El psiquiatra que lo sabe todo de la ansiedad y depresión de los jóvenes: «Su infelicidad no viene de las pantallas, sino de factores sociales mucho más grandes, como la vivienda o el trabajo»

Andrés S. Martín considera que la ansiedad y la depresión de los menores tienen raíces más profundas y que la tecnología tiene una parte positiva al dar «oportunidades de eficiencia y contacto» Leer Andrés S. Martín considera que la ansiedad y la depresión de los menores tienen raíces más profundas y que la tecnología tiene una parte positiva al dar «oportunidades de eficiencia y contacto» Leer  

Uno de cada ocho menores españoles presenta niveles elevados de ansiedad, según los datos del proyecto EMO-Child, que analiza el bienestar mental de niños y adolescentes en el territorio nacional. Los trastornos de ansiedad siguen siendo el problema principal de salud mental en la infancia y la adolescencia, alcanzando una tasa de 34,6 casos por cada 1.000 habitantes, un 36,4% más que en 2019, según el Informe Anual del Sistema Nacional de Salud 2024 del Ministerio de Sanidad. Aunque las cifras son enormemente preocupantes, la vida es algo más que datos y esto es solo la punta del iceberg de un problema que tiene diversas causas, no siempre tan simples como a veces se tiene a apuntar.

La ansiedad no llega sola a las consultas. La depresión, las autolesiones y los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) son los problemas de salud mental que más han crecido entre los niños y adolescentes en España y, en general, en el mundo occidental. «Yo agregaría a esa lista el trastorno obsesivo compulsivo (TOC) y el estrés postraumático derivado de abusos o del bullying«, advierte Andrés S. Martín, una de las voces más prestigiosas de la psiquiatría infantil y juvenil a nivel mundial. Martín pone el acento en otras variables que a veces se obvian en los manuales de Psiquiatría tradicionales: «También tenemos que incluir determinantes sociales como la discriminación, el racismo y el estrés migratorio. Sabemos que es estresante ser migrante, sobre todo cuando no es una migración por elección y oportunidad, como fue la mía. Cuando tienes que escapar de tu país o te echan, la cantidad de estrés que vive la gente es tremenda, y a veces se complica en el país de destino con exclusión, racismo o acoso escolar», subraya.

Nacido en Ciudad de México, completó en su país natal sus estudios en Medicina antes de dar el salto a las instituciones estadounidenses más prestigiosas: se formó en los hospitales de la Universidad de Harvard y de la Universidad de Yale, donde actualmente dirige el Servicio de Hospitalización Psiquiátrica Infantil en el Hospital Yale New Haven. Además, dirigió durante 10 años la revista científica de referencia absoluta del sector, JAACAP. Martín, que se define como un «psiquiatra de historias», ha volcado en los últimos cinco años su labor científica en la investigación cualitativa: un método que deja a un lado las estadísticas para centrarse en escuchar, transcribir y analizar los relatos de vida y las experiencias narradas en primera persona por los propios jóvenes.

Pero llegar hasta esos niños y adolescentes no siempre es fácil porque no siempre recurren a sus padres o sus seres queridos. El entorno escolar es clave, porque suele ser el primero en detectar que algo va mal. En ese sentido, Martín destaca las figuras de las enfermeras escolares y los psicólogos, algo que tienen la mayoría de las escuelas públicas grandes estadounidenses, no así en el caso español. «Tanto ellos como el pediatra, porque en teoría todos los niños van al pediatra, deben estar alerta. Pueden fijarse en que el chico ha perdido el interés, que está más apachurrado, como decimos en México: como con poca vida, con poca energía, que ya no le interesan las actividades que le gustaban antes, como el fútbol o pintar o lo que sea. Tal vez ha perdido peso, no está comiendo, tira la comida… Esas son señales. Y algo a lo que prestamos mucha atención, porque es una combinación explosiva, es el bullying. Si un menor tiene una cierta vulnerabilidad y además sufre acoso escolar, el riesgo es tremendo», recalca.

