Existen dos realidades que parte de la prensa occidental y el régimen llevan años intentando tapar: una masacre interior sin precedentes y una economía demolida por la inflación, la pobreza y la corrupción. Solo en dos días –8 y 9 de enero de 2026–, las fuerzas de seguridad iraníes masacraron a más de 36.500 manifestantes en más de 400 ciudades y localidades. Es el mayor baño de sangre en dos jornadas de protestas del que se tiene registro en la historia moderna de Oriente Medio, con informes internos del propio régimen elevando sucesivamente el recuento de asesinados desde 12.000 hasta más de 33.000.
Si aceptamos las cifras oficiales, el régimen iraní mata a ocho veces más civiles al día en periodo de paz que la guerra más cruenta de los últimos treinta años. Con cifras de Human Rights Watch, veintisiete veces más. Y, al contrario que en una guerra, el régimen iraní asesina civiles sistemáticamente y por decisión política.
Las cifras de ejecuciones de civiles alcanzaron un récord de más de 2.200 solo en 2025, con récord de ahorcamientos de mujeres y homosexuales y datos de miles de detenciones arbitrarias y torturas. Según los registros del CNRI, las ejecuciones públicas se realizaron en 2.201 casos, con un incremento del 120% respecto a 2024, del 160% si se compara con 2023 y del 280 % con 2022. Las organizaciones de derechos humanos registran más de 300 ejecuciones solo en enero de 2026 y denuncian patrones de ejecuciones aceleradas, incluidos heridos sacados de hospitales para ser ahorcados o desaparecidos. Durante la guerra, el régimen de Irán ha ejecutado a 14 presos por cargos políticos en las primeras tres semanas.
Un régimen que se mantiene por el terror y que prefiere disparar contra decenas de miles de ciudadanos desarmados antes que admitir el fracaso de su sistema y el colapso de su economía.
La guerra no ha creado la crisis económica iraní. Mucho antes de las protestas, Irán arrastraba estanflación crónica, moneda en caída libre y empobrecimiento masivo de la población. Y todo ello con un régimen regado por decenas de miles de millones de dólares de exportaciones petroleras y el apoyo financiero de China y Rusia.
En 2025, la inflación oficial se movía alcanzó el 60%, según el propio Centro Estadístico de Irán. El régimen lo achacó a la impresión de moneda. Sin embargo, la causa va más allá: el despilfarro de la ingente renta petrolera en gasto militar, financiar terrorismo en todo el mundo y un programa nuclear que la propia Agencia Internacional de la Energía Atómica condenó por falta total de colaboración y transparencia.
Las estimaciones independientes sitúan en un 50% la proporción de iraníes bajo el umbral de la pobreza en 2025, antes de la guerra. A ello se sumaron apagones masivos durante el invierno de 2024/25, con meses de cortes de electricidad y un sistema energético colapsado por años de falta de inversión, corrupción y mala gestión, mientras se dedicaban miles de millones a un programa nuclear que no tenía objetivo civil alguno, como ha revelado la acción militar de 2026.
El régimen iraní no ha entrado en crisis económica por las sanciones de Estados Unidos. Tiene decenas de tratados comerciales con las mayores economías del mundo y genera una ingente renta petrolera con sus exportaciones de más de 1,3 millones de barriles al día. Lo que ocurre es que prácticamente nada de esa enorme riqueza llega a los ciudadanos. Un estado que imprime dinero sin control ni demanda, se endeuda con su propio sistema bancario y genera fugas de capital mientras su moneda se hunde. La eliminación de Mohammad Reza Ashrafi Kahi, jefe de Comercio del Cuartel General de Petróleo, reveló una estructura multimillonaria que financiaba las actividades militares de la Guardia Revolucionaria, Hamás, Hezbolá y otros grupos armados usando los ingresos procedentes de la venta de crudo.
Entre noviembre de 2024 y noviembre de 2025, la deuda del gobierno con el sistema bancario aumentó un 41% y la deuda con el banco central un 68%, obligando a monetizar el déficit. En el mismo periodo, los bancos comerciales incrementaron un 63% sus propios préstamos del banco central, inundando la economía de moneda local sin valor. Así, la masa monetaria crecía a tasas superiores al 40% en un año, según datos oficiales recopilados por el experto Mohamad Machine-Chian, con el rial desplomándose a pesar de enormes ingresos por exportaciones.
Los enormes ingresos petroleros se usan para financiar corrupción y terror. Las propias, fuentes oficiales citadas por la patronal de exportadores de petróleo hablan de 47.000 millones de dólares de ingresos por exportación de crudo y gas en el año 2025 iraní. Con esos ingresos, la economía crecería y la inflación sería moderada si no se usasen para cualquier cosa excepto la sociedad y economía iraní. Los informes sobre salida de capital describen un patrón claro: “el dinero se va de Irán más rápido de lo que entra”, lo que obliga al régimen a apoyarse todavía más en la máquina de emisión y en el expolio fiscal interno, según BTI Project.
La masacre de más de 36.500 civiles y la ola de ejecuciones no son una anomalía, son la política de un régimen que ya no puede comprar lealtades con petrodólares y subsidios, y al que solo le queda el terror como herramienta de gobierno.
