Han pasado ya varios días desde que el Papa León XIV concluyó su viaje a España y, como suele ocurrir con los acontecimientos verdaderamente importantes, cuanto más se alejan en el calendario más nítido aparece su significado.
Durante una semana vimos plazas llenas, avenidas desbordadas, estadios abarrotados y una movilización extraordinaria de voluntarios, instituciones, empresas, medios de comunicación y ciudadanos. Millones de personas siguieron una visita que, por su dimensión religiosa, social e institucional, ocupa ya un lugar singular en la historia reciente de nuestro país.
Sin embargo, sospecho que dentro de unos años no recordaremos principalmente las cifras. Recordaremos las conversaciones, los encuentros, las preguntas que nos acompañaron de vuelta a casa y esa sensación, difícil de describir, de haber participado en algo que trascendía lo cotidiano.
Madrid, Barcelona y Canarias fueron tres etapas de un mismo viaje, pero también tres expresiones complementarias de una misma invitación.
Madrid fue la llamada a la responsabilidad: la conciencia personal y pública, el encuentro con el pueblo, las instituciones, la sociedad civil y quienes tienen la tarea de custodial el bien común. Allí estaban los jóvenes de Plaza de Lima, la celebración eucarística en Cibeles, el encuentro con las instituciones del Estado, los diálogos con representantes de la cultura, la empresa, el deporte y los medios de comunicación. Fue una invitación a volver a situar a la persona en el centro y a comprender que la esperanza no es una emoción pasajera, sino una tarea que compromete a cada uno de nosotros.
Barcelona representó la belleza: la fe que se hace cultura, arte, contemplación y elevación espiritual. Frente a la Sagrada Familia y en Montserrat, León XIV recordó algo que nuestra época corre el riesgo de olvidar: que el ser humano no vive únicamente de eficacia, bienestar o progreso material. Gaudí lo entendió de forma magistral cuando afirmaba que «primero es el amor y después la técnica». Tal vez ahí resida una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo. Hemos alcanzado cotas extraordinarias de desarrollo científico y tecnológico, pero seguimos necesitando responder a las mismas preguntas fundamentales de siempre: quiénes somos, qué merece verdaderamente la pena y qué hacemos con la libertad que se nos ha confiado.
Canarias, por su parte, puso rostro a la compasión. Allí el Papa habló de quienes viven en las periferias geográficas, sociales y existenciales; de quienes buscan una oportunidad, pero también de quienes sufren otras formas de intemperie más silenciosas: la soledad, el abandono, la pobreza afectiva o la pérdida de sentido. Nos recordó que la dignidad humana nunca depende de las circunstancias y que una sociedad se mide, en buena parte, por la forma en que trata a quienes más la necesitan.
Pero si me preguntan qué es lo que realmente me llevo de esos días, probablemente no empezaría por los discursos. Hablaría de los encuentros.
Tuve el privilegio de vivir esta experiencia acompañado de mi mujer, de mis hijos, de amigos, de compañeros de trabajo de Omnicom, de clientes y de colaboradores. Y hubo algo que me llamó especialmente la atención: durante unos días parecieron desaparecer las tarjetas de visita. Los cargos, las responsabilidades y las jerarquías cedieron espacio a algo más sencillo y más esencial.
Aparecieron las personas.
Recuerdo conversaciones con empresarios, directivos, profesionales y personas con, aparentemente, enormes responsabilidades que, lejos de hablar de posiciones o resultados hablaban de las palabras del Papa, de sus familias, de sus hijos, de sus preocupaciones y de aquello que verdaderamente da sentido a la vida. Como si durante unos días hubiéramos recordado quiénes somos antes de convertirnos en aquello que hacemos.
Quizá por eso me impresionó tanto la vigilia de los jóvenes de Plaza de Lima.
Aún hoy me cuesta describir lo que sentí al contemplar a cientos de miles de jóvenes en silencio. No era un silencio vacío ni impuesto. Era un silencio lleno de atención, de búsqueda y de expectativa. Un silencio que desmentía muchos de los tópicos con los que a menudo describimos, injustamente, a las nuevas generaciones.