A veces, esas señales pasan desapercibidas y el sufrimiento interno de los menores es canalizado en forma de autolesiones, cortes o quemaduras que son un grito de auxilio desesperado al no ser capaces de expresar esa angustia con palabras. De hecho, en los últimos años las urgencias pediátricas españolas han detectado un repunte severo de este fenómeno. «La manera más fácil de entender la autolesión es como un problema de control. Cuando eres una persona joven y sientes que no tienes el control de nada en tu vida, pero lo tienes sobre tu cuerpo, comer mucho o comer poco o lesionarte es algo que puedes controlar y por ahí surge esta situación. Hay chicos que reportan que se sienten mejor al autolesionarse, pero es una mejoría temporal, exactamente igual que pasarse con el alcohol, que es un alivio disfuncional que te obliga a volver a la botella porque no puedes mantener ese estado todo el tiempo», añade Martín.

Sin embargo, el psiquiatra advierte que una persona que se autolesiona «tiene un riesgo mayor de suicidio, y es útil pensar en un espectro de comportamiento suicida». Ese espectro abarca desde las ideas suicidas, «que son universales: prácticamente todos en algún momento de la vida hemos tenido alguna breve idea» hasta el otro extremo, que es el suicidio consumado. «En medio hay gestos autolíticos, intentos que no son letales, como un corte muy superficial donde el chico sabe que no se va a desangrar, pero que son una llamada de atención muy seria. El peligro trágico ocurre cuando a la depresión o la ansiedad subyacente se le une algo que prende la chispa de la impulsividad. Puede ser el alcohol o las drogas, y acceso a los medios para matarse. En este sentido, en EEUU tenemos el horroroso problema de las armas de fuego, algo que en España no sucede», asegura el psiquiatra. «Como decimos en México: ‘Si te toca, te toca, pero no te pares en la tocadera’. Es decir, no hay que ponérselo fácil a esa chispa de impulsividad que puede llevar a estas tragedias», afirma.

Martín habla de otras dimensiones que pueden agravar ese espectro: «La pertenencia, es decir, si yo siento que pertenezco a mi sociedad, a mi clase de amigos, a mi familia, etc.; y sentirte un lastre para la gente que te quiere. A ese tipo de cosas podemos estar muy atentos como padres: qué tan conectado versus aislado está mi hijo, si se siente un yugo o un plus dentro de la familia…», explica el psiquiatra.

Andrés S. Martín en el 69º congreso de la Asociación Española de Psiquiatría de la Infancia y la Adolescencia (AEPNYA), en Pamplona.
Andrés S. Martín en el 69º congreso de la Asociación Española de Psiquiatría de la Infancia y la Adolescencia (AEPNYA), en Pamplona.Manuel Castells / CUN

El especialista recomienda a los padres, en caso de que descubran autolesiones en sus hijos, que no reaccionen jamás desde el enfado, el castigo o el reproche. «Al cortarse, el chico está comunicando algo, tal vez no sepa qué, pero son formas de comunicación disfuncional. Hay que ofrecerle vías para hablar. Si no quiere hacerlo con sus padres, hablar con el pediatra o hacerlo con quien se sienta cómodo el adolescente. A lo mejor acabamos finalmente en el psiquiatra, pero no lo digamos directamente, démosles el mayor margen posible para hablar», recalca Martín, que recientemente visitó España para asistir al 69º Congreso de la Asociación Española de Psiquiatría de la Infancia y la Adolescencia (AEPNYA), organizado por la Clínica Universidad de Navarra en Pamplona.

Uno de los temas estudiados por Martín con enfoque cualitativo es el phubbing (del inglés phone, teléfono, y snubbing, ignorar), un fenómeno social que consiste en ignorar a la persona que tenemos enfrente para mirar la pantalla del móvil. Concretamente, el phubbing parental, cuando los padres ignoran a sus hijos por mirar sus propios teléfonos.

