El entorno socioeconómico deja huella en el cerebro de los niños

Una nueva investigación señala que factores como el nivel de ingresos de la familia se asocian con un mayor impacto en el cerebro en desarrollo que otras variables Leer Una nueva investigación señala que factores como el nivel de ingresos de la familia se asocian con un mayor impacto en el cerebro en desarrollo que otras variables Leer  

Tanto la genética como el entorno son fundamentales en el neurodesarrollo. Además de lo escrito en el ADN, todas las experiencias que el niño vive desde su concepción moldean su aprendizaje y habilidades.

Pero, ¿dejan algunas de esas vivencias una mayor huella? Un estudio publicado este jueves en la revista Science señala el impacto que pueden ejercer las condiciones socioeconómicas en ese desarrollo. Según sus datos, factores como los ingresos o las oportunidades de la familia se asocian mucho más que otras variables con el desarrollo cerebral.

Dirigidos por Nico U. Dosenbach, profesor de Neurología en la Universidad de Washington (EEUU), los autores de esta investigación analizaron escáneres cerebrales de casi 12.000 niños de edades comprendidas entre los 9 y los 10 años. Su objetivo era estudiar la influencia de 649 factores, como su inteligencia, su salud mental, la calidad de su sueño, el uso de pantallas, las características y los ingresos de sus familias y el barrio en que vivían o el tipo de educación que recibían, entre otras variables.

Y, tras el análisis, comprobaron que lo que más se asociaba con ciertos patrones de estructura y actividad cerebral eran los factores socioeconómicos. Ni el cociente intelectual, ni su historial médico ni el tipo de educación que recibían: las cuestiones relacionadas con su situación económica y social estaban a la cabeza de todas las variables en cuanto a su influencia, sumando un 16% de impacto.

De las 40 principales variables asociadas a la función cerebral que se observaron, 37 eran de tipo socioeconómico, señalan los investigadores en un comunicado. Del mismo modo, 35 de las 40 principales variables ligadas a la estructura cerebral podían englobarse también en la misma categoría.

Los análisis realizados también mostraron que estas diferencias asociadas al estatus socioeconómico se apreciaban especialmente en áreas sensibles al sueño y al estrés. Y no estaban relacionadas con la raza o la ascendencia genética.

«El cerebro de un niño de un entorno socioeconómico bajo se parece al de un niño de un entorno socioeconómico alto que ha estado privado de sueño y estresado» ha señalado Dosenbach en un comunicado. «No es un cerebro menos inteligente. Parece ser un cerebro cansado y estresado». La buena noticia, continúa, es que «tanto el sueño como el estrés son factores modificables».

Para María José Mas, responsable de la sección de Neuropediatría del Hospital Sant Pau y Santa Tecla de Tarragona, las conclusiones de este estudio «encajan con investigaciones previas sobre infancia, desigualdad y desarrollo, y añaden evidencia y refuerzan la idea ya conocida de que las condiciones materiales y sociales importan«. Sin embargo, subraya, «lo que encuentra el estudio son asociaciones, no pruebas definitivas de causas. Sí puede decirse que los niños que crecen en contextos con menos oportunidades tienden a mostrar ciertos patrones cerebrales. Pero no puede concluirse que un entorno concreto produzca de forma directa y automática un determinado cerebro».

Coinciden con su punto de vista los autores de un comentario que acompaña al estudio en la revista Science, quienes recuerdan que «un cerebro en desarrollo tiene una capacidad sustancial de adaptación y resiliencia» y que las asociaciones observadas a escala poblacional no pueden predecir el potencial o el futuro de ningún individuo en particular. «El 84% de las variaciones en las mediciones cerebrales [observadas en el trabajo] no se explicaban por el estatus socioeconómico», recuerdan.

Para Mas, una de las aportaciones más interesantes del estudio es que cuestiona algunas investigaciones previas que relacionaban cerebro e inteligencia. «Los autores sugieren que ciertos modelos parecían detectar «inteligencia» cuando, en realidad, podían estar estimando señales del entorno socioeconómico del niño. Es decir, parte de lo que se interpretaba como una señal cerebral de la inteligencia podría corresponder a las oportunidades y condiciones de vida».

En su opinión, el principal punto débil de la investigación es que hace mucho hincapié en los efectos sobre el sueño, el estrés y la activación cerebral pese a no poder demostrar que esos sean los mecanismos principales implicados en la asociación. «Podrían intervenir muchas otras variables como la calidad de la escuela, la contaminación, el ruido, violencia, alimentación, salud familiar, estabilidad de la vivienda o acceso a atención médica. Por eso, lo más prudente sería decir que las diferencias cerebrales observadas en relación a las condiciones socioeconómicas actúan a través de factores como el estrés y el sueño, pero no sólo por ellos«.

Por último, la neuropediatra también se muestra cautelosa con la información que el estudio obtiene de las resonancias magnéticas estudiadas. «Lejos de ser una una imagen directa de «cómo es» el cerebro de un niño, son mediciones indirectas y muy procesadas», advierte.

«Por ejemplo, en el caso de la conectividad funcional, se observan cambios en la señal sanguínea mientras el niño está quieto en la máquina (condición indispensable para que la foto sea interpretable y no salga movida) y esa señal puede verse influida por el niño movimiento del niño, el cansancio, si está nervioso, somnoliento o ha dormido mal. Los autores aplican controles técnicos rigurosos, pero en estudios con niños el movimiento y el estado durante la prueba siguen siendo puntos delicados. Además, los datos proceden de muchos centros y distintas máquinas, lo que obliga a armonizar las imágenes y esto implica que puede haber pequeñas diferencias técnicas. Por eso, aunque las resonancias apoyan la existencia de asociaciones entre entorno social y cerebro, no deben leerse como una prueba simple de causa ni como una imagen fija del desarrollo cerebral de cada niño», añade.

Desde su punto de vista, el principal mensaje que puede extraerse de esta nueva investigación es que «las desigualdades sociales también se reflejan en el neurodesarrollo infantil, pero esas diferencias no son una sentencia definitiva ya que mejorar el sueño, reducir el estrés y facilitar el apoyo a las familias podrían ser formas importantes de proteger el desarrollo de los niños».

 Salud // elmundo

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