El fiscal ha pedido para ella y otros ocho activistas climáticos un año y nueve meses de prisión, en un juicio celebrado este jueves en el juzgado número 10 de lo Penal de Madrid, por rociar pintura roja por segunda vez en la fachada principal del Congreso de los Diputados. A la espera de la sentencia y tras haber pagado ya de forma voluntaria entre todos los acusados los 5.863 euros de los costes de la limpieza, Belén Díaz Collante (Los Barrios, Cádiz, 31 años) tiene pendiente otra causa judicial por participar también en la primera acción que tiñó de rojo la entrada de los leones de la Cámara Baja en 2022. Esta ambientóloga asegura que no quiere ir a la cárcel, pero como expresó de pie frente a la jueza en el juicio: “Qué otra opción nos queda. Si hay un incendio en la casa, ¿por qué no dar una patada a la puerta cuando se pueden salvar vidas?“.
La ambientóloga está encausada por teñir de rojo la entrada de los leones en 2022 y en 2023, acción por la que el fiscal pide para ella y otros ocho activistas un año y nueve meses de cárcel
El fiscal ha pedido para ella y otros ocho activistas climáticos un año y nueve meses de prisión, en un juicio celebrado este jueves en el juzgado número 10 de lo Penal de Madrid, por rociar pintura roja por segunda vez en la fachada principal del Congreso de los Diputados. A la espera de la sentencia y tras haber pagado ya de forma voluntaria entre todos los acusados los 5.863 euros de los costes de la limpieza, Belén Díaz Collante (Los Barrios, Cádiz, 31 años) tiene pendiente otra causa judicial por participar también en la primera acción que tiñó de rojo la entrada de los leones de la Cámara Baja en 2022. Esta ambientóloga asegura que no quiere ir a la cárcel, pero como expresó de pie frente a la jueza en el juicio: “Qué otra opción nos queda. Si hay un incendio en la casa, ¿por qué no dar una patada a la puerta cuando se pueden salvar vidas?“.
Pregunta. ¿Por qué empezó a protestar?
Respuesta. Pues por sentido del deber y de la responsabilidad, por las cosas que sé. He trabajado como científica, estuve en el Climate Impacts Research Center de Abisko, en Suecia, donde ven cómo los efectos del cambio climático avanzan más rápido en las zonas árticas. Y también he trabajado un par de años en el Departamento de Ecología de la Universidad de Granada. Como investigadora, lees muchos artículos científicos, te empapas de esto.
P. ¿No sigue trabajando como científica?
R. En parte, tuve que paralizar mi trayectoria científica porque me encontraba bastante mal de salud mental. Me propusieron empezar un doctorado, pero lo rechacé porque no me encontraba bien, y en buena medida era por ecoansiedad. Ves que esta situación es tan grave y que, por otro lado, no se hace nada, y la confianza ciega en la tecnología. Viendo lo que hay, no me siento segura, y cuando no te sientes segura, empiezas a sentir miedo, un miedo brutal.
P. ¿De qué tiene miedo?
R. No es tanto por mí, la verdad. Puede parecer banal, pero para mí es muy importante mantener el planeta habitable. Los impactos del cambio climático no se pueden limpiar con una Karcher [las hidrolimpiadoras usadas para limpiar pintadas de sus protestas]. Del clima, por ejemplo, dependen también las cosechas y nosotros dependemos de las cosechas. Estamos comprometiendo servicios, regalos, que nos da la naturaleza y que nos mantienen con vida.

P. En los últimos años, han surgido nuevas organizaciones climáticas que han defendido protestas más radicales. ¿No es así?
R. Creo que estos grupos aportaban un carácter innovador, que era muy necesario, especialmente por el uso conjunto de la desobediencia civil no violenta y el arte.
P. ¿Lo dice por los ataques a los cuadros en los museos?
R. No, no necesariamente. Me refiero a que también se tiene en cuenta la estética de la acción, para que sea atractiva y llame la atención. El Congreso pintado de rojo, por ejemplo, tiene un simbolismo. Hay muertes por esto, hay sangre derramada. Me chocó mucho un informe del Observatorio de Salud y Cambio Climático que aseguraba que entre mediados de mayo y mediados de 2025 hubo 1.100 muertes atribuibles al calor extremo en España. Esto es prácticamente la misma cifra que los fallecimientos por accidentes de tráfico en todo un año.
P. ¿Qué pasa con todos los problemas legales que le han supuesto las protestas?
R. No me arrepiento, me compensa. Sí, pueden ser penas de prisión, multas. En países del sur global directamente van a tu casa y te pegan un tiro. En comparación con eso, esto es asumible, sin querer tampoco quitarle hierro al asunto. A mí no me apetece para nada ir a la cárcel, yo tengo otras muchas cosas que hacer.
P. ¿No le da miedo la cárcel?
R. Obviamente, las cárceles no son un sitio para nada agradable y no me gustaría ir. También sé que muchas personalidades a lo largo de la historia han acabado en la cárcel. Como decía Louise Michel, de la Comuna de París, “ya que, según parece, todo corazón que lucha por la libertad solo tiene derecho a un poco de plomo, exijo mi parte”. Si es el lugar de quienes defienden lo justo, pues es donde tengo que estar.

P. ¿Se siente mejor cuando protesta?
R. Me siento muchísimo mejor. Cuando hago una acción, estoy como en el nirvana, siento que estoy donde tengo que estar, haciendo lo que debo. Me siento supercoherente, con lo que pienso y con lo que quiero hacer.
P. ¿Qué piensa de todo lo que está ocurriendo ahora en el mundo y de que esté perdiendo terreno la lucha climática?
R. Se nos va de las manos. Me tuve que desvincular de las noticias de actualidad precisamente por eso, y a poco que echo un ojo, veo que vamos justo en la dirección contraria a la que deberíamos. No hemos aprendido de las últimas dos guerras mundiales y nos metemos en una escalada bélica. Por otro lado, la situación del genocidio del pueblo palestino me parece horrible y está ocurriendo delante de nuestras narices. Tenemos una inercia que es muy difícil parar. Entonces, pues sí, diría que hace falta cruzar algunas líneas rojas.
P. ¿Los numerosos procesos judiciales abiertos en España contra activistas climáticas han conseguido reducir las acciones de protesta?
R. Puede ser, sí que están bajando las protestas. Al menos conmigo no lo han conseguido. Yo he vuelto a participar en acciones contra el genocidio palestino. No sé en cuánto tiempo me gustaría ser mamá, entonces igual me pillo un descanso. Pero, precisamente, si tengo hijos, todavía tengo más motivos para ser activista.
P. Esta estrategia de protestas más agresivas, como las de los cuadros, también genera el rechazo de una parte de la sociedad. ¿Qué piensa?
R. Es necesario nuestro rol de agitadores sociales, si no los políticos no actúan. Mal que me pese, puede ser que tus coetáneos no te entiendan y puede ser que en el transcurso de tu vida no veas los cambios. Es algo con lo que tenemos que lidiar.
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