Matalascañas, la playa idílica que pierde la batalla contra el mar: “Mi casa se caerá la primera”

Maria José Morera muestra el lugar donde estaba la terraza de su casa, afectada desde hace años por la erosión de la costa.

El sábado 3 de enero Paco Triana y su mujer luchaban para salvar su chiringuito en la playa de Matalascañas. Con tornillos y maderas, iluminados con el móvil de un vecino, ya de noche, aseguraban la estructura mientras las olas de la borrasca Francis empezaban a golpear con fuerza. Esa noche, los daños parecían controlados. Pero el domingo todo cambió. “Los postes que sostenían el chiringuito empezaron a ceder y la policía y los bomberos no nos dejaron acercarnos”, cuenta Triana a unos metros de los restos del negocio que regenta desde hace 32 años. Horas después, se vino abajo como un castillo de naipes.

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Paco Triana, ante los restos de su chiringuito derrumbado por el temporal, este miércoles.  Carmen Forquera, vecina de la urbanización Pueblo Andaluz, muestra los destrozos que causó el temporal.La destrucción del paseo marítimo por el temporal.  Parte de la playa de Matalascañas (Huelva) que se está regenerando con arena.  El temporal ‘Francis’ derribó chiringuitos y puso en jaque las viviendas, mostrando la vulnerabilidad de esta urbanización al borde del Atlántico. Los vecinos piden soluciones  

El sábado 3 de enero Paco Triana y su mujer luchaban para salvar su chiringuito en la playa de Matalascañas. Con tornillos y maderas, iluminados con el móvil de un vecino, ya de noche, aseguraban la estructura mientras las olas de la borrasca Francisempezaban a golpear con fuerza. Esa noche, los daños parecían controlados. Pero el domingo todo cambió. “Los postes que sostenían el chiringuito empezaron a ceder y la policía y los bomberos no nos dejaron acercarnos”, cuenta Triana a unos metros de los restos del negocio que regenta desde hace 32 años. Horas después, se vino abajo como un castillo de naipes.

Este miércoles un camión descargaba enormes piedras para formar una escollera en un intento de proteger lo ya destrozado. El temporal dejó otros tres chiringuitos derrumbados y cuatro afectados, unas 50 casas alcanzadas por el mar, un kilómetro y medio de los 4,5 de paseo marítimo con tramos desaparecidos y, sobre todo, vecinos asustados y enfadados porque —como aseguran— “esto se veía venir”.

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Francis ha visibilizado en el megacomplejo turístico de Matalascañas la vulnerabilidad de las viviendas e infraestructuras que se alzan en primera línea de costa a lo largo del litoral español, con un mar que se acerca cada vez más. Su idílica playa atlántica ―parte de un arenal continuo de 60 kilómetros― se está encogiendo por la falta de arena y, sin esa barrera natural, las edificaciones quedan a merced de un mar que sube de nivel y unos temporales cada vez más frecuentes e intensos debido al cambio climático.

La borrasca sorprendió a la mayoría de los propietarios fuera de Matalascañas, en sus residencias habituales. El megacomplejo turístico, construido a finales de los años sesenta en un bocado que se permitió dar al Parque Nacional de Doñana, se vacía en invierno. En verano, los 3.000 residentes censados se multiplican hasta los 150.000.

Alberto Rivero reside en Sevilla y se presenta sin rodeos como “el dueño de la casa que se caerá la primera”. Las grietas del muro y las baldosas que empiezan a hundirse en el patio de su vivienda, en primera línea de playa de la urbanización Pueblo Andaluz, en la zona de Caño Guerrero —una de las más afectadas por el temporal Francis— confirman sus temores. Desde allí, las vistas al mar continúan siendo espectaculares, pero el paseo marítimo y los accesos a la ahora desaparecida playa, “antaño magnífica”, se han transformado en un terraplén de escombros retorcidos.

