Un niño de dos años contempla absorto cómo unas hormigas caminan en fila sobre la arena. Hurga con un palo; algunas trepan hasta su mano. Siente el hormigueo, luego sopla y las ve desaparecer. Sigue observando. A pocos metros, sus padres lo vigilan desde las hamacas mientras charlan, picotean del táper, escuchan la radio y envían algún mensaje. ¿Qué está ocurriendo en el cerebro del niño y de sus padres? “Están funcionando de forma radicalmente distinta”, apunta Charo Rueda, catedrática de Psicología Básica, especialista en desarrollo neurocognitivo y autora del libro Educar la atención.
La atención, la curiosidad y la emoción moldean nuestra percepción del tiempo, y por eso el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores
Un niño de dos años contempla absorto cómo unas hormigas caminan en fila sobre la arena. Hurga con un palo; algunas trepan hasta su mano. Siente el hormigueo, luego sopla y las ve desaparecer. Sigue observando. A pocos metros, sus padres lo vigilan desde las hamacas mientras charlan, picotean del táper, escuchan la radio y envían algún mensaje. ¿Qué está ocurriendo en el cerebro del niño y de sus padres? “Están funcionando de forma radicalmente distinta”, apunta Charo Rueda, catedrática de Psicología Básica, especialista en desarrollo neurocognitivo y autora del libro Educar la atención.
“El niño está en un estado de atención plena sobre un estímulo concreto, y es capaz de priorizarlo frente a otros muchísimos que le rodean, como el sonido del mar, el viento, la temperatura o la radio de su padre”, explica. Ellos, en cambio, están en un estado de atención dividida mucho más superficial, añade la experta: una capacidad que los adultos desarrollamos para desenvolvernos con soltura en múltiples contextos cotidianos, pero que, según la neurociencia, tiene un coste. “Para el niño, esa forma de mirar el mundo activa una intensa comunicación entre distintas redes cerebrales”, explica. No solo le permitirá reconocer las hormigas cuando vuelva a verlas, sino relacionarlas con otros insectos y con nuevos elementos que irá descubriendo. “Es un sistema maravilloso y tremendamente enriquecedor para la capacidad de aprendizaje, la conciencia y la memoria”.
Durante esa escena casual, el tiempo cronológico transcurrirá exactamente igual para todos. Sin embargo, la forma en que lo experimentarán será muy distinta. Y también la manera en que, años después, recordarán aquel día de playa. “El niño seguramente conservará la memoria de haber descubierto las hormigas, y otro día recordará unas ranas. Otro, un pez saltando sobre el agua”, apunta Juan Antonio Madrid, catedrático de Fisiología y experto en cronobiología. Así, poco a poco irá construyendo un mapa de recuerdos densos, variados y llenos de significado. Lo más interesante es que, “cuanto más rica es una memoria, mayor es la sensación de tiempo vivido”, resume el experto. “Por eso, cuando termine el verano y mire atrás, el niño tendrá la impresión de haber vivido muchísimo”.
El arte de ‘cultivar’ la sensación de novedad
En los padres ocurrirá algo diferente. “Ese día probablemente no les produjo ningún aprendizaje nuevo ni un impacto emocional especial, por lo que es muy posible que su cerebro termine descartando ese recuerdo”, explica Madrid. Recordarán menos episodios diferenciados y percibirán esos mismos meses como un periodo mucho más corto. Esa es una de las razones por las que el tiempo parece expandirse durante la infancia. Los niños viven rodeados de novedades y prestan una atención intensa a aquello que despierta su curiosidad. Las semanas parecen larguísimas; los veranos, casi infinitos. En la edad adulta sucede justo lo contrario: buena parte de la vida cotidiana se vuelve previsible y el cerebro deja de registrar muchos acontecimientos como experiencias relevantes. Cuando miramos atrás, el recuerdo aparece mucho más comprimido. Pero hay algo más en juego que la memoria o el aprendizaje.
