Al igual que cuando presencias un truco de magia piensas que has dado con la clave, pero segundos después descubres que has caído en la trampa, la segunda temporada de ‘Reina Roja’ se comporta como ese irritante trilero que juega con tu mente. Te hace creer que vas por delante, que la bola está debajo de un vaso concreto, para demostrarte que nada es lo que parece, por lo que solo queda dejarse llevar.
La intensidad sigue siendo una de las piedras angulares de la nueva entrega del thriller, basada en ‘Loba Negra’, el segundo libro de la exitosa trilogía del aclamado autor Juan Gómez-Jurado. Sus páginas se transforman en imágenes a lo largo de seis episodios, ya disponibles en Prime Video, que traen de vuelta a la mujer más inteligente del planeta (Vicky Luengo) y a su fiel escudero vasco (Hovik Keuchkerian).
Ambos deberán cambiar el colorido Madrid que Koldo Serra dibujó en la primera temporada por la luz de la Costa del Sol, donde se replicará la misma estructura: un arranque de piezas aparentemente inconexas que van tejiendo una red común para, en el último momento, desmontar todas las certezas y construir los pilares de la próxima temporada, cuyo rodaje ya ha finalizado.
Volviendo al presente, Antonia Scott y Jon Gutiérrez tendrán que resolver un crimen relacionado con la mafia rusa tras la sospechosa desaparición de Lola Moreno (Adriana Torrebejano), la esposa de un mafioso que vive en una constante huida. Lola también es perseguida por la Loba Negra, una asesina a sueldo que pondrá a prueba la inteligencia de nuestra Reina Roja.
En paralelo, los dos protagonistas se encontrarán en mitad de una red de corrupción y conspiración que se extiende mucho más de lo que podrían haber imaginado, mientras su relación camina por la cuerda floja debido a una cadena de secretos y desconfianza. Al mismo tiempo, Mentor sigue el rastro de las sospechosas muertes de otras Reinas Rojas por toda Europa, una situación que podría poner en peligro la vida de Antonia y Jon.
La primera parte de la historia sirve para colocar pacientemente a cada personaje en un tablero que vuelve a reflejar el juego del gato y el ratón, aunque en ciertos momentos los pasos de la pareja protagonista carezcan de una conexión del todo clara y el montaje peque de alguna que otra laguna narrativa entre decisiones y localizaciones.
Por otro lado, la producción no esquiva el impacto visual ni la crudeza (el primer capítulo comienza con un aviso de contenido sobre suicidio), y vuelve a apoyarse en recursos estilísticos muy marcados para plasmar la psicología de la protagonista, sin olvidar a los estridentes monos araña. Vicky Luengo demuestra tener aún más dominado el personaje en una entrega que explora la vulnerabilidad de Scott. Para plasmar ese colapso sensorial, la dirección se apoya en un agobiante zumbido constante y en un desenfoque de cámara que transmite de forma visceral su zozobra mental. Además, sobre ella sigue planeando la sombra de aquella conversación con Jon en la primera entrega: el cuerpo de Sandra nunca llegó a aparecer.
Entre las nuevas incorporaciones, Adriana Torrebejano se convierte en una auténtica revelación al imprimir una personalidad única a Lola, una mujer de armas tomar que demuestra ser bastante más astuta que su marido y que firma su gran momento estelar a mitad de temporada, durante el frenético pasaje del local de compraventa. También queda en buen lugar Javiera Sky como Loba Negra siendo implacable dentro de su frialdad. Su presencia destaca de forma brillante durante la lucha coreografiada en el aparcamiento de un bar de carretera, donde la cámara acompaña su brutalidad mediante un elegante plano general en desplazamiento lateral. Aunque la auténtica «reina» es Bianca Kovacs, quien cambia el registro cómico al que nos tiene acostumbrados por una actuación mucho más dura y visceral.
Como contrapunto de la acción, que llega a su punto álgido en el desenlace, la ficción recurre de nuevo al humor socarrón de Jon Gutiérrez, a veces hasta demasiado repetitivo. «Qué daño han hecho las series de televisión», llega a espetar en un momento dado, en lo que acaba resultando un certero comentario sobre las flaquezas de la propia producción, volcada en esquemas ya vistos como la típica pareja de personalidades contrapuestas, un caso concreto que resolver mientras en las sombras se desarrolla otro más concreto y las persecuciones y tiroteos teatrales.
Aunque muestre signos de flaqueza, la segunda temporada de ‘Reina Roja’ mantiene la misma estructura de giros insospechados que encumbró a la primera y consigue que el espectador no ate cabos hasta los últimos minutos. Y es que, cuando crees que ya está todo hilado, la historia vuelve a pegar un volantazo definitivo para recordarte que en este juego nadie tiene el control.
