Cuando en 1904 se fundó en París la Fédération Internationale de Football Association (FIFA), el fútbol era un deporte en expansión, muy lejos del fenómeno de masas que es hoy en día. Su objetivo principal era el de unificar las reglas del deporte y organizar partidos internacionales. Para ello, se determinó que las federaciones de los distintos países fundadores, entre las que se encontraba la española, –representada por el Madrid Foot-Ball Club–, debían funcionar como entidades de coordinación, no como empresas. De esta forma, la FIFA se estructuró como una asociación privada sin fines de lucro, lo que la clasifica bajo la figura legal de una Organización No Gubernamental (ONG).
Más de 120 años después de su fundación, mantiene formalmente ese mismo estatus jurídico, por el que no puede repartir beneficios y todos sus ingresos deben reinvertirse en la propia organización y en el desarrollo del fútbol mundial. Sin embargo, esta definición convive con una realidad económica completamente distinta. La organización que preside Gianni Infantino gestiona un negocio que mueve miles de millones de dólares y que se ha convertido en uno de los motores centrales del entretenimiento en todo el mundo. A medida que la organización con sede en Zúrich administra más dinero y el fútbol se convierte en una industria cada vez más grande, también aumenta la complejidad de su gestión y el peso de las decisiones económicas frente a las deportivas. Motivo por el que la institución se ha granjeado numerosas críticas, que van desde polémicas adjudicaciones de mundiales (como el de Rusia, Qatar o Arabia Saudí en 2034) a la falta de transparencia financiera o la creación del Premio FIFA de la Paz, que fue otorgado a Donald Trump en pleno malestar del presidente americano por no haber recibido el Nobel. Pero quizá el mayor deterioro de la imagen de la organización se produjo en 2015, cuando el Departamento de Justicia de EE UU acusó a decenas de altos directivos de recibir más de 150 millones de dólares en sobornos, además de fraude y blanqueo de capitales.
Pese a las críticas, la FIFA defiende que su modelo económico permite financiar el desarrollo del fútbol a escala global. A través de programas de inversión y solidaridad, la organización destina parte de los ingresos generados por el Mundial a federaciones con menores recursos, contribuyendo a la construcción de infraestructuras, la formación de entrenadores y el desarrollo de competiciones en países con escasa capacidad financiera
Expansión
Actualmente, la FIFA vive un periodo de expansión sin precedentes. El Mundial que coorganizan EE UU, México y Canadá es el más ambicioso de la historia. La FIFA prevé cerrar el cuatrienio 2023-2026 (que se cerrará cuando el capitán de la selección ganadora levante la Copa del Mundo) con unos ingresos de 13.000 millones de euros, tal y como recoge su presupuesto revisado. Esto supone un incremento del 72% respecto al ciclo anterior. En el centro de este modelo económico se encuentra el Mundial. La Copa del Mundo de 2026 generará aproximadamente 8.911 millones de dólares para la organización, alrededor de dos tercios del total de lo ingresado en el periodo entre mundiales. Esto convierte al torneo en el principal activo financiero de la FIFA.
La propia entidad reconoce un patrón estructural: los años de Mundial disparan los ingresos, mientras que los intermedios funcionan como fases de estabilización del sistema. En otras palabras, la FIFA depende de un único producto que redefine completamente su cuenta de resultados cada cuatro años.
La ampliación del torneo de 32 a 48 selecciones refuerza esta lógica empresarial. Más partidos implican más derechos televisivos, más patrocinadores y más productos derivados, sin un aumento proporcional de los costes fijos. El Mundial se convierte así en una máquina de escalabilidad económica extraordinariamente eficiente.
A la necesidad de estabilizar los ingresos y reducir la dependencia de la gran cita cuatrienal de selecciones, responden iniciativas como el nuevo Mundial de Clubes. Equipos como el Real Madrid, el Bayern de Munich o el Flamengo funcionan como marcas globales capaces de generar audiencias transnacionales e ingresos de 2.000 millones.
Geopolítica
El evento, que arrancó el pasado 11 de junio con el pitido inicial del partido inaugural que enfrentó a México y Sudáfrica, no es solo el mayor torneo organizado por la FIFA, sino también el primer Mundial plenamente inscrito en la nueva era de fragmentación geopolítica global. El acontecimiento es, por tanto, tal como recoge el investigador del Real Instituto Elcano, Ángel Badillo, en el informe «La Copa del Mundo 2026: un terreno de juego para la geopolítica», una de las últimas infraestructuras de consumo simultáneo del planeta. Es esta sincronización de las audiencias de todo el mundo la que, a juicio del investigador, incrementa su valor. «Precisamente porque el mundo está más dividido, los eventos capaces de concentrar atención global adquieren un valor económico y geopolítico creciente», señala Badillo.
