Cuando hablamos de salud, cáncer y corazón van de la mano. Y no solo porque ambas patologías comparten ciertos factores de riesgo, como hipertensión, diabetes, obesidad, sedentarismo, tabaco… sino también porque muchos tratamientos tienen una toxicidad asociada y pueden impactar en el sistema cardiovascular.
Ahora una investigación del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) ha identificado por primera vez que la hipertensión crea una vulnerabilidad metabólica oculta en el corazón que se descompensa con las antraciclinas. El riesgo es mucho mayor cuando existe hipertensión arterial previa.
Las antraciclinas son un tipo de tratamiento oncológico, una clase de fármacos quimioterapéuticos en concreto (como la doxorrubicina y la daunorrubicina), ampliamente usados desde hace décadas frente al cáncer.
Su extraordinaria eficacia frente a numerosos tumores sólidos y hematológicos ha hecho que, incluso hoy, sigan considerándose fármacos de primera línea, administrados solas o en combinación con otras terapias.
Entre los cánceres donde las antraciclinas continúan siendo la piedra angular del tratamiento se encuentran los linfomas, leucemias, sarcomas, cáncer gástrico y diversos subtipos de cáncer de mama.
Sin embargo, su efectividad ha sido limitada por su potencial de causar toxicidad cardíaca o cardiotoxicidad, una complicación que puede progresar hacia la disfunción cardíaca o incluso insuficiencia cardíaca, especialmente tras dosis acumuladas y que si bien se da en un porcentaje reducido de personas tratadas.
Este daño puede progresar a insuficiencia cardíaca crónica, un mal que afecta al 5% de los supervivientes de cáncer que reciben estas terapias. Esto significa que, solo en Europa, más de un millón de personas viven con insuficiencia cardíaca como consecuencia tardía de un tratamiento que, por otro lado, les resultó curativo, informa el CNIC en un comunicado.
Los estudios epidemiológicos han demostrado que quienes presentan condiciones cardiovasculares previas, como hipertensión arterial, diabetes, obesidad o hipercolesterolemia, tienen un riesgo significativamente mayor de desarrollar cardiotoxicidad tras recibir antraciclinas. De todas estas condiciones, la hipertensión arterial es la que de forma más consistente se ha asociado a un riesgo incrementado.
“Sabíamos desde hace años que la hipertensión arterial aumentaba claramente el riesgo de cardiotoxicidad por antraciclinas, pero desconocíamos por completo el mecanismo subyacente”, explica el comunicado el Dr. Borja Ibáñez, director científico del CNIC, cardiólogo de la Fundación Jiménez Díaz, jefe de grupo en el CiberCV, e investigador principal de este estudio.
“Esa falta de comprensión impedía desarrollar estrategias específicas de prevención”, añade.
En este nuevo trabajo, realizado en el CNIC en un modelo experimental similar al humano, el equipo indujo una sobrecarga de presión crónica en el corazón -equivalente a la hipertensión arterial- durante meses antes de administrar un régimen de antraciclinas comparable al utilizado en oncología clínica.
Los resultados fueron concluyentes: Los sujetos con sobrecarga de presión previa desarrollaron insuficiencia cardíaca con mucha mayor frecuencia que aquellos expuestos solo a antraciclinas. Además, presentaron mayor mortalidad y peor evolución general, reproduciendo fielmente las observaciones epidemiológicas humanas.
El Dr. Carlos Galán-Arriola, primer autor del estudio en investigador en el Laboratorio Traslacional para la Imagen y Terapia Cardiovascular que lidera el Dr. Ibáñez, destaca la importancia de la aproximación integradora: “Hemos podido observar que ni la hipertensión ni las antraciclinas son suficientes por sí solas para generar un daño cardíaco severo. Pero cuando coinciden, desencadenan una tormenta perfecta. Lo verdaderamente novedoso es que identificamos una vulnerabilidad metabólica previa, silenciosa, que se hace evidente solo cuando el corazón sufre el estrés añadido de las antraciclinas”.
