Será cuestión de “dos o tres días”, sostenía, rotundo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cuando el 28 de febrero rompió las conversaciones en curso con Irán sobre su programa nuclear y lanzó, junto a Israel, la ofensiva Furia Épica contra la República Islámica. Este lunes se cumplen 100 días de un conflicto encallado en una supuesta tregua que no ha traído la paz y que atraviesa su momento más peligroso: Teherán bombardeó en la noche de este domingo territorio israelí horas después del ataque israelí sobre Beirut. Y aunque Trump telefoneó casi de inmediato a Benjamin Netanyahu para exigirle “no responder”, el primer ministro israelí ordenó a su vez bombardeos de represalia contra las ciudades iraníes de Teherán, Tabriz e Isfahán.
La República Islámica lamenta que Estados Unidos cambia los términos de la negociación continuamente, mientras Trump rechaza ceder ante cualquier exigencia iraní
Será cuestión de “dos o tres días”, sostenía, rotundo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cuando el 28 de febrero rompió las conversaciones en curso con Irán sobre su programa nuclear y lanzó, junto a Israel, la ofensiva Furia Épica contra la República Islámica. Este lunes se cumplen 100 días de un conflicto encallado en una supuesta tregua que no ha traído la paz y que atraviesa su momento más peligroso: Teherán bombardeó en la noche de este domingo territorio israelí horas después del ataque israelí sobre Beirut. Y aunque Trump telefoneó casi de inmediato a Benjamin Netanyahu para exigirle “no responder”, el primer ministro israelí ordenó a su vez bombardeos de represalia contra las ciudades iraníes de Teherán, Tabriz e Isfahán.
El gran interrogante ahora es qué ocurrirá con unas negociaciones de paz que progresaban a trancas y barrancas y en las que cualquier avance parece acabar convertido en un retroceso. En declaraciones al Financial Times, Trump ha sostenido que las acciones del domingo no tendrán impacto en esas conversaciones porque es él, no Netanyahu, “quien toma las decisiones”.
La guerra ha causado ya casi 3.500 muertos y 26.500 heridos en Irán, según su Ministerio de Sanidad. En Israel hay 26 víctimas mortales y 7.791 heridos. Han fallecido también 13 soldados estadounidenses, y 381 han sufrido heridas. En Líbano son ya 3.613 muertos y más de 11.072 heridos; y la respuesta de Irán ha dejado al menos 146 muertos y centenares de heridos en países del Golfo aliados de Estados Unidos.
Las perspectivas inmediatas, en el mejor de los casos, son volver a la situación que ya existía antes de los ataques: reabrir el estratégico estrecho de Ormuz y dejar para una fase posterior las negociaciones sobre el programa nuclear iraní. Un conflicto que, aunque se logre un acuerdo de paz provisional, puede no llegar a terminar formalmente.
Las escaramuzas entre las fuerzas estadounidenses e iraníes continúan casi a diario. La ofensiva israelí en el sur de Líbano, pese al alto el fuego prorrogado sobre el papel la pasada semana, ha desencadenado este domingo el primer intercambio de fuego entre Israel e Irán desde el comienzo del conflicto. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, muy poco dispuesto a facilitar un acuerdo que selle la paz entre su principal aliado (Washington) y su gran enemigo regional (Irán), desoye los llamamientos del presidente estadounidense, aunque Trump haya declarado al Financial Times que Netanyahu no tendrá “más remedio” que aceptar un acuerdo con Teherán.
Medios estadounidenses publicaban el sábado que los servicios de inteligencia han aumentado el nivel de amenaza de contraespionaje de Israel en EE UU de “alto” a “grave”. Mientras, Teherán insiste en que cualquier ataque israelí contra Beirut, la capital libanesa, desencadenará “el reinicio a gran escala” de las hostilidades contra Estados Unidos. El domingo, Trump indicaba a la cadena NBC que no vincula la paz en Líbano con las negociaciones con Irán. Pero, en entrevista con Axios, insistía en que no quiere que una represalia israelí se interponga en las negociaciones. Según él, ambas partes están ya muy cerca de un acuerdo: “no quiero que se estropee por lo que está ocurriendo ahora mismo”.