En este sentido, recuerda que EE UU, México y Canadá representan uno de los mayores espacios económicos integrados del planeta a través del acuerdo USMCA, pero sus relaciones están marcadas por tensiones migratorias, comerciales y políticas recurrentes. Desde una perspectiva económica, la elección de tres países sede no es baladí. EE UU aporta el acceso al mayor mercado de consumo deportivo del planeta; México garantiza una conexión estructural con el mercado latinoamericano, y Canadá refuerza la dimensión institucional y de estabilidad del proyecto.
Ingresos
El mayor bloque de ingresos de la FIFA es el audiovisual, con 4.264 millones de dólares previstos en el periodo entre mundiales. Su valor no depende del objeto físico, sino de la capacidad del fútbol para concentrar audiencias globales en tiempo real. Esto convierte al deporte en un activo con una demanda extraordinariamente resistente incluso en contextos económicos adversos.
El segundo gran bloque del negocio es el marketing, con 2.846 millones de dólares. Marcas como Adidas, Coca-Cola, Visa o Hyundai no compran simplemente publicidad, sino acceso simultáneo a cientos de millones de espectadores. Un gol de Messi o una actuación decisiva de Mbappé genera impactos económicos inmediatos porque activan un mercado planetario conectado en tiempo real.
El tercer gran bloque es la venta de entradas y «hospitality», con 3.097 millones de dólares. El consumo del fútbol de élite se ha bifurcado en dos niveles: una experiencia masiva global a través de pantallas y otra prémium en estadios. En recintos como el MetLife Stadium o el Estadio Azteca conviven público general y consumidores corporativos de alto poder adquisitivo. Esta segmentación multiplica el valor medio por espectador y refuerza la lógica de exclusividad del producto.
Los primeros datos económicos del Mundial de 2026 parecen confirmar la capacidad de la FIFA para convertir el torneo en un generador inmediato de actividad económica local. Según un análisis elaborado por el Bank of America Institute, basado en datos agregados de gasto presencial realizado con tarjetas de crédito y débito entre el 10 y el 21 de junio, las ciudades sede de la fase de grupos registraron un incremento interanual del 6,3% en el gasto total. El incremento fue especialmente significativo entre los consumidores no residentes, cuyo gasto se disparó un 16,7% respecto al mismo periodo del año anterior.El análisis sugiere que el impacto económico del Mundial comienza a materializarse incluso antes de las fases decisivas del torneo, actuando como un potente mecanismo de atracción de consumo, turismo y actividad económica urbana. En términos prácticos, la FIFA no solo vende derechos audiovisuales o patrocinios globales, sino que también genera flujos de gasto directos en restauración, alojamiento, comercio minorista, transporte y ocio en las ciudades anfitrionas. Así, destaca la capacidad de la FIFA para transformar un acontecimiento deportivo en un fenómeno económico transversal.
Efecto limitado en la economía nacional
Sin embargo, estos incrementos localizados no se traducen necesariamente en un impulso significativo para la economía nacional. El director de investigación de inversiones globales de Edmond de Rothschild, Hervé Prettre, estima que la contribución total del Mundial al PIB estadounidense será de aproximadamente 17.000 millones de dólares, lo que equivaldría a un aumento temporal cercano al 0,2% trimestral o apenas el 0,05% del PIB anual de Estados Unidos. Subraya, además, que gran parte del empleo creado será temporal y concentrado en el sector servicios, mientras que el impacto inflacionario, «reducido y localizado».
Los primeros indicadores de demanda ofrecen resultados mixtos. La venta de entradas se ha ralentizado tras el impulso inicial, algunos precios de reventa han caído significativamente y parte del sector hotelero estadounidense ha registrado niveles de reserva inferiores a los previstos, lo que podría reflejar un fenómeno habitual en los grandes eventos deportivos internacionales, el denominado «efecto desplazamiento», por el que turistas y consumidores habituales evitan las zonas afectadas por el evento.