“Nací en 1975 y recuerdo perfectamente que, de niño, el paseo marítimo se llenaba de arena. Llegaba hasta los patios de las casas y, a veces, nos costaba andar”, cuenta. La playa era enorme. “Nunca habíamos tenido problemas de arena… hasta que hace ya años empezamos a notar que algo cambiaba”. La sensación que le embarga es “de abandono, porque llevamos cuatro años avisando de que había grietas, de que el paseo marítimo estaba hueco porque el mar se estaba llevando la arena”.

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Él no es un técnico, pero se apoya en un informe del Ministerio para la Transición Ecológica de 2013 para señalar como culpable del desastre al macroespigón de 13 kilómetros inaugurado en el puerto de Huelva en 1983 para facilitar el tránsito de grandes buques. Esta barrera estaría impidiendo que la arena fluya hacia Matalascañas.

Juan Manuel Aguilar, concejal de Servicios de Almonte, municipio al que pertenece la urbanización, apoya esta teoría, mientras resta importancia al papel del cambio climático en lo que está ocurriendo en Matalascañas. Lo hace mientras critica la falta de interés del Ministerio para la Transición Ecológica, que empezó a rellenar de arena la playa un mes antes de la borrasca Francis, con siete años de retraso. A lo lejos se observa el barco que continúa su tarea de dragado y bombeo de arena en una zona de la playa alejada del lugar más afectado. El núcleo urbano ocupa un frente de 4,5 kilómetros frente al mar por uno de ancho. El ministerio tiene previsto un relleno de 700.000 metros cúbicos de arena, además de una mejora de los espigones. El coste es de seis millones de euros.

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Erosión a mansalva

Juan Antonio Morales, catedrático de Geología de la Universidad de Huelva, que estudia desde hace años la dinámica de la playa de Matalascañas, asegura que la hipótesis que apunta al macroespigón como responsable de la situación “no es cierta”. “Pero ha calado hondo en la población y es casi imposible de desterrar”, afirma. “Cualquier barrera colocada en el mar influye en el aporte de sedimentos, pero en este caso afecta a la zona de Mazagón, más cercana, no a Matalascañas, que está a más de 30 kilómetros”.

El problema, añade, es que la urbanización se construyó en una de las áreas con mayor erosión del litoral onubense, “un lugar equivocado de partida”. Morales no culpa a nadie. “Eran los años sesenta y setenta, no existían estudios de dinámica litoral y se construía a ciegas; esos trabajos llegan a España en los noventa. Pasó lo mismo en la costa mediterránea”. Y el cambio climático sí está empeorando la situación. “Cada vez llegan más tormentas, con olas más grandes y vientos más fuertes, y en fechas cada vez más cercanas al verano”, puntualiza.

Torre de vigía

Una prueba del comportamiento cambiante de esta costa son los restos de la torre vigía —la Torre de la Higuera—, construida por Felipe II a finales del siglo XVI y comienzos del XVII, que hoy yacen derrumbados en la costa y aparecen en mil y una fotografías. La erosión de cuatro siglos ha hecho retroceder el acantilado sobre el que se erguía y “ahora está a unos 170 metros de su borde y dada la vuelta, mostrando sus cimientos”, añade Antonio Rodríguez, profesor titular de Geología de la Universidad de Huelva. El retroceso del acantilado a la altura de Matalascañas se estima en unos 0,7 metros al año.

María José Morera conoce bien la regresión del acantilado del Asperillo. Vive encima de él, a unos dos kilómetros del núcleo urbano de Matalascañas, en lo que queda de cuatro casas aisladas conocidas como el Rancho Pichilín, que surgieron después de que su suegro, pescador, se instalará allí hace más de un siglo. El estómago da un vuelco al asomarse al precipicio de 10 metros que se ha tragado ya la terraza de su vivienda, una habitación de la casa de su cuñado, un cuarto de baño… “Hemos tenido que abrir una puerta por la parte de atrás para salir”, muestra. La situación es tal que “mi hija se ha tenido que trasladar a mi casa con sus cuatro niños de entre 9 y 17 años, porque en la suya no se puede vivir”, explica.