Se habla con frecuencia de jóvenes distraídos o desorientados. Yo vi algo muy distinto. Vi jóvenes buscando verdad. Vi jóvenes buscando sentido. Vi jóvenes preguntándose por algo que mereciera la pena más allá de la inmediatez de nuestro tiempo.
Y aquello me llenó de esperanza.
Hubo un momento que no he conseguido olvidar. Mientras esperábamos la llegada del Santo Padre, un joven que estaba a mi lado me preguntó casi en voz baja:
¿De dónde le viene al Papa esa luz que ilumina a todos?
No era una pregunta retórica. Era una pregunta sincera. Y creo que muchos nos la hicimos durante aquellos días.
Porque no se trataba de carisma en el sentido habitual del término. Tampoco de una estrategia de comunicación particularmente sofisticada. Había algo más difícil de explicar. Algo que tenía que ver con la serenidad, con la coherencia y con una llamativa ausencia de ego.
Cuanto más hablaba León XIV, más evidente resultaba que el protagonista de su mensaje no era él. Ahí reside, a mi juicio, una de las claves de su impacto.
Trabajo en el mundo de la comunicación y sé bien que vivimos en una economía de la atención. Todo parece medirse en notoriedad, alcance, audiencia o influencia. Sin embargo, durante estos días hemos asistido a un fenómeno profundamente contracultural: la autoridad de una persona que no busca ocupar el centro.
Su fuerza no nacía del personaje, sino del mensaje. No procedía de una construcción personal cuidadosamente diseñada, sino de una convicción vivida con autenticidad.
Cuando invitó a los jóvenes a ser «sal de la tierra y luz del mundo», comprendí que la autoridad que transmitía procedía precisamente de señalar constantemente hacia otro lugar: hacia Cristo y su ejemplo, hacia una verdad que no consideraba propia y hacia una concepción del ser humano fundada en una dignidad que nadie puede otorgar ni arrebatar.
Algunas de sus frases permanecerán durante mucho tiempo en la memoria de quienes las escuchamos.
«Se necesitan hombres y mujeres capaces de intuir la luz en medio de la oscuridad».
«Las ideologías pasan, mientras la verdad permanece».
Y una especialmente exigente para quienes tenemos responsabilidades públicas, empresariales o institucionales: «Si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis?».
Esta última me acompañó durante buena parte del viaje porque cuestiona directamente la lógica dominante de nuestro tiempo: la lógica del interés, del retorno y del beneficio inmediato.
Sin embargo, las realidades más importantes de la vida rara vez funcionan así. La amistad no funciona así. La familia no funciona así. El amor no funciona así. El servicio tampoco.
Como CEO de Omnicom Media España he tenido la fortuna de contemplar de cerca cómo muchas personas de nuestra compañía, junto a clientes, medios, instituciones y colaboradores, decidieron contribuir generosamente para que esta visita fuera posible en un tiempo extraordinariamente reducido. Lo hicieron sin esperar nada a cambio. Lo hicieron porque entendieron que había algo valioso que merecía ser apoyado. Gracias desde aquí a todos. Gracias.
Cada uno aportó lo que podía: tiempo, talento, experiencia, recursos o simplemente disponibilidad. Y cuando una sociedad todavía es capaz de movilizarse de esa manera, existe un motivo razonable para la esperanza. También ahí hay una enseñanza.
Todos recibimos una posición en la vida. A veces visible; otras, discreta. A veces asociada al poder; otras, a la influencia o a la cercanía. Pero toda posición implica una responsabilidad.
La cuestión verdaderamente importante no es qué lugar ocupamos, sino qué hacemos con él. Qué hacemos con nuestros talentos. Qué hacemos con nuestra libertad. Qué hacemos con la confianza que otros depositan en nosotros. Qué hacemos con la capacidad de construir, servir o mejorar la realidad que nos rodea.
Si queremos unidad, debemos sembrar concordia. Si queremos verdad, debemos vivir en la verdad. Si queremos una sociedad más humana, debemos empezar por reconocer la humanidad del otro. Y si queremos esperanza, debemos encarnarla allí donde estamos.
Porque el cambio casi siempre parece empezar lejos, hasta que descubrimos que empieza exactamente donde se nos ha puesto. Como le dije a un amigo: “Sé tu el cambio que quieres ver en el mundo”. Seámoslo.
