, pero he conocido a tantos chefs que enseguida te das cuenta de que esto es lo que quieren hacer. No se imaginan haciendo otra cosa. Y esa adrenalina que les da la cocina no la encuentran en ningún otro sitio.

Después de pasar tanto tiempo con ellos, inevitablemente acaba creando un vínculo personal. ¿Cómo consigue mantener la neutralidad durante las ceremonias Michelin?

La verdad es que no soy nada neutral. Estoy totalmente de parte de nuestros chefs porque he pasado tiempo con ellos y los he conocido de verdad. Si estuviera presentando la ceremonia o tuviera que ser imparcial, sería otra historia, pero mi papel es acompañar al espectador de Al filo. Quiero que los chefs que seguimos consigan esos reconocimientos. Y se nota mucho en mis reacciones. A veces me vuelvo completamente loco: puedo quedarme destrozado si alguien no consigue lo que esperaba o ponerme eufórico cuando aparece el nombre de uno de nuestros chefs. Además, yo no sé los resultados de antemano. A veces el director entra en los ensayos y puede ver lo que va a aparecer en pantalla, pero tenemos una regla muy clara: no puede contármelo ni a mí ni a nadie del equipo. Así que mis reacciones son totalmente reales.

La primera temporada también era, en cierto modo, una experiencia de viaje. ¿Qué nuevos lugares y gastronomías va a descubrir el espectador en esta segunda temporada?

Por las fechas en las que rodamos, estuvimos bastante condicionados por el calendario de Michelin. La guía celebra ceremonias en distintos lugares durante todo el año y nosotros tuvimos que ir siguiendo ese calendario. Uno de los destinos que más ilusión me hacía esta temporada era Brasil. Pasamos tiempo en Río de Janeiro y São Paulo y fue muy interesante conocer mejor la cocina brasileña y descubrir los restaurantes que aparecen en la serie. Allí seguimos, por ejemplo, a una pareja que está aplazando la decisión de formar una familia mientras intenta conseguir tres estrellas Michelin. Y resulta todavía más increíble cuando piensas que no hay ningún restaurante con tres estrellas en toda Latinoamérica. Lo que intentan hacer no tiene precedentes y sería histórico. También me encantó volver a Suecia. Creo que Estocolmo se está convirtiendo muy rápido en una de las grandes ciudades gastronómicas del mundo. Volvemos también a Gran Bretaña e Irlanda, aunque visitamos sitios y cocinas muy distintos a los de la primera temporada. En Reino Unido, por ejemplo, vamos a Gales y a Guernsey. Y también estuvimos en California. Era mi primera vez en San Francisco y, como me encanta la comida filipina, fue muy especial seguir la historia de un restaurante que intenta conseguir una estrella Michelin con este tipo de cocina.

Tengo que preguntárselo porque hablamos desde España: ¿existe la posibilidad de que veamos Al filo aquí en una futura temporada?

Por supuesto. España tiene una gastronomía increíble. Este año he estado en Sevilla y en San Sebastián disfrutando muchísimo de vuestra comida, y el año que viene voy a Madrid. Además, creo que Valencia es un destino gastronómico muy infravalorado. Me parece una ciudad fantástica y allí he comido algunos de los mejores mejillones de mi vida. Así que sí, quién sabe. Quizá en una tercera temporada.

Después del éxito de la primera temporada, ¿notaron que más restaurantes estaban interesados en aparecer en el programa?

Sí. Yo no trabajo directamente con el equipo de casting, pero tenemos un equipo fantástico que ha pasado muchísimas horas buscando restaurantes, tanto por internet como sobre el terreno. Por lo que sé, en la primera temporada fue bastante difícil convencer a algunos chefs para que dejaran entrar cámaras durante tanto tiempo. Al final les estabas pidiendo que aceptaran a un equipo de rodaje durante semanas o incluso meses para participar en un programa que nadie conocía y que, en ese momento, ni siquiera tenía nombre. Y eso no es nada fácil, sobre todo en restaurantes que ya trabajan con muchísima presión. Ahí contar con Gordon Ramsay fue de gran ayuda, porque tener su nombre y su productora detrás del proyecto nos abrió muchas puertas. En la segunda temporada la gente estaba bastante más receptiva, aunque nunca es fácil tener a todo un equipo de grabación metido en una cocina de alta gastronomía durante días, semanas o meses.

Existe cierta percepción de que YouTube, las redes sociales y la crítica gastronómica tradicional son mundos incompatibles. Aunque usted no se considere crítico, ¿cree que pueden convivir?

