Elisabeth Martínez: “Yo misma lucho por verme como una mujer correcta”

Elisabeth Martínez.

Quedamos en la puerta del hotel donde se aloja en plena Gran Vía madrileña. Ha viajado desde una aldea de Asturias, adonde acaba de mudarse desde Barcelona, para recibir el Reconocimiento Arcoíris del Ministerio de Igualdad por su labor de visibilización de las personas intersexuales: la I del colectivo LGTBI+. Se la ve desde lejos. Es altísima. Luego confesará que ni ella misma sabe ni quiere saber cuánto. Nunca se ha medido porque eso, su altura, fue una de las cosas por las que algunos de sus compañeros en el instituto la llamaban “la caballo”. La acompaña Celia, su pareja, una chica de su edad a la que también conoció en la secundaria, y luego, en el acto de entrega, se les unirá su madre, a la que le dedicará el premio. Charlamos en una cafetería junto a la plaza de Pedro Zerolo, escenario central de los actos del Orgullo, que bulle ya de gente y ruido. Tiene una voz a la vez muy dulce y muy firme. Como sus ojos y su sonrisa.

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Elisabeth Martínez, en el Museo del Traje de Madrid, donde recibió el Reconocimiento Arcoíris del ministerio de Igualdad.

VIDA DE ELISABETH

A Elisabeth Martínez (Alicante, 26 años) no se la había pasado nunca por la cabeza ser actriz. Pero, como miembro de un colectivo de personas intersexuales, la llamaron para el casting de la película Mi querida señorita, un remake del clásico de Armiñán de 1972, producido por los Javis, y se tiró a la piscina. Ese asumir riesgos ha sido su estrategia de vida desde que supo, en su adolescencia, que era intersexual. Una condición que afecta a menos del 2% de la población y que se manifiesta en nacer con características sexuales (genitales, cromosómicas y/o hormonales) que no encajan en la noción binaria del sexo masculino o femenino. Este año, la celebración del Orgullo LGTBI+ apuesta especialmente por defender la visibilidad y los derechos de estas personas.Elisabeth Martínez, ingeniera informática, no descarta repetir como actriz, pero, de momento, este ha sido el papel de su vida.

 Ingeniera informática y actriz debutante a sus 26 años, la protagonista del filme ‘Mi querida señorita’ ha recibido un Reconocimiento Arcoíris del Ministerio de Igualdad por su labor de visibilización de las personas intersexuales  

Quedamos en la puerta del hotel donde se aloja en plena Gran Vía madrileña. Ha viajado desde una aldea de Asturias, adonde acaba de mudarse desde Barcelona, para recibir el Reconocimiento Arcoíris del Ministerio de Igualdad por su labor de visibilización de las personas intersexuales: la I del colectivo LGTBI+. Se la ve desde lejos. Es altísima. Luego confesará que ni ella misma sabe ni quiere saber cuánto. Nunca se ha medido porque eso, su altura, fue una de las cosas por las que algunos de sus compañeros en el instituto la llamaban “la caballo”. La acompaña Celia, su pareja, una chica de su edad a la que también conoció en la secundaria, y luego, en el acto de entrega, se les unirá su madre, a la que le dedicará el premio. Charlamos en una cafetería junto a la plaza de Pedro Zerolo, escenario central de los actos del Orgullo, que bulle ya de gente y ruido. Tiene una voz a la vez muy dulce y muy firme. Como sus ojos y su sonrisa.

Debuta como actriz en ‘Mi querida señorita’ y como activista LGTBI+. ¿A los 26 años es pronto o tarde?

Nunca creo que sea tarde para nada. Creo que en la cuestión de la actuación he tenido muchísima suerte, porque nunca me hubieran cogido por mí misma. Sin embargo, siempre he sido muy activista. En el instituto daba charlas, pero es verdad que lo hacía desde mi bisexualidad, no la intersexualidad. Fíjate: yo misma mezclo lo de intersexual y bisexual.

¿Tenía clara su bisexualidad desde pequeña?

Sí, además, por cómo es mi madre, nunca me pareció un problema. Una vez que me di cuenta de que sí lo es para ciertas personas, más ganas me daban de gritar que me gustan las mujeres y los hombres. Siempre he sido muy rebelde.

¿Para quién era un problema?

Para la familia más periférica, que hacían comentarios sobre si tenía novia. Pero, sobre todo, en el colegio. Te vas dando cuenta de quién te mira raro, de quién puedes hacerte amiga y de quién no. Soy muy cerebral y, si alguien no me sabe argumentar por qué algo es negativo, no lo acepto.

¿Sufrió acoso escolar?

Sí, pero no fue tanto por ser bisexual, sino por la intersexualidad. Se me mezclan mucho las cosas. Yo no lo exteriorizaba, pero la idea que tenía de mí misma empezó a cambiar y eso me afectó también en cómo me relaciono con los demás.

