El año de la gran orgía de deuda

Josh Billings era el nombre artístico y seudónimo de Henry Wheeler Shaw (1818-1885), escritor y conferenciante satírico estadounidense, que recomendaba que «se debería vivir siempre de acuerdo con los ingresos de uno, incluso si hay que pedir prestado para hacerlo así». Billings fue muy famoso en su tiempo y, en la segunda mitad del siglo XIX, era uno de los conferenciantes con más éxito, solo superado por Mark Twain (1835-1910). Su influencia fue tanta que el inglés americano incorporó los términos «josh» y «joshing», como sustantivo y verbo para decir broma, bromear o tomar el pelo.

Menos suerte ha corrido su consejo sobre los ingresos y el pedir prestado, tanto por las personas como por los Estados. Los últimos datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), que dirige Kristalina Georgieva, estiman que el total de la deuda mundial supera los 250 billones de dólares, mientras que el Instituto Internacional de Finanzas (IIF), que preside Tim Adams, eleva la cifra a más de 318 billones de dólares. Las cantidades, a pesar de las oscilaciones según la fuente, son mareantes y difíciles incluso de imaginar. El desglose entre deuda privada y deuda pública indica que entre 150 y 200 billones de dólares correspondería a endeudamiento de hogares y personas y alrededor de 100 billones de dólares sería de deuda pública total en circulación. En otras palabras, 2026 llega a un mundo muy endeudado.

El problema de la deuda es mundial, aunque cada país debe apechugar con lo suyo y, sobre todo, ser consciente de los ingresos, como sugería Billings. Los agoreros recuerdan que a esas ingentes cantidades de deuda habría que añadir los más o menos 250 billones de dólares, según el Financial Stability Board, que maneja la llamada «banca en la sombra», es decir, compañías de seguros, fondos de inversión y de pensiones y otros tipos de fondos de crédito privado. Es cierto que parte de esa cantidad está invertida en deuda pública y no habría que sumarla a la deuda total. No obstante, es otra montaña inmensa de dinero que unos deben a otros.

El año que comienza será otro ejercicio en el que crecerá la deuda. Donald Trump no solo no ha encauzado, al menos hasta el momento, el gasto público en Estados Unidos, sino que lo ha aumentado. La previsible sustitución en la Reserva Federal (FED) de Jerome Powell por alguien más afín al inquilino de la Casa Blanca augura una política monetaria más laxa. Eso, antes o después, es más deuda. En Europa, la deuda también campa a sus anchas. Alemania, el país que durante años, incluso decenios, defendió y practicó la austeridad, ha decidido abrazar el endeudamiento como fórmula para impulsar la economía y con la esperanza de que funcione. Los planes del canciller Merz son que su país emita a lo largo de 2026 un total de 512.000 millones de euros en deuda pública, una cifra muy superior a los 425.000 millones del 2025 recién finiquitado. Al mismo tiempo, la Comisión Europea, que preside Ursula von der Leyen, ha logrado que la Unión Europea apruebe un endeudamiento por importe de unos 90.000 millones de euros que se destinarán a financiar el armamento que necesita la Ucrania de Zelensky. Nadie duda de que Estados Unidos, Alemania y la Unión Europea, y otros países –España incluida por ahora–, pueden pagar su deuda, aunque lo habitual es que se recurra a colocar más deuda en el mercado con la que se paga la que vence. Es una espiral, casi infinita, que, no obstante, puede deparar un susto o, si todo se complica, un verdadero cataclismo financiero. En cualquier caso, como dijo Nadia Calviño cuando era ministra de Economía, «la deuda la pagarán nuestros hijos y nuestros nietos».

En España, en los últimos años, la deuda de empresas y hogares ha descendido y ahora ronda los 1,7 billones; de ellos, un billón corresponde a las empresas y 700.000 millones a los hogares, sobre todo en crédito hipotecario. La deuda pública, por su parte, no deja de crecer en términos absolutos. El año 2025 cerrará por encima de los 1,7 billones, 450.000 millones más que antes de la pandemia. El Gobierno de Pedro Sánchez presume de que, en términos porcentuales en relación con el PIB, ha descendido y está alrededor del 100%. Es cierto, pero es un fenómeno estadístico, ya que la bajada se explica por el crecimiento del PIB y no por la reducción de la deuda. España, no obstante, se beneficia ahora de los más acuciantes problemas de déficit y deuda que tiene la Francia de Macron, que se ha convertido en el verdadero enfermo económico de la Unión Europea. Y es que «el camino a la ruina siempre está en buen estado y los viajeros pagan los gastos», decía también Josh Billings.

España, a la cola europea de la cofinanciación de los servicios públicos

Benito Arruñada, catedrático entre otras cosas de la Universidad Pompeu Fabra, explica en su imprescindible libro, recién publicado, «La culpa es nuestra», que España está a la cola de los países europeos en copagos de los servicios públicos, ya sean abonos sanitarios o tasas judiciales y universitarias. Eso redunda en el fomento de la masificación, «como ocurre en las universidades» y también en «un uso excesivo e incluso frívolo» de una serie de servicios públicos.

Recuperación histórica de las transacciones globales

Las transacciones globales superaron los cuatro billones de dólares –cerca de los 4,5 billones– a lo largo de 2025, barrera revasada por primera vez desde 2021, el año posterior a la pandemia. Este aluvión de transacciones permitió que a que las comisiones percibidas por los bancos de inversión llegaran a la también enorme cantida de unos 135.000 millones de euros, con un incremento sobre el año anterior del 9%, en un mercado concentrado, sobre todo, en Estados Unidos.

