Las previsiones económicas para 2026 dibujan un escenario de crecimiento moderado y progresiva desaceleración de la economía española, tras varios años de comportamiento relativamente favorable en comparación con el entorno europeo. Existe un amplio consenso entre los economistas en que España seguirá creciendo por encima de la media de la eurozona, pero lo hará con menor intensidad y sin avances significativos en términos de prosperidad real.
Riesgos en el horizonte
Alicia Coronil, economista jefe de Singular Bank
La resiliencia de la actividad se apoyará principalmente en la demanda interna. El comportamiento del mercado laboral, los flujos migratorios y los reducidos niveles de endeudamiento apoyarán el consumo de los hogares. Al mismo tiempo que contribuirá a impulsar la inversión privada y pública, destacando la aportación al crecimiento de los fondos europeos vía inversión y modernización de infraestructuras estratégicas.
Por el contrario, preocupa el deterioro del sector exterior en un contexto en el que se prevé una moderación de las exportaciones turísticas y en el que la persistencia de las presiones inflacionistas frente al resto de principales economías de la Eurozona podría impactar negativamente vía precios en la competitividad.
Tras años en los que la economía española ha sorprendido al alza, entre los riesgos nacionales que condicionarán las perspectivas destacan la inestabilidad política y la ausencia de reformas estructurales, los escasos avances de la productividad, la creciente preocupación de los hogares por el coste de la vida y el acceso a la vivienda, y el efecto del envejecimiento sobre la sostenibilidad presupuestaria.
El final de los placebos
Daniel Lacalle, economista jefe de Tressis
El gran problema es el final de varios efectos placebo: el de los fondos europeos y el efecto positivo de la caída de las materias primas en las importaciones, que suma al PIB. En ese escenario, una ralentización del ritmo de crecimiento del sector productivo se intentará compensar previsiblemente con mayor gasto público y también con más inmigración.
Así, el Producto Interior Bruto puede mantenerse por encima del 2% tirando, previsiblemente, de deuda, gasto público y del aumento de la población, lo que hace que el PIB per cápita crezca muy poco. En este sentido, se estima que solo avanzará un 1,6% en 2025 y menos del 0,8% en 2026.
Pero, sin duda, el gran reto para este año que acaba de comenzar es el empobrecimiento cada vez más acusado de los españoles. El salario neto real medio ha caído desde el año 2019, lo que se traduce en que, en la actualidad, tres de cada cuatro familias tiene dificultades para llegar a fin de mes, pero también en una carencia material severa, que va en aumento. Todo ello hace bastante complicado que el consumo repunte más allá del efecto producido por el turismo.
A cierre del ejercicio, España seguirá teniendo la mayor tasa de paro no solo de Europa, sino también de los países de la OCDE, con un desempleo efectivo casi sin cambios desde el año precovid, y que asciende a más de 3,4 millones de parados. Con la tasa de actividad casi estancada, el empleo crece únicamente impulsado por el pluriempleo y, de nuevo, por la inmigración y empleo público.
Por otro lado, España tendrá que emitir otros 55.000 millones de euros de deuda neta en 2026, y el coste de la misma se ha disparado de 29.000 a unos 42.000 millones estimados en 2025, lo que supone una nueva subida para este año.
Un crecimiento con deficiencias
María Jesús Fernández, analista sénior de Funcas
El crecimiento económico de España presenta importantes deficiencias, como el hecho de que se sustente fundamentalmente sobre el aporte de mano de obra, y muy escasamente sobre el aumento de la productividad. Esto se traduce en un reducido crecimiento del PIB per cápita y –unido a una regulación inadecuada– en un agravamiento de la escasez de vivienda, por la necesidad de “importar” esa mano de obra.
A largo plazo España carece de las condiciones para incorporarse a la revolución industrial en ciernes, pero a corto plazo este modelo puede seguir funcionando, por lo que, aunque esperamos una ralentización en 2026, también esperamos superar de nuevo la media europea. El turismo abandonará el papel de motor de los últimos años, pero se mantendrá otro de los grandes impulsores: los servicios avanzados a empresas, tecnológicos, profesionales, etc.
La recuperación experimentada en 2025 por la inversión empresarial, cuya debilidad había sido otra gran deficiencia, se agotará a lo largo de 2026, más aún teniendo en cuenta la finalización de los fondos Next Generation. Tampoco esperamos que el repunte reciente en la construcción de vivienda tenga la duración y la magnitud suficiente como para aliviar el problema de escasez, y no albergamos grandes expectativas en cuanto a una significativa recuperación de las exportaciones de bienes.
La inflación se moderará, pero persistirán importantes presiones en alimentos y servicios. El mayor foco de riesgo seguirá localizado en las finanzas francesas, junto a la posibilidad de un ajuste desordenado de precios en los mercados financieros.