María José es limpiadora; su marido, ya jubilado, era pescador. “No somos pudientes, no podemos ir a ningún otro lugar, pero nadie nos da una solución”, asegura, mientras contempla el desastre y cuenta que allí, en el vacío tenían “dos palmeras y un huerto”. “Están aquí desde hace ya cinco generaciones; tienen más derecho que nosotros a que les den una respuesta, aunque no se encuentren en el núcleo urbano”, señala Paco Triana.

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De vuelta a la zona cero del desastre provocado por Francis, Carmen Forquera, propietaria de un chalé en primera línea del Pueblo Andaluz desde 1987, habla de “la pena” de perder “este paraíso”. “Estoy viendo si se cae la casa hoy o mañana”, comenta, mientras critica la dejadez de las administraciones públicas. De poco le sirve que el Ministerio para la Transición Ecológica asegure que “en este momento no se ha identificado un riesgo inminente generalizado para los edificios residenciales” o que reconozca que se debe actuar con anticipación para evitar males mayores a medio plazo. Quieren soluciones.

El Ayuntamiento de Almonte confirma que ninguna casa ha sufrido daños estructurales con el último temporal. Tampoco el edificio Alcotán, inspeccionado por la UME a raíz del temporal, comenta el administrador del inmueble Adolfo de Pablos, que vive en la localidad. “Tengo 53 años, y llevo aquí toda la vida, antes había tormentas y hemos tenido roturas del paseo, y ciclos en los que la arena se perdía, pero volvía; el problema es que desde hace unos 20 años ese equilibrio se ha perdido”, lamenta.

Sin solución definitiva

Ante la magnitud del desastre, cuesta imaginar qué barreras pueden frenar al mar. “No hay una solución definitiva, porque ninguna puede cambiar la erosión que es natural”, advierte el catedrático Morales. Vecinos y el Ayuntamiento rechazan de plano retranquear el paseo marítimo como propone el ministerio, porque no hay sitio y habría que derruir casas. “¿Cómo vas a hacer eso en una urbanización consolidada desde hace años? Afectaría a unas 150 viviendas y a un edificio completo; hay que buscar una solución real», plantea Aguilar, concejal de Servicios de Almonte.

El catedrático propone combinar varios enfoques que tengan en cuenta la naturaleza. “Poner espigones y verter arena para que quede retenida no es suficiente si llegan temporales del sur. Habría que construir, además, un almacén de arena extra delante del paseo marítimo, una duna artificial que lo protegiera. ”La idea es que cuando el mar muerda la duna, esa arena permanezca en el sistema y el oleaje de buen tiempo, del veranito, te la devuelva a la playa”, explica.

La verdadera barrera natural es el sistema dunar, “pero si has edificado encima, tendrás que reconstruirlo como puedas”, dice Morales. Como ejemplo, recuerda lo ocurrido en La Antilla (Huelva), en marzo 2018, cuando todavía no se ponía nombre a las tormentas. “El temporal causó múltiples destrozos en la primera línea de chalés, donde los edificios habían destruido el cinturón de dunas”, cuenta. Pero a apenas un kilómetro, en Islantilla, no ocurrió nada porque se construyó 30 años más tarde con planificación y con un paseo marítimo detrás del cordón de dunas. La buena noticia es que cuando la playa continúa hacia Doñana, cambia de orientación, por lo que allí se mantiene la arena.

La Junta de Andalucía contesta que la competencia en cuanto a la regeneración de playas y la aportación de arena es competencia del Gobierno de España. Aun así, considera que “adaptarse al cambio climático no significa asumir pasivamente sus consecuencias”. Por eso, “resulta imprescindible abordar obras de protección y defensa del litoral” basadas en un conocimiento científico. El ministerio no cuenta todavía con “un proyecto cerrado” que aborde una solución integral, más allá de las actuaciones puntuales. Mientras tanto, los vecinos esperan contar con un paseo marítimo reconstruido para verano. El Ayuntamiento asegura que si no lo hace el Estado, lo harán ellos y reclamarán el coste. Faltan cinco meses.

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