Desde una trayectoria ligada a la industria real, David Fernández de la Pradilla Alegría, explica cómo la automatización, cuando se «hace con criterio y responsabilidad», se convierte en una herramienta para fortalecer procesos, equipos y relaciones a largo plazo.
¿Cómo definiría hoy la forma de trabajar de la empresa?
Somos bastante pragmáticos. Nos gusta entender bien el problema antes de proponer una solución. En industria las cosas no pueden quedarse a medias, así que intentamos ser rigurosos desde el principio: escuchar al cliente, conocer su proceso, identificar sus necesidades y no dar nada por hecho.
Nacieron como una pequeña empresa industrial y hoy trabajan en proyectos internacionales. ¿Cómo se ha producido ese recorrido?
Ha sido bastante natural. No hubo un momento concreto de «ahora vamos a internacionalizarnos». Empezamos a trabajar bien, a cumplir lo que prometíamos y a repetir con los mismos clientes, y eso, con el tiempo, te lleva a otros proyectos y a otros países. Este crecimiento sostenido, no solo lo ha sido en la proyección internacional, en el número de empleados o en nuestras cifras de facturación sino, muy particularmente, en el alcance tecnológico de nuestros proyectos. Venir de una pyme te obliga a ser riguroso desde el inicio, porque no tienes margen para fallar. Esa forma de trabajar es lo que nos ha permitido abordar proyectos más complejos fuera sin cambiar nuestra manera de hacer las cosas.
¿Esa manera de trabajar está ligada al entorno industrial del que proceden?
Sin duda. Venimos de un entorno muy pegado a la realidad de la producción, donde aprendes rápido que la tecnología tiene que funcionar y no basta con que sea innovadora sobre el papel. Ese aprendizaje te acompaña siempre, también cuando trabajas fuera.
En los últimos años se habla mucho de reindustrialización y de traer procesos de vuelta a Europa. ¿Lo notan en su actividad?
Sí. Muchas empresas están replanteándose dónde y cómo producen. En algunos casos han visto que externalizar ciertos procesos les generaba más problemas que ventajas. Nosotros trabajamos en proyectos donde la robustez, la seguridad y el control del proceso son clave, y ahí tiene sentido producir más cerca. Algunos grandes grupos, como Decathlon, han trasladado producción de China a alguno de nuestros clientes navarros, en base a procesos automatizados altamente eficientes, que hemos desarrollado e instalado conjuntamente.
¿Qué tipo de clientes suelen recurrir a Largoiko?
Trabajamos con clientes muy distintos, por tamaño, sector y ubicación. Colaboramos con empresas de automoción, farmacéutica, energías renovables o bienes de equipo, pero también con compañías más pequeñas que necesitan automatizar parte de su proceso. Más allá del sector o del país, las necesidades suelen ser parecidas. Tenemos instaladas células robotizadas aportando soluciones muy similares en una empresa de la Ribera de Navarra y en una planta en Massachusetts, porque los retos son los mismos: fiabilidad, seguridad y buen funcionamiento en el día a día.
La innovación es uno de sus ejes. ¿Cómo se gestiona sin perder fiabilidad?
En nuestro caso, innovar forma parte del trabajo. Cada proyecto es distinto y casi nunca hay una solución estándar, así que el propio desarrollo ya implica innovar. La clave está en hacerlo con criterio, entendiendo bien el proceso y sin perder de vista que lo diseñado tiene que funcionar en la práctica diaria. Trabajamos con robótica avanzada, visión artificial, machine learning o fabricación aditiva porque los proyectos lo piden, no por seguir tendencias. La innovación tiene sentido cuando aporta valor real y da como resultado soluciones estables y fáciles de mantener.
Hablan de fiabilidad y de ayudar a mejorar los procesos. ¿Cómo se traduce eso en la práctica?
En ayudar a producir mejor: más calidad, menos errores, más seguridad y procesos más estables. La automatización tiene sentido cuando mejora la competitividad y el día a día de la planta y de las personas que trabajan en ella.
Largoiko ofrece soluciones llave en mano. ¿Por qué apuestan por ese modelo?
En la práctica, muchos problemas no vienen de la tecnología, sino de cómo se gestiona el proyecto. Por eso asumimos todo el proceso —ingeniería, fabricación, montaje y puesta en marcha—. Tener un único responsable e interlocutor reduce riesgos y permite que el cliente se centre en su negocio.
En un entorno tan tecnológico, ¿qué peso tiene el equipo humano?
Para nosotros es fundamental. La tecnología no se diseña sola. Nuestro equipo combina preparación técnica con mucha experiencia y sentido práctico. Personas que entienden los procesos y a quienes los operan. Al final, la automatización va de personas trabajando para otras personas.
¿Y la sostenibilidad?
También forma parte del diseño. Una automatización bien planteada reduce consumos, errores y desperdicios, mejorando tanto la eficiencia económica como el impacto ambiental. No lo vemos como algo separado.
¿Qué destacaría de Largoiko?
Que somos una empresa con la que se puede trabajar con confianza. Cuando asumimos un proyecto lo hacemos con seriedad, entendiendo bien el proceso y acompañando al cliente durante todo el recorrido. No buscamos grandes mensajes, sino que el trabajo esté bien hecho y la relación funcione a largo plazo; como sucede con muchos de nuestros clientes, con los que venimos colaborando y creciendo conjuntamente desde hace más de 20 años.
