En la sobremesa de una comida familiar o de un encuentro entre amigos, no es extraño que hoy, en una sociedad cada vez más concienciada con la salud preventiva, surjan conversaciones que tengan que ver con los hábitos de vida: la alimentación, el ejercicio físico, el descanso, el consumo de alcohol… Y es habitual que en esa conversación alguien relativice y minusvalore la importancia de esos hábitos, recordando que la abuela vivió 99 años pese a fumar desde los veinte, o que el bisabuelo tiene ya 105 años y una salud envidiable sin renunciar ni un solo día a su copa de brandy.
Muchos se agarran a la estrategia tramposa de relativizar la importancia de los hábitos saludables señalando casos excepcionales entre quienes disfrutan muchos años de vida
En la sobremesa de una comida familiar o de un encuentro entre amigos, no es extraño que hoy, en una sociedad cada vez más concienciada con la salud preventiva, surjan conversaciones que tengan que ver con los hábitos de vida: la alimentación, el ejercicio físico, el descanso, el consumo de alcohol… Y es habitual que en esa conversación alguien relativice y minusvalore la importancia de esos hábitos, recordando que la abuela vivió 99 años pese a fumar desde los veinte, o que el bisabuelo tiene ya 105 años y una salud envidiable sin renunciar ni un solo día a su copa de brandy.
Son ejemplos paradigmáticos de lo que se conoce como el sesgo del superviviente: sacar conclusiones a partir de casos extraordinarios, ignorando al mismo tiempo la normalidad. Si de cien personas que se lanzan por una pista negra de esquí, con los ojos cerrados y sin protección alguna, sacásemos conclusiones a partir de la única persona que llegó ilesa a la meta: la mejor forma de esquiar es a ciegas, aunque los otros 99 esquiadores restantes sufrieran todo tipo de percances por el camino.
“Hay una parte de la población que mira estos casos extraordinarios como algo de lo que sacar conclusiones. Los científicos, en cambio, intentamos no centrarnos en los casos aislados o únicos, los que se salen de la gráfica; lo que buscamos es la mediana de la población, donde estamos la mayor parte de nosotros, porque ahí es donde se pueden sacar las conclusiones”, afirma Salvador Macip, catedrático de medicina molecular en la Universidad de Leicester.
Ser centenario ya es algo fuera de lo común
Según datos del informe Un perfil de las personas mayores en España 2025, elaborado por el CSIC, en España viven actualmente alrededor de 16.000 personas centenarias, lo que representa apenas un 0,03% de la población. Ese porcentaje ya demuestra por sí solo que llegar a ser centenario es algo que se sale de la norma. “En un país con una esperanza de vida de unos 84 años, ellos son la excepción”, reconoce Antonio Ayala, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Sevilla.
Hasta hace poco, se estimaba que la genética explicaba alrededor del 30% de la duración de la vida humana. Un estudio publicado a principios de año en Science tras seguir a 14.000 gemelos y más de 2.000 pares de hermanos, sin embargo, incrementó ese porcentaje hasta el 55%. Sin embargo, como matiza Consuelo Borrás, líder del grupo de investigación MiniAging del Instituto de Investigación Sanitaria INCLIVA, en las personas centenarias el peso de la genética podría ser incluso mayor.
“En nuestros estudios en centenarios se demuestra que estas personas son más parecidas en su perfil de expresión genético a personas jóvenes que a personas de 80 años, y que los descendientes de centenarios también se asemejan más a los jóvenes y a los centenarios que los no descendientes de centenarios a una edad de alrededor de 80 años”, explica la autora de 100 años no es nada (La esfera de los libros, 2026).