“La satisfacción con tu vida depende mucho de tus recuerdos y de cómo has vivido tu tiempo”, sostiene Juan Antonio Madrid, que considera que dicha sensación de vida plena no exige necesariamente viajar sin descanso o perseguir experiencias extraordinarias. “A veces basta con sumergirse por completo en una actividad”, comenta. Pintar, tocar un instrumento, dar una clase o cuidar un jardín pueden alterar profundamente la percepción del tiempo. Esa atención profunda también deja huella en la memoria. Y, según el investigador, esa sensación de novedad puede seguir cultivándose.
“Si he visto un campo de lavanda cien veces, todavía puedo detenerme en el olor, en la textura de las flores o en detalles que antes habían pasado desapercibidos”. Esa mirada renovada —cercana a la contemplación o la meditación— permite recuperar parte de la intensidad con la que los niños descubren el mundo. El cerebro decide cada día qué merece ser recordado y qué no. “La atención y la emoción son dos ingredientes fundamentales para construir recuerdos duraderos”, explica Ignacio Morgado, catedrático de psicobiología y experto en memoria.
Según él, la novedad desempeña un papel esencial porque el cerebro interpreta que esa información puede resultar útil en el futuro y le concede prioridad. Además, descubrir algo por primera vez suele provocar una respuesta emocional, aunque sea sutil. “La emoción es el pegamento que hace que las cosas que vivimos queden almacenadas en nuestro cerebro”, resume Morgado. Por eso muchas personas recuerdan con enorme precisión el primer día de instituto, el primer beso, el primer trabajo o el primer sueldo. La primera vez deja una huella especialmente intensa; la segunda, algo menos, añade el investigador: “La quincuagésima, seguramente ninguna”.
¿Y cómo afectan las tecnologías?
En una época dominada por las pantallas, todo ello plantea una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando el cerebro recibe un flujo casi ininterrumpido de estímulos breves, rápidos y cambiantes? “Los niños de hoy están sometidos a un ritmo de estimulación muy distinto al de hace 30 o 40 años”, señala Charo Rueda. Los dibujos, los vídeos o las aplicaciones presentan imágenes, sonidos y cambios de escena a una velocidad muy superior a la de las interacciones cotidianas. Algunas investigaciones muestran que, inmediatamente después de consumir contenidos muy acelerados, disminuye el rendimiento en funciones ejecutivas relacionadas con el control de la atención. “Estamos acostumbrando al cerebro a procesar la información a un ritmo cada vez más rápido”, explica.
Como consecuencia, los estímulos naturales pueden resultar comparativamente lentos o poco atractivos. La investigadora cree que este cambio podría tener efectos también sobre la forma en que los niños experimentan el paso del tiempo, aunque reconoce que todavía faltan estudios para demostrarlo. La hipótesis es que una vida marcada por la sobreestimulación y el salto constante entre estímulos podría dificultar esa atención sostenida con la que se construyen los recuerdos más profundos. Juan Antonio Madrid comparte la preocupación. “Muchas horas delante de las pantallas pasan volando; nos gusta porque nos atrapan, pero luego desaparecen de la memoria. Es como si esas horas nunca las hubieras vivido”.
El verdadero riesgo, sostiene, no es únicamente perder capacidad de concentración, sino empobrecer el recuerdo con el que, años después, reconstruimos nuestra propia biografía. Los expertos se preguntan cómo afectará esta transformación a los niños que están creciendo rodeados de estímulos cada vez más rápidos. “Me pregunto cómo serán su memoria y su capacidad de atención cuando tengan 50 años”, añade Madrid. “Hay que aprender a protegerlas, porque el exceso de información también nos empobrece”. La respuesta, según los expertos, no pasa por renunciar a la tecnología, sino por preservar espacios de atención. “Mirarnos a los ojos, conversar sin interrupciones, observar el entorno con curiosidad…”, enumera Charo Rueda. En última instancia, recuperar esa forma tan propia del Homo sapiens de descubrir el mundo con la emoción y la curiosidad de un niño.
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