Las relaciones entre Tokio y Pekín han emprendido una inquietante escalada desestabilizadora de toda la zona desde la llegada al poder de la primera ministra nipona, Sanae Takaichi. El foro de defensa de Shangri-La en Singapur fue escenario, a principios de mes, de las fuertes críticas de Japón a China, a la que ni siquiera nombró. “Cada país debe poder elegir su futuro por su propia voluntad. Y esta región debe permanecer abierta a todos los países que respeten nuestras normas y principios comunes”, declaró el ministro de Defensa nipón, Shinjiro Koizumi, tras rechazar las acusaciones sobre una posible revitalización del pasado militarista en su país.
El ministro de Defensa nipón, Shinjiro Koizumi, rechaza las acusaciones de que Tokio esté reviviendo su pasado militarista
Las relaciones entre Tokio y Pekín han emprendido una inquietante escalada desestabilizadora de toda la zona desde la llegada al poder de la primera ministra nipona, Sanae Takaichi. El foro de defensa de Shangri-La en Singapur fue escenario, a principios de mes, de las fuertes críticas de Japón a China, a la que ni siquiera nombró. “Cada país debe poder elegir su futuro por su propia voluntad. Y esta región debe permanecer abierta a todos los países que respeten nuestras normas y principios comunes”, declaró el ministro de Defensa nipón, Shinjiro Koizumi, tras rechazar las acusaciones sobre una posible revitalización del pasado militarista en su país.
En noviembre, la primera ministra declaró en el Parlamento que un conflicto en el estrecho de Taiwán podría poner en peligro la supervivencia de Japón, motivo suficiente para una intervención militar nipona en la zona. Sus palabras encolerizaron a China, que considera la isla como parte inalienable de su territorio y nunca ha renunciado al uso de la fuerza para imponer la reunificación. Pekín exigió que Takaichi pidiera perdón y se retractara, pero la recién elegida líder del Partido Liberal Democrático (PLD) convocó elecciones y obtuvo un respaldo histórico para conducir a su país por las agitadas aguas que lo separan de la República Popular.
El declive de Estados Unidos, con el que Japón tiene un acuerdo de defensa, que incluso incluye las islas disputadas con China (llamadas Senkaku en japonés y Diaoyu en chino), exacerba a los sectores más nacionalistas del PLD, que Takaichi apoya. En estos meses, Japón ha levantado el veto a la exportación de armas letales que mantenía desde la II Guerra Mundial, ha probado por primera vez un misil en su territorio y ha comprado a Washington 400 misiles de largo alcance Tomahawk, aunque el Pentágono acaba de anunciar que retrasará la entrega dos años.
Todavía hay defensores del pacifismo inscrito en el artículo 9 de la Constitución, pero en gran medida la juventud japonesa ya no se siente culpable por las atrocidades del militarismo imperial. Los jóvenes quieren un Japón fuerte porque están cansados del estancamiento económico y miran con recelo el expansionismo chino y las capacidades nucleares de Corea del Norte.

Las amenazantes respuestas de Pekín, su retórica agresiva, las advertencias diplomáticas y las diversas sanciones impuestas solo han servido para agravar la crisis y dar razones al ala más radical de Japón para rearmarse contra el avance chino. En enero, las autoridades chinas prohibieron la exportación al país nipón de productos de doble uso civil y militar, como software y tecnología, además de imanes y algunos elementos de tierras raras esenciales para fabricar drones y microchips. En febrero, intensificaron la tensión al incluir en la lista negra de control de exportaciones a 20 grandes empresas japonesas, como Mitsubishi Heavy Industries, Kawasaki Heavy Industries e IHI. Otras 20 entidades se incluyeron en una lista de vigilancia.
Japón se encuentra en una encrucijada por la necesidad de diversificar su suministro de tierras raras, por la incertidumbre que le generan el presidente estadounidense, Donald Trump, y por los retrasos en la entrega de los Tomahawk. Tokio ha ofrecido a EE UU fabricarlos bajo licencia, pero no ha recibido respuesta. Esto impacta directamente en los planes de dotar a las fuerzas de autodefensa de una opción de ataque de largo alcance, uno de los grandes logros de Takaichi en la normalización militar que Pekín también ha criticado con firmeza.
Para mayor irritación de China, Japón y Filipinas —país con el que Pekín mantiene un diferendo fronterizo en el mar del Sur de China— han anunciado que iniciarán “negociaciones formales para delimitar la frontera marítima de la zona económica exclusiva y la plataforma continental” bilateral. Según Pekín, esas negociaciones son “ilegales y nulas” porque esa zona se encuentra al este de Taiwán. En consecuencia, declaró, aumentará las patrullas marítimas en esa área.
Japón y China necesitan salir del peligroso círculo vicioso en que se han encerrado y abrir canales de diálogo. Pekín debe entender los cambios fundamentales operados en el Japón que desató las guerras de 1895 y 1931 y construir una narrativa lo suficientemente pragmática como para fomentar unas relaciones de vecindad estables en el presente y de cara al futuro.
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