La proteína ha pasado de ser un macronutriente a un reclamo publicitario, un unicornio nutricional. En los últimos años, los productos alimentarios han empezado a añadir proteína a sus fórmulas y lo han destacado en sus empaquetados, disparando las ventas. Una búsqueda de la palabra “proteína” en la web de Mercadona arroja 50 resultados. La búsqueda de “carbohidratos” da un triste paquete de pasta y en la de “grasas” se mezclan productos de limpieza y aquellos que anuncian tener bajo contenido en este macronutriente.
Nueve de cada diez productos que se promocionan como ricos en proteína no son saludables. Un metaanálisis pone en entredicho los beneficios del macronutriente del que más se habla
La proteína ha pasado de ser un macronutriente a un reclamo publicitario, un unicornio nutricional. En los últimos años, los productos alimentarios han empezado a añadir proteína a sus fórmulas y lo han usado en sus empaquetados, disparando las ventas. Una búsqueda de la palabra “proteína” en la web de Mercadona arroja 50 resultados. La búsqueda de “carbohidratos” da un triste paquete de pasta y en la de “grasas” se mezclan productos de limpieza y aquellos que anuncian tener bajo contenido en este macronutriente.
La proteína (la “prote”, como la llaman sus apóstoles) ha colonizado los lineales del supermercado. Ya no solo se consume en los alimentos que la tienen de forma natural, como el pollo o el atún. Ahora se enriquecen con ella las harinas, las chocolatinas, las palomitas y hasta el agua… Cualquier ultraprocesado puede añadir la palabra mágica con un cambio en su formulación. Se venden muy bien, pero ¿son sanos?
Esta semana, un gran metaanálisis ha puesto en tela de juicio el consenso sobre los beneficios de la proteína. Se trata de una revisión de más de 350 estudios que sugiere que reducir su ingesta podría ser beneficioso para la salud, pues ralentizaría el envejecimiento celular y mejoraría el metabolismo. La mayoría de los estudios analizados se basa en animales. Los propios autores reconocen que se necesita más investigación para respaldar esta idea. Aun así, el estudio supone una pequeña mácula en el hasta ahora inmaculado currículum proteico, y hace que los científicos se pregunten si no se han exagerado sus beneficios.
La obsesión actual por la proteína no surge porque la población tenga una carencia generalizada de este nutriente. Todas las encuestas señalan que se está consumiendo más de los 0,8 gramos diarios por kilo para un adulto sedentario que recomienda la OMS. Su popularidad tiene más que ver con el auge de los gimnasios, la popularización de los fármacos adelgazantes, cuestiones ideológicas y una potente estrategia de marketing alimentario. En este contexto, es difícil (y sería injusto) que el metaanálisis que acaba de publicar la revista Cell Press Blue cambie la percepción social de la proteína. Pero puede ayudar a redimensionar sus beneficios. “No deberíamos sustituir el eslogan ‘más proteína es mejor’ por otro igualmente simplista: ‘menos proteína alarga la vida”, señala José M. Ordovás, investigador en el Centro de Investigación Jean Mayer USDA de la Universidad Tufts (Estados Unidos). “El mensaje razonable es consumir una cantidad adecuada, no necesariamente máxima, prestando atención a la calidad y procedencia de los alimentos y adaptándola a cada persona”, ha declarado al portal científico SMC.
En 2024, un equipo de la Universidad Miguel Hernández decidió comprobar cuán sanos son los productos que contienen la palabra proteína en su empaquetado. Para ello, sometió a un análisis a más de 4.300 productos. El resultado fue demoledor: el 90% de los productos analizados no eran saludables. “No era por el hecho de tener proteínas, sino porque tienen otros ingredientes que afectan negativamente a nuestra salud”, explica en conversación telefónica Ana Belén Ropero, profesora de Nutrición y Bromatología y responsable del estudio. “Por ejemplo, muchos de ellos tenían mucha cantidad de sal o de azúcar o tenían mucha grasa”. Para poner este porcentaje en contexto, los investigadores analizaron también productos sin reclamo proteico. El 78% no eran saludables, un porcentaje alto, pero claramente inferior. “Así que cuando se compara, en general, los alimentos que tienen ese reclamo suelen ser peores”, resume la experta.

Para entender qué falla a la hora de hablar de nutrición, bastaría con fijarse en la evolución del yogur. El yogur griego fue demonizado durante los años noventa y primeros 2000 por su alto contenido en grasa. Los lácteos sanos, entonces, eran los que tenían la etiqueta light. Después pasaron a ser aquellos enriquecidos con fibra, con bifidus, sin lactosa. 20 años más tarde, los yogures griegos han subido hasta la cúspide de la pirámide alimenticia de los gym bros, por su alto contenido en proteínas. “Y es el mismo yogur, con los mismos ingredientes”, comenta Ropero. “Este ejemplo ilustra muy bien cómo la percepción que tiene el consumidor varía y es modificable según cómo lo vendan”.