La intersexualidad, la I de LGTBI+, es la más desconocida para la sociedad.

Es que para mí también lo era. La mayoría de personas intersex no sabemos que lo somos, nos enteramos por un diagnóstico, casi como quien tiene una enfermedad rara. Te dicen: “Tú tienes esta condición superrara y esto es lo que hay que hacer”. Te prescriben una medicación y, entonces, tú te quedas completamente sola. No sabes que hay más gente, que hay un colectivo, aun siendo una persona informada.

Pero su madre sí lo sabía, ¿o no?

No, no lo tengo claro. Es una cosa que se descubre. Lo mío no es algo que se viera de bebé. Fuimos al médico en la pubertad. Saberlo fue una crisis personal enorme para mí.

¿Quiere contarme por qué?

En parte porque siempre he querido ser madre, y ahí, en esa consulta, me entero de que no puedo ni voy a poder. Te lo tomas como un ataque. No eres una mujer del todo correcta. Entonces, creo que tengo que performar exageradamente ser mujer para tapar los defectos, no vaya a ser que alguien se entere de que no soy una mujer del modo correcto.

¿Lo peor de su condición, para usted, es no poder ser madre?

No, porque al final te va cambiando la percepción, y lo asumes. Lo más doloroso, y lo que sigo trabajando, es mi percepción de mí misma. Aceptar que soy una mujer perfectamente válida, como cualquier otra. Porque yo misma, cerebralmente, encuentro argumentos para decir que no soy una mujer del todo correcta. Me ataco a mí misma muy a menudo.

Tiene una mente muy científica.

De hecho, soy científica de formación. Científica marina e ingeniera informática.

¿Fue muy empollona de niña?

No, de hecho soy muy mala estudiante. No me gusta estudiar, no sé estudiar, pero tengo una memoria excelente y me gusta aprender. Me pasé todo el instituto sin estudiar. Selectividad me la estudié en una tarde. Me dieron una beca para estudiar en Fremont, en Silicon Valley, me saqué dos cursos en uno y volví porque me salió trabajo en Barcelona. Teletrabajo diseñando software, me pagan bien, y ahora nos hemos mudado a un pueblo de Asturias con cuatro habitantes.

¿Tiene altas capacidades?

Sí, en el instituto mi madre tuvo que pelearse para que no me subieran varios cursos, porque creía que tenía que desarrollarme con gente de mi edad.

Habla siempre de su madre. ¿Y su padre?

Bueno, mi padre me pegaba; ellos se separaron y él no pinta nada en mi vida.

Tiene varias mochilas a la espalda

La verdad es que sí. He pensado mucho en este reconocimiento que me dan hoy, que agradezco, por Mi querida señorita, una película en la que he sufrido, pero me han pagado. He pasado por cosas mucho peores y no me han pagado. He tenido una infancia terrible y me parece súpercurioso que, viniendo de dónde vengo, esté visibilizando la intersexualidad, poniendo mi cuerpo y mi vida para la visibilidad del resto.

En la película, su emoción traspasa la pantalla. ¿Es actuada o genuina?

Parte sí, parte no. Adela, mi personaje, es un pajarillo enjaulado, y yo nunca lo estuve: mi madre me dio alas toda mi vida. Me dijo: “Haz lo que quieras con tu vida, cariño”. Y eso hago: tirarme a la piscina. En la película y en todo. Digamos que, en la peli, tuve que construir la jaula de Adela. Soy muy intelectual, tuve que tirar de emociones y tiré de la de no saber si soy o no una mujer.

¿No ha superado su crisis personal?

Es algo que está siempre ahí. Cuando no estoy haciendo nada, cuando no estoy pensando en nada, me cuesta. Ahora mismo, por ejemplo, tengo mi cabeza ocupada: en la película, en ser un referente para otras personas. Tirándote a la piscina es más sencillo no pensar en ciertas cosas.

¿Cómo fue su época en Silicon Valley, sin conocer a nadie?

Ahí era yo absolutamente. Había gente de todos los sitios del mundo. Mi grupo era el mexicano, la japonesa, dos americanos, una alemana, gente extremadamente abierta de mente, y eso me motiva muchísimo, porque puedo ser yo misma. No decir nada sobre mi condición, o decirlo. Cuando lo supe, yo ni siquiera sabía que había una comunidad de gente como yo.

¿Y cuándo decidió decirlo y hacer activismo?

Hace cuatro años, a los 22, fui a ver al teatro Hermafroditas a caballo, o la rebelión del deseo, de Laura Vila Krémer, y me puse a llorar tanto que, al final, alguien se acercó a mí y me enteré de que hay un colectivo de personas intersex. Ahí empiezo a aprender, y a que puedo decirlo en voz alta, y a hacer activismo. Y a raíz de eso me llaman para la película. Antes de hacerla, solo lo sabían 5 o 6 personas de mi entorno. Cuando el médico me dio el diagnóstico, me dijo que no hacía falta decirlo. Esa invisibilidad es una ventaja y una cárcel a la vez, porque no sabes qué eres.

