Lo nuclear y sus consecuencias llevan más de ochenta años alimentando la ficción. Desde Hiroshima y Nagasaki, la bomba dejó de ser solo un arma para convertirse en una fuente casi inagotable de imágenes. Japón encontró una de sus expresiones más potentes en los kaijus y, sobre todo, en «Godzilla», nacido en 1954 en un contexto todavía marcado por las bombas atómicas y por el incidente del pesquero Daigo Fukuryū Maru, contaminado por las pruebas nucleares estadounidenses en Bikini. Occidente llevó esa misma ansiedad por otros caminos: la sátira del exterminio mutuo de «Dr. Strangelove», el horror seco y casi documental de «Threads» o, décadas después, la conversión del páramo radiactivo en escenario de aventura, humor negro y cultura popular con «Fallout». Todas, en mayor o menor medida, fantasean con la catástrofe, la deforman o la convierten en espectáculo. Y entre una ficción y la siguiente es fácil olvidar algo bastante más incómodo: detrás de todas esas imágenes hubo, y sigue habiendo, una realidad.
Desde 1945 se han realizado más de 2.000 pruebas nucleares en el mundo, y se estima que solo la radiación liberada por los ensayos podría ser responsable de alrededor de 2,4 millones de muertes por cáncer. Para quienes vivían cerca de aquellos campos de pruebas, estos problemas oncológicos, los tiroideos, los cardiacos o las malformaciones son el pan nuestro de cada día, así como el abandono posterior. En muchos lugares las indemnizaciones llegaron tarde, fueron parciales o directamente nunca cubrieron el daño reconocido. «Armas nucleares: planeta y sangre», documental canadiense recién llegado a Movistar Plus, pretende darle voz a todos esos daños colaterales que, en pos de un supuesto bien mayor, fueron expuestos a esta radiación de la que, en muchos casos, se sabían sus consecuencias. Dirigido por Daniel Everitt-Lock, reúne los testimonios de más de cincuenta víctimas de los ensayos en la isla de Navidad, en Islas Marshall, en Australia o en el propio Estados Unidos, donde surgió el término «downwinders» para referirse a las poblaciones que vivían a sotavento de los campos de pruebas y acabaron recibiendo la lluvia radiactiva arrastrada por el viento.
Todos ellos coinciden en un mismo punto: la sensación de haber sido utilizados y después olvidados. Pese a los miles de kilómetros que separan a muchos de ellos, los cánceres, la infertilidad, los abortos espontáneos y las malformaciones se repiten con una frecuencia imposible de ignorar. En muchos casos, además, el daño no termina en quienes estuvieron presentes durante las detonaciones, sino que son sus hijos y nietos quienes describen nuevos diagnósticos y problemas de salud, convirtiendo esta herencia radiactiva en una de las grandes heridas que atraviesan el documental. La otra es la falta de reconocimiento. Muchos de los afectados han pasado décadas intentando demostrar que estuvieron allí, que enfermaron después y que el Estado que los expuso tiene responsabilidad sobre lo ocurrido, como los Maralinga Tjarutja, población aborigen australiana cuyas tierras fueron utilizadas por Reino Unido para ensayos. Tras ser obligados a desplazarse sin ninguna explicación, muchos volvieron después a zonas todavía contaminadas, acampando en los propios cráteres de las explosiones y respirando y comiendo durante años entre polvo radiactivo sin recibir siquiera una advertencia sanitaria. Algo parecido ocurrió en las Islas Marshall, convertidas por Estados Unidos en campo de pruebas para 67 detonaciones entre 1946 y 1958. Los habitantes de Bikini fueron expulsados de su atolón antes de que comenzaran los ensayos, mientras que en Rongelap nadie fue evacuado antes de que la lluvia radiactiva cayese sobre las islas como una especie de nieve que los niños llegaron a tocar y con la que jugaron.
Las respuestas institucionales, cuando llegaron, lo hicieron casi siempre con décadas de retraso. En Estados Unidos hubo que esperar hasta 1990 para que se reconociera y compensara a los «downwinders». En Reino Unido, los veteranos de los ensayos tuvieron que esperar todavía más para obtener siquiera un reconocimiento simbólico en forma de medalla, más de setenta años después de las primeras detonaciones. Un gesto que tampoco resuelve la cuestión económica, ya que el Ministerio de Defensa sigue rechazando una compensación general y obliga a quienes reclaman una pensión a acreditar individualmente la relación entre su enfermedad y la exposición sufrida durante el servicio. Por todo ello, resulta difícil valorar «Armas nucleares: planeta y sangre» por si su montaje podría ser más ágil, por si repite alguna idea o por si visualmente se limita a acompañar los testimonios: su valor está en la denuncia y en una labor que por momentos se acerca más al servicio público que al mero ejercicio cinematográfico. Su llegada, además, encuentra un terreno especialmente propicio después de que «Oppenheimer», de Christopher Nolan, devolviera la creación de la bomba atómica al centro de la cultura popular, y Everitt-Lock mira justo hacia aquello que aquella película dejaba fuera de campo: no a quienes construyeron la bomba, sino a quienes terminaron viviendo bajo sus consecuencias.