La visita de León XIV ha puesto de manifiesto algo que a menudo olvidamos: que la dimensión espiritual no desaparece porque se ignore. Sigue presente a pesar el laicismo, materialismo y relativismo que tantas veces se quiere imponer. Está en las preguntas que nos hacemos, en la búsqueda de sentido, en el deseo de plenitud y en esa aspiración universal a una vida más verdadera, más bella y más humana.
Por eso, cuando pienso en Madrid, Barcelona y Canarias, no recuerdo únicamente tres lugares. Recuerdo tres llamadas. A la responsabilidad, a la belleza y a la compasión.
Y las tres terminaban señalando la misma dirección: la responsabilidad personal.
Porque todos hemos recibido algo. Talentos, oportunidades, relaciones, capacidades o simplemente la posibilidad de hacer el bien a quienes nos rodean.
La cuestión decisiva no es cuánto hemos recibido. La cuestión es qué hacemos con ello.
España ha vivido unos días que dejarán frutos. Algunos serán visibles; otros permanecerán silenciosamente en la conciencia de quienes escucharon una frase, recibieron una mirada, compartieron una conversación o se sintieron llamados a vivir con mayor hondura.
Yo vuelvo a mis quehaceres diarios profundamente impactado y agradecido. A la Conferencia Episcopal Española, a las diócesis y sus obispos, a los organizadores, a los voluntarios, a las instituciones, a los medios, a los clientes y empresarios, a los colaboradores y benefactores y a tantas personas que hicieron posible esta visita, comenzando por el Santo Padre. También agradecido por haber podido vivirla junto a mi familia, mis amigos y tantas personas que me recordaron que, antes que nuestros cargos, nuestras responsabilidades o nuestros éxitos, somos personas llamadas a encontrarnos, a servir y a amar.
Quizá esa sea la huella más profunda que León XIV ha dejado en España. No la de unas multitudes que llenaron plazas y estadios, sino la de una invitación personal a vivir con mayor hondura, a servir con mayor generosidad y a comprender que la verdadera trascendencia no consiste en apartarse del mundo, sino en comprometerse más profundamente con él.
David, Colomer, CEO de Omnicom Media España, hace balance de la visita de León XIV a España
Han pasado ya varios días desde que el Papa León XIV concluyó su viaje a España y, como suele ocurrir con los acontecimientos verdaderamente importantes, cuanto más se alejan en el calendario más nítido aparece su significado.
Durante una semana vimos plazas llenas, avenidas desbordadas, estadios abarrotados y una movilización extraordinaria de voluntarios, instituciones, empresas, medios de comunicación y ciudadanos. Millones de personas siguieron una visita que, por su dimensión religiosa, social e institucional, ocupa ya un lugar singular en la historia reciente de nuestro país.
Sin embargo, sospecho que dentro de unos años no recordaremos principalmente las cifras. Recordaremos las conversaciones, los encuentros, las preguntas que nos acompañaron de vuelta a casa y esa sensación, difícil de describir, de haber participado en algo que trascendía lo cotidiano.
Madrid, Barcelona y Canarias fueron tres etapas de un mismo viaje, pero también tres expresiones complementarias de una misma invitación.
Madrid fue la llamada a la responsabilidad: la conciencia personal y pública, el encuentro con el pueblo, las instituciones, la sociedad civil y quienes tienen la tarea de custodial el bien común. Allí estaban los jóvenes de Plaza de Lima, la celebración eucarística en Cibeles, el encuentro con las instituciones del Estado, los diálogos con representantes de la cultura, la empresa, el deporte y los medios de comunicación. Fue una invitación a volver a situar a la persona en el centro y a comprender que la esperanza no es una emoción pasajera, sino una tarea que compromete a cada uno de nosotros.
Barcelona representó la belleza: la fe que se hace cultura, arte, contemplación y elevación espiritual. Frente a la Sagrada Familia y en Montserrat, León XIV recordó algo que nuestra época corre el riesgo de olvidar: que el ser humano no vive únicamente de eficacia, bienestar o progreso material. Gaudí lo entendió de forma magistral cuando afirmaba que «primero es el amor y después la técnica». Tal vez ahí resida una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo. Hemos alcanzado cotas extraordinarias de desarrollo científico y tecnológico, pero seguimos necesitando responder a las mismas preguntas fundamentales de siempre: quiénes somos, qué merece verdaderamente la pena y qué hacemos con la libertad que se nos ha confiado.
