España construyó una de las mayores redes de alta velocidad del mundo, toda una inversión extraordinaria que exige algo menos vistoso, pero imprescindible como es el mantenimiento, renovación tecnológica y supervisión permanente. El problema es que las vías no se mantienen con discursos, los trenes no se revisan con propaganda y la seguridad no mejora por muchas veces que un político repita que tenemos unos servicios públicos extraordinarios.
La tragedia ferroviaria de Urda no solo ha dejado víctimas, familias destrozadas y una sociedad conmocionada, también ha puesto sobre la mesa una pregunta incómoda como es de qué sirve presumir de grandes infraestructuras si después somos incapaces de garantizar su conservación.
En economía existe una regla muy básica, lo que no se mantiene hoy suele salir mucho más caro mañana porque construir una infraestructura es invertir, pero mantenerla es proteger esa inversión. Ese mantenimiento preventivo cuesta dinero, pero las averías, las reparaciones urgentes y las interrupciones del servicio acostumbran a costar bastante más, además de las víctimas.
Una carretera sin conservación acaba siendo intransitable y una red ferroviaria sin inversiones periódicas termina convirtiéndose en un problema de seguridad. Nuestros gobernantes parecen haber olvidado esta sencilla lección por la que las infraestructuras no viven de inauguraciones, discursos ni fotografías, sino que sustituir piezas deterioradas, revisar instalaciones o renovar sistemas de seguridad, algo que tiene bastante menos atractivo electoral. Nadie felicita a un ministro porque un tren llegue sin incidentes, un hospital funcione correctamente una carretera esté en buen estado, es lo mínimo que esperan los ciudadanos tras pagar elevados impuestos porque el mantenimiento es invisible cuando se hace bien, pero sus consecuencias pueden ser devastadoras cuando si ignora.
A esta peculiar manera de entender la gestión se añade otra anomalía como que seguimos funcionando con unos PGE aprobados para 2023 y seguimos administrando el país con unas cuentas diseñadas para una realidad económica diferente. Y antes de presumir de gestión, habría que empezar por gestionar.
Mientras tanto, hay ayudas y compromisos millonarios con otros países, aunque la solidaridad exterior no puede convertirse en una excusa para descuidar las obligaciones interiores. No parece razonable disponer de recursos para financiar proyectos fuera de nuestras fronteras mientras aquí acumulamos necesidades de inversión pendientes.
Juan Carlos Higueras es doctor en economía y vicedecano de EAE Business School
La inversión para prevenir cuesta dinero pero las averías, reparaciones urgentes e interrupciones del servicio, más
España construyó una de las mayores redes de alta velocidad del mundo, toda una inversión extraordinaria que exige algo menos vistoso, pero imprescindible como es el mantenimiento, renovación tecnológica y supervisión permanente. El problema es que las vías no se mantienen con discursos, los trenes no se revisan con propaganda y la seguridad no mejora por muchas veces que un político repita que tenemos unos servicios públicos extraordinarios.
La tragedia ferroviaria de Urda no solo ha dejado víctimas, familias destrozadas y una sociedad conmocionada, también ha puesto sobre la mesa una pregunta incómoda como es de qué sirve presumir de grandes infraestructuras si después somos incapaces de garantizar su conservación.
En economía existe una regla muy básica, lo que no se mantiene hoy suele salir mucho más caro mañana porque construir una infraestructura es invertir, pero mantenerla es proteger esa inversión. Ese mantenimiento preventivo cuesta dinero, pero las averías, las reparaciones urgentes y las interrupciones del servicio acostumbran a costar bastante más, además de las víctimas.
Una carretera sin conservación acaba siendo intransitable y una red ferroviaria sin inversiones periódicas termina convirtiéndose en un problema de seguridad. Nuestros gobernantes parecen haber olvidado esta sencilla lección por la que las infraestructuras no viven de inauguraciones, discursos ni fotografías, sino que sustituir piezas deterioradas, revisar instalaciones o renovar sistemas de seguridad, algo que tiene bastante menos atractivo electoral. Nadie felicita a un ministro porque un tren llegue sin incidentes, un hospital funcione correctamente una carretera esté en buen estado, es lo mínimo que esperan los ciudadanos tras pagar elevados impuestos porque el mantenimiento es invisible cuando se hace bien, pero sus consecuencias pueden ser devastadoras cuando si ignora.
A esta peculiar manera de entender la gestión se añade otra anomalía como que seguimos funcionando con unos PGE aprobados para 2023 y seguimos administrando el país con unas cuentas diseñadas para una realidad económica diferente. Y antes de presumir de gestión, habría que empezar por gestionar.
Mientras tanto, hay ayudas y compromisos millonarios con otros países, aunque la solidaridad exterior no puede convertirse en una excusa para descuidar las obligaciones interiores. No parece razonable disponer de recursos para financiar proyectos fuera de nuestras fronteras mientras aquí acumulamos necesidades de inversión pendientes.
Juan Carlos Higueras es doctor en economía y vicedecano de EAE Business School
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