El día que el Tour prohibió fumar en la meta (medida agradecida entre los que no tenemos el vicio del tabaco) se respiró un aire más puro en los Pirineos. ¿Recordáis cuando la montaña y la cordillera llegaban casi al metro de París? Ahora, a la tercera etapa, ya aparecen los paisajes de montaña, aunque se muestren casi desiertos de espectadores. Había un riesgo de incendio y aunque no se veía ningún humo, ni siquiera el de los cigarrillos, se decidió cerrar las puertas del Tour a los aficionados. El día que el Tour prohibió fumar en la meta (medida agradecida entre los que no tenemos el vicio del tabaco) se respiró un aire más puro en los Pirineos. ¿Recordáis cuando la montaña y la cordillera llegaban casi al metro de París? Ahora, a la tercera etapa, ya aparecen los paisajes de montaña, aunque se muestren casi desiertos de espectadores. Había un riesgo de incendio y aunque no se veía ningún humo, ni siquiera el de los cigarrillos, se decidió cerrar las puertas del Tour a los aficionados.
El día que el Tour prohibió fumar en la meta (medida agradecida entre los que no tenemos el vicio del tabaco) se respiró un aire más puro en los Pirineos. ¿Recordáis cuando la montaña y la cordillera llegaban casi al metro de París? Ahora, a la tercera etapa, ya aparecen los paisajes de montaña, aunque se muestren casi desiertos de espectadores. Había un riesgo de incendio y aunque no se veía ningún humo, ni siquiera el de los cigarrillos, se decidió cerrar las puertas del Tour a los aficionados.
Un Tour sin público no es lo corriente. Es un Tour sin salsa, sin caravana publicitaria, sin regalos previos al paso de los corredores y sin que los deportistas noten el aliento popular para envalentonarlos más cuando atacan o los animen si las fuerzas empiezan a fallar.
La memoria se traslada el Tour de 2020. Hace seis años la carrera se celebró sin el calor de los aficionados y se llevó al mes de septiembre. Todos estaban más pendientes de las PCR que de la clasificación general. Un día la organización de la carrera se sometió a análisis para ver si alguien estaba contagiado de covid. El único que dio positivo fue Christian Prudhomme, director de la carrera, el jefe, sin ir más lejos. Se tuvo que encerrar una semana en la habitación del hotel y regresar cuando los palitos en la nariz confirmaron que ya no tenía el virus en el cuerpo. Él era asintomático, por fortuna, así que se puso a dirigir todo el dispositivo por teléfono mientras seguía la prueba pegado al televisor.
De Puigcerdà a Les Angles, pasando por Font Romeu, sólo se veían unos pocos caravanistas, los que llegaron la noche anterior con sus vehículos, se pasaron la noche guardando sitio y a las que la gendarmería permitió animar a los ciclistas. Cuatro gritos, lejos de la pasión que siempre despierta el Tour, la que se notó por todos los pueblos que visitó la prueba en su paso por Catalunya.
El origen de la inusual imagen fue un incendio en el Canigó. Las llamas pillaban lejos, pero era un peligro que miles de personas ocuparan la ruta del Tour. Así que se vació la carretera todo lo que se pudo, como echar el cerrojo a la carrera e invitar a los aficionados a que siguieran la competición por la tele. Qué le vamos a hacer.
Pero, atención, ya ha trascendido que los prefectos, que son algo así como los presidentes de las comunidades autónomas, pero en denominación francesa, tienen competencias para anular o recortar etapas del Tour si consideran que las temperaturas desgarran a la carrera, es humanamente imposible situarse en las cunetas y se pone en peligro la salud de los ciclistas.
Al Tour no le queda otro remedio que vivir pendiente de las temperaturas, de las olas de calor, de si sube demasiado el termómetro. Y todavía hay quienes niegan el cambio climático. ¡Madre mía! Que los negacionistas se vengan al Tour y comparen el tiempo de ahora con el fresquito que hacía antes.
Nadie negará que en todos los Tours ha habido días en los que se sudaba de lo lindo y donde encontrar una sombra era casi un milagro. El de este año no circula excesivamente por el norte del país, aunque hace unos días la prensa regional reflejaba lo mal que lo estaban pasando bretones y normandos con el calor asfixiante.
Ahora bien, lo que ha ocurrido este año no había pasado antes. Nunca había trascendido la noticia de que las prefecturas podían paralizar el Tour a causa del calor. ¡Nunca! Por lo tanto, algo está cambiando. No quiero ni pensar lo que puede ocurrir en la Vuelta, con la semana final por tierras andaluces, como no se comporte el tiempo.
Igual, como el fútbol, hay que comenzar a pensar en descansos de hidratación para que los ciclistas se refresquen, aunque los corredores retirados se pongan las manos a la cabeza y denuncien un supuesto deporte de sofá. Pero, quizá, todos estos avisos tal vez sirvan para que pensemos que alguna cosa estamos haciendo mal, aunque el Tour y los deportistas no tengan culpa alguna.
Diario de Mallorca – Deportes
