La burbuja de la inteligencia artificial: ¿está Silicon Valley y el mundo al borde de una nueva Gran Depresión?

Los gigantes empresariales de la inteligencia artificial aseguran una y otra vez que la costosa tecnología que están desarrollando transformará la sociedad de la misma forma que lo hicieron otras innovaciones como los ferrocarriles, el telégrafo o internet. Sin embargo, no explican que esa prometedora analogía también anticipa una calamidad. Antes de cambiar el mundo para siempre, esos inventos provocaron burbujas que hicieron estallar el mercado por los aires. Prosperaron, pero no sin causar caos económico. Ahora, advierten cada vez más expertos, la industria tecnológica podría protagonizar la madre de todas las crisis, una nueva Gran Depresión. Los gigantes empresariales de la inteligencia artificial aseguran una y otra vez que la costosa tecnología que están desarrollando transformará la sociedad de la misma forma que lo hicieron otras innovaciones como los ferrocarriles, el telégrafo o internet. Sin embargo, no explican que esa prometedora analogía también anticipa una calamidad. Antes de cambiar el mundo para siempre, esos inventos provocaron burbujas que hicieron estallar el mercado por los aires. Prosperaron, pero no sin causar caos económico. Ahora, advierten cada vez más expertos, la industria tecnológica podría protagonizar la madre de todas las crisis, una nueva Gran Depresión.  

Los gigantes empresariales de la inteligencia artificialaseguran una y otra vez que la costosa tecnología que están desarrollando transformará la sociedad de la misma forma que lo hicieron otras innovaciones como los ferrocarriles, el telégrafo o internet. Sin embargo, no explican que esa prometedora analogía también anticipa una calamidad. Antes de cambiar el mundo para siempre, esos inventos provocaron burbujas que hicieron estallar el mercado por los aires. Prosperaron, pero no sin causar caos económico. Ahora, advierten cada vez más expertos, la industria tecnológica podría protagonizar la madre de todas las crisis, una nueva Gran Depresión.

Las razones para presagiar una burbuja de la IA no son solo históricas. En Estados Unidos, la economía está siendo propulsada por la inversión en IA. La mitad del crecimiento del producto interior bruto (PIB) previsto para 2025 —de en torno al 3%— proviene del gasto en centros de datos, chips y enormes cantidades de energía, la infraestructura vital para sustentar esos sistemas. Solo siete grandes empresas tecnológicas —con Nvidia y Alphabet al frente— condensan el 35% del valor del S&P 500, el índice bursátil más importante del país, una concentración de poder mucho mayor que durante la burbuja de las puntocom.

La interdependencia que ata la economía estadounidense con los gigantes de la IA es un arma de doble filo. Por un lado, la fiebre inversora en esta tecnología aleja el fantasma de la recesión al espolear un crecimiento que, de otra forma, sería mucho más lento. Pero, por el otro, existe el peligro de que si las promesas de la IA no se cumplen y su negocio se tambalea arrastren al resto del país consigo.

Silicon Valley, meca de la industria tecnológica estadounidense, habrá destinado este año entre 300.000 y 400.000 millones de dólares en IA. Una inversión sin precedentes que supera la riqueza nominal de hasta 176 países, más del 80% del mundo. Se espera que ese volumen supere los 700.000 millones en 2026. Aunque los magnates de la industria aseguran una y otra vez que necesitan más potencia informática, el alcance de algunos planes es tan desmesurado que levanta sospechas. Sam Altman, de OpenAI, ha dicho que su objetivo es alcanzar una capacidad computacional de 250 gigavatios para 2033, equivalente al consumo eléctrico total de la India.

Ese gasto colosal hace que el sector esté aún muy lejos de generar un volumen de ingresos que compense su inversión. Para nivelarla, deberían generar 2 billones de dólares anuales en ingresos para 2030, según cálculos de la consultora Bain, más que los ingresos combinados de Amazon, Apple, Google, Microsoft, Meta y Nvidia en 2024. «No es en absoluto un negocio viable», explica la periodista Karen Hao, autora del ensayo El Imperio de la IA.

En ese sentido, el principal temor a una burbuja se sustenta en que la demanda empresarial de IA será más lenta o menor de lo que se proyecta, lo que significa que las previsiones de beneficios del sector son demasiado optimistas. Si no se obtienen resultados que justifiquen sus elevadas valoraciones, la burbuja explotará. A eso se le suma que la exuberante inversión en IA se articula, en gran parte, a través de acuerdos circulares en los que proveedores de chips como Nvidia invierten en empresas de IA que luego dirigen ese dinero a comprar sus chips.

Al contar con un sólido flujo de caja, los gigantes de Silicon Valley podrían permitirse absorber un costoso error de cálculo. Aun así, algunos como Google, Meta u Oracle ya están recurriendo a los mercados de deuda para financiar sus inversiones. Sin embargo, la historia puede ser distinta para las start-ups que, como OpenAI o su rival Anthropic, aún no son rentables. Su presunta salida a bolsa en 2026 no hará más que aumentar la presión.