Para Prettre, el verdadero impacto económico del Mundial podría producirse menos en la economía física tradicional y más en la economía digital y de la atención, a través del aumento de búsquedas, visualizaciones, interacción en redes sociales e ingresos publicitarios generados por plataformas como Google, YouTube, Instagram o TikTok.
Estadios
La Copa del Mundo 2026 también introduce un cambio estructural en la economía del torneo. A diferencia de Qatar, donde la construcción de estadios concentró gran parte del gasto público, en Estados Unidos, el torneo se disputa mayoritariamente en infraestructuras ya existentes, gestionadas por franquicias privadas de la National Football League.Estadios como el SoFi Stadium, el MetLife Stadium o el AT&T Stadium funcionan como activos privados altamente rentables que han sido adaptados temporalmente a las exigencias de la FIFA. Este modelo reduce el coste público directo, pero desplaza el valor económico hacia propietarios privados y grandes corporaciones. Al mismo tiempo, los gobiernos locales asumen parte de los costes de seguridad, transporte y servicios sin participar de forma proporcional en los ingresos. «El resultado es un modelo híbrido la FIFA captura el valor comercial global del evento mientras externaliza buena parte de los costes estructurales», apostilla Badillo.
Riesgos
Pero el Mundial de 2026, prosigue el informe de Elcano, introduce un conjunto de riesgos políticos que impactan directamente en el modelo de negocio de la FIFA. Estados Unidos mantiene restricciones migratorias sobre ciudadanos de numerosos países, incluidos algunos con selecciones participantes. Esto ha generado tensiones diplomáticas y preocupación entre federaciones y patrocinadores. El Congreso estadounidense llegó a debatir la «Save the World Cup Act», que limita las operaciones de control migratorio en las zonas vinculadas al torneo. Paralelamente, la administración estadounidense creó una Task Force específica para coordinar el Mundial, ampliando el papel de las agencias federales en seguridad e infraestructuras.
El caso de Irán ilustra especialmente la complejidad de esta intersección entre deporte y geopolítica. La selección persa participó en el torneo en un contexto marcado por las sanciones internacionales y las tensiones diplomáticas entre Teherán y Washington. Aunque Irán acabó siendo eliminado en la fase de grupos, su presencia en el torneo puso de manifiesto los desafíos políticos y diplomáticos a los que se enfrenta la FIFA cuando organiza competiciones globales en un contexto internacional cada vez más polarizado.
El Mundial más contaminante
El Mundial de 2026 es ya el mayor evento deportivo en términos de alcance geográfico y audiencia, pero también en complejidad logística. Por este motivo, pasará a la historia como uno de los acontecimientos más intensivos en consumo energético y, por tanto, en emisiones de carbono. Según estimaciones recogidas por Real Instituto Elcano, la logística del torneo podría generar en torno a nueve millones de toneladas métricas de gases de efecto invernadero, lo que supone casi el doble que el Mundial de Qatar 2022 y un incremento del 92% respecto a la media de los torneos celebrados entre 2010 y 2022. El propio Elcano enmarca esta evolución como parte de un cambio estructural en el modelo de expansión de la FIFA, donde la globalización del torneo implica necesariamente mayores distancias, más movilidad y un incremento de la intensidad energética del evento. A diferencia de Qatar, donde el impacto ambiental estuvo dominado por la construcción de infraestructuras y la climatización de estadios en un entorno extremo, el Mundial de 2026 desplaza el foco hacia el transporte. La dispersión de sedes en tres países y más de una docena de ciudades convierte la movilidad en el principal vector de emisiones. Este modelo multiplica los desplazamientos aéreos internacionales de aficionados, equipos, medios de comunicación y personal técnico, en un contexto en el que la aviación sigue siendo uno de los sectores más dependientes de combustibles fósiles y con menores avances en descarbonización. En términos económicos, esto traslada el impacto climático desde la inversión en infraestructuras hacia el consumo continuo de energía fósil durante el desarrollo del evento.
La Copa del Mundo 2026 ya no es solo el mayor evento de la historia del fútbol, sino también la demostración de que las tensiones del sistema internacional se han convertido en parte estructural de su modelo de negocio de la FIFA. Cuarenta años después de la «Mano de Dios» de Maradona en el Estadio Azteca, el fútbol ha regresado a Norteamérica, pero el mundo ya no es el mismo. Y la FIFA tampoco.