Sí, totalmente. Al final son dos formas distintas de contar cosas. A mí me encanta escribir y me encanta leer, y sigo el trabajo de varios críticos y escritores gastronómicos de Reino Unido que me parecen muy buenos, pero lo que yo hago es otra cosa. Yo nunca iría a un restaurante con una cámara simplemente para destrozarlo. Tener cámaras allí ya es bastante invasivo y, además, tampoco quiero dedicarme a ir diciendo que ciertos restaurantes son horribles. Creo que ambas cosas pueden convivir perfectamente porque, aunque desde fuera a veces parezcan lo mismo, en realidad son muy diferentes. Y pasa algo parecido con los creadores de contenido y los influencers: es muy fácil meterlos a todos en el mismo saco, cuando en realidad hay perfiles completamente distintos. Creo que con el tiempo iremos encontrando mejores formas de distinguirlos y todo acabará conviviendo de una manera mucho más natural.

 El presentador británico vuelve a recorrer el mapa gastronómico mundial mientras acompaña a algunos de sus chefs en los días más decisivos de sus carreras. LA RAZÓN ha charlado con él  

Viajar por el mundo, entrar en algunos de los mejores restaurantes y probar los platos de chefs que persiguen las codiciadas estrellas Michelin suena a uno de esos trabajos que cualquiera querría tener. Para Jesse Burgess (Cambridgeshire, Reino Unido, 1991), conocido también por ser uno de los rostros detrás de TOPJAW, es prácticamente su día a día. Tras el éxito de la primera temporada de Al filo: en busca de estrellas Michelin, la serie de Apple TV producida por Gordon Ramsay regresa ahora con una segunda entrega. LA RAZÓN ha charlado con Burgess con motivo de su estreno.

Mucha gente le conoce por TOPJAW. ¿Cómo fue pasar de producir contenido para YouTube a participar en una producción televisiva de esta escala?

Al principio fue bastante abrumador y estaba muy nervioso. Llevaba mucho tiempo acostumbrado a mirar directamente a cámara y mi contenido ya lo había visto muchísima gente, pero esto era algo completamente distinto: de repente tenía a todo un equipo de producción de Apple TV a mi alrededor. Por suerte, los nervios se me pasaron bastante rápido porque conecté muy bien con todo el equipo. James Cownie, que ha dirigido las dos temporadas, Alex Knowles y Ollie Clute como directores de fotografía, los productores… Nos llevamos todos genial. En muy poco tiempo conseguimos que un equipo enorme se sintiera como un pequeño grupo de amigos, y eso hizo que todo fuera mucho más fácil y divertido.

La serie transmite muy bien al espectador la enorme presión que existe en esta carrera por conseguir las estrellas Michelin. Después de convivir tan de cerca con estos chefs, ¿cómo se vive realmente esa presión? ¿Alguna vez ha pensado si todo ese sacrificio merece la pena?

La vida de un chef es muy dura. Muchas veces estás trabajando mientras el resto de la gente está disfrutando de su tiempo libre, las jornadas son larguísimas y cada día hay muchísimas cosas que controlar. Pero también reciben mucho a cambio. Está la energía de una cocina, esa sensación de salir a escena cada noche, sobre todo cuando trabajas a este nivel. Ellos saben que lo que están haciendo y lo que sirven tiene una calidad increíble. Una de las cosas que más me gustan de las estrellas Michelin es que les dan algo por lo que luchar más allá de tener el restaurante lleno y a los clientes contentos. Es un reconocimiento que valida todo ese trabajo y les da una meta. Sí, hay muchísima presión y tienen que hacer muchos sacrificios en su vida personal, pero he conocido a tantos chefs que enseguida te das cuenta de que esto es lo que quieren hacer. No se imaginan haciendo otra cosa. Y esa adrenalina que les da la cocina no la encuentran en ningún otro sitio.

Después de pasar tanto tiempo con ellos, inevitablemente acaba creando un vínculo personal. ¿Cómo consigue mantener la neutralidad durante las ceremonias Michelin?

La verdad es que no soy nada neutral. Estoy totalmente de parte de nuestros chefs porque he pasado tiempo con ellos y los he conocido de verdad. Si estuviera presentando la ceremonia o tuviera que ser imparcial, sería otra historia, pero mi papel es acompañar al espectador de Al filo. Quiero que los chefs que seguimos consigan esos reconocimientos. Y se nota mucho en mis reacciones. A veces me vuelvo completamente loco: puedo quedarme destrozado si alguien no consigue lo que esperaba o ponerme eufórico cuando aparece el nombre de uno de nuestros chefs. Además, yo no sé los resultados de antemano. A veces el director entra en los ensayos y puede ver lo que va a aparecer en pantalla, pero tenemos una regla muy clara: no puede contármelo ni a mí ni a nadie del equipo. Así que mis reacciones son totalmente reales.

