«M.I.A.»: La princesa indomable del cártel

Meter la cabeza en el negocio del narcotráfico costero bajo la falsa promesa de que se trata de un simple trabajo de transporte nocturno suele ser el pasaporte más rápido para terminar devorado por la mafia de Florida. Los Tiger Jonze pensaban que podían mantenerse a flote recogiendo fardos en alta mar sin mancharse las manos, pero el submundo criminal no entiende de neutralidades ni respeta los pactos heredados. La confirmación de este descalabro llega próximamente, el jueves 3 de septiembre, de la mano de SkyShowtime, cuando se estrenen los primeros tres capítulos de «M.I.A.», una adrenalínica propuesta que es, a la vez, sumamente inverosímil y magnética, de nueve episodios (los siguientes se entregan semanalmente) y que prefiere enterrar la sutileza formal para abrazar, con un descaro sangriento, el ritmo frenético de las grandes sagas de venganza.

La crónica de este descenso a los infiernos arranca con una elocuente declaración de intenciones a través de la voz en off de la protagonista sentenciando que los asesinos no nacen, sino que se fabrican a la fuerza. La historia nos sitúa ante la figura de Etta Tiger Jonze, una enérgica muchacha de veintiún años dotada de una memoria fotográfica y enciclopédica que trabaja guiando excursiones entre caimanes en Cayo Largo. Aunque su madre sueña con alejarla del peligro mandándola a la universidad, ella prefiere la adrenalina de la flota pesquera familiar, una tapadera náutica que lleva dos décadas recuperando los cargamentos de droga que el poderoso clan de los Rojas arroja a mar abierto. El conflicto estalla con un dramatismo feroz cuando el veterano capo Isaac, interpretado por el legendario Edward James Olmos, fallece y deja el mando en manos de sus hijos Mateo y Samuel, unos sucesores insensatos que deciden ampliar el negocio hacia el tráfico de personas. La negativa de Etta a cometer esa bajeza moral desencadena una brutal masacre familiar de la que ella logra sobrevivir por puro azar, obligándola a cambiar de identidad y a redactar una lista de doce objetivos criminales a los que exterminar de manera milimétrica.

La arrolladora fuerza de la trama descansa sobre los hombros de Shannon Gisela. La actriz despliega un magnetismo incuestionable para encarnar a una heroína a ratos frustrante, cuya inmadurez e impulsividad la llevan a cometer errores de bulto que dinamitan su propia seguridad. En su huida hacia el corazón de Miami, la narración acierta al cobijarla en la comunidad de inmigrantes haitianos, donde forja una peculiar familia de elección junto a Lovely, una bondadosa balsa defendida con frescura por Brittany Adebumola, y su hermano Stanley, un muchacho neurodivergente encarnado por Dylan Jackson que encuentra en el «yacht rock» el único bálsamo capaz de calmar su asfixia psicológica. Las interacciones de este trío, balanceándose entre la ternura del desamparo y la demencial camaradería de colaborar en una docena de asesinatos, se convierten en el auténtico corazón emocional de la serie.

 

El aparato antagónico se sostiene gracias a la solvencia de intérpretes como Alberto Guerra metido en la piel de Elías, el fiel y sobrepasado capo del cartel, o Marta Milans dando vida a Caroline, la hermanastra encargada de blanquear los dividendos mafiosos a través de un hortera rascacielos inmobiliario en Little Haiti. Aunque el guion de Bill Dubuque a veces peca de tramposo al concederle a Etta facilidades excesivas para localizar a sus presas —como descubrir que su tía Carmen regenta el club nocturno donde se reúnen los gánsteres o entablar amistad con Lena, una hotelera con recursos inusuales interpretada de forma formidable por Tovah Feldshuh—, la producción se las arregla para mantener el interés a flote gracias a un desfile constante de rostros familiares como Mike Colter o Sonia Braga.

Dirigida en sus compases iniciales por Alethea Jones, la serie sufre ciertos baches de ritmo en su ecuador debido a una obsesión por sobre explicar el árbol genealógico, gastando casi una hora del sexto episodio en un flashback que congela la trama del presente. Sin embargo, el tramo final pisa el acelerador con un despliegue generoso de tiroteos y peleas a cuchillo que elevan el recuento de cadáveres hacia un terreno salvaje, cerrando con un potente cliffhanger que deja al espectador con ganas de una segunda entrega. «M.I.A.» no busca el prestigio académico de los premios, sino la adrenalina de los culebrones de acción más gamberros, logrando entregar un pasatiempo veraniego sumamente adictivo.

La melodía de Christopher Cross bajo el fuego

Un detalle muy ingenioso que aporta personalidad a esta producción es el uso contracultural de la música pop de los años setenta y ochenta como un resorte narrativo de primer orden. Al utilizar baladas de «yacht rock» como «Ride Like the Wind» o «Sailing» para calmar las crisis de Stanley en mitad de las incursiones criminales de Etta, el guion construye un delicioso contrapunto irónico entre la violencia física de los bajos fondos de Miami y la suavidad melódica de Christopher Cross. Este recurso alivia la densidad del thriller, dotando a la huida de los protagonistas de un matiz de excentricidad pop muy refrescante.