El alto el fuego en Irán no deja en evidencia la verdadera guerra y genocidio que existe en el país: la del régimen contra su pueblo
Existen dos realidades que parte de la prensa occidental y el régimen llevan años intentando tapar: una masacre interior sin precedentes y una economía demolida por la inflación, la pobreza y la corrupción. Solo en dos días –8 y 9 de enero de 2026–, las fuerzas de seguridad iraníes masacraron a más de 36.500 manifestantes en más de 400 ciudades y localidades. Es el mayor baño de sangre en dos jornadas de protestas del que se tiene registro en la historia moderna de Oriente Medio, con informes internos del propio régimen elevando sucesivamente el recuento de asesinados desde 12.000 hasta más de 33.000.
Si aceptamos las cifras oficiales, el régimen iraní mata a ocho veces más civiles al día en periodo de paz que la guerra más cruenta de los últimos treinta años. Con cifras de Human Rights Watch, veintisiete veces más. Y, al contrario que en una guerra, el régimen iraní asesina civiles sistemáticamente y por decisión política.
Las cifras de ejecuciones de civiles alcanzaron un récord de más de 2.200 solo en 2025, con récord de ahorcamientos de mujeres y homosexuales y datos de miles de detenciones arbitrarias y torturas. Según los registros del CNRI, las ejecuciones públicas se realizaron en 2.201 casos, con un incremento del 120% respecto a 2024, del 160% si se compara con 2023 y del 280 % con 2022. Las organizaciones de derechos humanos registran más de 300 ejecuciones solo en enero de 2026 y denuncian patrones de ejecuciones aceleradas, incluidos heridos sacados de hospitales para ser ahorcados o desaparecidos. Durante la guerra, el régimen de Irán ha ejecutado a 14 presos por cargos políticos en las primeras tres semanas.
Un régimen que se mantiene por el terror y que prefiere disparar contra decenas de miles de ciudadanos desarmados antes que admitir el fracaso de su sistema y el colapso de su economía.
La guerra no ha creado la crisis económica iraní. Mucho antes de las protestas, Irán arrastraba estanflación crónica, moneda en caída libre y empobrecimiento masivo de la población. Y todo ello con un régimen regado por decenas de miles de millones de dólares de exportaciones petroleras y el apoyo financiero de China y Rusia.
En 2025, la inflación oficial se movía alcanzó el 60%, según el propio Centro Estadístico de Irán. El régimen lo achacó a la impresión de moneda. Sin embargo, la causa va más allá: el despilfarro de la ingente renta petrolera en gasto militar, financiar terrorismo en todo el mundo y un programa nuclear que la propia Agencia Internacional de la Energía Atómica condenó por falta total de colaboración y transparencia.
Las estimaciones independientes sitúan en un 50% la proporción de iraníes bajo el umbral de la pobreza en 2025, antes de la guerra. A ello se sumaron apagones masivos durante el invierno de 2024/25, con meses de cortes de electricidad y un sistema energético colapsado por años de falta de inversión, corrupción y mala gestión, mientras se dedicaban miles de millones a un programa nuclear que no tenía objetivo civil alguno, como ha revelado la acción militar de 2026.
El régimen iraní no ha entrado en crisis económica por las sanciones de Estados Unidos. Tiene decenas de tratados comerciales con las mayores economías del mundo y genera una ingente renta petrolera con sus exportaciones de más de 1,3 millones de barriles al día. Lo que ocurre es que prácticamente nada de esa enorme riqueza llega a los ciudadanos. Un estado que imprime dinero sin control ni demanda, se endeuda con su propio sistema bancario y genera fugas de capital mientras su moneda se hunde. La eliminación de Mohammad Reza Ashrafi Kahi, jefe de Comercio del Cuartel General de Petróleo, reveló una estructura multimillonaria que financiaba las actividades militares de la Guardia Revolucionaria, Hamás, Hezbolá y otros grupos armados usando los ingresos procedentes de la venta de crudo.
Entre noviembre de 2024 y noviembre de 2025, la deuda del gobierno con el sistema bancario aumentó un 41% y la deuda con el banco central un 68%, obligando a monetizar el déficit. En el mismo periodo, los bancos comerciales incrementaron un 63% sus propios préstamos del banco central, inundando la economía de moneda local sin valor. Así, la masa monetaria crecía a tasas superiores al 40% en un año, según datos oficiales recopilados por el experto Mohamad Machine-Chian, con el rial desplomándose a pesar de enormes ingresos por exportaciones.
Los enormes ingresos petroleros se usan para financiar corrupción y terror. Las propias, fuentes oficiales citadas por la patronal de exportadores de petróleo hablan de 47.000 millones de dólares de ingresos por exportación de crudo y gas en el año 2025 iraní. Con esos ingresos, la economía crecería y la inflación sería moderada si no se usasen para cualquier cosa excepto la sociedad y economía iraní. Los informes sobre salida de capital describen un patrón claro: “el dinero se va de Irán más rápido de lo que entra”, lo que obliga al régimen a apoyarse todavía más en la máquina de emisión y en el expolio fiscal interno, según BTI Project.
La masacre de más de 36.500 civiles y la ola de ejecuciones no son una anomalía, son la política de un régimen que ya no puede comprar lealtades con petrodólares y subsidios, y al que solo le queda el terror como herramienta de gobierno.
Noticias de Economía Nacional e Internacional en La Razón
