La política alemana es conocida por sus consensos. Pero esos consensos tienen un precio. Eso lo sabe muy bien el Partido Socialdemócrata (SPD), que ha visto cómo su identidad política se iba diluyendo en los sucesivos Gobiernos de coalición. Tanto, que ahora el electorado se pregunta qué es lo que realmente representa o defiende este partido, que está en mínimos históricos en las encuestas de intención de voto.
Los planes de recortes sociales del Gobierno de Merz pasan factura a sus socios
La política alemana es conocida por sus consensos. Pero esos consensos tienen un precio. Eso lo sabe muy bien el Partido Socialdemócrata (SPD), que ha visto cómo su identidad política se iba diluyendo en los sucesivos Gobiernos de coalición. Tanto, que ahora el electorado se pregunta qué es lo que realmente representa o defiende este partido, que está en mínimos históricos en las encuestas de intención de voto.
En 24 de los últimos 28 años, el SPD ha formado parte del Gobierno a escala federal. Han gobernado bajo sus propios cancilleres Gerhard Schröder y Olaf Scholz, además de bajo los democristianos Angela Merkel y, ahora, Friedrich Merz. Han formado coaliciones con todos los partidos del centro político, lo que ha llevado al cansancio y al vacío de contenidos.
Sí es verdad que no todas las coaliciones han sido tan turbulentas como la actual con los conservadores, que apenas lleva un año. Dos partidos obligados a acordar un amplio paquete de reformas para hacer frente a los graves problemas estructurales y económicos que arrastra el país desde hace años. Sin embargo, el constante compromiso desgasta. La necesidad de tener que ponerse de acuerdo constantemente con los respectivos socios se ha arraigado tan profundamente en la conciencia de los socialdemócratas que ya casi no lanzan ninguna iniciativa política sin pensar de inmediato en ese famoso consenso alemán.
“Desde hace tiempo se observa que esta participación permanente en el Gobierno genera problemas, porque ha aumentado la gran discrepancia entre su programa y los objetivos alcanzados. En este proceso de gobernar, el SPD se ha convertido en un partido de función estatal. Es decir, está muy centrado en el funcionamiento del Estado y en la participación de sus líderes en los puestos de gobierno”, analiza el politólogo Wolfgang Schroeder, catedrático de la Universidad de Kassel. “Y cuando se percibe el partido, es más bien como una fuerza política que causa problemas, es decir, que se opone a determinadas propuestas, que quiere frenar ciertos avances y que quiere volver a debatir ciertos temas. No se la entiende, ni se la ve como una fuerza realmente atractiva que vaya hacia adelante. Es una fuerza del statu quo, por así decirlo”.
En un intento por recuperar perfil, la cúpula del partido quiere encargar la elaboración de un nuevo programa básico a través de un debate interno que durará dos años. Al final, deberá haber una visión de hacia dónde quiere ir el SPD, que no para de acumular malas noticias. La última, el pasado lunes, cuando el instituto demoscópico GMS publicó su sondeo de intención de voto en el que el SPD solo obtuvo un 11%, igualado con La Izquierda (Die Linke), un nuevo mínimo histórico.
Este último revés apenas fue comentado en las filas socialdemócratas. Pero no solo cae en los sondeos, sino también en las elecciones regionales. En el rico estado federado de Baden-Württemberg, el partido apenas logró en marzo un 5,5% de votos —frente al 11% anterior—, rozando así el mínimo del 5% necesario para entrar en el Parlamento. Dos semanas después, perdió Renania-Palatinado, un bastión tradicional que había gobernado los últimos 35 años. Y todo apunta a que no le va a ir mejor en las tres que se celebrarán en septiembre: Sajonia-Anhalt, Berlín y Mecklemburgo-Antepomerania.
Se extiende la pregunta de qué está ocurriendo. “Hay respuestas largas, pero la sociedad no las tiene. La respuesta sencilla es: así no. Llevamos años cometiendo los mismos errores”, criticaba después de las elecciones de Baden-Württemberg, en Instagram, Robin Mesarosch, que junto con Isabel Cademartori quiere liderar el SPD en ese estado. “¿Qué pasa? ¿Tiene el SPD una estrategia equivocada? El SPD no tiene ninguna estrategia, ninguna. Esa es la magnitud de la tragedia”.