La recesión silenciosa
Javier Morillas. Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad CEU San Pablo
Estamos ante un país europeo donde es posible que un gobierno emita deuda pública para comprar empresas privadas. Con una cesta de la compra que ha subido un 40% desde 2020; muy superior al alza salarial. Y con la mayor tasa de paro de la UE. De modo que si no cambian los incentivos es muy difícil que nuestra economía rompa las ligaduras que la constriñen y mejore. Y estimamos un crecimiento económico del 2,2%, que seguirá siendo inferior al crecimiento del gasto público. O sea, el mismo modelo. Una economía dopada por las ayudas Next Generation y la deuda, generando un mayor déficit estructural. Sin reglas de gasto. Con un endeudamiento creciente, por encima de la media comunitaria, porque gastamos más y al gastar más, ponemos también más impuestos que recaen sobre las clases medias, IRPF, e IVA. Entre 2017 y 2025 la recaudación por IRPF ha crecido casi el doble que lo que ha crecido la economía española. Y así seguirá en 2026. Todo para financiar un volumen creciente de gasto público y político que, además de ineficiente e improductivo, no es suficiente para reducir déficit.
De ahí, que nuestro ratio deuda/PIB se haya mantenido 7 años después del pico de la pandemia, mientras los países europeos más dinámicos lo han ido reduciendo. Otros periféricos que crecen bastante como Portugal, Irlanda y Grecia han disminuido su ratio de deuda en un 30%.También creceremos porque -ceteris paribus- somos el país de Europa donde más crece la población, en la medida que permitimos que nuestros vecinos meridionales nos marquen los incrementos poblacionales; con una cualificación marginal que no incrementa nuestra productividad, y sí eleva el total de prestaciones y el paro, dado que en una economía de nivel tecnológico medio-alto y alto, como la española, muchos carecen de encaje laboral. Es decir productividad baja, salarios bajos -dado que éstos vienen marcados por un nivel de renta por habitante que no crece- y empresas pequeñas ahogadas en regulaciones. Con un 25% de PIB/ph en 2024 menos que la media de la eurozona (32.630€, frente a 43.310€. Eurostat, 2025).
Mientras, no es que falte talento en España, es que encuentra acomodo en países vecinos con mayor PIB per cápita, y por tanto mayores salarios, mientras que el nuestro sigue estancado. Pero primeros en la UE en entrada de hachís desde Marruecos y tercero en entrada de cocaína. Con nuestro potencial mineralógico paralizado, problemas energéticos, y sin plan hidrológico. Un país con una inversión exterior ralentizada, y una importante inversión y demanda potencial interior embalsada por desconfianza hacia los gestores públicos.
La realidad estructural frente al espejismo coyuntural
José María Rotellar. Director del Observatorio Económico de la Universidad Francisco de Vitoria
Aparentemente, la economía española se comporta de manera dinámica. Ojalá fuese así. Sin embargo, a la hora de formar las expectativas económicas, debemos tener mucho cuidado para no confundir elementos que pueden transmitirnos un falso espejismo coyuntural sobre la economía en el corto plazo y hemos de ver todos los datos en el contexto estructural de un horizonte más amplio, analizando expectativas empresariales, así como la futura evolución de la renta disponible y del poder adquisitivo de las familias, en un entorno de una inflación que no termina de bajar y que la subida de precios acumulada en los dos últimos años y medio ha dejado mermada la capacidad de compra de las familias.
Es cierto como digo, que la economía resiste en el corto plazo, pero apoyada, como he dicho, en el subsidio y en la eventualidad. Nunca se han firmado más contratos indefinidos que han concluido a los pocos días; nunca ha habido más contratos a tiempo parcial; nunca el nivel del gasto ha sido más alto; nunca, desde la guerra de Cuba, la deuda sobre el PIB ha sido tan alta que en este período.
La economía española no deja de perder productividad y competitividad, y el cambio de modelo económico no está girando hacia una economía más productiva, especializada en productos y servicios de alto valor añadido, sino que marcha en sentido contrario, hacia una economía de bajo valor añadido, con crecientes subsidios y pérdida de capacitación profesional.
Eso provoca que el crecimiento español, además de ser cortoplacista, se impulsa, en gran parte por crecimiento de población, pero con pérdida de prosperidad, como muestra la evolución de PIB per cápita en paridad del poder de compra, donde España ha dejado de converger y ha retrocedido respecto de la media de la UE, quedando en el 90% de la media de la UE, y si no estamos por debajo se debe a la revisión extraordinaria del PIB, que lo ha elevado dos puntos para el mismo año, volviendo a ser potencial receptor de fondos de cohesión a los que optan los países más pobres de la UE.
Por tanto, nos encontramos con una crisis de medio y largo plazo larvada, como lo estuvo en 2007-2008, con una mejoría cortoplacista, pero con un grave problema estructural. Entonces, los mismos que ahora niegan que haya problemas, negaban la crisis de entonces, y llamaban agoreros a quienes lo señalábamos. Ahora, hablan de catastrofismo y de exageración cuando se alerta de los graves desequilibrios, pero sólo ven una foto muy parcial y del instante, no el largo plazo.
