Pocas veces un partido ha dejado una sensación de frustración tan honda como la que se vivió en Elche. No es solo una derrota: es un mazazo que duele en el orgullo, en la clasificación y en el alma. Porque llega ante un rival directo, y esos tres puntos no pesan tres: pesan seis, pesan una losa. Porque aparece justo después de un gol que había encendido la ilusión, ese instante en el que uno cree que el equipo vuelve a levantarse. Y porque te empuja al descenso justo cuando la Liga se detiene, obligándote a convivir con el miedo, con la sombra de un Real Madrid que vendrá a Son Moix jugándose el título. Pocas veces un partido ha dejado una sensación de frustración tan honda como la que se vivió en Elche. No es solo una derrota: es un mazazo que duele en el orgullo, en la clasificación y en el alma. Porque llega ante un rival directo, y esos tres puntos no pesan tres: pesan seis, pesan una losa. Porque aparece justo después de un gol que había encendido la ilusión, ese instante en el que uno cree que el equipo vuelve a levantarse. Y porque te empuja al descenso justo cuando la Liga se detiene, obligándote a convivir con el miedo, con la sombra de un Real Madrid que vendrá a Son Moix jugándose el título.
Pocas veces un partido ha dejado una sensación de frustración tan honda como la que se vivió en Elche. No es solo una derrota: es un mazazo que duele en el orgullo, en la clasificación y en el alma. Porque llega ante un rival directo, y esos tres puntos no pesan tres: pesan seis, pesan una losa. Porque aparece justo después de un gol que había encendido la ilusión, ese instante en el que uno cree que el equipo vuelve a levantarse. Y porque te empuja al descenso justo cuando la Liga se detiene, obligándote a convivir con el miedo, con la sombra de un Real Madrid que vendrá a Son Moix jugándose el título.
Y lo peor es que, por momentos, el castigo parece cruel. El Mallorca de Demichelis jugó con valentía, con ambición. El gol de Pablo Torre —renacido, aunque aún sin el físico para aguantar una batalla completa— era la recompensa a lo que se estaba viendo. El once inicial transmitía intención: Antonio Sánchez improvisado en el lateral —¿qué ocurre con Mateu Morey?— y un Luvumbo eléctrico, descarado, capaz de romper al rival.
Pero todo se derrumbó en nueve minutos. Nueve. El tiempo suficiente para que el Elche diera la vuelta al partido con los goles de Rafa Mir y Tete Morente, que se anticipó a un Toni Lato que ni vio venir la jugada. A partir de ahí, los cambios de Demichelis no solo no ayudaron: empeoraron al equipo. Y para colmo, los que salieron eran probablemente los dos mejores del Mallorca.
Y cuando aún quedaba un hilo de esperanza, llegó el golpe final: Muriqi, el hombre de los 18 goles, falló un penalti que habría significado un empate que, visto con perspectiva, habría sido oro puro. Un penalti que duele más que cualquier ocasión fallada, porque era la tabla de salvación.
Ahora toca apretar los dientes. Toca sufrir. Y toca hacerlo mucho.
Diario de Mallorca – Deportes
