La muerte del criminal de guerra serbobosnio Ratko Mladic se ha recibido en los Balcanes con división de opiniones, la mayoría enfrentadas. Desde el lado, sobre todo, del espectro bosniaco, con la complacencia parcial de haber visto al antiguo comandante en jefe del Ejército de la República Srpska vivir sus últimos momentos en prisión y con el recuerdo a las víctimas muy presente. El director del Centro Memorial de Srebrenica, Emil Suljagic, superviviente del genocidio de Srebrenica, declaró al poco de conocerse la noticia: “Está muerto y no hay mucho que decir al respecto […] No devuelve a los muertos. No borra las fosas comunes. No cambia las sentencias. No convierte a un criminal en una figura histórica”.
“Su desaparición no convierte a un criminal en figura histórica”, dice el director del Centro Memorial de Srebrenica, donde el general serbobosnio dirigió el exterminio de 6.000 hombres
La muerte del criminal de guerra serbobosnio Ratko Mladic se ha recibido en los Balcanes con división de opiniones, la mayoría enfrentadas. Desde el lado, sobre todo, del espectro bosniaco, con la complacencia parcial de haber visto al antiguo comandante en jefe del Ejército de la República Srpska vivir sus últimos momentos en prisión y con el recuerdo a las víctimas muy presente. El director del Centro Memorial de Srebrenica, Emil Suljagic, superviviente del genocidio de Srebrenica, declaró al poco de conocerse la noticia: “Está muerto y no hay mucho que decir al respecto […] No devuelve a los muertos. No borra las fosas comunes. No cambia las sentencias. No convierte a un criminal en una figura histórica”.
Desde el lado serbio, las declaraciones han estado dirigidas a expresar sus condolencias a la familia. El presidente de la Asamblea Nacional de la República Srpska (entidad bosnia de mayoría serbia), Nenad Stevandic, señaló que la muerte de Mladic se aceleró debido a la violación de su derecho a recibir un tratamiento médico adecuado.
Cómo la sociedad serbia digerirá la muerte del líder militar es una interrogante con un importante impacto político a nivel regional. Desde el final de la guerra en Bosnia y Herzegovina, en 1996, hasta 2003, Mladic estuvo protegido por las autoridades militares serbias. En abril de 2002, Serbia aprobaba una ley de cooperación con el Tribunal Penal Internacional de La Haya. Acusado de crímenes de lesa humanidad y genocidio, Mladic se vio forzado a vivir en la clandestinidad.

Una de las estadísticas más comentadas hasta su detención en el año 2011 era que en torno a dos tercios de los serbios no le entregarían a la justicia. En una encuesta planteada por el Consejo Nacional para la Cooperación con el Tribunal de La Haya en aquel año se establecía que en torno a un 40% de la población local le consideraba un héroe.
La opinión mayoritaria a nivel local sobre el Tribunal de La Haya, sito en un país extranjero, es negativa y, probablemente, este sea el principal fracaso de la institución tras las sentencias condenatorias contra Mladic y otros procesados serbios: las dificultades que ha tenido el tribunal para cambiar la opinión de la sociedad. Como estableció el académico Marko Milanovic, en un trabajo de 2016: “El tribunal no logró convencer a las poblaciones destinatarias de sus conclusiones”.
La percepción de Mladic no ha cambiado e, incluso, se ha engrandecido. La agencia de investigación House of Win realizó en 2022 una encuesta entre los serbios donde se les daba a elegir si Ratko Mladic era un héroe o no. El resultado fue manifiesto: un 76% elegía la primera opción. No en vano, en una investigación de 2023, realizada por la ONG Inicijativa mladih za ljudska prava entre ciudadanos serbios de edades comprendidas entre los 30 y los 18 años, que no habían vivido la guerra, un tercio aseveraba que Mladić no era responsable de los crímenes por los que había sido juzgado.

