La carretera de Trump en el Sáhara: una autopista de 1.000 kilómetros que consolida la expansión de Marruecos y reabre la disputa territorial

Hay pocos homenajes políticos tan singulares como bautizar una autopista de más de 1.000 kilómetros con el nombre de un presidente extranjero. Marruecos lo ha hecho con Donald Trump, cuya marca personal -habitualmente asociada a rascacielos y campos de golf- queda ahora estampada sobre una de las grandes infraestructuras del norte de África: la carretera que conecta Tiznit, en el sur del país, con Dajla, en el extremo del Sáhara Occidental bajo control marroquí.

El propio Trump reaccionó al anuncio con el entusiasmo que suele acompañar a este tipo de reconocimientos. En un mensaje publicado en su red social Truth Social agradeció al rey Mohamed VI la decisión y calificó el gesto como «un gran honor». «Espero poder recorrer toda esta gran carretera algún día. Espero que sea pronto», escribió el presidente estadounidense, que acompañó sus palabras con un vídeo en el que ensalzaba la relación histórica entre ambos países.

La excentricidad de que haya un presidente estadounidense vivo que dé nombre una autopista africana que atraviesa un territorio cuya soberanía sigue siendo objeto de disputa internacional es muy propia de Trump.

Pero detrás de la peculiaridad del homenaje existe una estrategia mucho más profunda. Para Marruecos, la carretera no es solo una infraestructura de transporte. Es una pieza más de un proyecto político y económico destinado a consolidar su presencia en el Sáhara Occidental y reforzar su papel como potencia regional conectada con África occidental.

La Autopista Presidente Donald J. Trump recorre aproximadamente 1.055 kilómetros entre Tiznit y Dajla, atravesando El Aaiún, la principal ciudad del territorio controlado por Rabat. La inversión ronda los 1.000 millones de dólares y forma parte del programa marroquí de desarrollo de las denominadas provincias del sur, una iniciativa destinada a transformar una región históricamente periférica en un corredor económico hacia el Atlántico.

El punto estratégico del proyecto es Dajla, la antigua Villa Cisneros de la época colonial española. La ciudad, situada en una posición privilegiada frente a las rutas marítimas atlánticas, aspira a convertirse en un centro logístico y comercial entre Europa, el África subsahariana e Iberoamérica.

Allí Marruecos construye además un gran puerto atlántico cuya entrada en funcionamiento está prevista para 2028, una infraestructura concebida para atraer comercio, inversiones y conexiones con los países del Sahel.

La carretera y el puerto forman parte de una misma visión: convertir el Sáhara Occidental bajo administración marroquí en una plataforma económica atlántica. Rabat ha impulsado en los últimos años una política de grandes inversiones en carreteras, aeropuertos, energías renovables y proyectos industriales con el objetivo de reforzar la integración económica de la zona.

La dimensión política de la infraestructura es inseparable de la económica. El Sáhara Occidental es uno de los conflictos territoriales pendientes más antiguos de la comunidad internacional. Antigua colonia española, el territorio fue ocupado por Marruecos en 1975 tras la retirada de España, mientras el Frente Polisario reivindicó la independencia y proclamó la República Árabe Saharaui Democrática.

Tras años de guerra, Marruecos y el Frente Polisario alcanzaron un alto el fuego en 1991 bajo el paraguas de Naciones Unidas con la previsión de celebrar un referéndum de autodeterminación. Sin embargo, las discrepancias sobre quién debía participar en esa consulta bloquearon el proceso y dejaron congelada la disputa durante décadas.

En ese contexto, la decisión de Trump de reconocer en 2020 la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental supuso un cambio histórico en la posición estadounidense. Hasta entonces, Washington había mantenido una postura más cercana al consenso internacional, apoyando un proceso negociador bajo Naciones Unidas.

El reconocimiento estadounidense se produjo dentro de un acuerdo más amplio por el que Marruecos normalizó sus relaciones con Israel. Para Rabat, la decisión de la Administración Trump representó un triunfo diplomático largamente perseguido y reforzó su estrategia de buscar apoyos internacionales a su propuesta de autonomía para el territorio.

Desde entonces, otros países han modificado sus posiciones. España y Francia han expresado su apoyo al plan marroquí de autonomía como base para una solución política, un giro que el Frente Polisario considera un abandono de la causa saharaui y que Argelia observa con especial preocupación.

Precisamente la rivalidad entre Marruecos y Argelia convierte el Sáhara en algo más que un conflicto territorial. La disputa forma parte del equilibrio estratégico del Magreb, una región marcada por la competencia entre ambos países por la influencia política, económica y militar en el norte de África y el Sahel.

La carretera bautizada con el nombre de Trump se sitúa así en el centro de varias lecturas. Para Marruecos es un símbolo de modernización, conectividad y proyección internacional. Para sus detractores, es una infraestructura destinada a consolidar sobre el terreno una soberanía que continúa siendo discutida en el ámbito internacional.

El homenaje al presidente estadounidense tiene además una dimensión personalista que encaja con el estilo político de Trump. Durante su carrera empresarial y política, el actual presidente ha convertido su apellido en una marca reconocible asociada a edificios, productos y proyectos. Que su nombre figure ahora en una autopista africana añade un capítulo singular a esa larga lista.

