Jean-Luc Mélenchon: “La derecha ya no tiene nada que proponer salvo el miedo”

Mélenchon, en su despacho, el pasado martes.

Jean-Luc Mélenchon (Tánger, 74 años) había arrasado el domingo en la calle. Puesta de largo de la campaña electoral. Saint-Denis, tierra de reyes, suburbio parisino convertido en epicentro de la inmigración y la multiculturalidad. Pero también el material narrativo que teje esa idea de la Nueva Francia que el líder del partido de extrema izquierda La Francia Insumisa (LFI) ha lanzado para conquistar las periferias en las elecciones presidenciales de la primavera de 2027. Y, de paso, esos 400.000 votos que faltaron en las últimas para pasar a la segunda vuelta.

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 El líder del partido de extrema izquierda La Francia Insumisa, que lanzó su campaña el pasado domingo en la periferia parisina de Saint-Denis, es el único candidato claro ahora mismo a las presidenciales francesas de 2027  

Jean-Luc Mélenchon (Tánger, 74 años) había arrasado el domingo en la calle. Puesta de largo de la campaña electoral. Saint-Denis, tierra de reyes, suburbio parisino convertido en epicentro de la inmigración y la multiculturalidad. Pero también el material narrativo que teje esa idea de la Nueva Francia que el líder del partido de extrema izquierda La Francia Insumisa (LFI) ha lanzado para conquistar las periferias en las elecciones presidenciales de la primavera de 2027. Y, de paso, esos 400.000 votos que faltaron en las últimas para pasar a la segunda vuelta.

Mélenchon, apasionado de la cultura latina, capaz de hablar un español perfecto y elogioso de la política del actual Gobierno de Pedro Sánchez, recibe a EL PAÍS y a otros tres periodistas del grupo de periódicos europeos Lena el martes por la tarde. Está contento. Todo marcha bien. Hasta que algunas preguntas le sobresaltan. Su figura sigue siendo extremadamente divisiva. También en la izquierda. Pero hoy es el único candidato claro en ese espectro ideológico donde reinan el caos y las peleas cainitas entre varios proyectos de candidatura. También en el centro y el centroderecha, que se disputan a golpe de encuesta la posibilidad de competir en la primera vuelta para frenar a la ultraderecha en la segunda. Él está tranquilo. Cuanto más lío, mejor. Está seguro de que estará en la batalla final.

P. ¿La idea de la nueva Francia es una narrativa contra la teoría del gran reemplazo de la extrema derecha?

R. De Gaulle, Jospin o Valérie Pécresse ya habían utilizado este concepto. Pero se volvió explosivo porque en 2024, cuando la extrema [derecha] era favorita para ganar las legislativas, constatamos una realidad: hoy uno de cada tres franceses tiene un antepasado extranjero. En mi época era uno de cada diez. La Nueva Francia es eso: la Francia real y concreta. Y cuando el domingo vi a toda aquella multitud, se me saltaron las lágrimas. Somos los únicos construyendo un relato integrador frente al relato de la extrema derecha. Hablamos de las mujeres, de los jóvenes, de los mayores, de todo el mundo. La Nueva Francia es la Francia de hoy.

P. Esta es su cuarta campaña presidencial. ¿Por qué iba esta vez a poder alcanzar la segunda vuelta?

R. Francia ha sido destruida por 40 años de neoliberalismo. Siempre pensé que la crisis acabaría enfrentando dos principios: cada uno por su cuenta o todos juntos. Al final, la disputa será entre los fascistas y nosotros. He organizado toda mi estrategia alrededor de esa división.

P. Hay más izquierda que usted.

R. La socialdemocracia europea, al aceptar el Tratado de Lisboa y las reglas neoliberales, renunció a escribir un verdadero programa de ruptura. Los socialistas, el centroizquierda y los moderados siguieron todos ese camino. En todas partes sus coaliciones acabaron allanando el camino a la extrema derecha. Lo vimos en Italia antes de Meloni y lo vemos en otros lugares de Europa. En Alemania puede terminar especialmente mal.

P. ¿Cómo logrará pasar de la primera a la segunda vuelta?

R. No creo en el pronóstico de una extrema derecha ya instalada en el 33 o el 35%. Las encuestas funcionan cada vez peor en una sociedad donde las categorías sociales ya no se corresponden con un voto. En las elecciones presidenciales de 2022, las encuestas me situaban 20 puntos por detrás de Marine Le Pen al comienzo de la campaña. Al final hubo solo 400.000 votos de diferencia. Por un punto, la habríamos dejado fuera de la segunda vuelta. Nada demuestra que Francia se haya vuelto más racista o más fascista desde entonces, salvo que la cólera contra el poder de Macron es inmensa.