Para el politólogo Schroeder, la palabra estrategia es “muy grandilocuente” y señala que uno puede tener la idea de “cómo modernizar y mejorar ciertos sectores, de cómo lograr justicia social”, pero enseguida tiene que enfrentarse al hecho de que es “un partido de gobierno, de que hay que llegar a compromisos y de que después, ya no queda mucho para el propio estilo y la propia imagen”. En su opinión, ahora da la impresión de que mientras el partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD) se “normaliza cada vez más” y cuenta con más seguidores -está ya primero en los sondeos de intención de voto-, con el SPD ocurre lo contrario. “Se encuentra en una trayectoria de normalización hacia el declive. Va de una mala encuesta a otra, de unas malas elecciones a otras. Parece que no hay postura o rumbo”.
El SPD tiene que hacer frente a un problema de comunicación y de credibilidad. Pero sus dos presidentes, Bärbel Bas y Lars Klingbeil, ministros de Trabajo y Finanzas respectivamente, parecen estar más centrados en la coalición y en el día a día de sus carteras que en el partido. Sobre todo, Klingbeil tiene un arduo trabajo. Como ministro de Finanzas debe impulsar el ahorro para cerrar unos presupuestos muy mermados, aunque eso afecte también a las subvenciones sociales -como ayudas a la vivienda o prestaciones por paternidad-, lo que genera inquietud entre su electorado.
“Esos recortes pasarán factura al SPD. Se le dirá: no solo no sois capaces de hacer aquello por lo que os presentasteis, que es que todo el mundo obtenga mejores prestaciones sociales, sino que ahora estáis legitimando recortes”, comenta Schroeder sobre este descontento, aunque dos de cada tres alemanes reconozcan que el Estado del bienestar en su forma actual ya no es financiable, como reflejó una encuesta de Forsa.
Al final, el Gobierno se encuentra en una pésima posición. La presión para llevar a cabo reformas y recortes drásticos es enorme. Los costes aumentan y la viabilidad financiera es cada vez más apremiante. Si no se aplican las reformas, los ciudadanos perderán aún más la confianza en la capacidad de la política para resolver problemas, pero si imponen recortes duros, corren el riesgo de que aún más votantes se pasen a AfD.
“Klingbeil repite una y otra vez que debemos cambiar ciertas cosas. Y habla de cuestiones que, en realidad, resultan difíciles para los socialdemócratas”, reconoce el presidente del instituto económico Ifo, Clemens Fuest. Pero con un pronóstico de crecimiento económico de apenas un 0,5% para este año, el experto señala que el Gobierno no puede continuar sin una estrategia clara como hizo en los tiempos de Merkel cuando se podían permitir ese lujo porque la economía iba bien.
Sin embargo, hacer reformas conlleva en un primer momento una bajada de la popularidad, como señala Thomas König, catedrático de ciencias políticas en la Universidad de Mannheim. “Solo cuando se puede mostrar lo que se ha hecho y la situación mejora, entonces se puede lograr un cambio de tendencia”. Además, analiza que hay que tener en cuenta que “el SPD se ha desplazado hacia la izquierda y la CDU hacia la derecha”, formaron Gobierno “por necesidad”, alcanzando para ello unos acuerdos que provocan que “el electorado les eche en cara que no cumplan con sus promesas electorales”.
De igual manera lo ve Schroeder, que alerta además, de que ya se observan “síntomas de agotamiento y desangramiento”. “Cuando no se asume la responsabilidad, se hacen siempre concesiones y no se incorporan nuevas ideas ni caras nuevas se produce una especie de normalización del descenso”, indica sobre un fenómeno conocido en el mundo del fútbol. “Uno puede plantearse el descenso una vez, dos veces, pero llega un momento en que se echa para atrás si no llegan nuevos jugadores, ni nuevas ideas, ni un nuevo concepto”.
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