La independencia del banco central dura hasta que molesta

La independencia de los bancos centrales es una de esas etiquetas que todo gobernante defiende con entusiasmo en los discursos, en los foros internacionales y ante los mercados, porque parece seria, moderna, responsable y da apariencia de país maduro.

Se busca independencia del gobierno, de los mercados, de los partidos políticos, donde una institución serena, casi monástica, base sus decisiones exclusivamente en datos macroeconómicos analizados por expertos y no en llamadas telefónicas de presidentes nerviosos a las 3 de la madrugada.

La triste realidad es que el problema aparece cuando el banco central decide ejercer esa independencia y sube los tipos, enfría la economía o recuerda que la deuda pública no puede crecer eternamente como si fuera una planta de interior.

Pero los gobernadores, que deberían ser elegidos por sus méritos técnicos, en la práctica son elegidos por los gobiernos que, curiosamente, prefieren candidatos que no les arruinen la fiesta electoral subiendo tipos antes de unos comicios.

Así pues, el banco central, en realidad, se parece mucho al árbitro que todos lo respetan mientras pita a favor. Si baja tipos, es sensible al crecimiento, si los sube, es frío, tecnócrata e insensible, si compra deuda, sostiene la economía, si deja de hacerlo, abandona al país, si advierte sobre el déficit, se mete en política y si calla, es prudente.

La independencia, al parecer, consiste en tener criterio propio siempre que coincida con el del Gobierno de turno.

Desde la Fed que se supone el ejemplo de mayor independencia institucional, pasando por el BCE y terminando en cualquiera de los bancos centrales del mundo, todos sufren las presiones de unos gobiernos que quieren bancos centrales autónomos, pero con sensibilidad política.

Quieren tipos bajos, inflación baja, deuda barata, bolsas felices, crédito abundante, crecimiento elevado y ciudadanos satisfechos, todo a la vez, es decir, la carta completa del restaurante económico, pero sin mirar los precios.

El problema es que esa comodidad tiene factura que no paga el ministro que la encargó, sino el ciudadano que va al supermercado, renueva la hipoteca o descubre que su salario real se ha evaporado. Por eso la independencia monetaria debe existir, para evitar que el dinero se convierta en otra herramienta electoral.

Por Juan Carlos Higueras, doctor en economía y Vicedecano de EAE Business School

 El banco central se parece mucho al árbitro que todos lo respetan mientras pita a favor  

La independencia de los bancos centrales es una de esas etiquetas que todo gobernante defiende con entusiasmo en los discursos, en los foros internacionales y ante los mercados, porque parece seria, moderna, responsable y da apariencia de país maduro.

Se busca independencia del gobierno, de los mercados, de los partidos políticos, donde una institución serena, casi monástica, base sus decisiones exclusivamente en datos macroeconómicos analizados por expertos y no en llamadas telefónicas de presidentes nerviosos a las 3 de la madrugada.

La triste realidad es que el problema aparece cuando el banco central decide ejercer esa independencia y sube los tipos, enfría la economía o recuerda que la deuda pública no puede crecer eternamente como si fuera una planta de interior.

Pero los gobernadores, que deberían ser elegidos por sus méritos técnicos, en la práctica son elegidos por los gobiernos que, curiosamente, prefieren candidatos que no les arruinen la fiesta electoral subiendo tipos antes de unos comicios.

Así pues, el banco central, en realidad, se parece mucho al árbitro que todos lo respetan mientras pita a favor. Si baja tipos, es sensible al crecimiento, si los sube, es frío, tecnócrata e insensible, si compra deuda, sostiene la economía, si deja de hacerlo, abandona al país, si advierte sobre el déficit, se mete en política y si calla, es prudente.

La independencia, al parecer, consiste en tener criterio propio siempre que coincida con el del Gobierno de turno.

Desde la Fed que se supone el ejemplo de mayor independencia institucional, pasando por el BCE y terminando en cualquiera de los bancos centrales del mundo, todos sufren las presiones de unos gobiernos que quieren bancos centrales autónomos, pero con sensibilidad política.

Quieren tipos bajos, inflación baja, deuda barata, bolsas felices, crédito abundante, crecimiento elevado y ciudadanos satisfechos, todo a la vez, es decir, la carta completa del restaurante económico, pero sin mirar los precios.

El problema es que esa comodidad tiene factura que no paga el ministro que la encargó, sino el ciudadano que va al supermercado, renueva la hipoteca o descubre que su salario real se ha evaporado. Por eso la independencia monetaria debe existir, para evitar que el dinero se convierta en otra herramienta electoral.

Por Juan Carlos Higueras, doctor en economía y Vicedecano de EAE Business School

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