P. ¿La derecha y la izquierda moderadas ya no existen?

R. El mundo ha cambiado. Incluso EE UU ha enterrado el neoliberalismo, con los aranceles y el fin del libre comercio tal como lo conocíamos. La derecha ya no tiene nada que proponer salvo el miedo a los musulmanes, a los árabes y a los negros. Eso no es un proyecto. De Gaulle invocaba la grandeza de Francia. Giscard hizo reformas, como el voto a los 18 años o el derecho al aborto. Después no hubo nada, salvo Sarkozy y el bling-bling. Cuando la derecha se vacía de contenido, se desliza hacia lo fácil: señalar chivos expiatorios.

P. ¿Cómo reunirá a la izquierda?

R. Ya lo hicimos en las presidenciales de 2022. Obtuvimos el 22% de los votos y el Partido Socialista, el 1,67%. En Francia, todo el mundo quiere ser candidato a la presidencia para existir. Eso genera ruido al principio, pero no necesariamente al final. La verdadera unión se producirá sobre el terreno. No creo que sea útil buscar acuerdos con direcciones políticas que se definen ante todo como “anti-Mélenchon”. Han sembrado odio y desconfianza entre los electorados.

P. Pero necesitará a todos los votantes de izquierda en una hipotética segunda vuelta…

R. Sí, pero ocurrirá por sí solo. Quien llegue primero atraerá de manera orgánica a los demás. Es una apuesta por los seres humanos. Yo tampoco habría imaginado nunca votar a Chirac en 2002.

P. Su programa exige mucho gasto. Pero pagar la deuda se ha convertido en la primera partida del presupuesto francés.

R. Hay que cambiar eso. Quienes deban pagar, pagarán. La empresa Total no ha pagado impuestos en los últimos cuatro años porque nos dicen que no obtiene beneficios en Francia. Tienen que dejar de tomarnos por idiotas. Y luego están quienes se han convertido en multimillonarios y escapan a los impuestos. Es el Antiguo Régimen, estamos en 1788. Francia tiene una gran deuda, pero quienes pueden pagar no quieren pagar. Vamos a invertir esa situación.

P. ¿Teme episodios de violencia durante la campaña presidencial?

R. Sí, porque los actores de la extrema derecha se han vuelto muy agresivos y muy audaces. Pero también existe, en mi opinión, un riesgo de injerencias extranjeras. Los servicios secretos franceses nos han alertado sobre injerencias israelíes en Marsella y Toulouse, mediante una campaña organizada por una agencia de influencia vinculada al Gobierno de Netanyahu.

P. ¿Se arrepiente de algunas frases que han sido calificadas de antisemitas?

R. Sufro esa calumnia desde 2009. Algunos de mis adversarios, al no encontrar otro ángulo de ataque, empezaron a llamarme antisemita y racista, sin tener en cuenta ni mi vida ni todo lo que he hecho. Esto no empieza con una frase reciente concreta. Es una construcción antigua, política, destinada a desacreditarme. A fuerza de repetirlo, terminan fabricando una evidencia. Es como quienes repiten ahora que yo sería “el personaje más odiado” según las encuestas. Es una mentira. Soy el hombre que cuenta con más apoyo dentro de toda la izquierda.

P. Sus adversarios afirman que su posición y su estrategia en la banlieue forma parte de una estrategia electoral comunitarista. ¿Qué responde?

R. Es un planteamiento racista. Mi visión del mundo es universalista. Soy un hombre de izquierdas ultratradicional. No divido al pueblo en comunidades electorales. Cuando elegimos Saint-Denis, cuando hablamos de Nueva Francia, de criollización o de mestizaje, no es para encerrar a la gente en un origen. Es para decir que Francia también es eso. La idea de que barrio popular equivale a musulmán y musulmán equivale a antisemita es odiosa.

P. ¿Puede la elección francesa convertirse en un punto de inflexión para Europa y para el mundo?

R. La victoria de la extrema derecha no es inevitable. Si la izquierda francesa puede derrotarla, entonces también puede ocurrir en otros lugares. Aunque, por supuesto, la situación sigue siendo muy volátil.

P. ¿Puede cerrarse el ciclo trumpista?

R. El trumpismo nació del final del liberalismo y del hundimiento de la socialdemocracia. Es una forma de supremacismo. Una especie de pseudodarwinismo social, aunque Darwin era de izquierdas. Pero en Europa el auge trumpista llega en un momento particular. Las elecciones van a celebrarse prácticamente una tras otra en varios países. Si ganamos, podemos invertir el ciclo.