El equipo demostró que la hipertensión crónica produce una fragilidad energética latente: altera la capacidad del corazón para adaptarse a demandas metabólicas, reduce la flexibilidad energética, y genera un estado de “reserva limitada”, aún compensado gracias a una función mitocondrial aparentemente normal.
Cuando se administran antraciclinas -que dañan directamente la mitocondria- esta compensación se rompe, precipitando el deterioro funcional del corazón. En una fase final, el estudio exploró una posible estrategia preventiva mediante el uso de mavacamten, un inhibidor selectivo de la miosina utilizado en la miocardiopatía hipertrófica. En experimentos in vitro, mavacamten logró prevenir el daño cardíaco inducido por antraciclinas en condiciones de sobrecarga de presión.
“Si estos resultados se confirman en estudios clínicos, podríamos estar ante la primera terapia específicamente orientada a prevenir esta complicación grave en individuos con hipertensión”, señala el Dr. Ibáñez.
El estudio tiene implicaciones directas para la cardio-oncología y la cardiología preventiva. Se ha llevado a cabo utilizando técnicas altamente traslacionales como resonancia magnética avanzada, espectroscopía por RM, PET y análisis moleculares, lo que permite una rápida transferencia al entorno clínico.
El Dr. Valentín Fuster destaca el valor del hallazgo desde una perspectiva clínica más amplia: “Este trabajo representa un avance fundamental: identificar vulnerabilidad antes del daño clínico es el tipo de medicina anticipativa hacia la que debemos movernos. La prevención personalizada basada en mecanismos es el futuro de la cardiología moderna”.
El trabajo contó con financiación de la Comisión Europea (ERC); el Ministerio de Ciencia e Innovación de España; la Fundación “la Caixa” y la Comunidad de Madrid a través de la Red Madrileña de Nanomedicina en Imagen Molecular.
Un equipo del CNIC ha identificado por primera vez el mecanismo biológico que explica esta susceptibilidad y explorado una posible estrategia preventiva que, de confirmarse, podría ser la primera terapia orientada a prevenir esta complicación grave en individuos con hipertensión
Cuando hablamos de salud, cáncer y corazón van de la mano. Y no solo porque ambas patologías comparten ciertos factores de riesgo, como hipertensión, diabetes, obesidad, sedentarismo, tabaco… sino también porque muchos tratamientos tienen una toxicidad asociada y pueden impactar en el sistema cardiovascular.
Ahora una investigación del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) ha identificado por primera vez que la hipertensión crea una vulnerabilidad metabólica oculta en el corazón que se descompensa con las antraciclinas. El riesgo es mucho mayor cuando existe hipertensión arterial previa.
Las antraciclinas son un tipo de tratamiento oncológico, una clase de fármacos quimioterapéuticos en concreto (como la doxorrubicina y la daunorrubicina), ampliamente usados desde hace décadas frente al cáncer.
Su extraordinaria eficacia frente a numerosos tumores sólidos y hematológicos ha hecho que, incluso hoy, sigan considerándose fármacos de primera línea, administrados solas o en combinación con otras terapias.
Entre los cánceres donde las antraciclinas continúan siendo la piedra angular del tratamiento se encuentran los linfomas, leucemias, sarcomas, cáncer gástrico y diversos subtipos de cáncer de mama.
Sin embargo, su efectividad ha sido limitada por su potencial de causar toxicidad cardíaca o cardiotoxicidad, una complicación que puede progresar hacia la disfunción cardíaca o incluso insuficiencia cardíaca, especialmente tras dosis acumuladas y que si bien se da en un porcentaje reducido de personas tratadas.
Este daño puede progresar a insuficiencia cardíaca crónica, un mal que afecta al 5% de los supervivientes de cáncer que reciben estas terapias. Esto significa que, solo en Europa, más de un millón de personas viven con insuficiencia cardíaca como consecuencia tardía de un tratamiento que, por otro lado, les resultó curativo, informa el CNIC en un comunicado.