¿Cuánto del malestar de los jóvenes nace de esa ausencia digital de los adultos, de que están en casa físicamente pero mentalmente en otro sitio?
Si nosotros como adultos no podemos controlar nuestro propio uso del móvil, no podemos pedirle a nuestros hijos que lo tengan. No estamos dando ejemplo. Pero los problemas de los jóvenes de ahora son como siempre, multifactoriales, y cambian en cada zona y cada país. En el poco tiempo que he estado en España he percibido un problema del que en EEUU no se habla, pero aquí es una losa gigante: el acceso a la vivienda. No sé cómo está el paro juvenil…
En 2012 y 2013 superó el 50%. En estos años ha disminuido bastante y está en torno al 25%, pero sigue siendo un problema estructural importante…
Pues si tienes 17 años y el panorama que ves enfrente es que no tendrás trabajo ni podrás acceder a una vivienda, aunque tengas los mejores padres del mundo, va a ser muy difícil batallar contra eso, la incertidumbre es brutal. La infelicidad de los jóvenes no viene de las máquinas, viene de factores sociales mucho más grandes. Si no puedes salir porque no tienes dinero ni adónde ir, te quedas encerrado en casa pegado a la pantalla porque activa los mismos circuitos de dopamina del cerebro que las drogas, pero es gratis.

A menudo se culpa a las pantallas y las redes sociales como responsables de estos mayores problemas de salud mental entre niños y adolescentes. Muchos países -entre ellos España-, han tomado medidas en este sentido, aunque la comunidad científica mantiene un intenso debate sobre si son causa principal o un factor agravante. Para Martín, la dependencia de las pantallas se disparó durante la pandemia y no ha vuelto a los niveles donde estaba antes. «Sabemos que todos, incluidos los adultos, tenemos una sobredependencia de los aparatos electrónicos y sabemos que pasar más de un determinado número de horas frente a la pantalla empeora los indicadores emocionales y de aprendizaje de los niños». Sin embargo, el debate sobre las pantallas a Martín le suena «viejo, muy de hace cinco años porque ahora estamos ya con la inteligencia artificial». El especialista considera que la innovación tecnológica y científica es «tan rápida y tan exponencial» que no le llamaría la atención si en cinco años ya no hablamos de IA, «sino de los chips que tenemos en el cerebro, por ejemplo».

«La tecnología siempre va mucho más rápido que la ética o que nuestro propio cerebro, que tarda millones de años en evolucionar. Con la tecnología siempre estamos intentando recuperar el terreno, ponernos al día. En mi opinión, siempre va a haber una tecnología con la que vamos a estar lidiando: en mi época fue la televisión, antes fue la radio y antes los cómics, incluso los libros; mucho antes, la Biblia traducida al latín… siempre hay algo. Y tenemos que saber cómo adaptarnos a eso, tomar lo bueno y tratar de prevenir lo malo», reflexiona Martín. «En vez de prohibir ChatGPT o las pantallas, vamos a diseñar una educación que aproveche esas tecnologías. Creo que es importante compartir esta visión optimista. Ninguna de estas tecnologías es el fin del mundo, pero tardamos tiempo en acoplarnos y eso hace el futuro muy emocionante, en vez de estar siempre con el pánico de qué es lo siguiente terrible que va a pasar», hace hincapié.

Quizá por eso, para el experto de Yale no todo es malo respecto a la tecnología: «Ha dado accesibilidad y ha abierto oportunidades de eficiencia y contacto, y en la Psiquiatría, concretamente en la psiquiatría infantojuvenil, ha abierto un mundo muy importante». Y continúa: «A muchos chicos les da pánico, vergüenza, asco u otros sentimientos ir al psiquiatra, y está el problema de que ‘papá o mamá tienen que llevarme cada semana’… pero ahora pueden ir al psiquiatra sin salir de su cuarto, podemos encontrarlos en su propia dimensión, en su mundo», explica Martín, quien reconoce que en general se ha temido que los jóvenes pospandemia no sepan socializar igual de bien. «Yo eso no lo creo, pero sí pienso que la socialización ha cambiado y se ha vuelto más virtual, incluye muchos más componentes virtuales. Pero, como he dicho, no todo lo virtual es automáticamente negativo«.

En este sentido, en Yale le han dado la vuelta a la situación. «Sabiendo que los chicos están pegados al teléfono todo el tiempo y que la industria les vende de todo -y sabemos que funciona-, decidimos venderles ciertos mensajes de salud a través de TikTok contándoles qué es la depresión o cómo se ve en las palabras y la figura de adolescentes con estos trastornos. Usamos vídeos de personas reales y unos cómics muy breves y atractivos mostrando los efectos de equis problema: la migración, la muy controvertida ahora en EEUU área del transgénero, etc. Hemos aprovechado el problema, ‘si no puedes con el enemigo, únete a él'», remarca.

 Salud // elmundo

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