Canarias, por su parte, puso rostro a la compasión. Allí el Papa habló de quienes viven en las periferias geográficas, sociales y existenciales; de quienes buscan una oportunidad, pero también de quienes sufren otras formas de intemperie más silenciosas: la soledad, el abandono, la pobreza afectiva o la pérdida de sentido. Nos recordó que la dignidad humana nunca depende de las circunstancias y que una sociedad se mide, en buena parte, por la forma en que trata a quienes más la necesitan.
Pero si me preguntan qué es lo que realmente me llevo de esos días, probablemente no empezaría por los discursos. Hablaría de los encuentros.
Tuve el privilegio de vivir esta experiencia acompañado de mi mujer, de mis hijos, de amigos, de compañeros de trabajo de Omnicom, de clientes y de colaboradores. Y hubo algo que me llamó especialmente la atención: durante unos días parecieron desaparecer las tarjetas de visita. Los cargos, las responsabilidades y las jerarquías cedieron espacio a algo más sencillo y más esencial.
Aparecieron las personas.
Recuerdo conversaciones con empresarios, directivos, profesionales y personas con, aparentemente, enormes responsabilidades que, lejos de hablar de posiciones o resultados hablaban de las palabras del Papa, de sus familias, de sus hijos, de sus preocupaciones y de aquello que verdaderamente da sentido a la vida. Como si durante unos días hubiéramos recordado quiénes somos antes de convertirnos en aquello que hacemos.
Quizá por eso me impresionó tanto la vigilia de los jóvenes de Plaza de Lima.
Aún hoy me cuesta describir lo que sentí al contemplar a cientos de miles de jóvenes en silencio. No era un silencio vacío ni impuesto. Era un silencio lleno de atención, de búsqueda y de expectativa. Un silencio que desmentía muchos de los tópicos con los que a menudo describimos, injustamente, a las nuevas generaciones.
Se habla con frecuencia de jóvenes distraídos o desorientados. Yo vi algo muy distinto. Vi jóvenes buscando verdad. Vi jóvenes buscando sentido. Vi jóvenes preguntándose por algo que mereciera la pena más allá de la inmediatez de nuestro tiempo.
Y aquello me llenó de esperanza.
Hubo un momento que no he conseguido olvidar. Mientras esperábamos la llegada del Santo Padre, un joven que estaba a mi lado me preguntó casi en voz baja:
¿De dónde le viene al Papa esa luz que ilumina a todos?
No era una pregunta retórica. Era una pregunta sincera. Y creo que muchos nos la hicimos durante aquellos días.
Porque no se trataba de carisma en el sentido habitual del término. Tampoco de una estrategia de comunicación particularmente sofisticada. Había algo más difícil de explicar. Algo que tenía que ver con la serenidad, con la coherencia y con una llamativa ausencia de ego.
Cuanto más hablaba León XIV, más evidente resultaba que el protagonista de su mensaje no era él. Ahí reside, a mi juicio, una de las claves de su impacto.
Trabajo en el mundo de la comunicación y sé bien que vivimos en una economía de la atención. Todo parece medirse en notoriedad, alcance, audiencia o influencia. Sin embargo, durante estos días hemos asistido a un fenómeno profundamente contracultural: la autoridad de una persona que no busca ocupar el centro.
Su fuerza no nacía del personaje, sino del mensaje. No procedía de una construcción personal cuidadosamente diseñada, sino de una convicción vivida con autenticidad.
Cuando invitó a los jóvenes a ser «sal de la tierra y luz del mundo», comprendí que la autoridad que transmitía procedía precisamente de señalar constantemente hacia otro lugar: hacia Cristo y su ejemplo, hacia una verdad que no consideraba propia y hacia una concepción del ser humano fundada en una dignidad que nadie puede otorgar ni arrebatar.
Algunas de sus frases permanecerán durante mucho tiempo en la memoria de quienes las escuchamos.
«Se necesitan hombres y mujeres capaces de intuir la luz en medio de la oscuridad».
«Las ideologías pasan, mientras la verdad permanece».
Y una especialmente exigente para quienes tenemos responsabilidades públicas, empresariales o institucionales: «Si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis?».