La primera temporada también era, en cierto modo, una experiencia de viaje. ¿Qué nuevos lugares y gastronomías va a descubrir el espectador en esta segunda temporada?

Por las fechas en las que rodamos, estuvimos bastante condicionados por el calendario de Michelin. La guía celebra ceremonias en distintos lugares durante todo el año y nosotros tuvimos que ir siguiendo ese calendario. Uno de los destinos que más ilusión me hacía esta temporada era Brasil. Pasamos tiempo en Río de Janeiro y São Paulo y fue muy interesante conocer mejor la cocina brasileña y descubrir los restaurantes que aparecen en la serie. Allí seguimos, por ejemplo, a una pareja que está aplazando la decisión de formar una familia mientras intenta conseguir tres estrellas Michelin. Y resulta todavía más increíble cuando piensas que no hay ningún restaurante con tres estrellas en toda Latinoamérica. Lo que intentan hacer no tiene precedentes y sería histórico. También me encantó volver a Suecia. Creo que Estocolmo se está convirtiendo muy rápido en una de las grandes ciudades gastronómicas del mundo. Volvemos también a Gran Bretaña e Irlanda, aunque visitamos sitios y cocinas muy distintos a los de la primera temporada. En Reino Unido, por ejemplo, vamos a Gales y a Guernsey. Y también estuvimos en California. Era mi primera vez en San Francisco y, como me encanta la comida filipina, fue muy especial seguir la historia de un restaurante que intenta conseguir una estrella Michelin con este tipo de cocina.

Tengo que preguntárselo porque hablamos desde España: ¿existe la posibilidad de que veamos Al filo aquí en una futura temporada?

Por supuesto. España tiene una gastronomía increíble. Este año he estado en Sevilla y en San Sebastián disfrutando muchísimo de vuestra comida, y el año que viene voy a Madrid. Además, creo que Valencia es un destino gastronómico muy infravalorado. Me parece una ciudad fantástica y allí he comido algunos de los mejores mejillones de mi vida. Así que sí, quién sabe. Quizá en una tercera temporada.

Después del éxito de la primera temporada, ¿notaron que más restaurantes estaban interesados en aparecer en el programa?

Sí. Yo no trabajo directamente con el equipo de casting, pero tenemos un equipo fantástico que ha pasado muchísimas horas buscando restaurantes, tanto por internet como sobre el terreno. Por lo que sé, en la primera temporada fue bastante difícil convencer a algunos chefs para que dejaran entrar cámaras durante tanto tiempo. Al final les estabas pidiendo que aceptaran a un equipo de rodaje durante semanas o incluso meses para participar en un programa que nadie conocía y que, en ese momento, ni siquiera tenía nombre. Y eso no es nada fácil, sobre todo en restaurantes que ya trabajan con muchísima presión. Ahí contar con Gordon Ramsay fue de gran ayuda, porque tener su nombre y su productora detrás del proyecto nos abrió muchas puertas. En la segunda temporada la gente estaba bastante más receptiva, aunque nunca es fácil tener a todo un equipo de grabación metido en una cocina de alta gastronomía durante días, semanas o meses.

Existe cierta percepción de que YouTube, las redes sociales y la crítica gastronómica tradicional son mundos incompatibles. Aunque usted no se considere crítico, ¿cree que pueden convivir?

Sí, totalmente. Al final son dos formas distintas de contar cosas. A mí me encanta escribir y me encanta leer, y sigo el trabajo de varios críticos y escritores gastronómicos de Reino Unido que me parecen muy buenos, pero lo que yo hago es otra cosa. Yo nunca iría a un restaurante con una cámara simplemente para destrozarlo. Tener cámaras allí ya es bastante invasivo y, además, tampoco quiero dedicarme a ir diciendo que ciertos restaurantes son horribles. Creo que ambas cosas pueden convivir perfectamente porque, aunque desde fuera a veces parezcan lo mismo, en realidad son muy diferentes. Y pasa algo parecido con los creadores de contenido y los influencers: es muy fácil meterlos a todos en el mismo saco, cuando en realidad hay perfiles completamente distintos. Creo que con el tiempo iremos encontrando mejores formas de distinguirlos y todo acabará conviviendo de una manera mucho más natural.

 Programación TV en La Razón

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