La economía puede aguantar todavía un tiempo sin mostrar toda la dureza de la potencial crisis que encierra, puede prolongar el espejismo coyuntural, pero si no se hace nada el problema puede hacerse de una magnitud todavía mayor, para lo que se requerirán medidas más profundas que si se ataja a tiempo.
Los jóvenes al borde del abismo
Rafael Pampillón. Catedrático de Economía de la Universidad CEU-San Pablo y de IE University
España afronta 2026 con una economía que avanza, pero con paso corto. Las previsiones apuntan a un crecimiento más moderado, en torno al 1,8 %, insuficiente para impulsar mejoras sustanciales en el mercado laboral o en el bienestar de los hogares. La razón principal del freno está fuera de nuestras fronteras. Los grandes socios comerciales europeos siguen estancados y nos compran menos. Esto reduce las exportaciones españolas de mercancías. A lo que se une la pérdida de competitividad por nuestra mayor inflación.
Nuestra inflación seguirá siendo más alta que la de nuestros socios comerciales. Por varias razones. En primer lugar, por el aumento de la población que genera mayor demanda de bienes de consumo, sobre todo, alimentos y energía. También por los aumentos de servicios vinculados al turismo, que seguirá registrando cifras récord. Este sector actuará de amortiguador económico, pero también agravará tensiones sociales, especialmente en el acceso a la vivienda. Los precios de los pisos y los alquileres continuarán subiendo en 2026, ante la falta de obra nueva. También por el protagonismo del alquiler turístico, un problema que afecta con especial dureza a los jóvenes.
A las incertidumbres del comercio internacional se suma la revolución de la inteligencia artificial, que absorberá inversión, pero ralentizará la creación de empleo. La situación será especialmente complicada para quienes buscan su primer trabajo. La subida de las cotizaciones sociales y del salario mínimo elevará los costes laborales, y frenará la contratación en sectores de baja productividad.
Al mismo tiempo, España avanza hacia un modelo económico con fortalezas (turismo, digitalización, fondos europeos y estabilidad financiera) y debilidades persistentes (desempleo juvenil, escasez de vivienda, inflación y baja productividad). En conjunto, 2026 se perfila como un año de resistencia. No habrá crisis, pero tampoco un impulso que nos permita hablar de prosperidad. Parafraseando la película de los hermanos Cohen de hace unos años, España no es país para jóvenes.
Más crecimiento en un mundo cambiante
Rosa Duce. Chief Investment Officer de Deutsche Bank España
Cerramos un año 2025 con cierto optimismo. Un año después de la llegada de Trump a la presidencia de EEUU, todo apunta a que el crecimiento económico de este país se irá acelerando gracias a las rebajas de impuestos, al mayor gasto en seguridad y defensa, a los recortes de los tipos de interés, y a eventos puntuales como la celebración del 250 aniversario de su independencia. Sin olvidarnos por supuesto de la IA y su efecto positivo que ya desde hace años se está reflejando en una clara mejora de la productividad de este país.
Si miramos Europa, la ilusión tiene claramente un protagonista: Alemania. El programa de inversión aprobado por su gobierno, que podría alcanzar el 20% del PIB, supone una oportunidad para arrastrar a este país, y por qué no decirlo, al resto de la Eurozona, fuera del estancamiento en el que lleva inmersa desde 2020. Una oportunidad, y también un riesgo, pues tanto dinero sin ir acompañado de reformas estructurales puede ser sólo un alivio temporal.
En cuanto a España, probablemente seguirá brillando, aunque no tanto como en el pasado. El agotamiento del sector turístico, el menor dinamismo de las exportaciones de bienes y la subida de las importaciones pesarán sobre el sector exterior, mientras que consumo e inversión se mantendrán como motores de crecimiento. En suma, un nuevo ciclo económico alcista mundial cuya duración dependerá de la capacidad de los países de enfrentarse a un entorno comercial mucho más proteccionista y en el que cada vez se hace más necesario aprovechar las nuevas oportunidades ligadas a la tecnología, y en especial a la IA. Sin dicha inversión, apenas veremos mejoras en la productividad y la competitividad, y será difícil competir en un mundo donde los actores principales irán cambiando al hilo de las inversiones.
El ciclo empieza a desacelerarse
Gregorio Izquierdo. Director General del IEE
La economía española ha conseguido cerrar el 2025 con un crecimiento del PIB superior al 3%, en el que la contracción de la demanda externa por los mayores aranceles e incertidumbre se ha visto de momento compensada por una incipiente mejora de la demanda interna. Aun así, y a pesar de esta inercia estadística de arrastre, ya se esboza una inequívoca tendencia de desaceleración, por la que nuestro PIB en el 2026 apenas superará el 2%. Y es que asistimos a una pérdida de impulso de los factores críticos, pero inevitablemente transitorios, de la actual expansión: turismo (por los altos niveles alcanzados tras su normalización), el aumento de población por inmigración y el consumo público (por sus altos niveles y la no aprobación de PGE).