El hartazgo de la guerra es palpable en Washington. La pasada semana, la Cámara de Representantes enviaba su advertencia más seria hasta el momento al presidente estadounidense, al aprobar una resolución que le impide continuar la ofensiva bélica sin contar con el Capitolio. Por primera vez, un grupo suficiente de diputados republicanos —cuatro— se sumó a la oposición demócrata para sacar adelante la medida, tras más de media docena de intentos fallidos. La resolución pasa ahora al Senado.
Los estadounidenses desaprueban la guerra por gran mayoría: un 59% condena la gestión de Trump de este conflicto, y solo un 31% la aprueba, según una encuesta de YouGov en mayo. Dos tercios de los ciudadanos se lamentan de que la escalada en los precios de la gasolina desencadenada por la contienda ha perjudicado su economía doméstica.
El propio presidente parece, en ocasiones, hastiado de la guerra que eligió. Varias veces ha utilizado el adjetivo “aburrido” para describir unas negociaciones de paz que, como las semanas de bombardeos, han transcurrido a bandazos y entre continuas contradicciones y desmentidos, bien de una parte a la otra o bien incluso entre la Administración estadounidense. El propio Trump ha cambiado de posición continuamente. Un día publica en sus redes sociales que un acuerdo está al alcance de la mano. Al día siguiente —o solo horas más tarde— amenaza a Irán con retomar los bombardeos de modo aún más intenso.
Los negociadores iraníes ya se lamentan en público de ello y atribuyen la falta de progresos en las conversaciones a esos súbitos giros de guion. “El principal problema de negociar con esta Administración es que hay que enfrentarse a muchos cambios de postura”, lamentaba el portavoz iraní de Exteriores, Esmail Baqaei, a la cadena CNN. “No paran de cambiar las reglas del juego mientras distintos altos cargos hacen declaraciones distintas, si no directamente opuestas. Eso provoca que todo este proceso sea muy engorroso”.
Trump insiste en que no tiene prisa en llegar a un acuerdo, y que no lo hará si este no le satisface plenamente. Está convencido, según explicaba a la cadena NBC, de que al régimen iraní “no le queda más remedio” que llegar a un pacto. Y, al menos en público, sostiene que por esa supuesta desesperación del adversario no le hace falta ofrecer concesiones a Teherán.
Asegura, para terror de los legisladores republicanos que se juegan el escaño, que le da igual la cercanía de las elecciones de medio mandato, el próximo noviembre, en las que está en juego el control del Congreso. Hace dos semanas, los pasillos de la Casa Blanca rebosaban de rumores acerca de que podría anunciarse un acuerdo de paz en cuestión de horas. Un alto cargo confirmaba que se había alcanzado un preacuerdo y solo faltaba el visto bueno de Trump. El mandatario no ha llegado a darlo.

Se habían interpuesto las críticas de los sectores de su partido contrarios a cualquier tipo de concesión a Irán. El preacuerdo, según filtraba el portal Axios, incluía la posibilidad del alivio de las sanciones y descongelación de fondos iraníes, los grandes objetivos del régimen: un asesor del líder supremo iraní Mojtaba Jameneí ha declarado a la cadena CNN que las conversaciones están pendientes de que Estados Unidos autorice la devolución de 24.000 millones de dólares a Teherán. El estrecho de Ormuz se reabriría mientras que el gran escollo, el programa nuclear iraní, se abordaría en negociaciones posteriores a lo largo de una prórroga de sesenta días del actual alto el fuego.
Trump no quiso parecer blando ante los sectores duros de su partido, y reiteró que no se planteaba ofrecer ninguna zanahoria: ni alivio de sanciones ni dinero para la República Islámica. El estrecho de Ormuz, ha declarado esta semana, bien podría seguir cerrado para el inicio del nuevo curso en septiembre.
