Hay economías que ilustran las leyes y otras que las desafían. Irlanda lleva siglo y medio haciendo lo segundo. El primer manual que rompió fue el de la demanda. Los bienes Giffen -aquellos cuya demanda crece cuando sube su precio, contradiciendo la ley fundamental del mercado- son una rareza teórica que casi nunca se observa. Su ejemplo canónico nació en la Gran Hambruna irlandesa del siglo XIX: la patata era el alimento básico, y cuando su precio se disparó, las familias empobrecidas dejaron de comprar carne y compraron aún más patatas. Más caras, pero más patatas. El bien inferior que se vuelve insustituible. Irlanda entró así en los libros de texto como la excepción.
La segunda vez fue en los noventa. A comienzos de la década, el PIB per cápita irlandés y el español eran comparables, ambos en la cola de la Europa rica. Dublín apostó entonces por una fiscalidad agresiva -el 12,5% en Sociedades- y por atraer a las grandes tecnológicas y farmacéuticas. Nació el «tigre celta». Hoy su PIB per cápita supera los 100.000 dólares frente a los 35.000 españoles: más del triple. Pero conviene una cautela que pocos hacen: ese PIB no es renta nacional. Buena parte mide beneficios de multinacionales que apenas rozan los bolsillos irlandeses; por eso el propio banco central recurre a la Renta Nacional Bruta modificada (RNB*), que se queda en torno al 60% del PIB. El milagro existe, pero es bastante más modesto que su escaparate estadístico.
La tercera lección es de ahora mismo. En 2025 el PIB irlandés creció un espectacular 12,3%, inflado por farmacéuticas que adelantaron exportaciones a Estados Unidos para anticiparse a los aranceles de Trump. Agotado ese efecto, el primer trimestre se desplomó un 12,1%, una de las mayores caídas del mundo desarrollado. Y sin embargo, el consumo, el empleo y la demanda interna apenas se inmutaron. La macro se hundía mientras la micro seguía su curso. Tres episodios, una misma moraleja: Irlanda recuerda, incómodamente, que nuestros indicadores miden a veces el reflejo y no el cuerpo. Cuando el termómetro marca fiebre y el enfermo corre una maratón, quizá el problema no sea el enfermo, sino el termómetro.
Álvaro Hidalgo Vega, catedrático de fundamentos del análisis económico de la UCLM y presidente de la Fundación Weber
Desde la Gran Hambruna a las multinacionales: la historia de una economía que ha convertido las excepciones en norma y ha puesto en cuestión los indicadores tradicionales
Hay economías que ilustran las leyes y otras que las desafían. Irlanda lleva siglo y medio haciendo lo segundo. El primer manual que rompió fue el de la demanda. Los bienes Giffen -aquellos cuya demanda crece cuando sube su precio, contradiciendo la ley fundamental del mercado- son una rareza teórica que casi nunca se observa. Su ejemplo canónico nació en la Gran Hambruna irlandesa del siglo XIX: la patata era el alimento básico, y cuando su precio se disparó, las familias empobrecidas dejaron de comprar carne y compraron aún más patatas. Más caras, pero más patatas. El bien inferior que se vuelve insustituible. Irlanda entró así en los libros de texto como la excepción.
La segunda vez fue en los noventa. A comienzos de la década, el PIB per cápita irlandés y el español eran comparables, ambos en la cola de la Europa rica. Dublín apostó entonces por una fiscalidad agresiva -el 12,5% en Sociedades- y por atraer a las grandes tecnológicas y farmacéuticas. Nació el «tigre celta». Hoy su PIB per cápita supera los 100.000 dólares frente a los 35.000 españoles: más del triple. Pero conviene una cautela que pocos hacen: ese PIB no es renta nacional. Buena parte mide beneficios de multinacionales que apenas rozan los bolsillos irlandeses; por eso el propio banco central recurre a la Renta Nacional Bruta modificada (RNB*), que se queda en torno al 60% del PIB. El milagro existe, pero es bastante más modesto que su escaparate estadístico.
La tercera lección es de ahora mismo. En 2025 el PIB irlandés creció un espectacular 12,3%, inflado por farmacéuticas que adelantaron exportaciones a Estados Unidos para anticiparse a los aranceles de Trump. Agotado ese efecto, el primer trimestre se desplomó un 12,1%, una de las mayores caídas del mundo desarrollado. Y sin embargo, el consumo, el empleo y la demanda interna apenas se inmutaron. La macro se hundía mientras la micro seguía su curso. Tres episodios, una misma moraleja: Irlanda recuerda, incómodamente, que nuestros indicadores miden a veces el reflejo y no el cuerpo. Cuando el termómetro marca fiebre y el enfermo corre una maratón, quizá el problema no sea el enfermo, sino el termómetro.
Álvaro Hidalgo Vega, catedrático de fundamentos del análisis económico de la UCLM y presidente de la Fundación Weber
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