Afortunadamente, el consumo privado se verá todavía favorecido por la continuidad del aumento de la población y por la mejora esperada de la inflación y de las rentas. El gran temor es el empleo, que ante el desborde de los costes laborales empieza a evidenciar señales incipientes de ralentización, que podría acelerarse si la negociación colectiva no se adapta rápidamente a la mejora esperada de la inflación. Por su parte, la bajada de tipos del BCE apoyará una inversión, que se verá beneficiada adicionalmente de la previsible aceleración de los fondos europeos antes de su pérdida a fines de 2026 y de la actual bonanza de la construcción residencial.
En este contexto, es obligado que se impulsen reformas estructurales que configuren un clima más favorable para la inversión empresarial, para mejorar nuestro potencial de empleo y de productividad, como vías obligadas para poder converger en renta per cápita con nuestros socios europeos y prolongar en el tiempo la actual bonanza cíclica.
Las reformas no pueden esperar
Amelia Pérez Zabaleta. Decana-presidenta del Colegio de Economistas de Madrid
Para este año 2026, el consenso de los organismos internacionales establece, para la economía española, un periodo de crecimiento menos intenso, es decir, una fase de normalización tras la recuperación postpandemia. Una ralentización que se sustenta en un menor dinamismo de la demanda externa, en un contexto de débil crecimiento global y de persistencia en las tensiones comerciales. Este año que estrenamos seguirá arrojando un crecimiento en el entorno del 2 por ciento gracias a la demanda interna como principal motor de la economía española.
No obstante, el año 2026 debería ser un año clave para afrontar las reformas estructurales que permitan corregir los desequilibrios internos que amenazan un crecimiento sostenido. El principal desafío para la economía española es la baja productividad. Este déficit de productividad tiene consecuencias claras: limita la capacidad de las empresas para competir en mercados internacionales, reduce el margen para absorber subidas de costes —energéticos, financieros o fiscales— y estrecha el espacio para mejorar los salarios reales sin favorecer una espiral inflacionista. Los fondos europeos ofrecen una oportunidad para revertir esta tendencia, pero su impacto dependerá de la capacidad de ejecución y de su orientación hacia proyectos que eleven la productividad.
Al mismo tiempo, el elevado déficit estructural y el alto nivel de deuda pública reducen el margen de maniobra de la economía española si el ciclo se deteriora. En el mercado laboral, aunque el empleo sigue mostrando fortaleza, persisten problemas como el paro juvenil, la dualidad y la escasa formación en competencias digitales.
Entre la normalización y la incertidumbre estructural
José López Rojas. Economista (PhD en Finanzas). Presidente del Observatorio de IA Aplicada a la Economía Colegio de Economistas de Madrid
Según la OCDE, en 2026 la economía española se situará en una fase de crecimiento moderado, con una expansión del PIB real en torno al 2,2 %, inferior a la registrada en 2025 (2,9 %) y coherente con un retorno a tasas próximas al crecimiento potencial. Este cambio de ritmo refleja el agotamiento de algunos impulsos coyunturales y la necesidad de una estructura de crecimiento más equilibrada.
El consumo privado seguirá teniendo un peso elevado, representando aproximadamente entre el 55 % y el 60 % del PIB, aunque su capacidad para sostener el crecimiento será más limitada que en años anteriores. En este contexto, la OCDE insiste en la conveniencia de reducir la dependencia del consumo como principal motor de la actividad. La inversión, medida como formación bruta de capital fijo, continuará situándose en torno al 20 % del PIB, una proporción inferior a la observada en las economías más avanzadas de la OCDE. Además, su composición sigue siendo clave: el peso de la construcción permanece elevado, mientras que la inversión en activos productivos, tecnológicos e intangibles debe ganar protagonismo para impulsar la productividad. El sector exterior mantendrá una contribución moderada, condicionado por el débil crecimiento europeo.
En el mercado de trabajo, el desempleo se reducirá lentamente hasta situarse alrededor del 10 %, aunque seguirá siendo elevado en comparación con la media de la OCDE. El paro continuará concentrándose en los jóvenes (26–28 %), en los parados de larga duración (en torno al 40 % del total) y en los trabajadores con bajo nivel educativo (18–20 %), frente a tasas inferiores al 7 % entre quienes cuentan con educación terciaria. En este contexto, el crecimiento sostenible en 2026 tendría que depender menos de la creación de empleo y más de avances en productividad, innovación y capital humano.
En el ámbito financiero, la deuda pública permanecerá elevada, alrededor del 105 % del PIB, y seguirá siendo uno de los focos de riesgo macroeconómico según la OCDE. A ello se suma una deuda privada todavía significativa, situada en torno al 160–165 % del PIB, compuesta por la deuda de las empresas no financieras (95–100 % del PIB) y de los hogares (60–65 % del PIB). Aunque la OCDE no considera actualmente la deuda privada como un riesgo inmediato, sí la identifica como un factor de vulnerabilidad en un escenario de endurecimiento prolongado de las condiciones financieras.
