
A finales de los años sesenta, el oceanógrafo Carl Wunsch (Estados Unidos, 85 años) enseñaba en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), pero los cálculos desde un aula ya no eran suficientes para él. Si quería entender el inmenso engranaje que regula el clima del planeta, había que salir al mar, medir y observar un sistema tan vasto que ninguna investigación había podido abarcar.
El investigador estadounidense, pionero en comprender los efectos del cambio climático en los mares, alerta de los riesgos que suponen los gobiernos negacionistas y defiende la cooperación internacional
A finales de los años sesenta, el oceanógrafo Carl Wunsch (Estados Unidos, 85 años) enseñaba en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), pero los cálculos desde un aula ya no eran suficientes para él. Si quería entender el inmenso engranaje que regula el clima del planeta, había que salir al mar, medir y observar un sistema tan vasto que ninguna investigación había podido abarcar.
Aquella decisión marcaría su carrera. El neoyorquino se convirtió en uno de los grandes arquitectos de la oceanografía física contemporánea al desarrollar métodos capaces de observar y cuantificar con una precisión inédita el estado de los océanos.
Su trabajo ha sido calificado como una revolución. Los sistemas de observación que ayudó a impulsar hicieron posible medir con mayor exactitud cuánto calor absorben los océanos, seguir la evolución del nivel del mar, comprender la pérdida de hielo en los polos y anticipar algunos de los efectos más graves del cambio climático. Ese legado es el que acaba de reconocer la Fundación BBVA con el Premio Fronteras del Conocimiento.
Pregunta. El océano desempeña un papel fundamental en el sistema climático, pero durante años gran parte de lo que ocurría bajo su superficie permanecía fuera de nuestra vista. ¿Cómo consiguieron estudiarlo?
Respuesta. Esto no ha sido obra de una sola persona. Han participado cientos, probablemente miles de científicos de todo el mundo. Lo que ocurrió en los últimos treinta años fue una transformación completa de la oceanografía. Durante más de un siglo dependimos casi exclusivamente de los barcos de investigación. Eran imprescindibles, pero lentos, muy costosos y solo podían ofrecer una fotografía muy parcial del océano.
Comprendimos que necesitábamos observar el océano como un sistema completo. Al mismo tiempo aparecieron nuevas tecnologías, como satélites capaces de cubrir prácticamente toda la superficie oceánica, vehículos autónomos que podían permanecer meses o incluso años tomando medidas y una cooperación internacional entre países que compartieron barcos, instrumentos y datos. Todavía seguimos necesitando los barcos, porque hay mediciones que solo pueden hacerse desde ellos, pero ahora forman parte de un sistema global de observación.
P. ¿Qué impulso científico fue el más decisivo?
R. El cambio fundamental fue descubrir que el océano es muchísimo más dinámico de lo que imaginábamos. Durante décadas pensamos en él como un sistema enorme que evolucionaba muy lentamente: agua cálida arriba, agua fría abajo y pocos cambios relevantes. Ahora sabemos que no es así. El océano cambia a escalas de apenas unos cientos de kilómetros y a todas las profundidades, desde la superficie hasta el fondo. Existe una enorme turbulencia, una complejidad que era completamente invisible con los métodos tradicionales. Antes nadie podía dejar un barco inmóvil durante años observando un mismo lugar.
P. ¿Cómo influyó en usted la experiencia de enfrentarse tanto a la dureza como a la belleza del océano?
R. Cuando era estudiante universitario, tuve un profesor de Oceanografía Física que me convenció para embarcarme. Sinceramente, al principio no me interesaba demasiado. Zarpamos desde Woods Hole [puerto en Massachusetts] y nos sorprendió una tormenta terrible. Me mareé muchísimo y pensé: “Esto es espantoso. Nunca volveré a hacerlo”. Pero después salió el sol, el mar se calmó y comprendí la belleza extraordinaria de trabajar allí. Era una forma completamente distinta de hacer ciencia, muy diferente de estar sentado frente a un ordenador o en un laboratorio. Desde entonces he tenido la suerte de navegar por lugares remotos y extraordinarios. Pocas experiencias científicas pueden compararse con esa.
P. ¿En qué momento decidió dedicar su vida al océano?
R. Lo que primero me atrajo de la oceanografía fue precisamente trabajar en el mar. Era una experiencia extraordinaria, tanto desde el punto de vista científico como personal. Muy pronto tuve la oportunidad de dirigir campañas de investigación con equipos de 20 o 30 personas y aquello era apasionante.