Más allá del bombo publicitario, OpenAI ilustra mejor que ninguna otra empresa la incertidumbre que rodea la IA. Tres años después de propiciar una carrera comercial global con el lanzamiento de ChatGPT, la firma lidera el mercado de los chatbots por delante de pesos pesados del sector. Su valor se estima en 500.000 millones de dólares. Y, aún así, está en números rojos. Su abultada inversión de más de 1,3 billones en data centers y chips hacen que no prevea obtener beneficios hasta 2030. En 2028, sus pérdidas operativas podrían superar los 74.000 millones, según documentos financieros internos obtenidos por The Wall Street Journal.

El sector justifica esa desorbitada inversión con dos promesas. La primera es que la IA se extenderá entre usuarios y empresas para acelerar la productividad. «La IA tiene el potencial de dar paso a una nueva era de innovación humana», ha augurado el magnate Elon Musk, dueño de la firma xAI. La segunda, que se traducirá en el alumbramiento de una máquina con una cognición superior a los humanos.

Ambas promesas se tambalean, haciendo que el riesgo a una burbuja sea real. En agosto, un estudio del MIT advirtió que un 95% de los programas piloto de IA en las empresas tienen un impacto mínimo o nulo en su cuenta de resultados, un fenómeno confirmado por otros análisis. Por otro lado, la promesa de una hipotética superinteligencia es «poco probable», según el Premio Nobel de Economía Daron Acemoglu y la idea de que está a la vuelta de la esquina es definida como una «ilusión» por Ramón López de Mántaras, pionero de la IA en España.

Aun así, sirven como estrategia para atraer el dinero de los inversores. Las elevadas valoraciones de las llamadas Big Tech se apoyan en la suposición de que el monumental derroche de capital actual acabará generando beneficios. Sea o no verdad, ese mantra explica que la cotización bursátil de Nvidia, Apple, Alphabet, Microsoft y Amazon se haya catapultado hasta superar los dos, tres, cuatro e incluso cinco billones de dólares, cifras nunca antes vistas. Al fin y al cabo, Silicon Valley se basa en el futuro.

Que la IA vive una burbuja empieza a ser ya una realidad compartida en el sector tecnológico, pero no todo el mundo está de acuerdo en que está sobrevalorado. Sundar Pichai, director general de Google, ha reconocido que hay cierta «irracionalidad» en el frenesí inversor actual y que «ninguna empresa será inmune» al estallido de una crisis. Altman, de OpenAI, cree que los inversores están «excesivamente emocionados». «Alguien va a perder una cantidad ingente de dinero. No sabemos quién será», confesó en agosto.

Wall Street ha descartado tildar la fiebre de la IA de burbuja para seguir exprimiendo la euforia presente en el sector. Las burbujas solo estallan después de haber agotado hasta la última gota de optimismo y confianza. Eso es lo que lleva a varios expertos a señalar que los vaticinios de Burry tardarán en cumplirse. Según Goldman Sachs, los desequilibrios del actual mercado tecnológico hacen que se asemeje al de 1997, varios años antes de que estallara la burbuja puntocom.

Aun así, los mercados empiezan a mostrar signos de nerviosismo. El proveedor de servicios en la nube de IA CoreWeave ha visto cómo, en solo seis semanas entre noviembre y diciembre, se evaporaban 33.000 millones de su valor. En la segunda mitad de 2025 sus acciones se han desplomado más de un 56%. Tras asumir deuda con un elevado interés para financiar su apuesta por la IA, Oracle se hundió más de un 40% entre septiembre y diciembre. A pesar de ello, ambas han cerrado el año en números verdes.

Si tomamos la historia como guía, las burbujas son una parte intrínseca de las tecnologías más disruptoras. El historiador económico Carl Benedikt Frey, profesor de IA y Trabajo en el Oxford Internet Institute, argumenta que su estallido no sería perjudicial para el desarrollo, pues entiende que la presión obligará a las empresas a desarrollar sistemas más eficientes y que, como pasó en la crisis de las puntocom, la corrección del mercado nos dejará las tecnologías más útiles. La burbuja de finales de los 90 arrasó muchas webs, pero consolidó a Amazon como gran gigante digital. Ahora, OpenAI y demás podrían correr la misma suerte.

Esas presuntas mejoras pueden tardar años en materializarse, dejando un reguero de dolor por el camino. Y es que, más allá de la visión macroeconómica, cuando las burbujas pinchan los ciudadanos de a pie sufren. Hay quien cree que OpenAI puede ser la próxima Apple, una apuesta de futuro. Sin embargo, también podría convertirse en una empresa too big to fail (demasiado grande para caer), un coloso que, como pasó con los bancos quebrados en 2008 y 2009, deba ser rescatado con el dinero de todos. «Las burbujas estallan, los mercados financieros se desploman, los inversores cuentan sus pérdidas y la gente pierde sus medios de vida», ha advertido Natasha Sarin, profesora de Derecho en la Universidad de Yale.

 El Periódico de Aragón – Tecnología 

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