Esta última me acompañó durante buena parte del viaje porque cuestiona directamente la lógica dominante de nuestro tiempo: la lógica del interés, del retorno y del beneficio inmediato.
Sin embargo, las realidades más importantes de la vida rara vez funcionan así. La amistad no funciona así. La familia no funciona así. El amor no funciona así. El servicio tampoco.
Como CEO de Omnicom Media España he tenido la fortuna de contemplar de cerca cómo muchas personas de nuestra compañía, junto a clientes, medios, instituciones y colaboradores, decidieron contribuir generosamente para que esta visita fuera posible en un tiempo extraordinariamente reducido. Lo hicieron sin esperar nada a cambio. Lo hicieron porque entendieron que había algo valioso que merecía ser apoyado. Gracias desde aquí a todos. Gracias.
Cada uno aportó lo que podía: tiempo, talento, experiencia, recursos o simplemente disponibilidad. Y cuando una sociedad todavía es capaz de movilizarse de esa manera, existe un motivo razonable para la esperanza. También ahí hay una enseñanza.
Todos recibimos una posición en la vida. A veces visible; otras, discreta. A veces asociada al poder; otras, a la influencia o a la cercanía. Pero toda posición implica una responsabilidad.
La cuestión verdaderamente importante no es qué lugar ocupamos, sino qué hacemos con él. Qué hacemos con nuestros talentos. Qué hacemos con nuestra libertad. Qué hacemos con la confianza que otros depositan en nosotros. Qué hacemos con la capacidad de construir, servir o mejorar la realidad que nos rodea.
Si queremos unidad, debemos sembrar concordia. Si queremos verdad, debemos vivir en la verdad. Si queremos una sociedad más humana, debemos empezar por reconocer la humanidad del otro. Y si queremos esperanza, debemos encarnarla allí donde estamos.
Porque el cambio casi siempre parece empezar lejos, hasta que descubrimos que empieza exactamente donde se nos ha puesto. Como le dije a un amigo: “Sé tu el cambio que quieres ver en el mundo”. Seámoslo.
La visita de León XIV ha puesto de manifiesto algo que a menudo olvidamos: que la dimensión espiritual no desaparece porque se ignore. Sigue presente a pesar el laicismo, materialismo y relativismo que tantas veces se quiere imponer. Está en las preguntas que nos hacemos, en la búsqueda de sentido, en el deseo de plenitud y en esa aspiración universal a una vida más verdadera, más bella y más humana.
Por eso, cuando pienso en Madrid, Barcelona y Canarias, no recuerdo únicamente tres lugares. Recuerdo tres llamadas. A la responsabilidad, a la belleza y a la compasión.
Y las tres terminaban señalando la misma dirección: la responsabilidad personal.
Porque todos hemos recibido algo. Talentos, oportunidades, relaciones, capacidades o simplemente la posibilidad de hacer el bien a quienes nos rodean.
La cuestión decisiva no es cuánto hemos recibido. La cuestión es qué hacemos con ello.
España ha vivido unos días que dejarán frutos. Algunos serán visibles; otros permanecerán silenciosamente en la conciencia de quienes escucharon una frase, recibieron una mirada, compartieron una conversación o se sintieron llamados a vivir con mayor hondura.
Yo vuelvo a mis quehaceres diarios profundamente impactado y agradecido. A la Conferencia Episcopal Española, a las diócesis y sus obispos, a los organizadores, a los voluntarios, a las instituciones, a los medios, a los clientes y empresarios, a los colaboradores y benefactores y a tantas personas que hicieron posible esta visita, comenzando por el Santo Padre. También agradecido por haber podido vivirla junto a mi familia, mis amigos y tantas personas que me recordaron que, antes que nuestros cargos, nuestras responsabilidades o nuestros éxitos, somos personas llamadas a encontrarnos, a servir y a amar.
Quizá esa sea la huella más profunda que León XIV ha dejado en España. No la de unas multitudes que llenaron plazas y estadios, sino la de una invitación personal a vivir con mayor hondura, a servir con mayor generosidad y a comprender que la verdadera trascendencia no consiste en apartarse del mundo, sino en comprometerse más profundamente con él.
Noticias de Economía Nacional e Internacional en La Razón