La organización presidida por Gianni Infantino prevé aumentar un 72% sus ingresos gracias al torneo de Estados Unidos, México y Canadá
Cuando en 1904 se fundó en París la Fédération Internationale de Football Association (FIFA), el fútbol era un deporte en expansión, muy lejos del fenómeno de masas que es hoy en día. Su objetivo principal era el de unificar las reglas del deporte y organizar partidos internacionales. Para ello, se determinó que las federaciones de los distintos países fundadores, entre las que se encontraba la española, –representada por el Madrid Foot-Ball Club–, debían funcionar como entidades de coordinación, no como empresas. De esta forma, la FIFA se estructuró como una asociación privada sin fines de lucro, lo que la clasifica bajo la figura legal de una Organización No Gubernamental (ONG).
Más de 120 años después de su fundación, mantiene formalmente ese mismo estatus jurídico, por el que no puede repartir beneficios y todos sus ingresos deben reinvertirse en la propia organización y en el desarrollo del fútbol mundial. Sin embargo, esta definición convive con una realidad económica completamente distinta. La organización que preside Gianni Infantino gestiona un negocio que mueve miles de millones de dólares y que se ha convertido en uno de los motores centrales del entretenimiento en todo el mundo. A medida que la organización con sede en Zúrich administra más dinero y el fútbol se convierte en una industria cada vez más grande, también aumenta la complejidad de su gestión y el peso de las decisiones económicas frente a las deportivas. Motivo por el que la institución se ha granjeado numerosas críticas, que van desde polémicas adjudicaciones de mundiales (como el de Rusia, Qatar o Arabia Saudí en 2034) a la falta de transparencia financiera o la creación del Premio FIFA de la Paz, que fue otorgado a Donald Trump en pleno malestar del presidente americano por no haber recibido el Nobel. Pero quizá el mayor deterioro de la imagen de la organización se produjo en 2015, cuando el Departamento de Justicia de EE UU acusó a decenas de altos directivos de recibir más de 150 millones de dólares en sobornos, además de fraude y blanqueo de capitales.
Pese a las críticas, la FIFA defiende que su modelo económico permite financiar el desarrollo del fútbol a escala global. A través de programas de inversión y solidaridad, la organización destina parte de los ingresos generados por el Mundial a federaciones con menores recursos, contribuyendo a la construcción de infraestructuras, la formación de entrenadores y el desarrollo de competiciones en países con escasa capacidad financiera
Expansión
Actualmente, la FIFA vive un periodo de expansión sin precedentes. El Mundial que coorganizan EE UU, México y Canadá es el más ambicioso de la historia. La FIFA prevé cerrar el cuatrienio 2023-2026 (que se cerrará cuando el capitán de la selección ganadora levante la Copa del Mundo) con unos ingresos de 13.000 millones de euros, tal y como recoge su presupuesto revisado. Esto supone un incremento del 72% respecto al ciclo anterior. En el centro de este modelo económico se encuentra el Mundial. La Copa del Mundo de 2026 generará aproximadamente 8.911 millones de dólares para la organización, alrededor de dos tercios del total de lo ingresado en el periodo entre mundiales. Esto convierte al torneo en el principal activo financiero de la FIFA.
La propia entidad reconoce un patrón estructural: los años de Mundial disparan los ingresos, mientras que los intermedios funcionan como fases de estabilización del sistema. En otras palabras, la FIFA depende de un único producto que redefine completamente su cuenta de resultados cada cuatro años.
La ampliación del torneo de 32 a 48 selecciones refuerza esta lógica empresarial. Más partidos implican más derechos televisivos, más patrocinadores y más productos derivados, sin un aumento proporcional de los costes fijos. El Mundial se convierte así en una máquina de escalabilidad económica extraordinariamente eficiente.
A la necesidad de estabilizar los ingresos y reducir la dependencia de la gran cita cuatrienal de selecciones, responden iniciativas como el nuevo Mundial de Clubes. Equipos como el Real Madrid, el Bayern de Munich o el Flamengo funcionan como marcas globales capaces de generar audiencias transnacionales e ingresos de 2.000 millones.
