El mallorquinismo necesitaba una alegría de este calibre. La victoria era necesaria, independientemente del adversario, pero la forma en la que derrotó al todopoderoso Real Madrid convierte en todavía más especial lo que sucedió en Son Moix. Solo los más optimistas se habrían atrevido a imaginar una victoria de los bermellones ante los blancos, sobre todo después del doloroso tropiezo en Elche. El mallorquinismo necesitaba una alegría de este calibre. La victoria era necesaria, independientemente del adversario, pero la forma en la que derrotó al todopoderoso Real Madrid convierte en todavía más especial lo que sucedió en Son Moix. Solo los más optimistas se habrían atrevido a imaginar una victoria de los bermellones ante los blancos, sobre todo después del doloroso tropiezo en Elche.
El mallorquinismo necesitaba una alegría de este calibre. La victoria era necesaria, independientemente del adversario, pero la forma en la que derrotó al todopoderoso Real Madrid convierte en todavía más especial lo que sucedió en Son Moix. Solo los más optimistas se habrían atrevido a imaginar una victoria de los bermellones ante los blancos, sobre todo después del doloroso tropiezo en Elche.
Y ahí entra la figura de Martín Demichelis. Hay que concederle al entrenador argentino una buena cuota de mérito de este brillante triunfo, que siempre será recordado por lo que hizo una leyenda llamada Vedat Muriqi en el minuto 91.
Porque el Mallorca, con todos los defectos que arrastra de esta temporada para olvidar, tuvo la cara y los ojos de su preparador. Hacía tiempo que no se veía un equipo con tanta personalidad, por mucho que los adversarios fueran las estrellas de la galaxia blanca. El equipo estaba convencido de que podía ganar y, a pesar del tremendo golpe que supuso el gol de Militao, supo levantarse a tiempo para desatar la locura en Son Moix con el tanto del kosovar. No fue el gol de un ascenso, pero el estadio tembló como si lo fuera.
Demichelis quería ganar el partido y, con el marcador a favor, envió un mensaje de valentía a sus propios pupilos con la entrada de Virgili, Mateo Joseph y David López. No puso el autobús ni sus jugadores recularon diez metros. Los dos atacantes participaron en la acción del gol decisivo y el defensa canterano evitó un remate cantado de Mbappé cuando estaba solo. Eso fue lo importante, pero lo trascendente es que transmitió una personalidad que debe mantenerse hasta el final de la Liga.
Este es el camino correcto para sellar la permanencia, pero hace bien el sudamericano en recordar que no están salvados, ni mucho menos. La jornada ha sido fabulosa, pero ganar al Rayo y al Valencia en Palma se antoja obligado para evitar que regresen los fantasmas. El pie debe seguir apretado en el acelerador y da la impresión de que es el propio Demichelis el que conduce. Este vestuario necesitaba una figura que infundiera respeto, alguien que, cuando alzara la voz, nadie se atreviera a rechistar en un momento tan delicado.
Suena extraño cuando se habla de fútbol profesional, pero en Son Bibiloni hay futbolistas que solo reaccionan a este tipo de conductas, como si los “malos” de la clase, los que se sientan detrás en el autocar cuando van de excursión en el colegio, fueran más de lo que deberían.
Eso sí, tampoco hay que ser injustos. Los jugadores, tantas veces señalados en la derrota, cumplieron de lo lindo. Muriqi es una bendición para este club, pero otros que son foco de muchas críticas, como Mojica o Maffeo, estuvieron a un buen nivel. Y hasta Darder pareció otro, sin parar de ofrecerse a sus compañeros en una posición que le favorece. Valjent estuvo muy atento y Luvumbo sorprendió con sus apariciones. Muchos nombres para una fiesta completa. Ojalá no se acabe aquí.
Diario de Mallorca – Deportes