Pero, con el tiempo, comprendí también las limitaciones de ese método. Recuerdo una de mis últimas grandes expediciones. Llevábamos un barco desde Estados Unidos hasta Cádiz y tardamos aproximadamente un mes en cruzar el Atlántico. Mientras navegábamos, yo ya sabía que, cuando llegáramos a España, el océano que habíamos empezado a medir ya no sería el mismo. Había cambiado durante el viaje. Aquello me hizo comprender que estábamos intentando describir un sistema dinámico como si fuera una fotografía fija.

P. ¿Qué papel desempeña la colaboración entre países?
R. Hay dos ideas fundamentales. La primera es que el océano es global y el clima también. No se puede comprender el sistema climático sin entender el océano. La segunda es que ese conocimiento solo es posible gracias a la cooperación internacional. Unos países aportan instrumentos, otros desarrollan modelos digitales y otros despliegan campañas científicas. El gran cambio de los últimos 30 años ha sido asumir que el océano no pertenece a ninguna nación, sino que es un sistema compartido.
P. Después de casi medio siglo investigando el impacto en el océano, ¿es usted optimista sobre nuestra capacidad para afrontar el cambio climático?
R. A partir de las observaciones de los últimos 35 años, entendemos mucho mejor lo complicado que es el sistema climático y que los cambios en algunas regiones son muy diferentes a los que ocurren en otras. Creo que tenemos una comprensión más clara sobre los problemas y una mejor descripción del aspecto que tiene el océano. La cuestión crucial es si tenemos capacidades de predicción auténticas, y eso va a depender de la escala temporal que nos estemos planteando.
El océano mañana va a ser muy parecido al océano de hoy, pero el océano dentro de 10 años va a ser diferente. Dentro de 50 o de 100 años aún más, pero no estamos seguros por qué. Tampoco sabemos cómo evolucionaría si lo dejáramos solo. Y tampoco sabemos cómo va a reaccionar o evolucionar con los niveles crecientes de dióxido de carbono.
P. Hace solo unos meses apareció Donald Trump ante la ONU negando el cambio climático. ¿Qué consecuencias pueden derivarse para la ciencia y la acción climática que todavía existan discursos políticos que lo pongan en duda?
R. Las consecuencias de Trump en Estados Unidos son terribles. Una generación de científicos no recibe fondos para sus investigaciones o no consigue empleos. Nos niegan la financiación con el argumento de que todo es una farsa. Es una idea ignorante de los principios químicos y físicos que llevan más de 100 años siendo comprendidos por la ciencia. Se sabía que el dióxido de carbono iba a calentar el sistema.
Cualquier científico serio te dirá que no tiene ninguna duda de que existe un problema importante. Lo vemos a diario con los fenómenos extremos que están ocurriendo en todo el mundo. Esto no es una farsa. Esto es exactamente lo que se predijo hace décadas.
P. ¿Cuál es el papel que deben tomar los científicos y las científicas en este contexto?
R. Dar la voz de alarma, algo que los pioneros del estudio del cambio climático empezaron a hacer hace ya décadas. El segundo es comprender cómo funciona el sistema climático, cómo está cambiando y cuáles son los riesgos a los que nos enfrentamos. Pero hay una diferencia muy importante entre afirmar que esto va a ocurrir y decir que existe una alta probabilidad de que ocurra. La ciencia trabaja con probabilidades, no con certezas absolutas.
Sabemos que el nivel del mar va a aumentar, aunque no podamos decir con exactitud cuándo ni cuánto afectará a cada lugar. Si alguien anunciara que Bilbao se va a inundar la semana que viene, la reacción sería inmediata. Pero si decimos que el riesgo existe dentro de 100 años, habrá quien diga que ese es el problema de otro. Ese desfase entre los tiempos de la ciencia y los tiempos de la sociedad es uno de los grandes desafíos. Los científicos debemos dejar claro que hay riesgos reales, aunque la escala temporal siga siendo incierta.
P. ¿Podría mencionar un caso concreto?
R. Lo estamos viendo con los incendios forestales. Nadie podía predecir el día exacto en que se producirían, pero sí sabíamos que el riesgo estaba aumentando y que había que prepararse. Las advertencias existían, lo que faltó fue actuar sobre ellas. Nuestro trabajo es hacer la mejor ciencia posible, comunicar con claridad cuáles son los escenarios más probables y ayudar a que la sociedad se prepare para ellos.
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