David Fernández de la Pradilla Alegría, gerente de Largoiko —ingeniería aplicada a la automatización de procesos industriales con proyectos en más de 25 países—, defiende una forma de entender la tecnología basada en el rigor y la cercanía con el cliente
Desde una trayectoria ligada a la industria real, David Fernández de la Pradilla Alegría, explica cómo la automatización, cuando se «hace con criterio y responsabilidad», se convierte en una herramienta para fortalecer procesos, equipos y relaciones a largo plazo.
¿Cómo definiría hoy la forma de trabajar de la empresa?
Somos bastante pragmáticos. Nos gusta entender bien el problema antes de proponer una solución. En industria las cosas no pueden quedarse a medias, así que intentamos ser rigurosos desde el principio: escuchar al cliente, conocer su proceso, identificar sus necesidades y no dar nada por hecho.
Nacieron como una pequeña empresa industrial y hoy trabajan en proyectos internacionales. ¿Cómo se ha producido ese recorrido?
Ha sido bastante natural. No hubo un momento concreto de «ahora vamos a internacionalizarnos». Empezamos a trabajar bien, a cumplir lo que prometíamos y a repetir con los mismos clientes, y eso, con el tiempo, te lleva a otros proyectos y a otros países. Este crecimiento sostenido, no solo lo ha sido en la proyección internacional, en el número de empleados o en nuestras cifras de facturación sino, muy particularmente, en el alcance tecnológico de nuestros proyectos. Venir de una pyme te obliga a ser riguroso desde el inicio, porque no tienes margen para fallar. Esa forma de trabajar es lo que nos ha permitido abordar proyectos más complejos fuera sin cambiar nuestra manera de hacer las cosas.
¿Esa manera de trabajar está ligada al entorno industrial del que proceden?
Sin duda. Venimos de un entorno muy pegado a la realidad de la producción, donde aprendes rápido que la tecnología tiene que funcionar y no basta con que sea innovadora sobre el papel. Ese aprendizaje te acompaña siempre, también cuando trabajas fuera.
En los últimos años se habla mucho de reindustrialización y de traer procesos de vuelta a Europa. ¿Lo notan en su actividad?
Sí. Muchas empresas están replanteándose dónde y cómo producen. En algunos casos han visto que externalizar ciertos procesos les generaba más problemas que ventajas. Nosotros trabajamos en proyectos donde la robustez, la seguridad y el control del proceso son clave, y ahí tiene sentido producir más cerca. Algunos grandes grupos, como Decathlon, han trasladado producción de China a alguno de nuestros clientes navarros, en base a procesos automatizados altamente eficientes, que hemos desarrollado e instalado conjuntamente.
¿Qué tipo de clientes suelen recurrir a Largoiko?
Trabajamos con clientes muy distintos, por tamaño, sector y ubicación. Colaboramos con empresas de automoción, farmacéutica, energías renovables o bienes de equipo, pero también con compañías más pequeñas que necesitan automatizar parte de su proceso. Más allá del sector o del país, las necesidades suelen ser parecidas. Tenemos instaladas células robotizadas aportando soluciones muy similares en una empresa de la Ribera de Navarra y en una planta en Massachusetts, porque los retos son los mismos: fiabilidad, seguridad y buen funcionamiento en el día a día.
La innovación es uno de sus ejes. ¿Cómo se gestiona sin perder fiabilidad?
En nuestro caso, innovar forma parte del trabajo. Cada proyecto es distinto y casi nunca hay una solución estándar, así que el propio desarrollo ya implica innovar. La clave está en hacerlo con criterio, entendiendo bien el proceso y sin perder de vista que lo diseñado tiene que funcionar en la práctica diaria. Trabajamos con robótica avanzada, visión artificial, machine learning o fabricación aditiva porque los proyectos lo piden, no por seguir tendencias. La innovación tiene sentido cuando aporta valor real y da como resultado soluciones estables y fáciles de mantener.
Hablan de fiabilidad y de ayudar a mejorar los procesos. ¿Cómo se traduce eso en la práctica?
En ayudar a producir mejor: más calidad, menos errores, más seguridad y procesos más estables. La automatización tiene sentido cuando mejora la competitividad y el día a día de la planta y de las personas que trabajan en ella.
Largoiko ofrece soluciones llave en mano. ¿Por qué apuestan por ese modelo?
En la práctica, muchos problemas no vienen de la tecnología, sino de cómo se gestiona el proyecto. Por eso asumimos todo el proceso —ingeniería, fabricación, montaje y puesta en marcha—. Tener un único responsable e interlocutor reduce riesgos y permite que el cliente se centre en su negocio.
En un entorno tan tecnológico, ¿qué peso tiene el equipo humano?
Para nosotros es fundamental. La tecnología no se diseña sola. Nuestro equipo combina preparación técnica con mucha experiencia y sentido práctico. Personas que entienden los procesos y a quienes los operan. Al final, la automatización va de personas trabajando para otras personas.
¿Y la sostenibilidad?
También forma parte del diseño. Una automatización bien planteada reduce consumos, errores y desperdicios, mejorando tanto la eficiencia económica como el impacto ambiental. No lo vemos como algo separado.
¿Qué destacaría de Largoiko?
Que somos una empresa con la que se puede trabajar con confianza. Cuando asumimos un proyecto lo hacemos con seriedad, entendiendo bien el proceso y acompañando al cliente durante todo el recorrido. No buscamos grandes mensajes, sino que el trabajo esté bien hecho y la relación funcione a largo plazo; como sucede con muchos de nuestros clientes, con los que venimos colaborando y creciendo conjuntamente desde hace más de 20 años.
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