 Marruecos bautiza con el nombre del presidente estadounidense la vía que une Tiznit con Dajla, un gesto con tintes personales que simboliza el respaldo de Washington a Rabat y la ambición marroquí de convertir el Atlántico africano en un corredor estratégico  

Hay pocos homenajes políticos tan singulares como bautizar una autopista de más de 1.000 kilómetros con el nombre de un presidente extranjero. Marruecos lo ha hecho con Donald Trump, cuya marca personal -habitualmente asociada a rascacielos y campos de golf- queda ahora estampada sobre una de las grandes infraestructuras del norte de África: la carretera que conecta Tiznit, en el sur del país, con Dajla, en el extremo del Sáhara Occidental bajo control marroquí.

El propio Trump reaccionó al anuncio con el entusiasmo que suele acompañar a este tipo de reconocimientos. En un mensaje publicado en su red social Truth Social agradeció al rey Mohamed VI la decisión y calificó el gesto como «un gran honor». «Espero poder recorrer toda esta gran carretera algún día. Espero que sea pronto», escribió el presidente estadounidense, que acompañó sus palabras con un vídeo en el que ensalzaba la relación histórica entre ambos países.

La excentricidad de que haya un presidente estadounidense vivo que dé nombre una autopista africana que atraviesa un territorio cuya soberanía sigue siendo objeto de disputa internacional es muy propia de Trump.

Pero detrás de la peculiaridad del homenaje existe una estrategia mucho más profunda. Para Marruecos, la carretera no es solo una infraestructura de transporte. Es una pieza más de un proyecto político y económico destinado a consolidar su presencia en el Sáhara Occidental y reforzar su papel como potencia regional conectada con África occidental.

La Autopista Presidente Donald J. Trump recorre aproximadamente 1.055 kilómetros entre Tiznit y Dajla, atravesando El Aaiún, la principal ciudad del territorio controlado por Rabat. La inversión ronda los 1.000 millones de dólares y forma parte del programa marroquí de desarrollo de las denominadas provincias del sur, una iniciativa destinada a transformar una región históricamente periférica en un corredor económico hacia el Atlántico.

El punto estratégico del proyecto es Dajla, la antigua Villa Cisneros de la época colonial española. La ciudad, situada en una posición privilegiada frente a las rutas marítimas atlánticas, aspira a convertirse en un centro logístico y comercial entre Europa, el África subsahariana e Iberoamérica.

Allí Marruecos construye además un gran puerto atlántico cuya entrada en funcionamiento está prevista para 2028, una infraestructura concebida para atraer comercio, inversiones y conexiones con los países del Sahel.

La carretera y el puerto forman parte de una misma visión: convertir el Sáhara Occidental bajo administración marroquí en una plataforma económica atlántica. Rabat ha impulsado en los últimos años una política de grandes inversiones en carreteras, aeropuertos, energías renovables y proyectos industriales con el objetivo de reforzar la integración económica de la zona.

La dimensión política de la infraestructura es inseparable de la económica. El Sáhara Occidental es uno de los conflictos territoriales pendientes más antiguos de la comunidad internacional. Antigua colonia española, el territorio fue ocupado por Marruecos en 1975 tras la retirada de España, mientras el Frente Polisario reivindicó la independencia y proclamó la República Árabe Saharaui Democrática.

Tras años de guerra, Marruecos y el Frente Polisario alcanzaron un alto el fuego en 1991 bajo el paraguas de Naciones Unidas con la previsión de celebrar un referéndum de autodeterminación. Sin embargo, las discrepancias sobre quién debía participar en esa consulta bloquearon el proceso y dejaron congelada la disputa durante décadas.

En ese contexto, la decisión de Trump de reconocer en 2020 la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental supuso un cambio histórico en la posición estadounidense. Hasta entonces, Washington había mantenido una postura más cercana al consenso internacional, apoyando un proceso negociador bajo Naciones Unidas.

El reconocimiento estadounidense se produjo dentro de un acuerdo más amplio por el que Marruecos normalizó sus relaciones con Israel. Para Rabat, la decisión de la Administración Trump representó un triunfo diplomático largamente perseguido y reforzó su estrategia de buscar apoyos internacionales a su propuesta de autonomía para el territorio.

Desde entonces, otros países han modificado sus posiciones. España y Francia han expresado su apoyo al plan marroquí de autonomía como base para una solución política, un giro que el Frente Polisario considera un abandono de la causa saharaui y que Argelia observa con especial preocupación.

Precisamente la rivalidad entre Marruecos y Argelia convierte el Sáhara en algo más que un conflicto territorial. La disputa forma parte del equilibrio estratégico del Magreb, una región marcada por la competencia entre ambos países por la influencia política, económica y militar en el norte de África y el Sahel.

La carretera bautizada con el nombre de Trump se sitúa así en el centro de varias lecturas. Para Marruecos es un símbolo de modernización, conectividad y proyección internacional. Para sus detractores, es una infraestructura destinada a consolidar sobre el terreno una soberanía que continúa siendo discutida en el ámbito internacional.

El homenaje al presidente estadounidense tiene además una dimensión personalista que encaja con el estilo político de Trump. Durante su carrera empresarial y política, el actual presidente ha convertido su apellido en una marca reconocible asociada a edificios, productos y proyectos. Que su nombre figure ahora en una autopista africana añade un capítulo singular a esa larga lista.

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