La suerte política del Reino Unido está este jueves en las manos de 76.000 votantes. Desde primera hora de la mañana han abierto las urnas en todas las medianas y pequeñas ciudades y villas del distrito electoral de Makerfield, al noroeste de Inglaterra. Una zona pegada a Mánchester, cuyo alcalde, el laborista Andy Burnham, está decidido, si gana estas elecciones, a desafiar el liderazgo del actual primer ministro, Keir Starmer, para tomar él las riendas del país.
El alcalde de Mánchester, favorito a ganar en la elección parcial de Makerfield, está dispuesto a desafiar el liderazgo del primer ministro británico
La suerte política del Reino Unido está este jueves en las manos de 76.000 votantes. Desde primera hora de la mañana han abierto las urnas en todas las medianas y pequeñas ciudades y villas del distrito electoral de Makerfield, al noroeste de Inglaterra. Una zona pegada a Mánchester, cuyo alcalde, el laborista Andy Burnham, está decidido, si gana estas elecciones, a desafiar el liderazgo del actual primer ministro, Keir Starmer, para tomar él las riendas del país.
Cada vez que un diputado británico dimite o deja vacante su escaño, por enfermedad, fallecimiento o cualquier otra razón, los electores de su circunscripción son llamados de nuevo a votar. En la jerga política se conoce como by-election, o elección parcial. La relevancia de estos comicios es muy relativa. Por lo general, sirven como pequeños termómetros para medir la popularidad del Gobierno o la fuerza de la oposición. Makerfield, sin embargo, puede pasar a la historia por esta votación.
Cuando el pasado 7 de mayo el Partido Laborista se hundió estrepitosamente en las elecciones municipales de Inglaterra y autonómicas de Escocia y Gales, todos los ojos de los diputados y afiliados se dirigieron hacia Mánchester. Burnham, el “rey del norte”, que ha conseguido en los últimos años dinamizar la economía de esa ciudad industrial, revolucionar su transporte público y rebajar los niveles de pobreza, es para muchos de sus compañeros el único activo capaz de frenar el avance arrollador de la ultraderecha de Nigel Farage, cuyo partido, Reform UK, lleva más de un año en primera posición en todas las encuestas.
Pero el alcalde no podía plantear un desafío al liderazgo de Starmer si no era antes diputado. Esas son las reglas del juego. Apenas una semana después del fracaso de mayo, cuando casi 100 diputados habían reclamado públicamente al primer ministro que diera un paso atrás o anunciara al menos un calendario para su retirada, Josh Simons, el laborista propietario del escaño de Makerfield, anunció su dimisión. Era una maniobra concertada con el equipo de Burnham. Aunque el partido de Farage había logrado la victoria en esa circunscripción en los recientes comicios municipales, todas las encuestas sugerían que la popularidad del alcalde mancuniano era suficiente para remontar esos datos y hacerse con el escaño.

En la madrugada de este viernes se desvelará si la apuesta de Burnham era acertada. Si durante los primeros días de la campaña jugó a lanzar un discurso local, centrado en los problemas específicos de pequeñas ciudades de la zona como Wigan o Ashton-in-Makerfield, en la recta final ha dejado claro que su objetivo final es Downing Street.
“Esta es una oportunidad para votar por el cambio. Por el cambio en la política. Por el cambio en nuestra economía. Para mejorar la vida de la gente”, proclamaba en su último discurso electoral, este miércoles. “Es un voto para rebajar el agua de la factura y de la energía, para que la vida vuelva a ser más asequible”, anunciaba, con promesas que difícilmente podría llevar adelante un diputado raso, pero sí un primer ministro.
En las últimas horas, el equipo de Burnham ha trasladado a los medios la idea de que su líder, que dan ya por vencedor en la madrugada del viernes (cuando se conozcan los resultados), no quiere acelerar la revuelta ni sumir en el caos al Gobierno del Reino Unido. Hablará con Starmer durante el fin de semana, para intentar convencerlo de que dimita, o planee una retirada ordenada y rápida. Un último intento para evitar un proceso de primarias que consumiría varias semanas, sumergiría al Partido Laborista en una guerra civil y paralizaría la administración británica.
El primer ministro, sin embargo, no cede. A pesar de su soledad política casi absoluta, está convencido de que el mandato de las urnas de julio de 2024, cuando logró una mayoría aplastante, sigue en vigor; de que la actual inestabilidad geopolítica no aconseja someter al país a una tensión como la que supondría un nuevo cambio de guardia en Downing Street (el séptimo primer ministro en 10 años, desde que se inauguró la era Brexit); y, sobre todo, de que él está más capacitado que Burnham para gobernar.
En las últimas horas ha lanzado dos trampas a su rival. Le ha ofrecido un puesto relevante en el Gobierno, si gana en Makerfield y pasa a ser diputado. Y le ha sugerido que temple su ánimo y se centre en las próximas elecciones, las de Mánchester. Si abandona la alcaldía, también allá deberán colocarse las urnas, probablemente a primeros de agosto. Una victoria de la ultraderecha en esa ciudad (algo nada descabellado en las actuales circunstancias) caería como una losa sobre la reputación inmaculada de Burnham.
“No creo que deba haber ahora un proceso de primarias. La historia reciente, sobre todo con el último Gobierno conservador [el de Liz Truss, que apenas duró 40 días], nos ha demostrado que este no es el mejor modo de comportarse. Pero si deciden plantear un desafío al liderazgo del partido, competiré. No me voy a echar atrás. He sido muy claro y consistente desde el primer momento”, decía Starmer este miércoles mientras participaba en la cumbre del G-7 en Francia.
Pero el candidato Burnham no ha caído en ninguna de las dos trampas. Ni siquiera ha respondido. Sabe que está en la cresta de la ola y que cada momento tiene su afán. Centenares de diputados, afiliados y hasta ministros se han desplazado estos días hasta Makerfield para participar en la campaña. En teoría, porque todo el partido —primer ministro incluido— debe estar volcado siempre en cualquier elección. En la práctica, porque el juego de tronos del laborismo ha comenzado ya, y todos quieren estar presentes en la primera batalla.
Si Burnham gana, Starmer tendrá muy complicado resistir esta marea. Pero si pierde, han dicho los críticos del primer ministro, la respuesta no puede ser que todo siga igual. Alguien dará un paso adelante, para desafiar su liderazgo.
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