Geopolítica
El evento, que arrancó el pasado 11 de junio con el pitido inicial del partido inaugural que enfrentó a México y Sudáfrica, no es solo el mayor torneo organizado por la FIFA, sino también el primer Mundial plenamente inscrito en la nueva era de fragmentación geopolítica global. El acontecimiento es, por tanto, tal como recoge el investigador del Real Instituto Elcano, Ángel Badillo, en el informe «La Copa del Mundo 2026: un terreno de juego para la geopolítica», una de las últimas infraestructuras de consumo simultáneo del planeta. Es esta sincronización de las audiencias de todo el mundo la que, a juicio del investigador, incrementa su valor. «Precisamente porque el mundo está más dividido, los eventos capaces de concentrar atención global adquieren un valor económico y geopolítico creciente», señala Badillo.
En este sentido, recuerda que EE UU, México y Canadá representan uno de los mayores espacios económicos integrados del planeta a través del acuerdo USMCA, pero sus relaciones están marcadas por tensiones migratorias, comerciales y políticas recurrentes. Desde una perspectiva económica, la elección de tres países sede no es baladí. EE UU aporta el acceso al mayor mercado de consumo deportivo del planeta; México garantiza una conexión estructural con el mercado latinoamericano, y Canadá refuerza la dimensión institucional y de estabilidad del proyecto.
Ingresos
El mayor bloque de ingresos de la FIFA es el audiovisual, con 4.264 millones de dólares previstos en el periodo entre mundiales. Su valor no depende del objeto físico, sino de la capacidad del fútbol para concentrar audiencias globales en tiempo real. Esto convierte al deporte en un activo con una demanda extraordinariamente resistente incluso en contextos económicos adversos.
El segundo gran bloque del negocio es el marketing, con 2.846 millones de dólares. Marcas como Adidas, Coca-Cola, Visa o Hyundai no compran simplemente publicidad, sino acceso simultáneo a cientos de millones de espectadores. Un gol de Messi o una actuación decisiva de Mbappé genera impactos económicos inmediatos porque activan un mercado planetario conectado en tiempo real.
El tercer gran bloque es la venta de entradas y «hospitality», con 3.097 millones de dólares. El consumo del fútbol de élite se ha bifurcado en dos niveles: una experiencia masiva global a través de pantallas y otra prémium en estadios. En recintos como el MetLife Stadium o el Estadio Azteca conviven público general y consumidores corporativos de alto poder adquisitivo. Esta segmentación multiplica el valor medio por espectador y refuerza la lógica de exclusividad del producto.
Los primeros datos económicos del Mundial de 2026 parecen confirmar la capacidad de la FIFA para convertir el torneo en un generador inmediato de actividad económica local. Según un análisis elaborado por el Bank of America Institute, basado en datos agregados de gasto presencial realizado con tarjetas de crédito y débito entre el 10 y el 21 de junio, las ciudades sede de la fase de grupos registraron un incremento interanual del 6,3% en el gasto total. El incremento fue especialmente significativo entre los consumidores no residentes, cuyo gasto se disparó un 16,7% respecto al mismo periodo del año anterior.El análisis sugiere que el impacto económico del Mundial comienza a materializarse incluso antes de las fases decisivas del torneo, actuando como un potente mecanismo de atracción de consumo, turismo y actividad económica urbana. En términos prácticos, la FIFA no solo vende derechos audiovisuales o patrocinios globales, sino que también genera flujos de gasto directos en restauración, alojamiento, comercio minorista, transporte y ocio en las ciudades anfitrionas. Así, destaca la capacidad de la FIFA para transformar un acontecimiento deportivo en un fenómeno económico transversal.
Efecto limitado en la economía nacional
Sin embargo, estos incrementos localizados no se traducen necesariamente en un impulso significativo para la economía nacional. El director de investigación de inversiones globales de Edmond de Rothschild, Hervé Prettre, estima que la contribución total del Mundial al PIB estadounidense será de aproximadamente 17.000 millones de dólares, lo que equivaldría a un aumento temporal cercano al 0,2% trimestral o apenas el 0,05% del PIB anual de Estados Unidos. Subraya, además, que gran parte del empleo creado será temporal y concentrado en el sector servicios, mientras que el impacto inflacionario, «reducido y localizado».
Los primeros indicadores de demanda ofrecen resultados mixtos. La venta de entradas se ha ralentizado tras el impulso inicial, algunos precios de reventa han caído significativamente y parte del sector hotelero estadounidense ha registrado niveles de reserva inferiores a los previstos, lo que podría reflejar un fenómeno habitual en los grandes eventos deportivos internacionales, el denominado «efecto desplazamiento», por el que turistas y consumidores habituales evitan las zonas afectadas por el evento.
