Aprendí pronto, en consulta, que pocas pruebas valen más que pedirle al paciente que resuma su vida en cuatro pinceladas. No tanto por los hechos —siempre verificables a medias— como por la forma del relato: qué cuenta y qué calla, hasta dónde se remonta y qué saltos da en el tiempo; a quién nombra y con quién se enquista y obsesiona; si entresaca los recuerdos felices o los tormentosos; si habla de categorías abstractas o —como Vicent o Machado— recuerda el sol de su infancia. De la mayoría de los relatos clínicos, se desprende un “yo” implícito, que sale bastante bien parado, a menudo inocente, víctima de los contratiempos y la acumulación de las llamadas personas “tóxicas” (esto es moda reciente). Rara vez el narrador dice: me equivoqué, soy contradictorio, débil, no soy de fiar y ciertamente debes huir de mí.
La idea de que el yo es, en gran medida, un relato sobre uno mismo ha dejado de pertenecer solo a la filosofía o a la literatura; la neurociencia de las últimas décadas la ha estudiado con detalle
Aprendí pronto, en consulta, que pocas pruebas valen más que pedirle al paciente que resuma su vida en cuatro pinceladas. No tanto por los hechos —siempre verificables a medias— como por la forma del relato: qué cuenta y qué calla, hasta dónde se remonta y qué saltos da en el tiempo; a quién nombra y con quién se enquista y obsesiona; si entresaca los recuerdos felices o los tormentosos; si habla de categorías abstractas o —como Vicent o Machado— recuerda el sol de su infancia. De la mayoría de los relatos clínicos, se desprende un “yo” implícito, que sale bastante bien parado, a menudo inocente, víctima de los contratiempos y la acumulación de las llamadas personas “tóxicas” (esto es moda reciente). Rara vez el narrador dice: me equivoqué, soy contradictorio, débil, no soy de fiar y ciertamente debes huir de mí.
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