 El violento desembarco de este thriller criminal en la plataforma SkyShowtime propone una asfixiante cacería humana sazonada con sabor local y «yacht rock»  

Meter la cabeza en el negocio del narcotráfico costero bajo la falsa promesa de que se trata de un simple trabajo de transporte nocturno suele ser el pasaporte más rápido para terminar devorado por la mafia de Florida. Los Tiger Jonze pensaban que podían mantenerse a flote recogiendo fardos en alta mar sin mancharse las manos, pero el submundo criminal no entiende de neutralidades ni respeta los pactos heredados. La confirmación de este descalabro llega próximamente, el jueves 3 de septiembre, de la mano de SkyShowtime, cuando se estrenen los primeros tres capítulos de «M.I.A.», una adrenalínica propuesta que es, a la vez, sumamente inverosímil y magnética, de nueve episodios (los siguientes se entregan semanalmente) y que prefiere enterrar la sutileza formal para abrazar, con un descaro sangriento, el ritmo frenético de las grandes sagas de venganza.

La crónica de este descenso a los infiernos arranca con una elocuente declaración de intenciones a través de la voz en off de la protagonista sentenciando que los asesinos no nacen, sino que se fabrican a la fuerza. La historia nos sitúa ante la figura de Etta Tiger Jonze, una enérgica muchacha de veintiún años dotada de una memoria fotográfica y enciclopédica que trabaja guiando excursiones entre caimanes en Cayo Largo. Aunque su madre sueña con alejarla del peligro mandándola a la universidad, ella prefiere la adrenalina de la flota pesquera familiar, una tapadera náutica que lleva dos décadas recuperando los cargamentos de droga que el poderoso clan de los Rojas arroja a mar abierto. El conflicto estalla con un dramatismo feroz cuando el veterano capo Isaac, interpretado por el legendario Edward James Olmos, fallece y deja el mando en manos de sus hijos Mateo y Samuel, unos sucesores insensatos que deciden ampliar el negocio hacia el tráfico de personas. La negativa de Etta a cometer esa bajeza moral desencadena una brutal masacre familiar de la que ella logra sobrevivir por puro azar, obligándola a cambiar de identidad y a redactar una lista de doce objetivos criminales a los que exterminar de manera milimétrica.

La arrolladora fuerza de la trama descansa sobre los hombros de Shannon Gisela. La actriz despliega un magnetismo incuestionable para encarnar a una heroína a ratos frustrante, cuya inmadurez e impulsividad la llevan a cometer errores de bulto que dinamitan su propia seguridad. En su huida hacia el corazón de Miami, la narración acierta al cobijarla en la comunidad de inmigrantes haitianos, donde forja una peculiar familia de elección junto a Lovely, una bondadosa balsa defendida con frescura por Brittany Adebumola, y su hermano Stanley, un muchacho neurodivergente encarnado por Dylan Jackson que encuentra en el «yacht rock» el único bálsamo capaz de calmar su asfixia psicológica. Las interacciones de este trío, balanceándose entre la ternura del desamparo y la demencial camaradería de colaborar en una docena de asesinatos, se convierten en el auténtico corazón emocional de la serie.

El aparato antagónico se sostiene gracias a la solvencia de intérpretes como Alberto Guerra metido en la piel de Elías, el fiel y sobrepasado capo del cartel, o Marta Milans dando vida a Caroline, la hermanastra encargada de blanquear los dividendos mafiosos a través de un hortera rascacielos inmobiliario en Little Haiti. Aunque el guion de Bill Dubuque a veces peca de tramposo al concederle a Etta facilidades excesivas para localizar a sus presas —como descubrir que su tía Carmen regenta el club nocturno donde se reúnen los gánsteres o entablar amistad con Lena, una hotelera con recursos inusuales interpretada de forma formidable por Tovah Feldshuh—, la producción se las arregla para mantener el interés a flote gracias a un desfile constante de rostros familiares como Mike Colter o Sonia Braga.

Dirigida en sus compases iniciales por Alethea Jones, la serie sufre ciertos baches de ritmo en su ecuador debido a una obsesión por sobre explicar el árbol genealógico, gastando casi una hora del sexto episodio en un flashback que congela la trama del presente. Sin embargo, el tramo final pisa el acelerador con un despliegue generoso de tiroteos y peleas a cuchillo que elevan el recuento de cadáveres hacia un terreno salvaje, cerrando con un potente cliffhanger que deja al espectador con ganas de una segunda entrega.«M.I.A.» no busca el prestigio académico de los premios, sino la adrenalina de los culebrones de acción más gamberros, logrando entregar un pasatiempo veraniego sumamente adictivo.

Un detalle muy ingenioso que aporta personalidad a esta producción es el uso contracultural de la música pop de los años setenta y ochenta como un resorte narrativo de primer orden. Al utilizar baladas de «yacht rock» como «Ride Like the Wind» o «Sailing» para calmar las crisis de Stanley en mitad de las incursiones criminales de Etta, el guion construye un delicioso contrapunto irónico entre la violencia física de los bajos fondos de Miami y la suavidad melódica de Christopher Cross. Este recurso alivia la densidad del thriller, dotando a la huida de los protagonistas de un matiz de excentricidad pop muy refrescante.

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