Los estudios epidemiológicos han demostrado que quienes presentan condiciones cardiovasculares previas, como hipertensión arterial, diabetes, obesidad o hipercolesterolemia, tienen un riesgo significativamente mayor de desarrollar cardiotoxicidad tras recibir antraciclinas. De todas estas condiciones, la hipertensión arterial es la que de forma más consistente se ha asociado a un riesgo incrementado.
“Sabíamos desde hace años que la hipertensión arterial aumentaba claramente el riesgo de cardiotoxicidad por antraciclinas, pero desconocíamos por completo el mecanismo subyacente”, explica el comunicado el Dr. Borja Ibáñez, director científico del CNIC, cardiólogo de la Fundación Jiménez Díaz, jefe de grupo en el CiberCV, e investigador principal de este estudio.
“Esa falta de comprensión impedía desarrollar estrategias específicas de prevención”, añade.
En este nuevo trabajo, realizado en el CNIC en un modelo experimental similar al humano, el equipo indujo una sobrecarga de presión crónica en el corazón -equivalente a la hipertensión arterial- durante meses antes de administrar un régimen de antraciclinas comparable al utilizado en oncología clínica.
Los resultados fueron concluyentes: Los sujetos con sobrecarga de presión previa desarrollaron insuficiencia cardíaca con mucha mayor frecuencia que aquellos expuestos solo a antraciclinas. Además, presentaron mayor mortalidad y peor evolución general, reproduciendo fielmente las observaciones epidemiológicas humanas.
El Dr. Carlos Galán-Arriola, primer autor del estudio en investigador en el Laboratorio Traslacional para la Imagen y Terapia Cardiovascular que lidera el Dr. Ibáñez, destaca la importancia de la aproximación integradora: “Hemos podido observar que ni la hipertensión ni las antraciclinas son suficientes por sí solas para generar un daño cardíaco severo. Pero cuando coinciden, desencadenan una tormenta perfecta. Lo verdaderamente novedoso es que identificamos una vulnerabilidad metabólica previa, silenciosa, que se hace evidente solo cuando el corazón sufre el estrés añadido de las antraciclinas”.
El equipo demostró que la hipertensión crónica produce una fragilidad energética latente: altera la capacidad del corazón para adaptarse a demandas metabólicas, reduce la flexibilidad energética, y genera un estado de “reserva limitada”, aún compensado gracias a una función mitocondrial aparentemente normal.
Cuando se administran antraciclinas -que dañan directamente la mitocondria- esta compensación se rompe, precipitando el deterioro funcional del corazón. En una fase final, el estudio exploró una posible estrategia preventiva mediante el uso de mavacamten, un inhibidor selectivo de la miosina utilizado en la miocardiopatía hipertrófica. En experimentos in vitro, mavacamten logró prevenir el daño cardíaco inducido por antraciclinas en condiciones de sobrecarga de presión.
“Si estos resultados se confirman en estudios clínicos, podríamos estar ante la primera terapia específicamente orientada a prevenir esta complicación grave en individuos con hipertensión”, señala el Dr. Ibáñez.
El estudio tiene implicaciones directas para la cardio-oncología y la cardiología preventiva. Se ha llevado a cabo utilizando técnicas altamente traslacionales como resonancia magnética avanzada, espectroscopía por RM, PET y análisis moleculares, lo que permite una rápida transferencia al entorno clínico.
El Dr. Valentín Fuster destaca el valor del hallazgo desde una perspectiva clínica más amplia: “Este trabajo representa un avance fundamental: identificar vulnerabilidad antes del daño clínico es el tipo de medicina anticipativa hacia la que debemos movernos. La prevención personalizada basada en mecanismos es el futuro de la cardiología moderna”.
El trabajo contó con financiación de la Comisión Europea (ERC); el Ministerio de Ciencia e Innovación de España; la Fundación “la Caixa” y la Comunidad de Madrid a través de la Red Madrileña de Nanomedicina en Imagen Molecular.
Salud en La Razón