¿Es difícil ligar para una persona intersexual?

No sé qué contestarte, en plan colectivo. Para mí no lo ha sido. Celia y yo nos conocimos en el instituto. Soy una persona que, de algún modo, atraigo de un modo místico a la gente.

Bueno, es usted muy bella.

No, de verdad. Me ha pasado estar en un festival, chocarme con alguien y acabar enrollándome con esa persona. No tengo problemas para ligar, flirtear, besarme con alguien; el problema es llegar a algo más, digamos, sexual, genital. También es un problema de autopercepción. Yo me veo muy andrógina. No he tenido opción de invisibilizarlo.

¿No se gusta en el espejo?

No. Pero no es eso. No hay nada que pueda señalar y decir: Esto no me gusta. No es que me gustaría tener otro cuerpo. Soy alta y me gusta ser alta, soy fuerte y eso me gusta. Como que no encuentro nada que no me guste. El solo que el pack no acaba de gustarme.

¿Es duro ser intersexual?

Sí, es una putada. Y eso es un poco a lo que me estoy enfrentando ahora: a intentar dejar de considerarlo así. Está el doble filo de ser algo que puedes ocultar fácilmente, no decírselo a nadie y hacer una vida, entre comillas, normal. Pero tú vas a saber toda tu vida que no eres una persona como cualquiera, sino que tienes que ocultar algo de ti muy interno e íntimo. Entonces, para mí, aún queda ese pasito de decir: “prácticamente soy normal porque puedo ser normal”, pero siempre está esa cosita. Yo misma lucho por verme como una mujer correcta.

¿Ha precisado atención psicológica?

Bueno, claro. Ahí entramos en otras cosas. Además de todo eso, soy autista. He tenido ayuda para aprender a comunicarme. También por el maltrato de mi padre, por el divorcio de mis padres, por la depresión que me diagnosticaron en el instituto. Luego he ido a un par de psicólogas del colectivo. Digamos que tengo varias mochilas; voy sacando cosas de una y las meto en otra.

¿Ser tan inteligente es un don o una desventaja?

Sin lugar a dudas es un don, pero digamos que tengo que tener la correa del ego bien atada. Y, ahora, como actriz, me di cuenta de que no quiero ser el centro de atención. Nos acabamos de mudar Celia y yo a un pueblo de Asturias de cuatro habitantes. Nos conocimos en un instituto de pueblo. En la ciudad va todo demasiado rápido, me cansa, me gasta, y a Celia también. Necesito naturaleza, tranquilidad, calma.

¿Le gustaría volver a trabajar como actriz?

Me encantaría, estoy abierta a ello, pero lo veo difícil. No soy el tipo de persona que esté cómoda en un trabajo que implique conocer a mucha gente. No soy la persona con más habilidades sociales del mundo. Comunicarme con muchas personas me cansa: tengo que estar pendiente de tus gestos, de ver qué quieres decirme. No me gustan las fiestas, los ruidos fuertes, las multitudes. No me gusta beber ni drogarme. No encajo con el tipo de gente que debería encajar para dedicarme a esto. Lo único que me gusta es hablar de tú a tú: descubrir a una persona, decirle: “Cuéntame quién eres”.

Esa capacidad de observación es buenísima para una actriz

Es lo que he hecho toda mi vida para aprender a interpretar los gestos de las personas. Soy como un bebé que de repente se queda mirando a alguien si hace un gesto raro. Me cuesta leer a las personas. Tengo los rasgos positivos del trastorno autista: buena memoria, ser muy analítica, muy inteligente, si quieres. Pero también los negativos: me cansa interactuar, los sonidos fuertes, los olores fuertes, el contacto físico me satura muchísimo. De hecho, ahora, entre el aire acondicionado, la música de ahí fuera, los pitidos, empiezo a estar al límite del cansancio.

Pues la dejo ya tranquila

Muchísimas gracias, muy amable.

A Elisabeth Martínez (Alicante, 26 años) no se la había pasado nunca por la cabeza ser actriz. Pero, como miembro de un colectivo de personas intersexuales, la llamaron para el casting de la película Mi querida señorita, un remake del clásico de Armiñán de 1972, producido por los Javis, y se tiró a la piscina. Ese asumir riesgos ha sido su estrategia de vida desde que supo, en su adolescencia, que era intersexual. Una condición que afecta a menos del 2% de la población y que se manifiesta en nacer con características sexuales (genitales, cromosómicas y/o hormonales) que no encajan en la noción binaria del sexo masculino o femenino. Este año, la celebración del Orgullo LGTBI+ apuesta especialmente por defender la visibilidad y los derechos de estas personas.Elisabeth Martínez, ingeniera informática, no descarta repetir como actriz, pero, de momento, este ha sido el papel de su vida.

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