Pese a sus argumentos en público, el presidente sí tiene prisa, como dejan claros sus comentarios tras el ataque de Irán a Israel este domingo. No quiere que las conversaciones de paz descarrilen y volver a unos ataques que, además de impopulares, han costado ya más de 29.000 millones de dólares —según las cifras del Pentágono en mayo— y han dejado en mínimos sus arsenales de munición. Ni, aunque diga lo contrario, arriesgarse a una derrota en las elecciones de medio mandato que pueda desencadenar la apertura de juicios políticos contra él y otros miembros de su Administración.
El estancamiento en las conversaciones no se debe únicamente a las negativas del presidente estadounidense. Irán tampoco tiene gran interés en ceder: el régimen, dominado ahora por la Guardia Revolucionaria, se siente fuerte y percibe que el mero hecho de sobrevivir ya representa que ha ganado.
Trump optó por desencadenar la guerra en febrero convencido por Netanyahu de que sería una ofensiva fácil, rápida y que desencadenaría un levantamiento popular en Irán que derribaría al régimen de los ayatolás. Nadie en su entorno quiso o supo llevarle la contraria.
Los dos o tres días se convirtieron en “cuatro o seis semanas”. No hubo revuelta popular iraní. El régimen islámico, pese al asesinato de muchos de sus líderes, no quedó descabezado; los bombardeos solo lograron radicalizarlo más. Irán cerraba a cal y canto el estratégico estrecho de Ormuz, por el que antes del conflicto pasaba una quinta parte del petróleo y el gas licuado del mundo.
Por parte estadounidense, los objetivos de la guerra fueron cambiando a volantazos: abrir el camino a una insurrección, acabar con el programa de misiles iraníes, terminar el respaldo de Irán a grupos radicales en Oriente Próximo, hundir la Armada del régimen, impedir que Teherán retomase su programa nuclear…
Ahora los objetivos son, principalmente, reabrir Ormuz —que ya estaba abierto, sin restricciones ni tasas, antes de la guerra— e impedir que Irán pueda hacerse con un arma nuclear: algo que Trump ya había logrado, según él, tras el ataque contra las instalaciones nucleares de ese país hace casi exactamente un año.

Aunque se llegara a un preacuerdo para prorrogar el alto el fuego y pasar a una nueva fase de 60 días de negociación, es improbable que se produzcan cambios significativos, dada la enorme desconfianza entre los dos enemigos y lo profundo de sus diferencias. Trump no quiere dar garantías de seguridad a Teherán. Irán no está dispuesto a renunciar al enriquecimiento de uranio. E Israel parece decidido a querer seguir actuando por su cuenta.
“Hay una gran posibilidad de que nunca lleguemos a ver un acuerdo definitivo. Entonces estaremos atrapados en una situación en la que Estados Unidos no quiere volver a la guerra, y el régimen más radicalizado continuará en Irán”, apuntaba Danny Citrinowicz, antiguo director para Irán de la inteligencia militar israelí, en una reciente videoconferencia organizada por Crisis Group.
“Aunque se negocie ese acuerdo definitivo, ¿quién abordaría ese pacto, que va a ser mucho más complicado que el de veinte puntos para Gaza? En la cuestión nuclear hay que ver el enriquecimiento de uranio, la investigación y desarrollo, el régimen de inspecciones… Eso no se resuelve en solo 60 días. Así que se acabaría prorrogando y, dada la cercanía de las elecciones de medio mandato, Trump tendría la presión de no volver a las hostilidades. Podemos acabar en un punto muerto que, la verdad, convendría a Irán», explicaba este experto.
Tras el ataque iraní contra Israel, el analista escribía en X: “Estamos entrando en una nueva era en la que Teherán se siente más fuerte, más seguro y cada vez más confiado en la credibilidad de su capacidad de disuasión. Los líderes iraníes parecen creer ahora que su disposición a absorber presión militar y sobrevivirla ha fortalecido su posición estratégica. El resultado es un Irán más asertivo, un Oriente Próximo más peligroso y un riesgo creciente de que futuras crisis escalen más rápido y vaya más allá de lo que nadie había anticipado”.
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