España seguirá creciendo por encima de la media europea, pero el estancamiento del PIB per cápita y los riesgos estructurales ponen en duda que los ciudadanos perciban mejoras reales en su bienestar. Diez economistas de primer nivel realizan su análisis sobre las previsiones para este año que acaba de comenzar
Las previsiones económicas para 2026 dibujan un escenario de crecimiento moderado y progresiva desaceleración de la economía española, tras varios años de comportamiento relativamente favorable en comparación con el entorno europeo. Existe un amplio consenso entre los economistas en que España seguirá creciendo por encima de la media de la eurozona, pero lo hará con menor intensidad y sin avances significativos en términos de prosperidad real.
Riesgos en el horizonte
Alicia Coronil, economista jefe de Singular Bank
La resiliencia de la actividad se apoyará principalmente en la demanda interna. El comportamiento del mercado laboral, los flujos migratorios y los reducidos niveles de endeudamiento apoyarán el consumo de los hogares. Al mismo tiempo que contribuirá a impulsar la inversión privada y pública, destacando la aportación al crecimiento de los fondos europeos vía inversión y modernización de infraestructuras estratégicas.
Por el contrario, preocupa el deterioro del sector exterior en un contexto en el que se prevé una moderación de las exportaciones turísticas y en el que la persistencia de las presiones inflacionistas frente al resto de principales economías de la Eurozona podría impactar negativamente vía precios en la competitividad.
Tras años en los que la economía española ha sorprendido al alza, entre los riesgos nacionales que condicionarán las perspectivas destacan la inestabilidad política y la ausencia de reformas estructurales, los escasos avances de la productividad, la creciente preocupación de los hogares por el coste de la vida y el acceso a la vivienda, y el efecto del envejecimiento sobre la sostenibilidad presupuestaria.
El final de los placebos
Daniel Lacalle, economista jefe de Tressis
El gran problema es el final de varios efectos placebo: el de los fondos europeos y el efecto positivo de la caída de las materias primas en las importaciones, que suma al PIB. En ese escenario, una ralentización del ritmo de crecimiento del sector productivo se intentará compensar previsiblemente con mayor gasto público y también con más inmigración.
Así, el Producto Interior Bruto puede mantenerse por encima del 2% tirando, previsiblemente, de deuda, gasto público y del aumento de la población, lo que hace que el PIB per cápita crezca muy poco. En este sentido, se estima que solo avanzará un 1,6% en 2025 y menos del 0,8% en 2026.
Pero, sin duda, el gran reto para este año que acaba de comenzar es el empobrecimiento cada vez más acusado de los españoles. El salario neto real medio ha caído desde el año 2019, lo que se traduce en que, en la actualidad, tres de cada cuatro familias tiene dificultades para llegar a fin de mes, pero también en una carencia material severa, que va en aumento. Todo ello hace bastante complicado que el consumo repunte más allá del efecto producido por el turismo.
A cierre del ejercicio, España seguirá teniendo la mayor tasa de paro no solo de Europa, sino también de los países de la OCDE, con un desempleo efectivo casi sin cambios desde el año precovid, y que asciende a más de 3,4 millones de parados. Con la tasa de actividad casi estancada, el empleo crece únicamente impulsado por el pluriempleo y, de nuevo, por la inmigración y empleo público.
Por otro lado, España tendrá que emitir otros 55.000 millones de euros de deuda neta en 2026, y el coste de la misma se ha disparado de 29.000 a unos 42.000 millones estimados en 2025, lo que supone una nueva subida para este año.
Un crecimiento con deficiencias
María Jesús Fernández, analista sénior de Funcas
El crecimiento económico de España presenta importantes deficiencias, como el hecho de que se sustente fundamentalmente sobre el aporte de mano de obra, y muy escasamente sobre el aumento de la productividad. Esto se traduce en un reducido crecimiento del PIB per cápita y –unido a una regulación inadecuada– en un agravamiento de la escasez de vivienda, por la necesidad de “importar” esa mano de obra.
A largo plazo España carece de las condiciones para incorporarse a la revolución industrial en ciernes, pero a corto plazo este modelo puede seguir funcionando, por lo que, aunque esperamos una ralentización en 2026, también esperamos superar de nuevo la media europea. El turismo abandonará el papel de motor de los últimos años, pero se mantendrá otro de los grandes impulsores: los servicios avanzados a empresas, tecnológicos, profesionales, etc.
La recuperación experimentada en 2025 por la inversión empresarial, cuya debilidad había sido otra gran deficiencia, se agotará a lo largo de 2026, más aún teniendo en cuenta la finalización de los fondos Next Generation. Tampoco esperamos que el repunte reciente en la construcción de vivienda tenga la duración y la magnitud suficiente como para aliviar el problema de escasez, y no albergamos grandes expectativas en cuanto a una significativa recuperación de las exportaciones de bienes.
La inflación se moderará, pero persistirán importantes presiones en alimentos y servicios. El mayor foco de riesgo seguirá localizado en las finanzas francesas, junto a la posibilidad de un ajuste desordenado de precios en los mercados financieros.