Para Prettre, el verdadero impacto económico del Mundial podría producirse menos en la economía física tradicional y más en la economía digital y de la atención, a través del aumento de búsquedas, visualizaciones, interacción en redes sociales e ingresos publicitarios generados por plataformas como Google, YouTube, Instagram o TikTok.
Estadios
La Copa del Mundo 2026 también introduce un cambio estructural en la economía del torneo. A diferencia de Qatar, donde la construcción de estadios concentró gran parte del gasto público, en Estados Unidos, el torneo se disputa mayoritariamente en infraestructuras ya existentes, gestionadas por franquicias privadas de la National Football League.Estadios como el SoFi Stadium, el MetLife Stadium o el AT&T Stadium funcionan como activos privados altamente rentables que han sido adaptados temporalmente a las exigencias de la FIFA. Este modelo reduce el coste público directo, pero desplaza el valor económico hacia propietarios privados y grandes corporaciones. Al mismo tiempo, los gobiernos locales asumen parte de los costes de seguridad, transporte y servicios sin participar de forma proporcional en los ingresos. «El resultado es un modelo híbrido la FIFA captura el valor comercial global del evento mientras externaliza buena parte de los costes estructurales», apostilla Badillo.
Riesgos
Pero el Mundial de 2026, prosigue el informe de Elcano, introduce un conjunto de riesgos políticos que impactan directamente en el modelo de negocio de la FIFA. Estados Unidos mantiene restricciones migratorias sobre ciudadanos de numerosos países, incluidos algunos con selecciones participantes. Esto ha generado tensiones diplomáticas y preocupación entre federaciones y patrocinadores. El Congreso estadounidense llegó a debatir la «Save the World Cup Act», que limita las operaciones de control migratorio en las zonas vinculadas al torneo. Paralelamente, la administración estadounidense creó una Task Force específica para coordinar el Mundial, ampliando el papel de las agencias federales en seguridad e infraestructuras.
El caso de Irán ilustra especialmente la complejidad de esta intersección entre deporte y geopolítica. La selección persa participó en el torneo en un contexto marcado por las sanciones internacionales y las tensiones diplomáticas entre Teherán y Washington. Aunque Irán acabó siendo eliminado en la fase de grupos, su presencia en el torneo puso de manifiesto los desafíos políticos y diplomáticos a los que se enfrenta la FIFA cuando organiza competiciones globales en un contexto internacional cada vez más polarizado.
El Mundial más contaminante
El Mundial de 2026 es ya el mayor evento deportivo en términos de alcance geográfico y audiencia, pero también en complejidad logística. Por este motivo, pasará a la historia como uno de los acontecimientos más intensivos en consumo energético y, por tanto, en emisiones de carbono. Según estimaciones recogidas por Real Instituto Elcano, la logística del torneo podría generar en torno a nueve millones de toneladas métricas de gases de efecto invernadero, lo que supone casi el doble que el Mundial de Qatar 2022 y un incremento del 92% respecto a la media de los torneos celebrados entre 2010 y 2022. El propio Elcano enmarca esta evolución como parte de un cambio estructural en el modelo de expansión de la FIFA, donde la globalización del torneo implica necesariamente mayores distancias, más movilidad y un incremento de la intensidad energética del evento. A diferencia de Qatar, donde el impacto ambiental estuvo dominado por la construcción de infraestructuras y la climatización de estadios en un entorno extremo, el Mundial de 2026 desplaza el foco hacia el transporte. La dispersión de sedes en tres países y más de una docena de ciudades convierte la movilidad en el principal vector de emisiones. Este modelo multiplica los desplazamientos aéreos internacionales de aficionados, equipos, medios de comunicación y personal técnico, en un contexto en el que la aviación sigue siendo uno de los sectores más dependientes de combustibles fósiles y con menores avances en descarbonización. En términos económicos, esto traslada el impacto climático desde la inversión en infraestructuras hacia el consumo continuo de energía fósil durante el desarrollo del evento.
La Copa del Mundo 2026 ya no es solo el mayor evento de la historia del fútbol, sino también la demostración de que las tensiones del sistema internacional se han convertido en parte estructural de su modelo de negocio de la FIFA. Cuarenta años después de la «Mano de Dios» de Maradona en el Estadio Azteca, el fútbol ha regresado a Norteamérica, pero el mundo ya no es el mismo. Y la FIFA tampoco.
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