En otoño de 2022 se detectó por primera vez una mancha blanca en la zona suroccidental del Mar Menor, la mayor laguna hipersalina de Europa. Podría parecer inocua, pero su persistencia —lleva cuatro años inmutable— y su capacidad para bloquear la luz del sol han convertido el fondo lagunar en esa zona en una especie de desierto. Han desaparecido siete kilómetros de vegetación submarina y, en su epicentro, las especies de peces han pasado de las 21 habituales a solo tres, concluye un estudio del Instituto Español de Oceanografía (IEO-CSIC) y la Universidad de Murcia. El análisis cartográfico y las imágenes de satélite muestran que la mancha afecta a 12,3 kilómetros cuadrados, el 9% de los 136 por los que se extiende el Mar Menor.
Un estudio científico muestra las graves consecuencias ecológicas de este fenómeno que bloquea la entrada de la luz solar y afecta al 9% de la laguna
En otoño de 2022 se detectó por primera vez una mancha blanca en la zona suroccidental del Mar Menor, la mayor laguna hipersalina de Europa. Podría parecer inocua, pero su persistencia —lleva cuatro años inmutable— y su capacidad para bloquear la luz del sol han convertido el fondo lagunar en esa zona en una especie de desierto. Han desaparecido siete kilómetros de vegetación submarina y, en su epicentro, las especies de peces han pasado de las 21 habituales a solo tres, concluye un estudio del Instituto Español de Oceanografía (IEO-CSIC) y la Universidad de Murcia. El análisis cartográfico y las imágenes de satélite muestran que la mancha afecta a 12,3 kilómetros cuadrados, el 9% de los 136 por los que se extiende el Mar Menor.
El fenómeno, conocido como whiting, se produce por el aumento del pH del agua, que provoca la precipitación de microcristales de calcita que se hacen visibles ―no son arrastres de ningún material, se producen en el lugar― y confieren a la zona un aspecto lechoso. Son procesos no muy habituales, pero que se han detectado en otros lugares del mundo como las Bahamas, el golfo Arábigo o el suroeste de Florida. A pesar de que se los estudia desde hace décadas, “los mecanismos que explican su formación y persistencia siguen siendo objeto de debate”, subraya la investigación.
Suelen considerarse fenómenos de escasa importancia ecológica por su carácter temporal. Pero el del Mar Menor es diferente: “Es el primer episodio de este tipo que no ha desaparecido en años cuando lo normal es que lo haga en días o algunas semanas”, señala Víctor Orenes-Salazar, investigador del estudio, publicado en la revista Marine Pollution Bulletin. Y de ahí las consecuencias ecológicas que han detectado en la flora y la fauna.
Aunque todavía se está estudiando qué es lo que ocurre, el problema se intensifica porque la mancha se encuentra en una laguna que lleva décadas soportando un maltrato continuo con cambios y pérdida de hábitats profundos. En los años setenta del siglo pasado, se profundizaron de forma artificial las golas de conexión con el Mediterráneo, lo que provocó más salinidad y la entrada de un alga que fue sustituyendo a la autóctona. En los ochenta llegó la intensificación agrícola, con aportes de miles de toneladas de nitratos, hasta que la laguna dijo basta en 2016, y se transformó en una especie de sopa verde. Y para rematar, en 2019 y 2021 se produjeron mortandades masivas de peces por falta de oxígeno.
“Nuestros resultados sugieren que este fenómeno está simplificando aún más unas comunidades que ya habían sufrido importantes transformaciones”, comenta Adrían Guerrero Gómez, del Departamento de Zoología de la Universidad de Murcia y también autor del estudio.
Si la mancha hubiera sido pasajera, habría sido “como si estuviera nublado”. “Los ecosistemas están acostumbrados a la falta de luz temporal, pero no a este bloqueo crónico cuyos efectos acaban sufriendo los organismos fotosintéticos”, explica Orenes-Salazar. El tapón lumínico ha provocado que la turbidez sea hasta nueve veces superior en esa zona de lo normal: durante el periodo estudiado (2023-2024), solo llegó al fondo un 3,9% de la luz solar frente al 18,3% de las zonas sanas.
La pérdida de vegetación se comenzó a detectar un año después de la aparición del whiting. Fue cuando Orenes-Salazar planteó averiguar qué consecuencias podrían estar soportando los peces, al ser esas praderas esenciales como refugio y zona de cría y alimentación para la fauna marina.
Los investigadores analizaron tres tipos de espacios: los de transición, donde la mancha aparece y desaparece; los que permanecen cubiertosde forma continua; y otros del Mar Menor no afectados por el fenómeno. Para ello, estudiaron cerca de 4.000 ejemplares de peces. En las áreas sanas se detectaron 21 especies diferentes; en el límite de la mancha aparecieron 10 y en el núcleo afectado, solo tres. Entre los que han dejado el lugar se encuentran el caballito de mar, los peces pipa o las doradas.
“De hecho, no nos gusta bucear allí, es muy desagradable, es insano, da miedo, yo buceo en profundidad hasta 45 metros y no lo paso tan mal como cuando me meto ahí a tres o cuatro metros, porque la visibilidad es cero, te puedes desorientar. Es casi un miedo irracional, te entra como un vacío en la boca del estómago”, describe el científico la inmersión en la calcita en suspensión.
¿Qué va a pasar con la mancha? “No lo sabemos, es un proceso ligado al ciclo hidrológico, eso parece que está más o menos claro, pero intervienen muchas variables y la investigación es muy compleja”, responde Orenes-Salazar. Un estudio del año pasado considera que la ”extraordinaria persistencia del fenómeno” parece estar estrechamente relacionada con el contexto hidrogeoquímico de la laguna y la cuenca que vierte en ella. Se debería a la descarga continua de aguas subterráneas procedentes del acuífero adyacente, enriquecidas durante décadas en nitrógeno y carbonatos como consecuencia de la agricultura intensiva. El aumento del pH en las zonas influenciadas por estas aportaciones favorece la precipitación de cristales de calcita.
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