P. Si usted fuera presidente, ¿qué haría en la UE?

R. Nunca hemos dicho que abandonaríamos el euro; no veo cómo podría hacerse algo así, dado el desorden existente. Lo que podía decirse hace 10 o 15 años ya no tiene el mismo sentido hoy. Del mismo modo, no saldremos de la UE. Pero diremos claramente que el modelo económico está obsoleto.

P. ¿Qué habría que hacer?

R. Proponer otra cosa. Y esta vez tenemos una oportunidad. Cuando vayamos a hablar con los alemanes, quizá tengan un tono diferente. Cuando se hayan estrellado con sus gobiernos de gran coalición y los fascistas llamen a sus puertas, los alemanes serán como cualquier otro pueblo. No tendrán ganas de encontrarse en medio de un incendio general. Entonces nos escucharán.

P. ¿Es España un modelo a seguir?

R. Se decía que ustedes estaban perdidos, pero la maldición del Gobierno español se convirtió en su bendición. Desde el momento en que aprobaron el primer presupuesto, ya no hubo mayoría para aprobar otro. Así que cada año han prorrogado el mismo: un presupuesto redistributivo. ¿Tiene España un crecimiento del 3,8% porque cultiva más tomates? ¿Porque ha conseguido atraer más turismo? No. Es porque tiene un presupuesto redistributivo. No estoy diciendo que España sea un paraíso en la Tierra. Pero ha demostrado que este método funciona, mientras que el resto de países ni siquiera alcanzan el 1% de crecimiento. Alemania lleva en recesión tres años consecutivos. ¿Dónde están los buenos alumnos, los que brillaban, los que decían que había que imitarlos?

P. ¿Es España un ejemplo político para la izquierda europea?

R. Es muy interesante. Primero, porque hay un partido socialdemócrata que no tuvo miedo de aliarse con la izquierda radical. Sánchez ha impulsado un presupuesto redistributivo, funciona, y además constituye un ejemplo en política exterior y en el rechazo al alineamiento con Estados Unidos. Si llegamos al poder, construiremos una especie de polo no alineado dentro de Europa.

P. ¿Podría trabajar con Meloni?

R. Meloni es una dirigente de extrema derecha, no hay ninguna duda. Pero si uno empieza a escoger aliados, amigos o socios únicamente entre quienes piensan exactamente igual, no quedará mucha gente. Francia debe hablar con los gobiernos progresistas de América Latina, pero eso no basta. También debe construir un frente con la Europa latina. Eso es seguro.

P. ¿Qué haría en materia de defensa europea?

R. Todo el mundo ha decidido armarse hasta los dientes. ¿Para qué? ¿Para hacer frente a la amenaza rusa? ¿Quién está realmente convencido de que Rusia planea invadir Alemania, Francia o Bélgica?

P. Los bálticos, los polacos o los finlandeses sí temen esa invasión…

R. Muy bien, admitamos esa tesis. Estamos vinculados por una cláusula de defensa en el tratado de la Unión Europea. Nuestra posición es clara: Francia ha sido invadida cuatro veces por un país vecino. Por eso siempre hemos estado en contra de la invasión, como en el caso de Ucrania. Acogemos refugiados rusos. Pero afirmamos que la única vía es la negociación para poner fin a la guerra.

P. Si fuera elegido presidente, ¿reanudaría el diálogo con Putin?

R. Después de cuatro años, quizá Putin esté más dispuesto a hablar de paz. La discusión es necesaria, pero sobre bases claras. Primero: cualquier cambio de fronteras debe ir acompañado de una consulta a las poblaciones afectadas. Segundo: Los rusos deben ofrecer garantías de seguridad a los ucranios y a los europeos. Y viceversa. ¿Quién protege las centrales nucleares? ¿Quién desmina el mar Negro? ¿Qué garantías existen sobre las fronteras? ¿Qué garantías habrá respecto a los misiles de alcance medio? Esas son las bases para retomar un diálogo concreto.

P. ¿Cree que usted tendría mejor acogida en Moscú que Macron?

R. Mi política es distinta. Es de no alineamiento e independencia. Y además es más coherente que la de Macron, que llegó incluso a hablar de enviar tropas. Por tanto, confiarían más en nosotros, no por razones románticas, sino por una cuestión de realismo. Nuestro interés común es poner fin a la guerra.

P. ¿Y también cree de verdad que es el interés de Putin?

R. Su interés es que la tensión disminuya, no que aumente. Puedo equivocarme, pero esa es mi apuesta.

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