La recesión silenciosa
Javier Morillas. Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad CEU San Pablo
Estamos ante un país europeo donde es posible que un gobierno emita deuda pública para comprar empresas privadas. Con una cesta de la compra que ha subido un 40% desde 2020; muy superior al alza salarial. Y con la mayor tasa de paro de la UE. De modo que si no cambian los incentivos es muy difícil que nuestra economía rompa las ligaduras que la constriñen y mejore. Y estimamos un crecimiento económico del 2,2%, que seguirá siendo inferior al crecimiento del gasto público. O sea, el mismo modelo. Una economía dopada por las ayudas Next Generation y la deuda, generando un mayor déficit estructural. Sin reglas de gasto. Con un endeudamiento creciente, por encima de la media comunitaria, porque gastamos más y al gastar más, ponemos también más impuestos que recaen sobre las clases medias, IRPF, e IVA. Entre 2017 y 2025 la recaudación por IRPF ha crecido casi el doble que lo que ha crecido la economía española. Y así seguirá en 2026. Todo para financiar un volumen creciente de gasto público y político que, además de ineficiente e improductivo, no es suficiente para reducir déficit.
De ahí, que nuestro ratio deuda/PIB se haya mantenido 7 años después del pico de la pandemia, mientras los países europeos más dinámicos lo han ido reduciendo. Otros periféricos que crecen bastante como Portugal, Irlanda y Grecia han disminuido su ratio de deuda en un 30%.También creceremos porque -ceteris paribus- somos el país de Europa donde más crece la población, en la medida que permitimos que nuestros vecinos meridionales nos marquen los incrementos poblacionales; con una cualificación marginal que no incrementa nuestra productividad, y sí eleva el total de prestaciones y el paro, dado que en una economía de nivel tecnológico medio-alto y alto, como la española, muchos carecen de encaje laboral. Es decir productividad baja, salarios bajos -dado que éstos vienen marcados por un nivel de renta por habitante que no crece- y empresas pequeñas ahogadas en regulaciones. Con un 25% de PIB/ph en 2024 menos que la media de la eurozona (32.630€, frente a 43.310€. Eurostat, 2025).
Mientras, no es que falte talento en España, es que encuentra acomodo en países vecinos con mayor PIB per cápita, y por tanto mayores salarios, mientras que el nuestro sigue estancado. Pero primeros en la UE en entrada de hachís desde Marruecos y tercero en entrada de cocaína. Con nuestro potencial mineralógico paralizado, problemas energéticos, y sin plan hidrológico. Un país con una inversión exterior ralentizada, y una importante inversión y demanda potencial interior embalsada por desconfianza hacia los gestores públicos.
La realidad estructural frente al espejismo coyuntural
José María Rotellar. Director del Observatorio Económico de la Universidad Francisco de Vitoria
Aparentemente, la economía española se comporta de manera dinámica. Ojalá fuese así. Sin embargo, a la hora de formar las expectativas económicas, debemos tener mucho cuidado para no confundir elementos que pueden transmitirnos un falso espejismo coyuntural sobre la economía en el corto plazo y hemos de ver todos los datos en el contexto estructural de un horizonte más amplio, analizando expectativas empresariales, así como la futura evolución de la renta disponible y del poder adquisitivo de las familias, en un entorno de una inflación que no termina de bajar y que la subida de precios acumulada en los dos últimos años y medio ha dejado mermada la capacidad de compra de las familias.
Es cierto como digo, que la economía resiste en el corto plazo, pero apoyada, como he dicho, en el subsidio y en la eventualidad. Nunca se han firmado más contratos indefinidos que han concluido a los pocos días; nunca ha habido más contratos a tiempo parcial; nunca el nivel del gasto ha sido más alto; nunca, desde la guerra de Cuba, la deuda sobre el PIB ha sido tan alta que en este período.
La economía española no deja de perder productividad y competitividad, y el cambio de modelo económico no está girando hacia una economía más productiva, especializada en productos y servicios de alto valor añadido, sino que marcha en sentido contrario, hacia una economía de bajo valor añadido, con crecientes subsidios y pérdida de capacitación profesional.
Eso provoca que el crecimiento español, además de ser cortoplacista, se impulsa, en gran parte por crecimiento de población, pero con pérdida de prosperidad, como muestra la evolución de PIB per cápita en paridad del poder de compra, donde España ha dejado de converger y ha retrocedido respecto de la media de la UE, quedando en el 90% de la media de la UE, y si no estamos por debajo se debe a la revisión extraordinaria del PIB, que lo ha elevado dos puntos para el mismo año, volviendo a ser potencial receptor de fondos de cohesión a los que optan los países más pobres de la UE.
Por tanto, nos encontramos con una crisis de medio y largo plazo larvada, como lo estuvo en 2007-2008, con una mejoría cortoplacista, pero con un grave problema estructural. Entonces, los mismos que ahora niegan que haya problemas, negaban la crisis de entonces, y llamaban agoreros a quienes lo señalábamos. Ahora, hablan de catastrofismo y de exageración cuando se alerta de los graves desequilibrios, pero sólo ven una foto muy parcial y del instante, no el largo plazo.
