Cotizar más para cobrar menos: la trampa silenciosa de las pensiones

Hay muchas maneras silenciosas de subir los impuestos: la inflación, los impuestos indirectos y las cotizaciones sociales. En 2026 la base máxima sube a 5.101,20 euros mensuales y la cuota de solidaridad sobre lo que la excede pasa al 1,15%, 1,25% o 1,46% según el tramo; en 2027 alcanzará el 1,38%, 1,50% y 1,75%, y el MEI llegará al 1%. Ninguno de esos euros genera un céntimo de derecho de pensión. No son cotización: son impuesto.

Hasta 2050 la base máxima crecerá cada año con el IPC más 1,2 puntos, mientras la pensión máxima lo hará con el IPC más 0,115. Un punto largo de divergencia anual durante veinticuatro años. Hoy la pensión máxima, 47.034 euros anuales, equivale al 77% de la base máxima, 61.214; al final del recorrido rondará el 59%. Se cotiza cada vez más para recibir proporcionalmente cada vez menos.

Y a la vez se iguala por abajo. En 2026 las pensiones suben un 2,7% con carácter general, pero las mínimas más del 7% y las de titular con cónyuge a cargo un 11,4%, hasta 17.592 euros anuales. Nadie discute proteger al pensionista vulnerable. Sí conviene discutir qué ocurre cuando la distancia entre lo que recibe quien cotizó cuarenta años al máximo y quien apenas ha cotizado se estrecha, año tras año, por los dos extremos.

Como señala la economía de la oferta en su versión más elemental: las personas responden a incentivos marginales, no a promedios. Prescott dedicó buena parte de su obra a mostrar que el diferencial de horas trabajadas entre Estados Unidos y Europa se explica, sobre todo, por la cuña fiscal. Cuando el euro adicional de salario cualificado soporta un tipo marginal de IRPF cercano al 50% más una cotización que ya no compra derechos, la respuesta no es una carta al ministro: es menos horas, menos ascensos, más retribución en especie y, sobre todo, más talento haciendo las maletas.

El sistema contributivo se sostiene sobre una creencia: que aportar más hoy significa recibir más mañana. Cada reforma que rompe ese vínculo no recauda más a largo plazo; recauda menos, porque erosiona la base sobre la que recauda. Un sistema que castiga el esfuerzo acaba quedándose sin esfuerzo que gravar.

Álvaro Hidalgo Vega. Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la UCLM y presidente de la Fundación Weber.

 Un sistema que castiga el esfuerzo acaba quedándose sin esfuerzo que gravar  

Hay muchas maneras silenciosas de subir los impuestos: la inflación, los impuestos indirectos y las cotizaciones sociales. En 2026 la base máxima sube a 5.101,20 euros mensuales y la cuota de solidaridad sobre lo que la excede pasa al 1,15%, 1,25% o 1,46% según el tramo; en 2027 alcanzará el 1,38%, 1,50% y 1,75%, y el MEI llegará al 1%. Ninguno de esos euros genera un céntimo de derecho de pensión. No son cotización: son impuesto.

Hasta 2050 la base máxima crecerá cada año con el IPC más 1,2 puntos, mientras la pensión máxima lo hará con el IPC más 0,115. Un punto largo de divergencia anual durante veinticuatro años. Hoy la pensión máxima, 47.034 euros anuales, equivale al 77% de la base máxima, 61.214; al final del recorrido rondará el 59%. Se cotiza cada vez más para recibir proporcionalmente cada vez menos.

Y a la vez se iguala por abajo. En 2026 las pensiones suben un 2,7% con carácter general, pero las mínimas más del 7% y las de titular con cónyuge a cargo un 11,4%, hasta 17.592 euros anuales. Nadie discute proteger al pensionista vulnerable. Sí conviene discutir qué ocurre cuando la distancia entre lo que recibe quien cotizó cuarenta años al máximo y quien apenas ha cotizado se estrecha, año tras año, por los dos extremos.

Como señala la economía de la oferta en su versión más elemental: las personas responden a incentivos marginales, no a promedios. Prescott dedicó buena parte de su obra a mostrar que el diferencial de horas trabajadas entre Estados Unidos y Europa se explica, sobre todo, por la cuña fiscal. Cuando el euro adicional de salario cualificado soporta un tipo marginal de IRPF cercano al 50% más una cotización que ya no compra derechos, la respuesta no es una carta al ministro: es menos horas, menos ascensos, más retribución en especie y, sobre todo, más talento haciendo las maletas.

El sistema contributivo se sostiene sobre una creencia: que aportar más hoy significa recibir más mañana. Cada reforma que rompe ese vínculo no recauda más a largo plazo; recauda menos, porque erosiona la base sobre la que recauda. Un sistema que castiga el esfuerzo acaba quedándose sin esfuerzo que gravar.

Álvaro Hidalgo Vega. Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la UCLM y presidente de la Fundación Weber.

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