El cambio de paradigma tiene que ver con la ciencia, pero también con el marketing. A principios de la década de los 2000, los científicos publicaron una serie de estudios que relacionaban una ingesta elevada de proteínas con la pérdida de peso. La gente dejó de contar calorías y empezó a prestar atención a los macronutrientes. Por aquel entonces, según señala un reciente editorial de la revista científica Nature, un número creciente de fabricantes de alimentos comenzó a transformar el suero —un subproducto de la elaboración del queso sin gran valor hasta entonces— en proteínas en polvo. Son las conocidas como whey proteins. El mercado mundial de estos suplementos crece desde entonces a ritmos cercanos al 8% anual y diversos informes prevén que duplique su valor durante la próxima década. En los últimos meses han incrementado notablemente su precio porque la demanda se ha disparado.
Fue en esa época cuando se produjo la gran explosión de la cultura fitness. Aparecieron cadenas de gimnasios de bajo coste, se popularizaron deportes como el CrossFit y se produjo un auge de los influencers deportivos. Todo esto supuso una aceptación de la suplementación deportiva, que empezó a venderse en supermercados y tiendas deportivas.
La evidencia científica relacionó el consumo de proteína y el ejercicio con el aumento de la masa muscular. Algo que es así hasta cierto punto. Una amplia revisión sistemática halló que los beneficios se estancan al alcanzar una ingesta total de proteínas de 1,6 gramos por kilo al día; consumir una cantidad superior no aporta ninguna ventaja adicional. Sin embargo, en internet, muchos influencers de deporte y bienestar aconsejan consumir cantidades superiores a los dos gramos por kilo.
El consumo de proteína se relaciona en estos lugares con un aspecto más fibrado y masculino. El podcaster Andrew Huberman, que sería la versión testosterónica de Gwyneth Paltrow, habla constantemente de sus beneficios. El rey de la manosfera, Joe Rogan (que conduce el pódcast más escuchado del mundo), se sometió a una estricta dieta a base de proteínas que convirtió en contenido viral. En los foros y las redes sociales se comparten recetas de tartas y pizzas proteicas. Incluso la Administración estadounidense (haciendo más caso a la industria cárnica que al consenso médico) ha aumentado en sus recomendaciones sanitarias la cantidad de proteínas recomendable.
Pero el consumo de proteínas no solo se asocia a los hombres ni a los gimnasios. El auge de los GLP-1 y otros fármacos adelgazantes también los ha revalorizado. Con el uso de estos medicamentos, la bajada de peso es pronunciada, y muchos estudios alertan de la pérdida de masa muscular. Para evitar que esto suceda, se recomienda aumentar o mantener el consumo de proteínas. Pero esta recomendación se debería conjugar con ejercicio.
El problema es que es más fácil comer barritas de proteínas que ir al gimnasio. Y la mayoría de la gente se está quedando solo con una parte de la ecuación. “Es obvio que las proteínas aportan beneficios al crecimiento muscular y a la respuesta al ejercicio en personas activas”, explica Dudley Lamming, endocrino de la Universidad de Wisconsin y autor principal del actual metaanálisis. “Pero, dado que la mayoría de las personas son relativamente sedentarias, es probable que muchas estén consumiendo más proteínas de las que necesitan. Y esto puede tener consecuencias negativas para su salud”.
La idea que defiende el estudio de Lamming, que reducir la ingesta de ciertos alimentos puede aumentar la longevidad, tampoco es totalmente nueva. El mecanismo subyacente que explicaría esta mejora sería el mismo que se ha visto con la restricción calórica. Desde hace años, muchos estudios apuntan a que un menor consumo de calorías podría frenar el envejecimiento en varios animales. El problema es que esta restricción, cercana al 30% de las calorías diarias, es poco viable en humanos. Pero una reducción similar en proteínas parece más realista.
Uno de los factores clave de este mecanismo es una hormona llamada FGF21, cuyos niveles aumentan cuando la ingesta de proteínas es baja. La FGF21 mejora el control del azúcar en sangre y reduce la inflamación. Estudios realizados en ratones han demostrado que los animales con niveles más altos de FGF21 vivieron más tiempo. Se sabe que en los seres humanos, consumir menos proteínas también eleva los niveles de FGF21.
Lamming recuerda que se necesita más investigación para consolidar su tesis. Y señala que los atletas suelen consumir grandes cantidades de proteína sin desarrollar enfermedades metabólicas. Sospecha que el ejercicio regular ayuda a protegerlos de los efectos negativos para la salud asociados con una dieta rica en proteínas. Pero que esto no funcionaría en las personas sedentarias.
Vivimos una moda elefantiásica del consumo de proteína, pero eso no implica que quienes han aumentado su consumo hagan deporte. De hecho, la sociedad moderna es cada vez más sedentaria. Y el experto cree que eso puede tener efectos negativos. “Probablemente debamos personalizar las recomendaciones sobre proteínas no solo en función de la edad”, dice. “Habría que tener en cuenta también el nivel de actividad de cada persona”.
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