El hecho de que tres décadas después del asedio a Sarajevo o el genocidio de Srebrenica la figura del criminal de guerra se haya elevado entre la sociedad serbia no es solo un fenómeno transgeneracional, sino también estructural. En 2011, el ministro de Política Pública de Serbia, Rasim Ljajic, daba a entender que no se trataba de veneración personal, sino que la sociedad proyectaba sus frustraciones sociales y económicas a través del comandante, un símbolo de antagonismo contra la visión sesgada y la colectivización de la culpa que existía contra los serbios en los medios occidentales desde las guerras de secesión de Yugoslavia.
La respuesta no es sencilla y se encuentra en una combinación de elementos, algunos incómodos para los serbios de Serbia, Bosnia y Herzegovina, Croacia, Kosovo o la enorme diáspora. Las últimas encuestas, sobre todo en la nueva generación, muestran que la mitad de la población desconoce qué sucedió durante las guerras de fragmentación de Yugoslavia, y una cuarta, incluso, reconoce que no sabe nada. Se puede concluir que se trata de percepciones instigadas por un cóctel atmosférico, institucional, educacional y mediático que convierte a Mladic en un objeto de instrumentalización política. Desde el discurso victimista, con un importante eco entre las sociedades posyugoslavas, hasta la búsqueda de mensajes de cohesión patriótica dirigidos a muchos votantes, muchos de ellos jóvenes, o incluso al nacionalpopulismo internacional. Los hinchas del Estrella Roja de fútbol fueron de las primeras organizaciones que rindieron culto a Mladić tras su muerte.
La historiadora Dubravka Stojanovic en el ensayo Prošlost dolazi (El pasado vuelve) se refiere al concepto “derrota victoriosa”, bajo el cual, incluso en los libros de texto escolares, las derrotas se reconfiguran como victorias bajo el criterio de que “ni siquiera perder nos debilita, están ahí para solo hacernos más fuertes”. Esto conduce a una distorsión de la realidad, a una selección interesada de eventos exculpatorios e, incluso, a bloquear cualquier ejercicio de autocrítica sobre la trayectoria de Mladic, también en términos estrictamente militares. El resultado legitima una resignación que solo orienta su crítica hacia el exterior por campañas que tuvieron como consecuencia miles de muertes y más de 600.000 refugiados serbios.

Se trataría de un proceso construido, pero que se retroalimenta entre la sociedad y la clase política, sobre todo en Bosnia y Herzegovina, donde el desarrollo de la guerra fue más severo y donde la caja de resonancia nacionalista es más intensa. Esto se observa en la multitud de murales, souvenirs y simbología que celebra al comandante, y que se ha ido incrementado en la entidad bosnia de la República Srpska en las últimas décadas. El líder serbobosnio Milorad Dodik, en marzo de 1996, en una entrevista al medio Slobodan Bosna reclamaba que Mladic se entregara al Tribunal de La Haya. Treinta años después, tras conocerse la muerte del general, declaró: “Ha muerto un hombre que demostró su calidad tanto humana como militar”. El mismo alcalde de Banja Luka (capital de la entidad de mayoría serbobosnia), Draško Stanivukovic, en la oposición, ha glorificado al criminal de guerra: “La gente no olvida a los que lucharon por ella”.
Dentro de la clase política serbia y el activismo existen las voces críticas con la biografía del militar, sobre todo entre los partidos de izquierdas y verdes, pero resultan minoritarias en un ecosistema que le brinda reconocimiento o permanece indiferente y en silencio por las represalias colectivas. Serbia, que reconoce la masacre de Srebrenica, pero se niega a calificarlo oficialmente de genocidio, se encuentra en la tesitura de rendir honores de Estado al comandante o dejarlo en el olvido de un capítulo oscuro de su historia. Esta disyuntiva tiene importancia, sobre la relación que tiene con sus vecinos, con las víctimas y, eventualmente, con la diplomacia de la UE en su futuro más inmediato.
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