Esta genética, según Antonio Ayala, hace que estas personas “puedan permitirse ciertas licencias, algún mal hábito”. El caso más paradigmático es el de la considerada como mujer más longeva de la historia, la francesa Jeanne Calment, que vivió 122 años y 164 días. Calment era una fumadora reconocida y mantuvo el hábito durante gran parte de su existencia, desde los 21 hasta los 117 años. “Los fumadores que llegan a edades muy avanzadas probablemente presentan una menor susceptibilidad genética, con una respuesta inflamatoria y de estrés oxidativo más baja y procesos de reparación celular más eficaces”, argumenta Borrás, que matiza que casos como el de Calment son “la excepción que confirma la regla y no la evidencia que la refuta”. De hecho, el British Doctors Study, uno de los estudios epidemiológicos más importantes en el campo del tabaquismo, demuestra que fumar ininterrumpidamente desde la juventud multiplica el riesgo de morir prematuramente y que dejarlo permite ganar años de vida.
La investigadora, no obstante, recuerda que, incluso entre los centenarios, la protección genética tiene un límite. Un estudio publicado en 2024 por investigadores de la Universidad de Sapienza, tras analizar a más de 150 centenarios residentes en Roma, demostró que el 83,8% de ellos no había fumado jamás y que solo un 2,7% eran fumadores activos. “Los centenarios fumadores existen, pero son una rarísima excepción incluso dentro del grupo más longevo”, añade. Su opinión la comparte Ayala, que recuerda que, tal y como han demostrado todos los estudios que se han realizado a personas centenarias, en general éstas “mantienen patrones de vida muy saludables: se alimentan bien, no comen en exceso, no fuman, apenas beben alcohol, se mueven, son optimistas, manejan bien el estrés y tienen una vida social activa”.
La importancia de los hábitos
“En general, podemos decir que, para llegar a vivir el mayor número de años posibles con el mejor estado de salud posible, tendríamos que imitar un poco lo que hacen la gran mayoría de los centenarios. El camino entre la salud y la enfermedad lo elegimos nosotros en parte”, añade el catedrático de la Universidad de Sevilla.
Hablar de “vivir el mayor número de años” y no de ser centenarios es un matiz importante. El New England Centenarian Study, uno de los estudios más importantes del mundo sobre centenarios y sus descendientes,concluye que, con hábitos óptimos, las personas deberían alcanzar una esperanza de vida de unos 86 años. Para cruzar la barrera de los 100, en cambio, la genética excepcional resulta imprescindible. “Esto sugiere que el genoma medio, combinado con hábitos óptimos, permite vivir hasta finales de los ochenta y que la mayor parte de lo que determina vivir hasta los sesenta o setenta frente a esa edad octogenaria se explica por las elecciones de estilo de vida. Los hábitos, por tanto, son la palanca principal para la mayoría, pero por sí solos no garantizan una longevidad extrema”, reflexiona Consuelo Borrás.
Luego también está el factor suerte. De hecho, en las conversaciones de sobremesa como las citadas al principio, tampoco son raras las referencias al joven de treinta y cinco años que ha muerto de cáncer de pulmón pese a no haber fumado en su vida y haber llevado una vida de lo más saludable. “Hay algunas personas que no fuman y van a desarrollar cáncer, del mismo modo que tampoco todas las personas que fuman van a tener cáncer de pulmón. Lo que sí están haciendo estas personas es comprar más papeletas para la lotería del cáncer. Es una cuestión de probabilidades”, apunta Salvador Macip.
No obstante, no pudiendo hacer nada para cambiar la genética y aceptando el factor azar, el catedrático recuerda que lo único que está en las manos del común de los mortales para tener una vida más larga y saludable (“Puedes llegar a los 100 años, pero si te estás ahogando desde los 70, no tiene mucha gracia”) son los hábitos de vida. Además de efectos generales sobre la salud, estos tienen efectos muy concretos en el riesgo de determinados cánceres y en el envejecimiento de los tejidos.
Macip concluye: “Nunca son garantía de nada. Al final también puedes salir a la calle y que te atropelle un camión, el factor aleatorio no lo puedes controlar, pero al menos sí puedes mejorar tus perspectivas y tener menos papeletas para la lotería de la enfermedad y de la mortalidad temprana”.
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