 El mundo vive sobre una inmensa pirámide de deuda, pública y privada, que, como mínimo, ya supera los 250 billones de dólares, una cantidad inimaginable  

Josh Billings era el nombre artístico y seudónimo de Henry Wheeler Shaw (1818-1885), escritor y conferenciante satírico estadounidense, que recomendaba que «se debería vivir siempre de acuerdo con los ingresos de uno, incluso si hay que pedir prestado para hacerlo así». Billings fue muy famoso en su tiempo y, en la segunda mitad del siglo XIX, era uno de los conferenciantes con más éxito, solo superado por Mark Twain (1835-1910). Su influencia fue tanta que el inglés americano incorporó los términos «josh» y «joshing», como sustantivo y verbo para decir broma, bromear o tomar el pelo.

Menos suerte ha corrido su consejo sobre los ingresos y el pedir prestado, tanto por las personas como por los Estados. Los últimos datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), que dirige Kristalina Georgieva, estiman que el total de la deuda mundial supera los 250 billones de dólares, mientras que el Instituto Internacional de Finanzas (IIF), que preside Tim Adams, eleva la cifra a más de 318 billones de dólares. Las cantidades, a pesar de las oscilaciones según la fuente, son mareantes y difíciles incluso de imaginar. El desglose entre deuda privada y deuda pública indica que entre 150 y 200 billones de dólares correspondería a endeudamiento de hogares y personas y alrededor de 100 billones de dólares sería de deuda pública total en circulación. En otras palabras, 2026 llega a un mundo muy endeudado.

El problema de la deuda es mundial, aunque cada país debe apechugar con lo suyo y, sobre todo, ser consciente de los ingresos, como sugería Billings. Los agoreros recuerdan que a esas ingentes cantidades de deuda habría que añadir los más o menos 250 billones de dólares, según el Financial Stability Board, que maneja la llamada «banca en la sombra», es decir, compañías de seguros, fondos de inversión y de pensiones y otros tipos de fondos de crédito privado. Es cierto que parte de esa cantidad está invertida en deuda pública y no habría que sumarla a la deuda total. No obstante, es otra montaña inmensa de dinero que unos deben a otros.

El año que comienza será otro ejercicio en el que crecerá la deuda. Donald Trump no solo no ha encauzado, al menos hasta el momento, el gasto público en Estados Unidos, sino que lo ha aumentado. La previsible sustitución en la Reserva Federal (FED) de Jerome Powell por alguien más afín al inquilino de la Casa Blanca augura una política monetaria más laxa. Eso, antes o después, es más deuda. En Europa, la deuda también campa a sus anchas. Alemania, el país que durante años, incluso decenios, defendió y practicó la austeridad, ha decidido abrazar el endeudamiento como fórmula para impulsar la economía y con la esperanza de que funcione. Los planes del canciller Merz son que su país emita a lo largo de 2026 un total de 512.000 millones de euros en deuda pública, una cifra muy superior a los 425.000 millones del 2025 recién finiquitado. Al mismo tiempo, la Comisión Europea, que preside Ursula von der Leyen, ha logrado que la Unión Europea apruebe un endeudamiento por importe de unos 90.000 millones de euros que se destinarán a financiar el armamento que necesita la Ucrania de Zelensky. Nadie duda de que Estados Unidos, Alemania y la Unión Europea, y otros países –España incluida por ahora–, pueden pagar su deuda, aunque lo habitual es que se recurra a colocar más deuda en el mercado con la que se paga la que vence. Es una espiral, casi infinita, que, no obstante, puede deparar un susto o, si todo se complica, un verdadero cataclismo financiero. En cualquier caso, como dijo Nadia Calviño cuando era ministra de Economía, «la deuda la pagarán nuestros hijos y nuestros nietos».

En España, en los últimos años, la deuda de empresas y hogares ha descendido y ahora ronda los 1,7 billones; de ellos, un billón corresponde a las empresas y 700.000 millones a los hogares, sobre todo en crédito hipotecario. La deuda pública, por su parte, no deja de crecer en términos absolutos. El año 2025 cerrará por encima de los 1,7 billones, 450.000 millones más que antes de la pandemia. El Gobierno de Pedro Sánchez presume de que, en términos porcentuales en relación con el PIB, ha descendido y está alrededor del 100%. Es cierto, pero es un fenómeno estadístico, ya que la bajada se explica por el crecimiento del PIB y no por la reducción de la deuda. España, no obstante, se beneficia ahora de los más acuciantes problemas de déficit y deuda que tiene la Francia de Macron, que se ha convertido en el verdadero enfermo económico de la Unión Europea. Y es que «el camino a la ruina siempre está en buen estado y los viajeros pagan los gastos», decía también Josh Billings.

España, a la cola europea de la cofinanciación de los servicios públicos

Benito Arruñada, catedrático entre otras cosas de la Universidad Pompeu Fabra, explica en su imprescindible libro, recién publicado, «La culpa es nuestra», que España está a la cola de los países europeos en copagos de los servicios públicos, ya sean abonos sanitarios o tasas judiciales y universitarias. Eso redunda en el fomento de la masificación, «como ocurre en las universidades» y también en «un uso excesivo e incluso frívolo» de una serie de servicios públicos.

Recuperación histórica de las transacciones globales

Las transacciones globales superaron los cuatro billones de dólares –cerca de los 4,5 billones– a lo largo de 2025, barrera revasada por primera vez desde 2021, el año posterior a la pandemia. Este aluvión de transacciones permitió que a que las comisiones percibidas por los bancos de inversión llegaran a la también enorme cantida de unos 135.000 millones de euros, con un incremento sobre el año anterior del 9%, en un mercado concentrado, sobre todo, en Estados Unidos.

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