La continuación de la serie de Prime Video adapta ‘Loba Negra’ y mantiene la misma estructura de giros insospechados que encumbró a la primera temporada
Al igual que cuando presencias un truco de magia piensas que has dado con la clave, pero segundos después descubres que has caído en la trampa, la segunda temporada de ‘Reina Roja’ se comporta como ese irritante trilero que juega con tu mente. Te hace creer que vas por delante, que la bola está debajo de un vaso concreto, para demostrarte que nada es lo que parece, por lo que solo queda dejarse llevar.
La intensidad sigue siendo una de las piedras angulares de la nueva entrega del thriller, basada en ‘Loba Negra’, el segundo libro de la exitosa trilogía del aclamado autor Juan Gómez-Jurado. Sus páginas se transforman en imágenes a lo largo de seis episodios, ya disponibles en Prime Video, que traen de vuelta a la mujer más inteligente del planeta (Vicky Luengo) y a su fiel escudero vasco (Hovik Keuchkerian).
Ambos deberán cambiar el colorido Madrid que Koldo Serra dibujó en la primera temporada por la luz de la Costa del Sol, donde se replicará la misma estructura: un arranque de piezas aparentemente inconexas que van tejiendo una red común para, en el último momento, desmontar todas las certezas y construir los pilares de la próxima temporada, cuyo rodaje ya ha finalizado.
Volviendo al presente, Antonia Scott y Jon Gutiérrez tendrán que resolver un crimen relacionado con la mafia rusa tras la sospechosa desaparición de Lola Moreno (Adriana Torrebejano), la esposa de un mafioso que vive en una constante huida. Lola también es perseguida por la Loba Negra, una asesina a sueldo que pondrá a prueba la inteligencia de nuestra Reina Roja.
En paralelo, los dos protagonistas se encontrarán en mitad de una red de corrupción y conspiración que se extiende mucho más de lo que podrían haber imaginado, mientras su relación camina por la cuerda floja debido a una cadena de secretos y desconfianza. Al mismo tiempo, Mentor sigue el rastro de las sospechosas muertes de otras Reinas Rojas por toda Europa, una situación que podría poner en peligro la vida de Antonia y Jon.
La primera parte de la historia sirve para colocar pacientemente a cada personaje en un tablero que vuelve a reflejar el juego del gato y el ratón, aunque en ciertos momentos los pasos de la pareja protagonista carezcan de una conexión del todo clara y el montaje peque de alguna que otra laguna narrativa entre decisiones y localizaciones.
Por otro lado, la producción no esquiva el impacto visual ni la crudeza (el primer capítulo comienza con un aviso de contenido sobre suicidio), y vuelve a apoyarse en recursos estilísticos muy marcados para plasmar la psicología de la protagonista, sin olvidar a los estridentes monos araña. Vicky Luengo demuestra tener aún más dominado el personaje en una entrega que explora la vulnerabilidad de Scott. Para plasmar ese colapso sensorial, la dirección se apoya en un agobiante zumbido constante y en un desenfoque de cámara que transmite de forma visceral su zozobra mental. Además, sobre ella sigue planeando la sombra de aquella conversación con Jon en la primera entrega: el cuerpo de Sandra nunca llegó a aparecer.
Entre las nuevas incorporaciones, Adriana Torrebejano se convierte en una auténtica revelación al imprimir una personalidad única a Lola, una mujer de armas tomar que demuestra ser bastante más astuta que su marido y que firma su gran momento estelar a mitad de temporada, durante el frenético pasaje del local de compraventa. También queda en buen lugar Javiera Sky como Loba Negra siendo implacable dentro de su frialdad. Su presencia destaca de forma brillante durante la lucha coreografiada en el aparcamiento de un bar de carretera, donde la cámara acompaña su brutalidad mediante un elegante plano general en desplazamiento lateral. Aunque la auténtica «reina» es Bianca Kovacs, quien cambia el registro cómico al que nos tiene acostumbrados por una actuación mucho más dura y visceral.
Como contrapunto de la acción, que llega a su punto álgido en el desenlace, la ficción recurre de nuevo al humor socarrón de Jon Gutiérrez, a veces hasta demasiado repetitivo. «Qué daño han hecho las series de televisión», llega a espetar en un momento dado, en lo que acaba resultando un certero comentario sobre las flaquezas de la propia producción, volcada en esquemas ya vistos como la típica pareja de personalidades contrapuestas, un caso concreto que resolver mientras en las sombras se desarrolla otro más concreto y las persecuciones y tiroteos teatrales.
Aunque muestre signos de flaqueza, la segunda temporada de ‘Reina Roja’ mantiene la misma estructura de giros insospechados que encumbró a la primera y consigue que el espectador no ate cabos hasta los últimos minutos. Y es que, cuando crees que ya está todo hilado, la historia vuelve a pegar un volantazo definitivo para recordarte que en este juego nadie tiene el control.
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