La economía puede aguantar todavía un tiempo sin mostrar toda la dureza de la potencial crisis que encierra, puede prolongar el espejismo coyuntural, pero si no se hace nada el problema puede hacerse de una magnitud todavía mayor, para lo que se requerirán medidas más profundas que si se ataja a tiempo.
Los jóvenes al borde del abismo
Rafael Pampillón. Catedrático de Economía de la Universidad CEU-San Pablo y de IE University
España afronta 2026 con una economía que avanza, pero con paso corto. Las previsiones apuntan a un crecimiento más moderado, en torno al 1,8 %, insuficiente para impulsar mejoras sustanciales en el mercado laboral o en el bienestar de los hogares. La razón principal del freno está fuera de nuestras fronteras. Los grandes socios comerciales europeos siguen estancados y nos compran menos. Esto reduce las exportaciones españolas de mercancías. A lo que se une la pérdida de competitividad por nuestra mayor inflación.
Nuestra inflación seguirá siendo más alta que la de nuestros socios comerciales. Por varias razones. En primer lugar, por el aumento de la población que genera mayor demanda de bienes de consumo, sobre todo, alimentos y energía. También por los aumentos de servicios vinculados al turismo, que seguirá registrando cifras récord. Este sector actuará de amortiguador económico, pero también agravará tensiones sociales, especialmente en el acceso a la vivienda. Los precios de los pisos y los alquileres continuarán subiendo en 2026, ante la falta de obra nueva. También por el protagonismo del alquiler turístico, un problema que afecta con especial dureza a los jóvenes.
A las incertidumbres del comercio internacional se suma la revolución de la inteligencia artificial, que absorberá inversión, pero ralentizará la creación de empleo. La situación será especialmente complicada para quienes buscan su primer trabajo. La subida de las cotizaciones sociales y del salario mínimo elevará los costes laborales, y frenará la contratación en sectores de baja productividad.
Al mismo tiempo, España avanza hacia un modelo económico con fortalezas (turismo, digitalización, fondos europeos y estabilidad financiera) y debilidades persistentes (desempleo juvenil, escasez de vivienda, inflación y baja productividad). En conjunto, 2026 se perfila como un año de resistencia. No habrá crisis, pero tampoco un impulso que nos permita hablar de prosperidad. Parafraseando la película de los hermanos Cohen de hace unos años, España no es país para jóvenes.
Más crecimiento en un mundo cambiante
Rosa Duce. Chief Investment Officer de Deutsche Bank España
Cerramos un año 2025 con cierto optimismo. Un año después de la llegada de Trump a la presidencia de EEUU, todo apunta a que el crecimiento económico de este país se irá acelerando gracias a las rebajas de impuestos, al mayor gasto en seguridad y defensa, a los recortes de los tipos de interés, y a eventos puntuales como la celebración del 250 aniversario de su independencia. Sin olvidarnos por supuesto de la IA y su efecto positivo que ya desde hace años se está reflejando en una clara mejora de la productividad de este país.
Si miramos Europa, la ilusión tiene claramente un protagonista: Alemania. El programa de inversión aprobado por su gobierno, que podría alcanzar el 20% del PIB, supone una oportunidad para arrastrar a este país, y por qué no decirlo, al resto de la Eurozona, fuera del estancamiento en el que lleva inmersa desde 2020. Una oportunidad, y también un riesgo, pues tanto dinero sin ir acompañado de reformas estructurales puede ser sólo un alivio temporal.
En cuanto a España, probablemente seguirá brillando, aunque no tanto como en el pasado. El agotamiento del sector turístico, el menor dinamismo de las exportaciones de bienes y la subida de las importaciones pesarán sobre el sector exterior, mientras que consumo e inversión se mantendrán como motores de crecimiento. En suma, un nuevo ciclo económico alcista mundial cuya duración dependerá de la capacidad de los países de enfrentarse a un entorno comercial mucho más proteccionista y en el que cada vez se hace más necesario aprovechar las nuevas oportunidades ligadas a la tecnología, y en especial a la IA. Sin dicha inversión, apenas veremos mejoras en la productividad y la competitividad, y será difícil competir en un mundo donde los actores principales irán cambiando al hilo de las inversiones.
El ciclo empieza a desacelerarse
Gregorio Izquierdo. Director General del IEE
La economía española ha conseguido cerrar el 2025 con un crecimiento del PIB superior al 3%, en el que la contracción de la demanda externa por los mayores aranceles e incertidumbre se ha visto de momento compensada por una incipiente mejora de la demanda interna. Aun así, y a pesar de esta inercia estadística de arrastre, ya se esboza una inequívoca tendencia de desaceleración, por la que nuestro PIB en el 2026 apenas superará el 2%. Y es que asistimos a una pérdida de impulso de los factores críticos, pero inevitablemente transitorios, de la actual expansión: turismo (por los altos niveles alcanzados tras su normalización), el aumento de población por inmigración y el consumo público (por sus altos niveles y la no aprobación de PGE).