El documental de Movistar Plus escucha a quienes sufrieron la radiación y después tuvieron que luchar para ser reconocidos
Lo nuclear y sus consecuencias llevan más de ochenta años alimentando la ficción. Desde Hiroshima y Nagasaki, la bomba dejó de ser solo un arma para convertirse en una fuente casi inagotable de imágenes. Japón encontró una de sus expresiones más potentes en los kaijus y, sobre todo, en «Godzilla», nacido en 1954 en un contexto todavía marcado por las bombas atómicas y por el incidente del pesquero Daigo Fukuryū Maru, contaminado por las pruebas nucleares estadounidenses en Bikini. Occidente llevó esa misma ansiedad por otros caminos: la sátira del exterminio mutuo de «Dr. Strangelove», el horror seco y casi documental de «Threads» o, décadas después, la conversión del páramo radiactivo en escenario de aventura, humor negro y cultura popular con «Fallout». Todas, en mayor o menor medida, fantasean con la catástrofe, la deforman o la convierten en espectáculo. Y entre una ficción y la siguiente es fácil olvidar algo bastante más incómodo: detrás de todas esas imágenes hubo, y sigue habiendo, una realidad.
Desde 1945 se han realizado más de 2.000 pruebas nucleares en el mundo, y se estima que solo la radiación liberada por los ensayos podría ser responsable de alrededor de 2,4 millones de muertes por cáncer. Para quienes vivían cerca de aquellos campos de pruebas, estos problemas oncológicos, los tiroideos, los cardiacos o las malformaciones son el pan nuestro de cada día, así como el abandono posterior. En muchos lugares las indemnizaciones llegaron tarde, fueron parciales o directamente nunca cubrieron el daño reconocido. «Armas nucleares: planeta y sangre», documental canadiense recién llegado a Movistar Plus, pretende darle voz a todos esos daños colaterales que, en pos de un supuesto bien mayor, fueron expuestos a esta radiación de la que, en muchos casos, se sabían sus consecuencias. Dirigido por Daniel Everitt-Lock, reúne los testimonios de más de cincuenta víctimas de los ensayos en la isla de Navidad, en Islas Marshall, en Australia o en el propio Estados Unidos, donde surgió el término «downwinders» para referirse a las poblaciones que vivían a sotavento de los campos de pruebas y acabaron recibiendo la lluvia radiactiva arrastrada por el viento.
Todos ellos coinciden en un mismo punto: la sensación de haber sido utilizados y después olvidados. Pese a los miles de kilómetros que separan a muchos de ellos, los cánceres, la infertilidad, los abortos espontáneos y las malformaciones se repiten con una frecuencia imposible de ignorar. En muchos casos, además, el daño no termina en quienes estuvieron presentes durante las detonaciones, sino que son sus hijos y nietos quienes describen nuevos diagnósticos y problemas de salud, convirtiendo esta herencia radiactiva en una de las grandes heridas que atraviesan el documental. La otra es la falta de reconocimiento. Muchos de los afectados han pasado décadas intentando demostrar que estuvieron allí, que enfermaron después y que el Estado que los expuso tiene responsabilidad sobre lo ocurrido, como los Maralinga Tjarutja, población aborigen australiana cuyas tierras fueron utilizadas por Reino Unido para ensayos. Tras ser obligados a desplazarse sin ninguna explicación, muchos volvieron después a zonas todavía contaminadas, acampando en los propios cráteres de las explosiones y respirando y comiendo durante años entre polvo radiactivo sin recibir siquiera una advertencia sanitaria. Algo parecido ocurrió en las Islas Marshall, convertidas por Estados Unidos en campo de pruebas para 67 detonaciones entre 1946 y 1958. Los habitantes de Bikini fueron expulsados de su atolón antes de que comenzaran los ensayos, mientras que en Rongelap nadie fue evacuado antes de que la lluvia radiactiva cayese sobre las islas como una especie de nieve que los niños llegaron a tocar y con la que jugaron.
Las respuestas institucionales, cuando llegaron, lo hicieron casi siempre con décadas de retraso. En Estados Unidos hubo que esperar hasta 1990 para que se reconociera y compensara a los «downwinders». En Reino Unido, los veteranos de los ensayos tuvieron que esperar todavía más para obtener siquiera un reconocimiento simbólico en forma de medalla, más de setenta años después de las primeras detonaciones. Un gesto que tampoco resuelve la cuestión económica, ya que el Ministerio de Defensa sigue rechazando una compensación general y obliga a quienes reclaman una pensión a acreditar individualmente la relación entre su enfermedad y la exposición sufrida durante el servicio. Por todo ello, resulta difícil valorar «Armas nucleares: planeta y sangre» por si su montaje podría ser más ágil, por si repite alguna idea o por si visualmente se limita a acompañar los testimonios: su valor está en la denuncia y en una labor que por momentos se acerca más al servicio público que al mero ejercicio cinematográfico. Su llegada, además, encuentra un terreno especialmente propicio después de que «Oppenheimer», de Christopher Nolan, devolviera la creación de la bomba atómica al centro de la cultura popular, y Everitt-Lock mira justo hacia aquello que aquella película dejaba fuera de campo: no a quienes construyeron la bomba, sino a quienes terminaron viviendo bajo sus consecuencias.
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