Quién es Ciro, el nuevo sobrino del marqués que inquieta a Leocadia en «La Promesa»

La entrada de Ciro Aldana de Luján en «La Promesa» no es la típica incorporación de relleno que llega, saluda y se acomoda. Viene con apellido largo, parentesco directo y una incomodidad que se nota incluso antes de pronunciarse. Y eso, en una ficción diaria, suele ser sinónimo de conflicto sostenido.

El personaje aparece como sobrino del marqués, en un momento personal delicado: acaba de perder a su madre y necesita, según se explica, mantenerse fuera de su casa por unas obras incompatibles con la rutina. El pretexto tiene lógica, sí. Pero en palacio las lógicas siempre acaban sometidas a otra cosa: quién gana poder y quién lo pierde.

Hay un dato que conviene no pasar por alto: Ciro no llega “solo”, aunque se presente como tal. Está casado, pero su esposa se queda con su madre, cuya salud atraviesa un bache. Ese matrimonio en pausa, esa vida partida, dibuja a un hombre con asuntos por resolver… o por utilizar. Y, además, se abre una pregunta inevitable: si con su tío nunca hubo gran cercanía, ¿por qué ahora?

 

La versión oficial del personaje —la que él vende— es conciliadora: “recuperar el tiempo perdido con su familia”. Sin embargo, el propio relato de la serie deja caer la otra cara: sus objetivos son claros y también oscuros. No hace falta adornarlo. Cuando una producción subraya así la sombra, lo que está diciendo es que la calma no entra en su equipaje.

En ese tablero de la serie de RTVE, Leocadia aparece señalada como posible antagonista. Y no por casualidad: si alguien llega dispuesto a tensar el palacio, lo lógico es que pruebe primero con quien domina los hilos. La duda no es si chocarán, sino cuándo y con qué precio para el resto. En «La Promesa», la política doméstica siempre termina siendo política a secas.

Detrás del personaje está Juan Perales (1999), un rostro que el público puede ubicar por su paso por «Élite» —donde interpretó a Bernat—, por «4 Estrellas» y por «Olympo», donde dio vida a Sebas Senghor. Un fichaje joven para un rol que, por lo que se anuncia, no viene a pedir permiso: viene a provocar movimiento, y eso es precisamente lo que una diaria necesita para no repetirse.

 Un recién incorporado con pasado familiar incómodo, matrimonio a distancia y un motivo práctico para instalarse. Pero su discurso no cuadra del todo: hay algo calculado en cada paso  

La entrada de Ciro Aldana de Luján en «La Promesa» no es la típica incorporación de relleno que llega, saluda y se acomoda. Viene con apellido largo, parentesco directo y una incomodidad que se nota incluso antes de pronunciarse. Y eso, en una ficción diaria, suele ser sinónimo de conflicto sostenido.

El personaje aparece como sobrino del marqués, en un momento personal delicado: acaba de perder a su madre y necesita, según se explica, mantenerse fuera de su casa por unas obras incompatibles con la rutina. El pretexto tiene lógica, sí. Pero en palacio las lógicas siempre acaban sometidas a otra cosa: quién gana poder y quién lo pierde.

Hay un dato que conviene no pasar por alto: Ciro no llega “solo”, aunque se presente como tal. Está casado, pero su esposa se queda con su madre, cuya salud atraviesa un bache. Ese matrimonio en pausa, esa vida partida, dibuja a un hombre con asuntos por resolver… o por utilizar. Y, además, se abre una pregunta inevitable: si con su tío nunca hubo gran cercanía, ¿por qué ahora?

La versión oficial del personaje —la que él vende— es conciliadora: “recuperar el tiempo perdido con su familia”. Sin embargo, el propio relato de la serie deja caer la otra cara: sus objetivos son claros y también oscuros. No hace falta adornarlo. Cuando una producción subraya así la sombra, lo que está diciendo es que la calma no entra en su equipaje.

En ese tablero de la serie de RTVE, Leocadia aparece señalada como posible antagonista. Y no por casualidad: si alguien llega dispuesto a tensar el palacio, lo lógico es que pruebe primero con quien domina los hilos. La duda no es si chocarán, sino cuándo y con qué precio para el resto. En «La Promesa», la política doméstica siempre termina siendo política a secas.

Detrás del personaje está Juan Perales (1999), un rostro que el público puede ubicar por su paso por «Élite» —donde interpretó a Bernat—, por «4 Estrellas» y por «Olympo», donde dio vida a Sebas Senghor. Un fichaje joven para un rol que, por lo que se anuncia, no viene a pedir permiso: viene a provocar movimiento, y eso es precisamente lo que una diaria necesita para no repetirse.

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