Afortunadamente, el consumo privado se verá todavía favorecido por la continuidad del aumento de la población y por la mejora esperada de la inflación y de las rentas. El gran temor es el empleo, que ante el desborde de los costes laborales empieza a evidenciar señales incipientes de ralentización, que podría acelerarse si la negociación colectiva no se adapta rápidamente a la mejora esperada de la inflación. Por su parte, la bajada de tipos del BCE apoyará una inversión, que se verá beneficiada adicionalmente de la previsible aceleración de los fondos europeos antes de su pérdida a fines de 2026 y de la actual bonanza de la construcción residencial.
En este contexto, es obligado que se impulsen reformas estructurales que configuren un clima más favorable para la inversión empresarial, para mejorar nuestro potencial de empleo y de productividad, como vías obligadas para poder converger en renta per cápita con nuestros socios europeos y prolongar en el tiempo la actual bonanza cíclica.
Las reformas no pueden esperar
Amelia Pérez Zabaleta. Decana-presidenta del Colegio de Economistas de Madrid
Para este año 2026, el consenso de los organismos internacionales establece, para la economía española, un periodo de crecimiento menos intenso, es decir, una fase de normalización tras la recuperación postpandemia. Una ralentización que se sustenta en un menor dinamismo de la demanda externa, en un contexto de débil crecimiento global y de persistencia en las tensiones comerciales. Este año que estrenamos seguirá arrojando un crecimiento en el entorno del 2 por ciento gracias a la demanda interna como principal motor de la economía española.
No obstante, el año 2026 debería ser un año clave para afrontar las reformas estructurales que permitan corregir los desequilibrios internos que amenazan un crecimiento sostenido. El principal desafío para la economía española es la baja productividad. Este déficit de productividad tiene consecuencias claras: limita la capacidad de las empresas para competir en mercados internacionales, reduce el margen para absorber subidas de costes —energéticos, financieros o fiscales— y estrecha el espacio para mejorar los salarios reales sin favorecer una espiral inflacionista. Los fondos europeos ofrecen una oportunidad para revertir esta tendencia, pero su impacto dependerá de la capacidad de ejecución y de su orientación hacia proyectos que eleven la productividad.
Al mismo tiempo, el elevado déficit estructural y el alto nivel de deuda pública reducen el margen de maniobra de la economía española si el ciclo se deteriora. En el mercado laboral, aunque el empleo sigue mostrando fortaleza, persisten problemas como el paro juvenil, la dualidad y la escasa formación en competencias digitales.
Entre la normalización y la incertidumbre estructural
José López Rojas. Economista (PhD en Finanzas). Presidente del Observatorio de IA Aplicada a la Economía Colegio de Economistas de Madrid
Según la OCDE, en 2026 la economía española se situará en una fase de crecimiento moderado, con una expansión del PIB real en torno al 2,2 %, inferior a la registrada en 2025 (2,9 %) y coherente con un retorno a tasas próximas al crecimiento potencial. Este cambio de ritmo refleja el agotamiento de algunos impulsos coyunturales y la necesidad de una estructura de crecimiento más equilibrada.
El consumo privado seguirá teniendo un peso elevado, representando aproximadamente entre el 55 % y el 60 % del PIB, aunque su capacidad para sostener el crecimiento será más limitada que en años anteriores. En este contexto, la OCDE insiste en la conveniencia de reducir la dependencia del consumo como principal motor de la actividad. La inversión, medida como formación bruta de capital fijo, continuará situándose en torno al 20 % del PIB, una proporción inferior a la observada en las economías más avanzadas de la OCDE. Además, su composición sigue siendo clave: el peso de la construcción permanece elevado, mientras que la inversión en activos productivos, tecnológicos e intangibles debe ganar protagonismo para impulsar la productividad. El sector exterior mantendrá una contribución moderada, condicionado por el débil crecimiento europeo.
En el mercado de trabajo, el desempleo se reducirá lentamente hasta situarse alrededor del 10 %, aunque seguirá siendo elevado en comparación con la media de la OCDE. El paro continuará concentrándose en los jóvenes (26–28 %), en los parados de larga duración (en torno al 40 % del total) y en los trabajadores con bajo nivel educativo (18–20 %), frente a tasas inferiores al 7 % entre quienes cuentan con educación terciaria. En este contexto, el crecimiento sostenible en 2026 tendría que depender menos de la creación de empleo y más de avances en productividad, innovación y capital humano.
En el ámbito financiero, la deuda pública permanecerá elevada, alrededor del 105 % del PIB, y seguirá siendo uno de los focos de riesgo macroeconómico según la OCDE. A ello se suma una deuda privada todavía significativa, situada en torno al 160–165 % del PIB, compuesta por la deuda de las empresas no financieras (95–100 % del PIB) y de los hogares (60–65 % del PIB). Aunque la OCDE no considera actualmente la deuda privada como un riesgo inmediato, sí la identifica como un factor de vulnerabilidad en un escenario de endurecimiento prolongado de las condiciones financieras.
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